domingo, 28 de noviembre de 2010

Suavemente

No advertí nada hasta el día en que me atrapó un olor esponjoso a suavizante de ropa apenas sugerido entre el cuello de la camisa y su piel. Se me arrastró la mirada detrás del aroma hasta la nuca de pelo entrecano recién rapado, firme, robusta, tersa de mansa quietud. Destellaba promesas golosas que me tentaban las manos a provocar un roce. Oler, ver, acariciar, sentir la piel erizada de deseo…, así tenía yo todos los poros cuando conseguí recomponerme para disimular mi turbación en medio de la reunión de equipo matutina.
            Lo veía todos los días desde hacía años, no sé qué se desató esa mañana para ponerse a revolotearme alrededor como estrellitas de colores. Después, en el café, lo miraría a la cara a ver si encontraba allí el origen de las hormigas que me invadían la barriga. ¿Le brillaba más el rostro ese día? Serían cosas mías.
            Durante las semanas siguientes, reflexioné sobre la complicidad que había creado lo cotidiano al repetirse, la intimidad distante de lo que se da por asumido: prohibido tocarse, una regla establecida que era mejor no cuestionar. Pensé y repensé si en esa forma que tenía de agarrarme el brazo para reclamar mi atención, podría adivinarse un impulso reprimido a medias; si las visitas reiteradas a mi despacho, se considerarían dentro de lo necesario en nuestra relación laboral; si el destello de sus ojos lo provocaba simplemente el relumbrar del sol en la cristalera. Si era solo a mí a la que apetecía hablar de otras cosas, o de otra manera de las cosas, ¿de qué cosas? No sé.
            Quizá confié demasiado en el rigor de una ley que realmente no había sido escrita cuando acepté, entre ilusionada e ingenua, acompañarlo a otra ciudad para un encuentro de trabajo.
            Llegamos la noche anterior y salimos solos a cenar, no había viajado nadie más. Esa noche la conversación sí que giró para hablar de otra manera y de otras cosas. Se animó, resplandeció igual que nuestros ojos chispeaban con las copas. Y sí, nos tocamos. Esta vez sí. Primero sutilmente, casi sin querer. Pero luego nos gustó y nos tocamos más, nos atendimos más, nos miramos más. Y nos olimos de cerca.
            Cuando me separó el pelo de la mejilla el mundo se paró, enmudeció, igual que yo. Me quedé enganchada a sus pupilas, estaba tan paralizado como yo.
            El deseo nos sedujo y ya no pudimos continuar sin preguntarnos ¿qué pasa?
            ¡Qué sé yo!

10 comentarios:

  1. ¡Qué belleza!. ¡Qué deleite!. ¡Qué gozo para los ojos y para los sentidos!. Me recuerda cosas, lugares, días,.. que están ahí dentro de la cabeza en algún lugar. Todos nos hemos sentido así alguna vez o más de una y lo has descrito con MAESTRÍA. Lo he leído mientras me comía un yogourt y ya no recuerdo el sabor del yogourt, me ha quedado sólo el olor, el sabor y el tacto de los recuerdos. Un beso enorme Angeles.

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  2. AWWWWWWW! El deseo, los sentidos exaltados, el inicio de una relación...
    Una marejada de sensaciones y recuerdos.
    Deliciosamente excitante.

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  3. Gracias, Miguel y Ana, me alegro de haberles exaltado los sentidos. Besos

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  4. Me ha encantado. La riendas del enamoramiento las llevan los sutiles gestos. Sólo queda dejarse llevar.
    Bs

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  5. Dejarse llevar también con la pluma. Besos, Dácil

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  6. Sutileza sensual, como bordas llevarnos de la mano por el camino de lo casi prohibido.
    Me gusta, me gusta una barbaridad.
    Besos

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  7. Ángeles, vine a retribuirte la visita y me encontré con un escrito muy bueno, excelentes imágenes. Es un hallazgo para mí. Puede que seas una Bloggera novel, pero eso no significa que tus letras sean de principiante. Voy a seguirte.
    Te dejo un beso cariñoso y espero que estemos en contacto.
    Humberto.

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  8. No había encontrado un momento suficientemente "desenergumeinzado" para leerlo, pero acabo de hacerlo. ¡Chispas!

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  9. Sensualidad derramada por todos los poros, ¡qué placer!
    Besos

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