sábado, 18 de agosto de 2012

Germán, el del descansillo


Mi hija Carolina está empeñada en ir a ese fiestorro del sábado que organizan los golfillos nuevos del sexto. No sé qué tanto interés tiene, son un poco mayores para ella, aunque con esta juventud nunca se sabe. No sé, pero hay que ver cómo se ha puesto cuando le he dicho que no me parece bien. No sé... Creo que se lo voy a comentar a Germán, como quien no quiere la cosa, lo mismo sabe algo más de los nuevos, él sabe de todo.

–Hola, Germán, hay que ver el calor que hace, ¿verdad?
–Y que lo diga, doña Lola, aquí en el descansillo no corre el aire, como no hay corriente.
–Cierto, le voy a decir al presidente que abra la ventilación de la escalera ahora en verano porque aquí no se puede dormir.
–¿Dormir? Desde que empezó el calor no pego ojo. Bueno, mal no me viene, porque así tengo bastante controlada la finca, de día y de noche.
–No se le escapa detalle, ¿eh, Germán?
–Ahora con el sube y baja por la fiesta de los del sexto tampoco se puede descansar mucho. Es que, ¿sabe?, aprovechan cuando los vecinos se han recogido para meter el avituallamiento en el piso. Desde luego que no les va a faltar de nada, cajas y cajas de bebidas. Comida es lo que no he visto que traigan mucha, será que ya irán cenados. En fin, que el sábado esto va a ser un infierno, fíjese que tengo pensado dormir en la plaza con la fresquita. Además, entre usted y yo, no me parece gente de fiar, no se sabe en qué trabajan, ¿con qué se pagan el piso, entonces? No sé, no me gustan esos dos tipos viviendo juntos.
–¡Vaya!, Germán, le dejo que tengo que tender la lavadora.

Si es lo que yo decía, que no, que Carolina no va y punto, se ponga como se ponga.


* * *

–¿Una fiesta? Genial, Luis, me parece una idea estupenda, así invitamos a todos los vecinos y entramos en la comunidad con buen pie. ¡Genial! Hay que tener en cuenta que nada de alcohol ni jaleo hasta tarde para causar buena impresión. No te olvides de que el compartir piso para poderles pagar lo que se han agenciado las brujas de nuestras ex puede hacernos parecer gays, y estos son un poco cavernícolas. Y eso que hasta Germán nos conoce de cuando dormía en el cajero de nuestra sucursal y sabe que tenemos sueldo fijo... Sí, tienes razón, hay que empezar por Germán.

–Hola, Germán, mejor aquí que en el cajero, más tranquilo, ¿verdad?
–Y que lo diga, don Alfredo, en el cajero no se podía dormir con el entra y saca de los que iban por dinero en la noche, vaya usted a saber para gastarlo dónde, además, hacía más calor, por eso me mudé el mes pasado.
–Ah, pues me alegro de encontrarlo de nuevo.
–Ya me enteré de lo de su divorcio y el de don Luis, una lástima, con lo lindos que son sus niños...
–Sí, Germán, pero cuando no puede ser, no puede ser.
–Claro, claro, si yo no me meto.
–Y qué me dice de los vecinos, ¿son buena gente? Contamos con usted para que nos haga buena prensa.
–Cuente con ello, don Alfredo, no crea que me he olvidado de cuando me llevaba mantas y comida caliente en invierno. Pero si le soy sincero, y confío en que esta conversación no salga de aquí, los vecinos son un poco... cómo le diría, “ligerillos”, vamos que si yo le contara de los ires y venires por las noches, no sé si iban a querer quedarse usted y don Luis.
–¡Qué me dice!, pero si parecen tan discretos...
–¡Qué va!, todo lo contrario. Mire, sin ir más lejos, Matilde, la divorciada del tercero se pasa el día espiando los pantalones que suben o bajan por la escalera, yo sé cuándo hay alguien detrás de una mirilla. O peor, Asunción, la del quinto, que parece que no tiene bastante con su marido, el pobre, que trabaja en seguros de sol a sol, y se hace la encontradiza con Jorge, el del despacho de aparejadores del primero. Yo creo incluso que esos encuentros ya han pasado a otra fase, pero yo no me meto, allá cada cual con su vida.
–Ya veo. En fin, parece que hay bastante ambiente en esta escalera. Bueno, ya sabrá que estamos preparando una fiesta para el sábado a la que están invitados todos los vecinos para presentarnos en la comunidad, incluso esperamos que usted se pase por allí. Así que lo dicho, que nos haga buena prensa.
–¡Ah!, ¿que yo también estoy invitado?
–Pues claro, Germán, usted es un vecino más, y no el menos principal, no hay más que oírlo.
–Gracias, don Alfredo, muchas gracias, no faltaré.

Desde luego que había que empezar por Germán, no hay más que oírlo.

* * *

El sábado no faltó ni el gato. Ni el gato, digo, el del ático, que no paraba de repasar los vasos vacíos. Menos mal que no había alcohol, que si no acaba gateando en zigzag. Ni las vecinas “ligerillas”: Asunción, del brazo de su apuesto marido; Matilde, la madre de Carolina controlando a su hija, que parece que sus intereses iban más por José María, el dueño del gato, que por sus nuevos vecinos mayores; ni Jorge, el amigo gay de Asunción desde los tiempos del instituto. Ni por supuesto Germán, el alma de la fiesta, que de tanto trasiego de dimes y diretes acabó bailando ebrio con la portera que se dejaba hacer. Por lo menos ese día no hubo que oírlos. Nadie investigó lo que bebieron, ese día no.

Moraleja: si quieres que los vecinos no te molesten cuando organizas un fiesta en tu casa, invítalos.

5 comentarios:

  1. Pues genial la idea, es la mejor forma de evitar problemas, si están invitados y participan en ella no habrá quejas.

    Muy bueno el relato Angeles. Saludos desde mi mar.

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  2. Gracias, Yashira, ya sabes, evita conflictos vecinales.
    Un beso

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    Respuestas
    1. Pues no lo había leído del todo... y aun así, la primera historia era redonda. Me ha gustado más todavía, por contraste con las siguientes. Qué bien reflejadas las relaciones y el calor sofocante :)

      Acertada moraleja, Ángeles.
      Un relato con diferentes puntos de vista e historias enfrentadas, muy bien desarrollado.

      Besoooos demasiados calurosos, ¡ya lo creo!
      Amparo Martínez Alonso

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    2. Gracias, Petra, me alegro de que te haya gustado y espero verte palabrando por aquí.

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