martes, 5 de junio de 2012

De pájaros agoreros


Lleva ahí arriba toda la mañana, subido al tejado cazando o tratando de cazar pájaros a tirachinazos. Casi desnudo, despeinado, con barba de varios días. Es raro, el vecino siempre tan ortodoxo, ¿qué le habrá ocurrido con los pajaritos? Estaba pensando acercarme a preguntarle, pero tiene una pinta de enajenado, con los ojos que parece se le vayan a saltar de la cara, que no sé, me da un poco de miedo. ¿Y si se cae?, luego me dará cargo de conciencia no haber avisado a alguien, ¿pero a quién? ¿A los bomberos, la ambulancia o a los servicios sociales? Bueno, me da igual, voy a hablar con él a ver qué averiguo.
-Buenos días, vecino, hace buen día hoy, ¿verdad? –Empiezo rodeando.
-Si lo dices por el sol, vale, pero por lo demás…
-¿Lo demás? ¿A qué te refieres? ¿Algún problema? –Digo encantada de que me lo ponga tan fácil.
-¿Problema? Ah, ¿pero no lo sabes?
-¿Saber qué? –Le devuelvo convencida de que la enajenación parece ya bastante estructurada.
-Lo de los pájaros, que se han multiplicado más de la cuenta y ahora nos están invadiendo por el tejado.
            Efectivamente, como una cabra. Lo cierto es que en las últimas semanas los pájaros de la urbanización se han disparatado, sus chillidos molestan incluso de noche, no me extraña que se le hayan metido en la cabeza. Pero así y todo, no me cuadra.
            -¿Cómo que nos están invadiendo? Ni que fueran una potencia extranjera.
           -Terroristas, eso es lo que son, hay que exterminarlos o ganarán ellos, son muchos, cada día más, ¿no ves que no paran de follar? –Pareciera que enloquece por momentos.
            -¡Vaya, vecino! Cualquiera diría que estás envidioso.
            -¿Envidioso yo? Anda, sube y verás de lo que te estoy hablando.
         ¡Bufs! ¿Y ahora qué hago? Si no subo, lo mismo se enajena más, pero si subo es como apoyar su delirio. No sé, no tengo experiencia en estas cosas. En fin, subiré, así podré demostrarle que alucina. Aunque a ver si me voy a caer rodando, ¡quién me mandará…!
          -¡Qué miedo!, aquí no hay barandillas para sujetarse –llego arriba a duras penas, tengo que reconocer que me puede la curiosidad de escuchar la historia que se haya inventado.
          -Mira, mira ahí dentro –me señala un hueco debajo de las tejas desde donde la estridencia de los gritos de los pájaros se hace tan insoportable que asusta.
         Me agacho para mirar a través del agujero. El olor y los chillidos espantan: es un olor metálico, como la sangre; los chillidos hacen crujir los oídos. Al mirar dentro cuesta adaptarse a la oscuridad en contraste con el brillo del sol de mediodía. Cuando al final consigo distinguir las sombras, se me hiela hasta el pensamiento: miles de pájaros empastados como si fueran una masa movediza de sangre y plumas de la que sobresalen los picos chirriantes que compiten por alcanzar la luz exterior.
            -¡Tenemos que sellar este agujero, vecino! Olvídate del tirachinas.

2 comentarios:

  1. Interesante, entretenido, intrigante, sorprendente e inesperado final de un relato capaz de albergar tantos atributos en tan pocos párrafos.

    Rodrijul

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  2. Gracias, Rodrijul, no dejes de volar por estos lares.

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