martes, 22 de mayo de 2012

Algarabía


La calle que llevaba al barrio de los pescadores era bastante empinada, por eso dejaban las barcas varadas en la playa o al pie de la cuesta. Era un barrio de casas blancas con puertas y ventanas en verde o azul, según la tradición marinera que venía de atrás, quizá con la intención de identificarlas desde lejos, pero todos los pueblos de la costa tenían la misma costumbre, así que supongo que haría ya tiempo que se orientaban en el mar de otra manera para volver.
La música por las fiestas de la patrona se oía desde la carretera, animada, daba ganas de pasarse a ver. Hacía calor, aunque la brisa alísia refrescaba las calles encaladas. Por la mañana ya habían sacado a la virgen en la procesión marina, se notaba por los barcos engalanados de colores, así que ahora estarían rematando la faena en la plaza con la verbena de día. Estarían todos en la plaza, porque las calles relucían limpias y desiertas.
La algarabía de la música atronaba en el mediodía azul brillante de julio invitando a bailar, a unas risas y a cerveza fría. Subimos la pendiente guiados por el bullicio y por la torre de la iglesia: las tres en punto. ¡Qué sed! La música se hizo estridente al llegar a la plaza adornada festiva, pero completamente vacía, ni un alma. Los quioscos cerrados, las puertas trancadas, las persianas echadas. Solo estaba abierta la puerta lateral de la iglesia, era la de la sacristía. Fue obligado ir a preguntar por esa fiesta tan rara, una fiesta sin gente. ¿A dónde se habían ido todos?
El sacristán era el único que había dentro, al fresco, se entretenía colocando las filas de bancos alineadas al milímetro, obsesivo, ni levantó la vista cuando entramos. El pelo cano, escaso y despeinado. La espalda curvada hacia el suelo en actitud esforzada. Las manos temblonas. Los ojos saltones acabaron mirándonos pero como sin ver, por eso se sobresaltó cuando le preguntamos ¿y la fiesta?, ¿dónde está la gente?
- ¿La gente? ¿Qué gente? ¿Los que se llevaron la Carmita esta mañana? ¿Los que el año pasado me la trajeron humedecida en salitre y estuve más de una semana para alisarle otra vez el pelo? ¿Los que le encogieron el manto marrón con dorado porque se les escoró al embarcarla? Solo Dios lo sabe, yo no sé hasta dónde alcanzaría la pólvora de los fuegos que le coloqué dentro a la imagen copiada. La guardaba en el almacén de cuando se estuvo restaurando, hoy la aproveché, era un desperdicio allí arrimada.

5 comentarios:

  1. Ángeles, con curas así no me extraña que la gente vaya cada vez menos a misa, como dice mi madre... Es que si vas, te liquida.
    Un buen relato. Una buena "vuelta de tuerca". Un pueblo fantasma por un sacristán obsesionado por la perfección.
    Me ha gustado el desenlace increíble.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Un sacristán de rompe y rasga. A juego con la traca final.
    Fantástico, Ángeles.

    ResponderEliminar
  3. Gracias, amigas.
    Cierto, Petra, hay que andarse con cuidado con los fantasmas, que lo mismo son de carne y hueso.
    Anita, con sangre, como a ti te gusta.
    Besos

    ResponderEliminar
  4. Magnífica crónica festera, que invita a leer la que contará el suceso de la procesión de retorno; pero probablemente tengamos que esperar a la próxima festividad carmelita para conocer lo sucedido.

    Muy buen trabajo.

    Rodrijul

    ResponderEliminar