jueves, 8 de septiembre de 2011

Con el nombre del padre

Eufrasio ya desde chico era muy callejero, de la plaza de toda la vida, hasta cuando llovía de vez en cuando, porque en mi plaza solo llueve de vez en cuando, y a los demás no nos dejaban salir por si cogíamos una pulmonía, aunque ahora sé que era para que no ensuciáramos el suelo de barro, de eso me enteré después, que con calor no se cogen pulmonías, y en mi calle llovía con calor; pues eso, que Eu iba a la plaza sí o sí. Y luego también, cuando todos nos pusimos a estudiar de veras, pero no como de chicos, sino de veras, porque de algo tendríamos que comer el día de mañana, porque no somos ricos y tú tienes que estudiar y porque además, si llega un comunismo, pues te puedes llevar el título contigo a cualquier parte, y no vas a estar como el hijo de Eufrasio el cojo, que como no herede la afición al vino no sé lo que le va a quedar, porque la cojera es de las que no se heredan, menos mal. Y la pobre Paulina aguantando, porque anda que aguanta la mujer, y sin ayuda, ella sola con toda la casa, limpiando escaleras, si es que hay que ver, las cosas de la vida.
            Pero a los demás no nos convencían mucho esos argumentos porque a Eu se le veía divinamente, nada preocupado por el advenimiento del comunismo, ni por la dieta que iba a llevar de mayor, ni por la herencia, ni tampoco, que todo hay que decirlo, por los dolores de espalda que traía su madre a casa junto con las bolsas de la compra de la venta de Sebastián, que se las apuntaba en el libro y le iba pagando cuando podía, o cuando no podía, porque poder poder nunca pudo.
            Qué nos iban a convencer si Eu tenía una setenta desde antes de poder conducirla legalmente, aunque lo legal no es que él lo tuviera muy interiorizado, no sé ahora. Y es que con la setenta se ligaba más, vas a comparar. Y fumaba rubio cuando los demás no sabíamos ni lo que costaban.
            Luego le perdimos la pista. En el barrio se dijo de todo, que si había emigrado a Alemania, o a Sudamérica, no estaba claro, que si embarcó en un atunero del Índico, que si trabajaba a jornada parcial escoltando jeques en la Costa del Sol. Con el tiempo supimos que su paradero era mucho más cercano y truculento, oscuro y previsible: rayado entre barrotes.
            Su padre terminó por no poder andar del todo y vive ahora en un centro de mayores, desde que Paulina claudicó y decidió morirse para no tener que soportar más tanta carga en sus espaldas. Eu lo visita cada tarde, lo saca al jardín, comparte auriculares con la música que piratea profesional, le arregla las uñas, le corta el pelo blanco copiando el suyo: rapado por detrás, con cresta engominada encima de la frente. Le habla, aunque al padre hace ya tiempo que las palabras le flotan sueltas sin pensamientos. Eu busca al padre porque no ha sabido tener hijos, pero ahora ambos vagan perdidos sin nada para recordar, sin referencias, apeados de la vida.

7 comentarios:

  1. Me quedo sin palabras y con un nudo en la garganta, al tocar mi sensibilidad. Tremendo relato. Enhorabuena. Besos,

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  2. Y solo queda decir, "y así es la vida". Derroche de realidad. Cuadro de soledades y vidas acabadas. Vida muerta en el padre. Muerte en vida en el hijo. Claudicación en la madre incapaz de soportar verse morir de a poco... Historia genial. Soberbio el estilo con el que lo has descrito. Felicidades.

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  3. Gracias, amigos, es un placer leer sus comentarios, me seguiré aplicando, bs.

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  4. Me encantan estas historias, de cuando todo se decía, en vez de "chatearse", y nos veíamos cara a cara todos los días.

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  5. Sí, tenía su punto, pero chatear tampoco es mala cosa, Claudio, tampoco es para descartar, a mí me gusta.
    Besos

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  6. Me ha impresionado y emocionado. Apeados de la vida. Impresionante (no solo eso, el texto entero, enterito, hasta el nudo en la garganta que se me ha puesto).
    Un abrazo mayúsculo

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  7. Gracias, Ana, es una delicia despertarte esa emoción. Bs.

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