miércoles, 15 de julio de 2015

Desembarco

Aurora se embarcó en aquel crucero como solía embarcarse en el resto de sus aventuras cotidianas, algunas menos cotidianas que otras, pero a las que ella aplicaba el mismo procedimiento reflexivo: ¡vamos! La convenció su fantasía romántica de escribir a bordo, arropada en una manta sobre una hamaca de cubierta bebiéndose un combinado —sin fumar, que ella era muy activista—. Por eso se decidió por uno que recorriera el verano de los mares del norte, le pareció la latitud más apropiada para soltar su inspiración. Y sola, claro, si no cómo iba a fantasear hasta el delirio narrativo, desde luego ni sus amigas ni sus amantes la acompañarían, ella así no podía inventar, que era de distracción fácil.
         Ella para inventar tenía que notar el hueco de lo que le faltaba, de lo que no había podido rellenar con sus creaciones, esas que se creía al ir escribiéndolas. Le gustaba repetir que era una creída porque se lo creía todo, las películas, las novelas, se creía hasta la vida que se inventaba para ella misma, que una vez escrita, zas, se convertía en realidad. Y algo de eso había, porque insistía en que comprobaba con la frecuencia del experimentador que sus hipótesis se materializaban, algo así como una profecía de autocumplimiento, o como una escritura de autorrealización, porque en lo que no entraba era en la escritura de autoayuda, ella no escribía para redimirse de nada, ni para darle la brasa a nadie con las megalomaníacas novelas del neurótico estándar. No, ella no contaba su vida, ella se la creaba y luego se la creía para vivirla punto por punto. Si algo no le cuadraba, pues cambiaba unas frases, unas comas, algunos adjetivos y listo.
         Pues eso, que decidió embarcarse con el equipaje ligero de las infinitas páginas en blanco que la era digital permite colar a los controles de seguridad, ignorantes no programados para estos peligros. Con el añadido de que se informó que en alta mar no hay conexión a internet, bueno, no hay conexión razonablemente pagable, así que como si no la hubiera. Desconectada para resetearse —no le gustaba mucho eso de reiniciarse, que le sonaba a desperdiciar camino andado—, se lanzó a su aventura.
         Pero esta vez la pensó como un nuevo y ambicioso experimento: ser capaz de inventarse su novela definitiva, sin influencias distractoras que la confundieran. Pensó que así le saldría más auténtica, más genuina, más verdadera. Pero también era consciente del riesgo, de lo delicado de la misión que se había impuesto: desembarcaría con su historia escrita, y aunque sabía que podría revisarla después, lo cierto es que estaba cansada de retocarse la vida una y otra vez, indecisa. Así que ya estaba bien, esta sería la definitiva y con ella tendría que apañárselas.
         Los primeros días de travesía no le aportaron mucho en la construcción de su nuevo proyecto, todos preelaborados de paquete estándar para turistas en manada a los que el viaje les aporta lo mismo que si lo vieran por televisión; viajeros impostados por negarse a renunciar a la mínima de sus comodidades diarias; turistas en tránsito al siguiente destino coleccionable con el que aburrir al osado que se acerque a menos de un metro durante más de un minuto —esto me recuerda a una vez en aquel sitio de esotro lejano país donde estuvimos...—. En fin, todo lo que odiaba Aurora del turista patrio. Es verdad que no pensó en ellos cuando planeó su viaje, pero ahora que los tenía delante le pareció que aportaban realidad a su proyecto, así que los incluyó para tener claros los límites que no rebasaría.
         Entró en el barco ilusionada con unas Vacaciones en el mar perfectas, pendientes desde su infancia, para poco a poco irse dando cuenta de que nunca se puede vacacionar de uno mismo, de que no se puede dejar en casa una mitad para sacar a pasear solo la mitad buena. Y si eso fuera posible, siempre encontraríamos de vuelta a la mitad resentida que nos viniera a recordar que no somos completos —perfectos—, o en el mejor de los casos, que estamos en construcción.
         Y este juego de mitades no viene a cuento por lo de las medias frutas, no, Aurora lo asoció con fundamento: un día se tropezó —literalmente— con una señora con el lado izquierdo paralítico —menos mal, así podía hablar—, otro día con un señor con las piernas inutilizadas en su sillita eléctrica —qué comodidad poder recargarla en el barco—, acompañado de su mujer que por casualidad tenía la mano derecha paralizada —por eso podía hablar y caminar y cuidar del marido—, y así hasta completar todo un catálogo de incapacidades que no pudieron dejar de ponerla en la senda de las suyas propias, igualmente elaboradas a medida.
         Quizá ver a tanta gente funcionando a medio gas hiciera que se le despertara su mitad adormecida, alelada o alienada, o puede que simplemente acomodada en una incomodidad perezosa. El caso es que según pasaban los días iba llenando las páginas que trajo en blanco de una historia, no de su propia y aburrida historia escrita para reconvertirse en heroína, sino de una historia creada para contribuir a que otros se inventen la suya a base de las fantasías mágicas de los libros, a base de las fantasías universales con las que todos nos elaboramos.
         Aurora descartó escribir su novela perfecta y así pudo empezar a trabajar para escribir la novela perfecta, completa, aquella para la que un frío diez de diciembre la invitarían a visitar Estocolmo.
         Desembarcó.
Texto publicado en el nº 2: "Verano", de "Las 4 estaciones" de La Esfera Cultural en julio de 2015

jueves, 11 de junio de 2015

Polvos desintegradores

En el olor a viejo que salió de detrás de aquella puerta podía tasarse los años que llevaba sin abrirse, también en lo que le costó al Jefe del Departamento encontrar la llave, además de lo que le costó a la llave girar en la cerradura. Luego calculando desde lo de don Arturo, el Jefe anterior, pues eso, unos diez años, sí, más o menos diez. Yo todavía no había empezado a trabajar en el Departamento, pero por lo que me contaron los antiguos era eso. Pongo antiguos por no repetir viejos, pero en realidad mis compañeros lo que son es un poco vintage, así como para no quedarse directamente anticuados, les da por el rescate forzado.
Olor a polvo húmedo sobre trastos rotos más de diez años atrás, viejos ya para entonces, pero que Antonio, el Jefe de ahora que quiso modernizarse cuando sucedió a don Arturo con un diminutivo sin don, guardó celosamente durante todo este tiempo. Muy celosamente. Tanto que la gente dejó de preguntarse por el hermetismo del búnker, cada uno ocupado en alimentarse las envidias propias y ajenas buscando una excusa con la que producir absolutamente nada. Así de improductiva y mediocre es la envidia. Así era el día a día del Departamento. Así hasta la semana pasada. Ahora ya no, esto es otra cosa después de la limpieza.
Es curioso, cuestión de energía cuántica, creo, eso dice mi amiga Beatriz cuando nos encontramos en la calle con alguien del que acabamos de estar hablando, yo le digo que es casualidad, pero ella me dice que no, y voy a tener que darle la razón. Desde que abrieron la puerta en presencia del nuevo Director del Centro, por indicación expresa del Director General, también nuevo, nombrado después de las elecciones, y me llegó aquel tufillo a podredumbre, me acordé de la presentación de la novela a la que había asistido la tarde anterior, "El caso de la Pensión Padrón", basada en un asesinato real ocurrido en la ciudad hacía unos años. Daba escalofríos escuchar a los autores —escrito a cuatro manos, como les gusta repetir a ellos dos por ambidiestros—, muy conocidos en nuestra esfera cultural, dar detalles reales del caso, del que hicieron un riguroso trabajo de investigación, que por cierto pudo haber hecho cualquiera, pero que hicieron ellos y por eso lo publicaron.
Pues además de acordarme en ese momento de mi amiga Beatriz —cuando se lo contara iba a flipar— y de la Pensión Padrón, recordé aquello de que la realidad siempre supera a la ficción, bueno, yo voy a ser un poco más conservadora y pondré algunas veces, incluso cuando la realidad supera la ficción de otra realidad. Creo que me he liado, pero ustedes me entienden, porque sé seguro que tienen segundos pensamientos, y no como los simplones del Departamento, pero ahí no voy a entrar por no dispersarme, otro día les cuento. Con entrar en el cuarto oscuro del Jefe ya vamos servidos.
No podrán imaginar la de utensilios despiezados como guardados por ocupar espacio, por si en algún momento venía a conectarse el tiempo y se producía la magia de un encuentro productivo, sin tener en cuenta que es imposible un encuentro en dimensiones diferentes, y que lo viejo solo puede atraer más viejo, y que el presente se inventa desde el futuro impoluto, no desde el pasado casposo.
El Director estupefacto, el Jefe mirando al techo, preocupado de repente por las filtraciones de las lluvias de diez otoños. Como si no supiera nada, quizá pensara que si no se hablaba del cuarto se iba a desintegrar. El cuarto, claro.
Pero no se desintegró, porque lo de “en polvo te convertirás” por lo visto tarda más de una década en ejecutarse y en aquel cuarto todo era polvo menos los restos esqueletizados del que no podía ser otro que don Arturo –los jirones de la rebeca roja con capucha que le cubrían las costillas comentaron que hacía innecesario el estudio forense–, con el cráneo empotrado en un ejemplar amarillento, como las rancias ideas que Antonio sin don se empeñó en publicar en su único libro ­–afortunadamente para la historia de las ideas–, que si acaso solo leyeron sus allegados. Bueno, y por lo visto también don Arturo en extrañas circunstancias.
No puedo imaginarme ningún método de tortura más cruel. Pobre hombre, y todos pensando que se había marchado a Estados Unidos por una oportunidad laboral irrenunciable. Si el Jefe mismo lo llevó al aeropuerto.

domingo, 15 de febrero de 2015

Corazones, al aire

Ay, qué raro tengo el cuerpo, como si me lo hubieran pasado por una trituradora, como una trituradora de basuras para que no quede ni rastro, me pesa hasta el fleco, y hasta las pupilas que no me dejan ni enfocar la mirada, y nauseosa también estoy de lo que se me mezcla el techo con el suelo de nada que trato de fijar las pupilas, que ya dije que no podía, que no podía ni con mi alma, y no sé yo, porque siempre dudo de si el alma va dentro del corazón, no sé, porque el alma es algo hueco, ¿no?, y entonces tendríamos el corazón hueco y yo creo que así no funciona, pero no estoy segura, el médico me dijo que no, que lo mío no era del corazón, que era de los nervios, ¿del alma?, le dije, no me contestó, yo creo que porque no sabía, es que al médico que voy es médico del cuerpo y de lo otro sabe más bien poco, siempre que se me fatiga el cuerpo, así, como estos días, y me da el mareo, este, como hoy, me dice lo mismo, que es de los nervios, pero yo creo que me lo dice porque no sabe de lo que es, aunque del corazón tampoco sabe mucho porque cuando le pregunté por los saltos en el pecho, esos que me dan a veces, sobre todo cuando estoy así, como cansada y con el zumzum del mareo en los oídos, me dijo mmm..., ¿mmm?, le dije yo, no sé cómo interpretarlo...
         Me dejó con la duda hasta hoy cuando me asomé a mi ventana, la grande, la que da a la avenida, y vi todos los árboles cubiertos de corazones rojos que se desprendían independientes hasta perderse en lo alto. Uno de ellos vino a posarse en mi alféizar invitándome a salir. Me subí en su lomo y entonces lo entendí todo: es cierto, el alma habita en los corazones para hacerlos volar. Ya sé cómo hacer para que no me pese el cuerpo ni me mareen las alturas. Si tengo un momento, se lo voy a ir a explicar a mi médico, pero no sé si podré, estoy tan ocupada con todas estas corazonadas...


¡Feliz San Valentín!

domingo, 25 de enero de 2015

Presentación de "Escoba de quince", abecedario de la poesía, de Emilio González Martínez

Café Comercial de Madrid, viernes 23 de enero de 2015

VERSOS, A LA CALLE

Desde las alturas de la estantería,
un verso disparó sus letras
y alteró la armadura del custodio.

Poco supimos de aquella tempestad
que no dejó virtud en pie,
ni lánguidas aspirantes a princesa.

No quedó un violín bien afinado,
ni hubo quien hiciera frente al viento
que arrasaba la pureza.

Llegó al fin el final,
un temporal de páginas y mares
contra la estatua del insomnio.

Aquí y allá valientes versos
crecían sin orden ni mesura
y entregaban al viento su belleza.