martes, 3 de abril de 2012

De clase pasiva

El coche estaba destartalado, a decir verdad, llevaba dieciocho años destartalado. Lo aparcó un día al volver del trabajo, el último día, y ya no volvió a usarlo, ¿para qué, si ya no tenía que ir a trabajar? A partir de ese día tan anhelado ya no tendría que trabajar nunca más, viviría de la pensión y se dedicaría a no hacer absolutamente nada, que para eso había cotizado toda la vida. Pero nada de nada, ¡estaría bueno!, con todo lo que se había sacrificado para sacar a su familia adelante. Que no, que se acabó, a vivir de las rentas.
            Al coche no le hizo más caso, pero tampoco decidió nunca desprenderse de él, quizá un último reducto de movimiento. Lo dejó allí, a medio abandonar en el aparcamiento comunitario. Con el tiempo los vecinos empezaron a sugerirle primero y exigirle después que si no lo usaba, que lo sacara del aparcamiento, pero él insistía en que tenía tanto derecho como el resto de vecinos a ocupar una plaza.
Con el tiempo y el no hacer fue convirtiéndose en un viejo gruñón al que la gente dejó de respetar por amargado y egoísta. El no hacer vuelve a la gente envidiosa de lo ajeno, del trabajo de los otros, de la vida de los demás que sí hacen, siembran y recogen. Se les hace insoportable observar el paso del tiempo en las producciones del mundo cuando ellos pretenden detenerlo de puro delirio improductivo, como si el no hacer les garantizara la inmortalidad. Pero el no hacer solo les da derecho a vegetar, que no a vivir. Y es que vivir mata y el sinvivir no, no puede matarse lo que ya está muerto.
Antonio acabó aquel día en la comisaría, detenido por agredir a la funcionaria que se presentó con la grúa municipal para retirar su vehículo por orden judicial, por abandono en la vía pública. La denuncia de los vecinos había prosperado y ahora tendrían disponible una plaza más.
Antonio acabó ese día de jubilarse para envejecerse definitivamente, su último reducto de actividad y puede que lo único que lo mantenía sujeto a la vida se había esfumado, también víctima del paso del tiempo. Murió pocas semanas después de un derrame cerebral, incapaz de contener la sangre en su lugar, perdido su propio lugar.

4 comentarios:

  1. Triste personaje. Cruda realidad. Espero no verme un día en esas, me refiero a ese final sin nada a lo que agarrarse. En cuanto a lo del derrame cerebral, no está mal. Seguro que es como dejarse dormir.

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  2. Interesante y descriptivo; cruel, pero fiel.

    Enhorabuena.

    Rodrijul

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  3. Qué triste, cuando te aferras tanto a lo que consideras tuyo que lo dejas morir, sin cuidado, hasta que alguien te recuerda que ya no debería ser tuyo.
    Qué triste lo que el egoísmo puede llegar a hacer con los demás (ese coche es más que un coche: es todo un concepto vital) y con uno mismo.
    Me ha encantado

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  4. Gracias, mis queridos seguidores, la realidad a veces es triste, pero ¿quién es responsable de su propia realidad?

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