sábado, 5 de marzo de 2011

Territorio mítico

María siempre fue una mujer muy limpia, tanto que a veces se despellejaba las manos frotando en la lejía porque decía que con los guantes no se lavaba igual. Era como si quisiera limpiar hasta más allá de la frontera de su piel. Como si pretendiera eliminar los restos de suciedad que le contaminaban el alma para regresar a un estado mítico inmaculado e impoluto.
            Sus ansias de fregarlo todo hasta la desinfección la convirtieron en una obsesa ideal para el trabajo doméstico. Ella se profesionalizó en la casona donde ejercía su vocación: excelente para los señores, excesiva para su marido.
            Antonio no soportó tanta obstinación, imposible habitar un lugar donde no se permitía tocar o moverse con libertad para no ensuciar, donde estaba prohibido hasta exhalar el aliento contaminado de vida respiratoria. Por eso al final murió asfixiado con los vapores de una sobredosis de desinfectante. Estaba de Dios.
            Y María siguió limpiando, recreándose en su afición sin límites. No tuvo hijos, así que tras la muerte de su marido no dejó que nadie la visitara, que nadie entrara a infestarle su casa purificada, sin vida más allá de la suya a la que quizá también se había propuesto aniquilar.
            Pero en la calle encontró a otra vida. La encontró limpiando los espacios públicos. Tal vez se enamoró de cómo dejaba Marcial su acera después de que la repasara con la aspiradora del Ayuntamiento en su insistencia por coincidir con ella. Pensaría María que eran almas gemelas.
            Un día la aspiradora apareció abandonada en la acera: al final Marcial y María habían coincidido.
            Ahora cuesta sacarlos de la casa, pero más difícil es que dejen entrar a limpiar a los Servicios Sociales. Rodeados de basura, los malos olores reconcentrados invaden el ambiente más allá de la puerta. Será que María se ha dado por vencida en la batalla contra su detritus invisible y se ha abandonado. Qué extraña perversión querría ocultar ella bajo su obsesión de pureza. La misma que quiere ahora exhibir al derrochar inmundicia.
            María y Marcial se cansaron de limpiar, es su turno de ensuciar para otros. El círculo eterno de la vida mortal.

6 comentarios:

  1. Extraña es la condición humana, que nos lleva a cambiar permanentemente en busca de nuestra esencia. Leyendo tu texto me pregunto quién cambió a quién. Sin entrar más en esta historia tan llena de recovecos que me invitan a hacerme y contestarme preguntas, te felicito por la manera en que me has llevado por los entresijos de María. De su casa cerrada a cal y canto salen, más que esos olores a inmundicia, un aroma intrigante que nos invita a llamar a su puerta y entrar. Excelente.

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  2. Estoy encantada de haberte invitado a pasar, a explorar más allá de las apariencias, siempre engañosas, a querer más. Bienvenido.

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  3. La necesidad de limpiar lo externo para acallar la voz interior que nos dice que estamos sucios. Tal vez el sentirse reconocida en otra persona proporcionara a María la cura a su suciedad interior y decidió descansar para siempre de su agotadora búsqueda de pureza.
    Una historia terrible -para mí, lo es-, maravillosamente contada.
    Un abrazo grande

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  4. Sí, Ana, tal vez la suciedad manifiesta la curara de la impureza interior.
    Gracias, un beso.

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  5. Un cuento que da para pensar. Lo más curioso, el otro extremo de su final. Está claro que María y Marcial no se quedan a medias
    Un abrazo

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  6. Cierto, Dácil, nada de a medias, ellos están a por todas. Besos

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