miércoles, 2 de febrero de 2011

Y ahora, ¿qué hago con mi padre IV?

Estupendo, toda esta tropelía para seguir igual que al principio: con la caja abandonada estorbando en el salón. Aquí nadie se moja, o mejor: nadie se quiere quemar. Ahí te queda el muerto, apáñatelas. ¡Muy fuerte!
La puerta, la vecina Ignacia, la hora del café, paciencia:
—Hola, Ignacia —despliego encantadora imponiéndome recordar tantas entrañables conversaciones de descansillo para evitar mostrarle mis dientes afilados.
—Lucía, el olor a tu café es hoy tan intenso que me levantó de la siesta, y me dije: voy a saludarla que hace días que no hablamos —imposible detenerla en su afán de promover la exquisita convivencia.
—¡Cómo me alegra verte! —exagero.
—¡Oye! ¿No has visto tú a los bomberos entrar al edificio hace un momento? —me pregunta con mal disimulada ingenuidad sin poder resistirse más, como si no hubiera seguido las sucesivas visitas a mi casa desde su mirilla parabólica, como si no los alertara ella misma—. La verdad es que también estaba un poco preocupada por si hubieran venido a tu casa, por si te pasara algo —declama sin pestañear.
—Dime una cosa, Ignacia, a ti ¿a qué te huele exactamente? —pregunto para ganar tiempo.
—A café, ya te lo dije, un poco retostado, es verdad, pero así y todo se nota que es del bueno, del que tú sabes hacer —confirma aduladora, y se queda esperando aclaraciones.
Para no aplazar lo ineludible —va a quedarse estrábica mirando de reojo la caja— voy al grano, nunca mejor definido:
—¿A que no sabes cómo hacen los bomberos para saber de qué, o de quién, son los polvos que van encontrando por ahí? —la cojo desprevenida con un golpe directo sin tapujos que la descoloca.
—Eh… pues no tengo ni idea.
—Los prueban en infusión. Son unos expertos en sabores y texturas, ¿sabes?
La vecina se queda petrificada contemplando la caja con forma de ataúd relleno de lo que cada vez se ve más claro que son cenizas. Quiere aparentar normalidad, pero un ligero temblor en el labio de abajo la delata. Por un momento me pregunto si prevalecerá la curiosidad por saber lo que se ha estado cociendo en mi casa durante toda la tarde o el riesgo del café. Duda, la curiosidad tienta, pero al final la invade un ataque de prisa y se va en ayunas.
—¡Ay! Perdóname Lucía, acabo de recordar que dejé una ventana abierta.
Prefiero que se vaya, para lo que va a colaborar, mejor un espectáculo sin público. Así y todo insisto, con cortesía maliciosa:
—¡Pero Ignacia, si el café está recién hecho! —Corre a esconderse detrás de la puerta de su casa sin responder.
Esperaré a mis amigos, son muy creativos, esta tarde van a tener que aplicarse.

6 comentarios:

  1. Lo que faltaba: ¡ La Vecina fisgona !. ¡ Cómo no !. En cada casa viene una en el paquete. Deberían de poner en las escrituras de compra/venta eso de:
    COMPARECEN:
    De una parte: los sres. bla bla bla bla fulanitos (vendedores).
    De otra parte: los sres. bla bla bla bla menganitos (compradores).
    De otra parte más: los sres. bla bla bla bla sultanitos (fisgones vecinos).
    y de esa manera nos veíamos las caras antes de firmar. A lo mejor se podía hasta cambiar de opinión justo a tiempo. ¡Muy fuerte!.
    Irónico texto Ángeles. En esta entrega me has retratado a Ignacia y a Lucía, describiendo sus gestos hasta el punto de poderlos casi ver. Y me has hecho reir. Seguimos esperando a los amigos de Lucía. Un beso

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  2. ¿Ya se fueron los bomberos?. ¿no van a volver?

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  3. Gracias, Miguel por seguir la historia. Queda el último capítulo.
    Nievitas, se fueron los bomberos a apagar otro fuego...
    Besos

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  4. Definitivamente, me quedo con el té, blanco, pero.... ¿que hacemos con esa caja en medio del salón?....
    Besos
    Tere

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  5. Pues ahí está, "cociéndose" el desenlace... continuará.

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  6. Pues ese cafelito huele divinamente...
    Me ha encantado la vecina cotilla, es casi como la señora Roper...
    Muy buena confrontación: una escena vívida y llena de ritmo e ironía.
    Me ha encantado

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