martes, 19 de febrero de 2013

Que me estoy muriendo


–María, ven, que me estoy muriendo.
–¿Cómo que se está muriendo, abuelo? ¿Otra vez?
–Que sí, que me estoy muriendo, que esta vez sí, llama a Aurora.
–¿Para qué voy a llamar a Aurora?
–Porque me estoy muriendo, te digo, coño.
–¡Cómo va a ser eso! ¿Por qué dice que se está muriendo esta vez?
–Porque yo lo sé, vaya si lo sé.
–Sí, lo sabe, como siempre.
–Avisa al médico.
–¡Al médico a estas horas! A estas horas no puede venir, son las tres de la madrugada. Mejor será que esperemos a por la mañana para avisar al suyo.
­–Por la mañana ya me habré muerto. Avisa al cura, entonces.
–Don Antonio es muy mayor, abuelo, y no sale de casa a estas horas.
–¿Aunque yo me esté muriendo?
–Que estas no son horas de morirse, que son horas de dormirse.
–¡Pero cómo me voy a dormir si me estoy muriendo!
–Cuéntese alguna de las historias que nos cuenta repetidas, seguro que lo duermen, con los demás no le fallan.
–Yo muriéndome y tú pensando en historias. Llama a Aurora, anda.
–Pero deje a la abuela tranquila, que está durmiendo.
–Sí, claro, yo camino del cementerio y ella durmiendo tranquilamente.
–Que no está camino del cementerio, abuelo, que de lo que tiene que estar camino es de dormirse.
Se duerme. María apaga la luz. La abuela con las pastillas no se enteró de nada.
Por la mañana, María va de nuevo a verlos:
–¿Cómo amanece, abuelo?
–Bien, hija, gracias.
–¿Durmió bien anoche?
–Pues sí, esas pastillas nuevas que me recetó Don Manuel son mejores que las de antes, y no me hacen soñar tanto.

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