martes, 17 de abril de 2012

Santas a color

En el pueblo eran muy religiosas, de misas, procesiones y penitencias. Las que no iban de negro por lutos encadenados, iban con los hábitos prometidos en pagos divinos de deseos más o menos satisfechos: de marrón con cinta amarilla si la Virgen del Carmen colaboró en la pesca y los hombres no se quedaron por el camino de vuelta, morado si había sido Santa Pilar la convocada, aunque más raro, porque allí eran las carmelas las que cortaban el bacalao. Pero a Eloísa le gustaba el rojo, pero el rojo rojo, como los tomates maduros, rojo sin tapujos.
Eloísa se vestía de rojo hasta los calcetines, hasta el sombrero, menos el bolso, que era verde lechuga fresca. La gente la criticaba sin saber cuál era la santa de su devoción, porque en el pueblo todas eran de lo más feministas en esto del santoral: las promesas siempre fueron marianas. Pues eso, que a Eloísa la criticaban por puro desconocimiento, porque ella era devota como la que más. Devota de los desamparados practicantes, ella era la abanderada.
            Practicante de su propio desvalimiento, cultivó a pulso abandonarse hasta el límite de la indigencia para castigar a saber qué culpable de sus desventuras. Poco aseada, ninguna quería compartir el banco en la iglesia, ninguna le preguntó nunca a quién dirigía sus oraciones, qué santa escarlata había elegido para sus alabanzas y reproches, qué cumplidas promesas amortizaba ella con sus rezos.
            Un día apareció en la plaza vestida toda de verde, hasta los calcetines y el bolso, y más limpia. También esta vez la criticaron, pero tampoco le preguntaron si había cambiado sus novenas. La dejaron estar, como siempre. La dejaron colarse en el confesionario, quizá creyeron que ese día tenía algo urgente.
            La sobrina del cura lo contó, en secreto, por supuesto: Eloísa se dio de baja, ya no le rezaría más a su virgen porque llevaba años rogándole que se llevara a su marido a vivir allí arriba con ella y al final había tenido que agenciarle personalmente el billete.

11 comentarios:

  1. Un giro en la trayectoria habitual, que por primera vez me obliga a leer dos veces, y pensar...

    Buen giro.

    Rodrijul

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  2. Qué buenas mujeres enlutadas, con uniformes para engalanar sus deseos. Y si no hay caso, pues se cambia uno de chaqueta o de traje, oiga, que para eso hay donde elegir. Como siempre un delicioso postre para la cena. Enhorabuena

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  3. Gracias, Rodrijul, encantada de hacerte pensar en estos tiempos de despensamiento alienado, no permitiré que dejes de hacerlo.
    Gracias, Miguel, es todo un honor que te hayas tomado mi texto de postre. Me ha gustado eso de "uniformes para engalanar sus deseos", me lo voy a copiar y te lo regalo en otro texto.
    Besos

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  4. Fantástico, Ángeles. Se me han agolpado en las retinas todas las mujeres enlutadas y vestidas de promesa de mi infancia.
    Me ha encantado

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  5. Gracias, Ana, me alegro de que te gustara.
    Un beso

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  6. La estampa es de cuadro. Aún quedan ese tipo de estampas. Estampas de sociedades con Vírgenes, religiosas, misas, procesiones... y "Ángeles" malos.
    :)))
    Me ha gustado Ángeles.
    FranCo

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  7. Gracias, Francisco, ya sé que a a ti también te gustan los angelitos negros.
    Besos

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  8. He podido oír hasta sus rezos y sus críticas enlutadas y sanguinolentas. Me ha gustado mucho.

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  9. Oyes porque estás atenta, trataré de no dejar de atraer tu atención a mi blog.
    Un beso

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  10. "Se dio de baja", very funny, dear. Me ha gustado. Besos

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  11. Gracias, Claudio, qué bueno que te guste, maestro.
    Un beso

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