martes, 4 de septiembre de 2012

Con ganas


La cuesta parecía empinada, hasta parecía empinarse más a medida que Eloy ascendía. Cuesta arriba, desde luego. Había fantaseado tanto con ese momento, encontrarse a Lucía nuevamente, después de tantos años, de tantos avatares, de tantas otras subidas y de otras tantas bajadas. Hacía calor, el verano estaba apretando con ganas, pero él tenía más, más ganas de subir, otra vez.
          Habían quedado en el mirador, el mismo lugar en que se despidieran hacía ya más de veinte años. Prometieron volver a verse y eran personas de palabra.
Eloy llegó primero, la plataforma estaba casi vacía, tan solo algunos personajes solitarios que subían a alimentar sus melancolías y dos o tres parejas inundándose con sus primeros versos. Contempló el paisaje, familiar a pesar de que no había vuelto en esos años, también a él le tentó la nostalgia de la poesía de aquellos tiempos que parecía emanar de las impresionantes vistas de la ciudad rodeando la bahía, tan silenciosa desde allí, tan lejanamente cercana. Por un momento deseó que Lucía no acudiera, que continuara siendo un recuerdo idealizado y maquillado a través del tiempo, temió que la realidad le destruyera la fantasía a la que se había aferrado muchas veces para no caerse del todo. Pero no, quería volver a verla.
La tarde se apagó casi sin que se diera cuenta, perdido en sus pesares, diluidas sus ganas. Lucía no acudió y él dudaba cómo reconstruir el hechizo, el sortilegio llevaba hasta allí, ahora no sabía qué quedaba: la cuesta abajo.
No se fijó bien, con la mirada neblinosa de pasado se perdió el presente. Lucía estuvo toda la tarde apoyada en la baranda respirando añoranzas imposibles de renovar. Esperaba que la reconociera, aunque lo dudaba mucho con todos los quilos que se había puesto en el cuerpo como para apartarse de tentaciones mundanas; el pelo recogido de cualquier manera y sin maquillar, porque a última hora había salido corriendo de sus múltiples obligaciones domésticas; con aquel batilongo floreado que parecía haber heredado de su abuela porque la economía familiar no estaba para dispendios. Sin embargo él, se le veía tan apuesto… el tiempo había sido más benévolo.
No, no se reencontraron porque no quisieron verse y se quedó cada uno con sus ganas.

6 comentarios:

  1. El tiempo no tiene piedad, por mucho que queramos congelar el momento. La otra vez me vi en una foto de hace veinticinco años. Era mi boda. Me sorprendió ver que en aquella foto, mi padre era más joven que yo hoy. Me dio vértigo. El caso es que seguía viéndolo a él más mayor que lo que yo me veo hoy. ¡Qué cosas! Está claro que nos miramos al espejo cada mañana, pero nuestros ojos ponen un velo para ocultar lo que es evidente: no somos lo que fuimos por mucho que nos empeñemos.

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  2. Pero no envejecemos en lo psíquico y eso hay que aprovecharlo, así que a ello, amigo.

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  3. Lo arriesgado no es el tiempo, sino sus paréntesis. Por eso a veces las viejas historias se quedan tan viejas, tan rotas, tan... tan lejos.
    A veces me sucede como a Miguel Ángel, pero me doy cuenta que ese paso del tiempo por mí, a quien sorprende es a los que tardan años en verme.

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  4. Lo importante no es que pase el tiempo, que pasa inexorablemente, sino lo que hacemos con él, eso es de nuestra entera responsabilidad.

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  5. Impactante historia; aun imaginando el final, nos trasladamos a un paraje en el que sucedieron las cosas de otra manera, con mucha más profundidad de mensaje y más inesperada de lo que habíamos imaginado. Muy buen relato.

    Rodrijul

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  6. Gracias, Rodrijul, me alegro de despertar tu imaginación con mis letras.
    Un beso

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