martes, 24 de junio de 2014

Por San Juan

Aurora se llevaba todos los días a su anciana madre al trabajo, decía que porque no tenía con quién dejarla. Aunque en realidad nada le impidiera quedarse con ella misma. La madre se sentaba detrás de la silla de la hija en la oficina de Correos a hacer ganchillo. Pero lo del ganchillo era una tapadera, lo que le gustaba de verdad era vigilar las rendijas de la persiana de la puerta que daba al pasillo, empeñada en tenerla siempre cerrada por las corrientes. Así se aseguraba de que las corrientes no le llegaran a la hija. Y hacía ganchillo entre rendijeo y rendijeo. Una colcha de flecos amarillenta de tanto hacer y deshacer por no acabarla y perder el hilo. El cordón con que amarraba a la hija. Y la hija que no veía, mi amante madre, y la madre que la quería, mi amada hija.
Pero vino el viento a colarse entre las ranuras cuando Juan, el nuevo jefe, inundó el ambiente cargado de madre e hija, pesado de estancamiento antinatural. Y la hija empezó a ver, y la madre también y se afanó en tejer. Y la colcha que pedía más hilo, más flecos, más lecho. Y la hija que suspiraba por catres más bien descolchados... 
              La noche más corta de junio la invitó a inmolarse para renacer con San Juan. Entre las cenizas de la hoguera se adivinaron restos de flecos que ya no podrían retejerse más.

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