viernes, 21 de septiembre de 2012

Porteros animados


En una de las pocas casas viejas que quedaba por restaurar en la calle que lleva al Barranco de las Ánimas, en el menguado barrio antiguo de la capital, parecía que empezaba a haber movimiento a juzgar por el ultramoderno portero automático que acababan de instalar junto a la puerta destartalada. Sin embargo, la casa se veía igual de abandonada, aunque todavía robusta y rescatable. Un portero electrónico de última generación con cámara incorporada como para un edificio de diez plantas en una casona de hace más de un siglo con solo dos alturas –no iba a ser que fueran a construir un edificio partiendo del portero automático–, qué extraño.
La tentación guió mi dedo curioso a un botón al azar, el quinto B:
–¿Sí? ¿Dígame? –Contestó una voz femenina joven, ¡¿la del quinto B?!
–Soy el cartero –dije por recurrir al tópico rápido sin contar con que había anochecido y ya no era horario funcionarial.
–Pase, pero fíjese bien y no confunda los buzones, que últimamente se hacen ustedes un lío –y abrió la puerta sin reparar en detalles.
La penumbra azulada del zaguán iluminaba lo justo el garito para elegir diversión nocturna virtual en 3D.

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