viernes, 15 de septiembre de 2017

Presentación de "Crónicas del Acojeja" en Guía de Isora el 14 de septiembre




Tres escritoras isoranas presentan su obra en las Fiestas Patronales




Las crónicas de un pueblo ficticio del sur de Tenerife en los años 60; un poemario que nació en Facebook y la novela sobre una mujer a quien aguarda un cambio imprevisible. Diferentes visiones de una realidad en las obras literarias de Dácil Carro, Magdalena Martín y Ángeles Jiménez. 
El Ayuntamiento de Guía de Isora ha acogido en el marco de sus fiestas patronales la presentación de las obras literarias ‘Crónicas del Acojeja’; ‘Rosas Amarillas desde el Universo’ y ‘Piel Taína’.
La concejala de Cultura, LoPresentación escritoras isoranas y concejala Lorena Medina_MG_5426rena Medina Mora, explicaba que el consistorio siempre busca un espacio para dar visibilidad a los escritores del municipio, y en este caso “ha sido una feliz coincidencia que este año sean tres mujeres las que presenten sus obras, fruto de un esfuerzo personal que se convierte en medio de expresión de la cultura colectiva y de la historia del municipio”.
‘Crónicas del Acojeja’ es una obra colectiva que recrea el mundo rural en el sur de Tenerife en los años 60, y lo enfrenta con otro mucho más fantástico y original, con numerosos y variados personajes que van apareciendo en el bar ‘Acojeja’, un lugar donde también tiene cabida el sentido del humor. Entre sus autores se encuentra la médico Ángeles Jiménez. Natural del núcleo isorano de Acojeja, Ángeles recrea en su relato, cómo era “la educación de antes”, basándose en las historias contadas por sus mayores y en los recuerdos personales que la autora tiene de doña María y doña Avelita, ambas maestras de la ya desaparecida escuela unitaria de Acojeja.
Dácil Carro, compagina su labor como docente con su amor por la naturaleza, el deporte, su familia y la literatura. ‘Rosas Amarillas desde el Universo’ es su primera novela. Cuenta la historia de María Vega, una chica de ciudad que lleva una existencia de lo más monótona, hasta el día en el que una misteriosa mujer se cruza en su camino. Esta mujer aprenderá a mirar el mundo de otro modo, atreviéndose a abrir puertas desconocidas que jamás imaginó que existiesen. “A pesar de que esta novela no es autobiográfica, para mí también supuso un reto, por el momento en que me encontraba y porque la escribí en cinco días”, afirma Dácil Carro.
El tercero de los libros presentados, ‘Piel Taína’, es el sueño cumplido de  Magdalena Martín Fleitas. La autora, cocinera de profesión, empezó escribiendo versos en Facebook hasta que le animaron  a recopilarlos en un libro. “Este poemario es un viaje por los sentimientos, a través de los estados por los que transita el ser humano desde que nace hasta que muere, y el título tiene que ver con esos procesos de cambio que todos experimentamos”, reconoce Magdalena.

Sala de Usos Múltiples del Auditorio de Guía de Isora














domingo, 3 de julio de 2016

Presentación de “Al norte de abril”, de Claudio Colina, en “El libro en blanco” el viernes 1 de julio


Entramos en el núcleo duro de la Unión Europea gracias a una limpia escalera mecánica que nos eleva desde el vientre climatizado de la estación subterránea hasta un cruce del centro… El tren de cercanías atraviesa, sin sobrepasar la velocidad máxima permitida ni los niveles de ruido establecidos en la normativa comunitaria, arboledas políticamente correctas y pasos a nivel en los que las bicis, vehículos ecológicos que permiten el desarrollo sostenible, esperan su turno.
Así comienza Claudio sus veintiséis relatos hiperrealistas, secos, afilados, pero con muchas aristas para investigar, que toma su sugerente título de uno de ellos, “Al norte de abril”, aunque también podría haberlo tomado de este otro, “Bolas, esferas, líneas”, en alusión al mundo esférico sin principio ni fin, al mundo globalizado del Estado del Bienestar, con el que hace un juego de bolas a lo largo de todo el libro. El mundo del delirio de lo políticamente correcto, sin aristas: mi consejero me ha dicho que debo alejarme de los lugares con aristas. Un mundo en blanco en el que los matices vienen siempre del exterior, de los extranjeros, distintos, árabes, sudamericanos: todo trenzas azabache y sonrisa amable de unos andinos en una estación de tren.
Claudio nos muestra su particular viaje por varias ciudades europeas, Frankfurt, Dublín, Ámsterdam, Bruselas, Londres, Lisboa, Edimburgo o Reikiavik, todas ciudades del núcleo duro del Estado del Bienestar, para hacernos la aparente propuesta de visitar Canarias con ojos europeos, con la mirada globalizada de los ciudadanos comunitarios, porque no somos tan ultraperiféricos.
 Apareció el camarero, un magrebí delgado y moreno, con un bigote perfilado como un paréntesis… le pedimos unas Jupiler del tiempo (frías), pero notamos que el hombre se quedaba de pie junto a la mesa, como aguardando más órdenes. ¿Sucede algo?, le preguntó el agente en francés imperfecto. Y respondió, en imperfecto español, que bienvenidos a Bruselas, que se alegraba de encontrarse con un grupo de españoles, que era un sahariano emigrado a Fuerteventura y que había sido camarero en Las Galletas antes de instalarse en las tierras del frío con sus primos.
La deliciosa descripción de “El cruce de Arinaga” forma parte de una segunda propuesta para observar con otra mirada diferente, desglobalizadora, escondida detrás de lo visible según la normativa vigente:
Luego, entre badenes suaves y casas sin pintar, encontramos una carretera que miraba hacia el sur. Una carretera que empieza con la sequedad de los colores pardos, va ensanchándose luego hacia los ocres, y es dominada, cuando se adentra en los llanos sureños, por un amarillo cada vez más intenso. El cruce de Arinaga. Ella mira a derecha e izquierda, con los ojos entornados por el sol y las ventanillas del coche subidas para evitar el viento arenoso, en este lugar que no tiene nombre propio sino etiqueta de tránsito, de pasaje, de viaje a otra parte. Aceras anchas a medio pavimentar, bares de piscolabis y más viento arremolinado sobre las azoteas irregulares, rematadas a mano con bloques descarnados. Pero el amarillo es más intenso allá, a lo lejos, hacia la costa, entre las naves industriales que parecen implantes forzosos en la piel de la tierra, donde el océano corta de un tajo azul el color de la arena.
Y como máximo exponente de la globalización, el conductor del autobús había alcanzado el nirvana a través del pensamiento único: silbaba la cancioncilla del verano, impuesta a fuerza de billetes por los Cuarenta Demenciales; así como el recién empleado Yo mismo acababa de ser globalizado, era consciente de ello, y empezaba a notar las mutilaciones del pensamiento único en el mismísimo trigémino. Una sensación insípida, pero presente. […] Una empresa franquiciada especializada en la selección de personal había aceptado mi ridículum vitae para una multinacional del ramo de los desayunos, que me ofrecía un salario infinitesimal cual dosis homeopática y una gran libertad de movimientos en el marco del organigrama de la empresa, es decir: que un día trabajaría aquí, y otro allá.
            En ese instante me di cuenta de que el ochenta por ciento de las cosas que hago a lo largo del día no tienen ningún significado personal. […] A las seis de la mañana me despertó un resplandor. Salí del saco de dormir para subirme a una roca salpicada por las olas y contemplar el latido potente y mudo del faro de Rasca, la ráfaga que barre las incertidumbres de los viajeros. No de todos, solo del ochenta por ciento de ellos. El veinte por ciento restante prefiere seguir viviendo sus incertidumbres.
            Quizá en ese veinte por ciento esté incluido el café que borbotea en la cafetera de aluminio a las seis menos diez de la mañana está más vivo que el preso que espera frente a la puerta de la cárcel el día en que se cumple su condena. Por la tarde es mejor tomarse un café con leche.
            No puede evitar Claudio hacer un guiño al glaciarólogo profesor de su novela “Escaleno” en el relato “Fito y las burbujas”: En el hielo viejo de los glaciares han quedado atrapadas burbujitas del aire que se respiraba en la Tierra hace miles de años. Burbujas de atmósferas pretéritas aprisionadas como bocanadas en miniatura de una brisa de cuando no existía el tiempo, porque el tiempo no se medía.
            Por ahí se debatió sobre la irrealidad del tiempo y de que, en definitiva, el tiempo no existe, existe lo que hacemos con él.
            Y de ahí pasamos a si la realidad existe de verdad o nos la inventamos, si los relatos de Claudio son en realidad crónicas o de verdad ficción. Él no lo dejó del todo claro, nos remitió a la frase de Luis Aguilera con que nos introduce en su libro: Tenemos la necesidad de mentir porque partimos siempre de la convicción de que no se nos va a creer.

            Cada uno de nosotros sacó sus propias conclusiones, o quizá no. Les invito a que saquen las suyas leyendo los relatos en el veinte por ciento del tiempo que dediquen a navegar entre las incertidumbres del vivir.










miércoles, 15 de julio de 2015

Desembarco

Aurora se embarcó en aquel crucero como solía embarcarse en el resto de sus aventuras cotidianas, algunas menos cotidianas que otras, pero a las que ella aplicaba el mismo procedimiento reflexivo: ¡vamos! La convenció su fantasía romántica de escribir a bordo, arropada en una manta sobre una hamaca de cubierta bebiéndose un combinado —sin fumar, que ella era muy activista—. Por eso se decidió por uno que recorriera el verano de los mares del norte, le pareció la latitud más apropiada para soltar su inspiración. Y sola, claro, si no cómo iba a fantasear hasta el delirio narrativo, desde luego ni sus amigas ni sus amantes la acompañarían, ella así no podía inventar, que era de distracción fácil.
         Ella para inventar tenía que notar el hueco de lo que le faltaba, de lo que no había podido rellenar con sus creaciones, esas que se creía al ir escribiéndolas. Le gustaba repetir que era una creída porque se lo creía todo, las películas, las novelas, se creía hasta la vida que se inventaba para ella misma, que una vez escrita, zas, se convertía en realidad. Y algo de eso había, porque insistía en que comprobaba con la frecuencia del experimentador que sus hipótesis se materializaban, algo así como una profecía de autocumplimiento, o como una escritura de autorrealización, porque en lo que no entraba era en la escritura de autoayuda, ella no escribía para redimirse de nada, ni para darle la brasa a nadie con las megalomaníacas novelas del neurótico estándar. No, ella no contaba su vida, ella se la creaba y luego se la creía para vivirla punto por punto. Si algo no le cuadraba, pues cambiaba unas frases, unas comas, algunos adjetivos y listo.
         Pues eso, que decidió embarcarse con el equipaje ligero de las infinitas páginas en blanco que la era digital permite colar a los controles de seguridad, ignorantes no programados para estos peligros. Con el añadido de que se informó que en alta mar no hay conexión a internet, bueno, no hay conexión razonablemente pagable, así que como si no la hubiera. Desconectada para resetearse —no le gustaba mucho eso de reiniciarse, que le sonaba a desperdiciar camino andado—, se lanzó a su aventura.
         Pero esta vez la pensó como un nuevo y ambicioso experimento: ser capaz de inventarse su novela definitiva, sin influencias distractoras que la confundieran. Pensó que así le saldría más auténtica, más genuina, más verdadera. Pero también era consciente del riesgo, de lo delicado de la misión que se había impuesto: desembarcaría con su historia escrita, y aunque sabía que podría revisarla después, lo cierto es que estaba cansada de retocarse la vida una y otra vez, indecisa. Así que ya estaba bien, esta sería la definitiva y con ella tendría que apañárselas.
         Los primeros días de travesía no le aportaron mucho en la construcción de su nuevo proyecto, todos preelaborados de paquete estándar para turistas en manada a los que el viaje les aporta lo mismo que si lo vieran por televisión; viajeros impostados por negarse a renunciar a la mínima de sus comodidades diarias; turistas en tránsito al siguiente destino coleccionable con el que aburrir al osado que se acerque a menos de un metro durante más de un minuto —esto me recuerda a una vez en aquel sitio de esotro lejano país donde estuvimos...—. En fin, todo lo que odiaba Aurora del turista patrio. Es verdad que no pensó en ellos cuando planeó su viaje, pero ahora que los tenía delante le pareció que aportaban realidad a su proyecto, así que los incluyó para tener claros los límites que no rebasaría.
         Entró en el barco ilusionada con unas Vacaciones en el mar perfectas, pendientes desde su infancia, para poco a poco irse dando cuenta de que nunca se puede vacacionar de uno mismo, de que no se puede dejar en casa una mitad para sacar a pasear solo la mitad buena. Y si eso fuera posible, siempre encontraríamos de vuelta a la mitad resentida que nos viniera a recordar que no somos completos —perfectos—, o en el mejor de los casos, que estamos en construcción.
         Y este juego de mitades no viene a cuento por lo de las medias frutas, no, Aurora lo asoció con fundamento: un día se tropezó —literalmente— con una señora con el lado izquierdo paralítico —menos mal, así podía hablar—, otro día con un señor con las piernas inutilizadas en su sillita eléctrica —qué comodidad poder recargarla en el barco—, acompañado de su mujer que por casualidad tenía la mano derecha paralizada —por eso podía hablar y caminar y cuidar del marido—, y así hasta completar todo un catálogo de incapacidades que no pudieron dejar de ponerla en la senda de las suyas propias, igualmente elaboradas a medida.
         Quizá ver a tanta gente funcionando a medio gas hiciera que se le despertara su mitad adormecida, alelada o alienada, o puede que simplemente acomodada en una incomodidad perezosa. El caso es que según pasaban los días iba llenando las páginas que trajo en blanco de una historia, no de su propia y aburrida historia escrita para reconvertirse en heroína, sino de una historia creada para contribuir a que otros se inventen la suya a base de las fantasías mágicas de los libros, a base de las fantasías universales con las que todos nos elaboramos.
         Aurora descartó escribir su novela perfecta y así pudo empezar a trabajar para escribir la novela perfecta, completa, aquella para la que un frío diez de diciembre la invitarían a visitar Estocolmo.
         Desembarcó.
Texto publicado en el nº 2: "Verano", de "Las 4 estaciones" de La Esfera Cultural en julio de 2015

jueves, 11 de junio de 2015

Polvos desintegradores

En el olor a viejo que salió de detrás de aquella puerta podía tasarse los años que llevaba sin abrirse, también en lo que le costó al Jefe del Departamento encontrar la llave, además de lo que le costó a la llave girar en la cerradura. Luego calculando desde lo de don Arturo, el Jefe anterior, pues eso, unos diez años, sí, más o menos diez. Yo todavía no había empezado a trabajar en el Departamento, pero por lo que me contaron los antiguos era eso. Pongo antiguos por no repetir viejos, pero en realidad mis compañeros lo que son es un poco vintage, así como para no quedarse directamente anticuados, les da por el rescate forzado.
Olor a polvo húmedo sobre trastos rotos más de diez años atrás, viejos ya para entonces, pero que Antonio, el Jefe de ahora que quiso modernizarse cuando sucedió a don Arturo con un diminutivo sin don, guardó celosamente durante todo este tiempo. Muy celosamente. Tanto que la gente dejó de preguntarse por el hermetismo del búnker, cada uno ocupado en alimentarse las envidias propias y ajenas buscando una excusa con la que producir absolutamente nada. Así de improductiva y mediocre es la envidia. Así era el día a día del Departamento. Así hasta la semana pasada. Ahora ya no, esto es otra cosa después de la limpieza.
Es curioso, cuestión de energía cuántica, creo, eso dice mi amiga Beatriz cuando nos encontramos en la calle con alguien del que acabamos de estar hablando, yo le digo que es casualidad, pero ella me dice que no, y voy a tener que darle la razón. Desde que abrieron la puerta en presencia del nuevo Director del Centro, por indicación expresa del Director General, también nuevo, nombrado después de las elecciones, y me llegó aquel tufillo a podredumbre, me acordé de la presentación de la novela a la que había asistido la tarde anterior, "El caso de la Pensión Padrón", basada en un asesinato real ocurrido en la ciudad hacía unos años. Daba escalofríos escuchar a los autores —escrito a cuatro manos, como les gusta repetir a ellos dos por ambidiestros—, muy conocidos en nuestra esfera cultural, dar detalles reales del caso, del que hicieron un riguroso trabajo de investigación, que por cierto pudo haber hecho cualquiera, pero que hicieron ellos y por eso lo publicaron.
Pues además de acordarme en ese momento de mi amiga Beatriz —cuando se lo contara iba a flipar— y de la Pensión Padrón, recordé aquello de que la realidad siempre supera a la ficción, bueno, yo voy a ser un poco más conservadora y pondré algunas veces, incluso cuando la realidad supera la ficción de otra realidad. Creo que me he liado, pero ustedes me entienden, porque sé seguro que tienen segundos pensamientos, y no como los simplones del Departamento, pero ahí no voy a entrar por no dispersarme, otro día les cuento. Con entrar en el cuarto oscuro del Jefe ya vamos servidos.
No podrán imaginar la de utensilios despiezados como guardados por ocupar espacio, por si en algún momento venía a conectarse el tiempo y se producía la magia de un encuentro productivo, sin tener en cuenta que es imposible un encuentro en dimensiones diferentes, y que lo viejo solo puede atraer más viejo, y que el presente se inventa desde el futuro impoluto, no desde el pasado casposo.
El Director estupefacto, el Jefe mirando al techo, preocupado de repente por las filtraciones de las lluvias de diez otoños. Como si no supiera nada, quizá pensara que si no se hablaba del cuarto se iba a desintegrar. El cuarto, claro.
Pero no se desintegró, porque lo de “en polvo te convertirás” por lo visto tarda más de una década en ejecutarse y en aquel cuarto todo era polvo menos los restos esqueletizados del que no podía ser otro que don Arturo –los jirones de la rebeca roja con capucha que le cubrían las costillas comentaron que hacía innecesario el estudio forense–, con el cráneo empotrado en un ejemplar amarillento, como las rancias ideas que Antonio sin don se empeñó en publicar en su único libro ­–afortunadamente para la historia de las ideas–, que si acaso solo leyeron sus allegados. Bueno, y por lo visto también don Arturo en extrañas circunstancias.
No puedo imaginarme ningún método de tortura más cruel. Pobre hombre, y todos pensando que se había marchado a Estados Unidos por una oportunidad laboral irrenunciable. Si el Jefe mismo lo llevó al aeropuerto.

domingo, 15 de febrero de 2015

Corazones, al aire

Ay, qué raro tengo el cuerpo, como si me lo hubieran pasado por una trituradora, como una trituradora de basuras para que no quede ni rastro, me pesa hasta el fleco, y hasta las pupilas que no me dejan ni enfocar la mirada, y nauseosa también estoy de lo que se me mezcla el techo con el suelo de nada que trato de fijar las pupilas, que ya dije que no podía, que no podía ni con mi alma, y no sé yo, porque siempre dudo de si el alma va dentro del corazón, no sé, porque el alma es algo hueco, ¿no?, y entonces tendríamos el corazón hueco y yo creo que así no funciona, pero no estoy segura, el médico me dijo que no, que lo mío no era del corazón, que era de los nervios, ¿del alma?, le dije, no me contestó, yo creo que porque no sabía, es que al médico que voy es médico del cuerpo y de lo otro sabe más bien poco, siempre que se me fatiga el cuerpo, así, como estos días, y me da el mareo, este, como hoy, me dice lo mismo, que es de los nervios, pero yo creo que me lo dice porque no sabe de lo que es, aunque del corazón tampoco sabe mucho porque cuando le pregunté por los saltos en el pecho, esos que me dan a veces, sobre todo cuando estoy así, como cansada y con el zumzum del mareo en los oídos, me dijo mmm..., ¿mmm?, le dije yo, no sé cómo interpretarlo...
         Me dejó con la duda hasta hoy cuando me asomé a mi ventana, la grande, la que da a la avenida, y vi todos los árboles cubiertos de corazones rojos que se desprendían independientes hasta perderse en lo alto. Uno de ellos vino a posarse en mi alféizar invitándome a salir. Me subí en su lomo y entonces lo entendí todo: es cierto, el alma habita en los corazones para hacerlos volar. Ya sé cómo hacer para que no me pese el cuerpo ni me mareen las alturas. Si tengo un momento, se lo voy a ir a explicar a mi médico, pero no sé si podré, estoy tan ocupada con todas estas corazonadas...


¡Feliz San Valentín!