martes, 28 de diciembre de 2010

¡Feliz 2011!

La lengua es nuestro denominador común. No existe sociedad humana sin lenguaje. Las palabras nos permiten establecer un intercambio intelectual y emocional, pero también un intercambio físico y material, al identificar, describir y legislar. Las palabras definen nuestro espacio y nos otorgan un sentido del tiempo. Aquí y allá, como ahora, después y antes, son creaciones verbales, al menos en cuanto nos permiten concebirlas. Las palabras confirman nuestra existencia y nuestra relación con el mundo y con los otros. En este sentido, somos creaciones de nuestra lengua: existimos porque nos nombramos y somos nombrados, y porque damos testimonio de nuestra experiencia en palabras compartidas. Ese proceso de identificación y reconocimiento, de creación y de crónica no acaba nunca, siempre está por ser dicho enteramente. Ninguna sociedad tiene la última palabra.
De “La ciudad de las palabras”, Alberto Manguel.
Escribo este texto a propósito de las palabras que la costumbre impone intercambiar en estas fechas: ¡ojo con lo que se dice!, no vaya a ser que se haga realidad. Me refiero a que no nos quedemos en los tópicos de finales de año del tipo mis mejores deseos para el nuevo año para ti y los tuyos. Mis mejores deseos son eso, míos, no tienen porqué ser los mismos que los del otro, los deseos no son universales. En tal caso, es preferible desear a los demás que deseen, simple y a la vez elaboradamente, porque el deseo es el motor de toda producción, es la energía vital, y luego que cada uno la utilice en propulsarse hacia donde considere oportuno.
            Las palabras crean la realidad al nombrarla, así que pensemos en qué realidad nos gustaría crear al decirlas. Alejémonos de las frases hechas que ya han sido pensadas y pronunciadas por otros para otras realidades, seamos originales, responsables y comprometidos con nuestro mundo. Y cuando expresemos una frase para otro, que sea un auténtico y generoso regalo pensado para él, y no un mantra impensado con propiedades esotéricas para nosotros mismos, como si tuviera poder ensalmador para alejar los malos augurios que el pensamiento mágico insiste en tener a mano, no sea que no podamos soportar el sufrimiento por vernos obligados a gozar de los resultados de nuestro trabajo.
Que gocen de un 2011 pleno en deseo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Palabras

Las palabras, fronteras que el viento hace y deshace, que estructura y desintegra, que arma y desarma con apariencia caprichosa. Palabras cálidas o frías, como el aire, a veces calmo y otras tormentoso. Palabras voladoras, viajeras curiosas, inestables, juguetonas. Palabras que piden más palabras, sedientas de combinaciones insaciables, infinitas, siempre incompletas de promesas mentirosas. Las palabras se las lleva el viento, sí, las trasmite, no habría palabras sin viento y qué sería del viento sin palabras: sólo aire vagabundo. Palabras que escribimos con la fantasía de amansarlas, de poseerlas, pura ilusión: las palabras no se someten, no se tienen, brillan en el intercambio, fluyen emancipadas al expresarse. La escritura traspasa el espacio y el tiempo, nos acerca a lugares lejanos, a tiempos remotos, inventados o increíbles. Las palabras nos acercan a los otros, o nos separan, la magia de lo humano.
                Yo aprendí a decir palabras, luego a escribirlas y a leerlas, así ingresé en el mundo, así me incorporé a la cultura, así se participa en este artificio ilustrado del saber: combinando palabras. Sin palabras las fronteras de lo humano se desdibujan y se alzan las otras: salvajes, irracionales, represoras, involutivas, inhumanas.
                Hablar, escuchar, leer, escribir, regalar palabras. Si no, ¿cómo amar sin compartirlas?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Y ahora, ¿qué hago con mi padre?

Llaman a la puerta a la hora de comer. A través de la mirilla veo a cuatro hombres que sujetan un cajón de tablones pintados de negro sin lijar, y un quinto que espera con actitud impaciente pegado a la puerta. Abro algo intimidada. El quinto hombre, un tipo alto de aspecto resuelto cansado del mundo, agotado de estar obligado a lidiar diariamente con gente ignorante y torpe como adivinaba también sería el caso, comprueba mi identidad en un trozo de papel gastado que lleva en la mano:
—¿Doña Lucía Fuentes?
—Sí, soy yo.
—¡Vaya, por fin la encontramos! Llevamos años tratando de localizarla para devolverle a su padre.
—¿A mi padre? Pero si murió hace veinticinco años.
—Precisamente, ¿y nunca ha pensado en él después de eso?
—Claro que he pensado en él.
—Y entonces, ¿por qué no ha ido a recogerlo?
—¿A recogerlo? ¿Cómo a recogerlo? Está muerto.
—Pues por eso, no iba a venir él solito, tendría que haber ido a buscarlo hace bastante tiempo, ¿no?
—Pero, ¿no se hace cargo el Gobierno de los muertos?
—¿El Gobierno? ¡Hay que ver! Siempre así. ¿Y se le ocurre de qué manera iba a hacerse cargo el Gobierno de “todos” los muertos? Es lo que tenemos, así tenemos el trabajo que tenemos. —Habla más para sus porteadores que para mí, a la que considera que no merece la pena dar unas explicaciones que tampoco voy a ser capaz de entender.
—Pero yo no he oído nunca a alguien que tenga que ir a recoger a sus muertos. ¿Y qué se hace con ellos?
—Y yo qué sé, usted sabrá lo que quiere hacer. Bastante hemos tenido con guardárselo durante todo este tiempo. —Y entran en tropel hasta el salón sin invitarlos, agotada la paciencia infinita del airado portavoz.
—Bien, ¿dónde lo ponemos?
—Eh… bueno, pues ahí, delante de la tele, es donde único hay sitio.
—Firme aquí el recibí.
Se marchan sin darme tiempo a recuperar el aliento para más preguntas y me dejan con la caja negra en medio del salón.

Discurso de entrega del Premio Nobel de Literatura 2010

Mario Vargas Llosa

"Aprendí a leer a los cinco años... Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio..."

"Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible."

lunes, 6 de diciembre de 2010

El circo de la realidad

Caminé durante cinco días para llegar hasta el centro de aquel circo montañoso, había leído que es el más bello de la Tierra. Llegué mirando al suelo, con cuidado de donde ponía los pies. Por eso se me paró el aire en los pulmones cuando levanté la mirada y me encontré en medio de los picos de nieves eternas. Estaba en el centro del mundo.
            El azul del cielo se colaba entre las montañas con los rayos cortantes del sol matinal, exuberantes y descarados por la altitud, en su territorio. El aire helado volaba a sus anchas, y tan ancho era que no me cabía en el pecho. Silencio.
            Miraba y sentía que no era capaz de verlo todo, o de que veía más de lo que estaba acostumbrada a mirar. La vista era también tan ancha que no me cabía en los ojos.
            A lo lejos se intuía el rumor de un glaciar al deshacerse en el río o un alud de nieve que no soportó la proximidad del sol. Un riachuelo corría a mi lado despreocupado, ignorante de lo humano, más cerca de lo divino. Era como oír la nada, el vacío, pero a la vez parecía que allí estuvieran condensados todos los sonidos del Universo.
            Bajé al campamento, me faltaba el aire, no podía respirar a tanta altura. La realidad era demasiado grande para mis atrofiados sentidos.
Pero la realidad no había acabado de derrocharse ese día. Por la tarde algo blanco y tan ligero que se me antojó etéreo empezó a caerme en la ropa. Poco después todo estaba cubierto de nieve, como si nos hubiésemos mudado de paisaje sin movernos.
Al marcharme al día siguiente saludé con respeto a las montañas, con las manos juntas en una inclinación:
—¡Namaste! –como se entienden en su lengua.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Amores líquidos

Amores líquidos, no sólidos, sino líquidos. Fluidos, que se derraman, que se difunden, se mezclan y se extienden. Pero no se confunden, se enriquecen en el intercambio. No sólidos, no rígidos e inflexibles, no exclusivos ni alienantes. Amores elaborados para navegar en mar abierto, sin temores de tormenta, seguros de las velas bien orientadas al puerto de destino, seguros de lo aprendido en muchos viajes. El destino solo alcanzado en parte, al que siempre le falta otra parte, la más deseada, la que colmará el anhelo. Imposible, el anhelo es anhelar. Nunca se está completo en la dimensión del deseo: es el que sopla el aire que infla las velas, el que encuentra el faro que ilumina la oscuridad, el que pertrecha para atravesar el temporal sin arredrarse ni acobardarse, el que hace eclosionar el goce. Es el que quiere más.
            No amores esquivos, miedosos o paralíticos, sino decididos y generosos. No amores cansados o plañideros, sino trabajadores, divertidos. No amores envidiosos instalados en las tinieblas, sino brillantes, que miren hacia arriba para contemplar de día el vuelo de los pájaros y de noche el deambular de las estrellas. No amores enlutados, sino coloridos, florecientes.
            No amores delirantes, sino deseantes y líquidos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Suavemente

No advertí nada hasta el día en que me atrapó un olor esponjoso a suavizante de ropa apenas sugerido entre el cuello de la camisa y su piel. Se me arrastró la mirada detrás del aroma hasta la nuca de pelo entrecano recién rapado, firme, robusta, tersa de mansa quietud. Destellaba promesas golosas que me tentaban las manos a provocar un roce. Oler, ver, acariciar, sentir la piel erizada de deseo…, así tenía yo todos los poros cuando conseguí recomponerme para disimular mi turbación en medio de la reunión de equipo matutina.
            Lo veía todos los días desde hacía años, no sé qué se desató esa mañana para ponerse a revolotearme alrededor como estrellitas de colores. Después, en el café, lo miraría a la cara a ver si encontraba allí el origen de las hormigas que me invadían la barriga. ¿Le brillaba más el rostro ese día? Serían cosas mías.
            Durante las semanas siguientes, reflexioné sobre la complicidad que había creado lo cotidiano al repetirse, la intimidad distante de lo que se da por asumido: prohibido tocarse, una regla establecida que era mejor no cuestionar. Pensé y repensé si en esa forma que tenía de agarrarme el brazo para reclamar mi atención, podría adivinarse un impulso reprimido a medias; si las visitas reiteradas a mi despacho, se considerarían dentro de lo necesario en nuestra relación laboral; si el destello de sus ojos lo provocaba simplemente el relumbrar del sol en la cristalera. Si era solo a mí a la que apetecía hablar de otras cosas, o de otra manera de las cosas, ¿de qué cosas? No sé.
            Quizá confié demasiado en el rigor de una ley que realmente no había sido escrita cuando acepté, entre ilusionada e ingenua, acompañarlo a otra ciudad para un encuentro de trabajo.
            Llegamos la noche anterior y salimos solos a cenar, no había viajado nadie más. Esa noche la conversación sí que giró para hablar de otra manera y de otras cosas. Se animó, resplandeció igual que nuestros ojos chispeaban con las copas. Y sí, nos tocamos. Esta vez sí. Primero sutilmente, casi sin querer. Pero luego nos gustó y nos tocamos más, nos atendimos más, nos miramos más. Y nos olimos de cerca.
            Cuando me separó el pelo de la mejilla el mundo se paró, enmudeció, igual que yo. Me quedé enganchada a sus pupilas, estaba tan paralizado como yo.
            El deseo nos sedujo y ya no pudimos continuar sin preguntarnos ¿qué pasa?
            ¡Qué sé yo!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Fantasmas

El alisio de noviembre agitaba las cortinas. Me despertó el roce del clarear el día, todavía oscuro para cobijar sombras. Sombras inquietantes, conocidas. Antiguas. Negras, muy negras. Amenazantes: cómo había osado desafiarlas desertando. Sombras envidiosas, ahora deformes y decadentes. Sin sentido, sin futuro ni presente, venían a recuperar el pasado, que era lo suyo. Pero eso sería ya imposible, aún no sabían que estaban acabadas, derrotadas en una batalla en que la desigualdad cambió de bando. Los muertos pierden, solo se quedan con energía para hacerse crecer los pelos y las uñas, para asustar desgreñados, para arañar traicioneros. Los malos muertos, celosos de los vivos.
            Amaneció, no podía ser de otra manera.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Presentación "Mejor Vivir", de Jorge Armas

Nos reúne la presentación de un libro de la vida, o de un libro para la vida, un libro que refleja los cuestionamientos que antes o después se nos plantean a casi todos, por lo menos a los que pretendemos vivir lo mejor posible.
            De cómo nos planteamos la vida y cómo resolvemos sus retos los seres humanos sabe bastante el autor, Jorge Armas, asunto al que se dedica profesionalmente desde su formación como psicoanalista, en ejercicio en esta ciudad desde 1998. Sus muchas horas de escucha a los dolores del alma humana le han dado para extractar los más comunes, aunque lo humano no sea muy dado a extractarse o a globalizarse, asumiendo que no a todos nos preocupan las mismas cosas de la misma manera.
            Mientras esperamos la llegada del príncipe azul, o su edición femenina según sea el caso, a que un golpe de suerte caído del cielo nos venga a arreglar lo que la pereza nos impide resolver por nosotros mismos, nos toque la lotería o a que tengamos tiempo un día de estos, a lo que no nos queda otra que dedicarnos es a manejarnos con las cuestiones de la vida cotidiana. Si no nos paramos a reflexionar sobre ellas, sobre lo que nos pasa, sobre dónde queremos ir, acabaremos arrastrados por la corriente. Es decir, si no tomamos las riendas de nuestra vida, si no tomamos nuestras decisiones, otros lo harán por nosotros y eso nunca es recomendable: podría ocurrir que nos encontráramos un día de estos preguntándonos ¿y yo, qué estoy haciendo aquí? Lo que resulta muy perturbador. Y a estas alturas de la Historia, ¿quién sigue creyendo en los cuentos de hadas?

domingo, 7 de noviembre de 2010

Primitivos del siglo XXI - II

El grado extremo de inmundicias superpuestas entre las que vivían aquellas personas lo describe mejor el olor a desechos compactados y polvorientos, ácido de putrefacción añeja que no termina por el añadido permanente de nuevos sustratos, que las imágenes de una estancia roñosa, desordenada y oscura.
            En medio de tanta mugre destacaba, casi podría decirse que brillaba tras un cristal a medio romper, la foto en blanco y negro de una pareja joven de otro tiempo. Una margarita silvestre colgaba prendida del marco. Parecían los ídolos de un altar, los dioses a los que hasta los proseres humanos necesitan adorar.
            No me resistí a hacerle una foto con la cámara del móvil, una foto digital de una foto manual, delicias de estos tiempos.
            Mis amigos no tardaron en sacarme de allí:
–Son agresivos, especialmente con las mujeres –me dijo el anfitrión.
            Al día siguiente colgué la foto en la red, por si alguien pudiera etiquetarla: quizá averiguaría la historia que encerraba aquella imagen, ¿quiénes eran y por qué los hermanos los adoraban? ¿Sus padres?
            Por fortuna tengo amigos que han hecho de su curiosidad profesión: periodistas, que bucearon inmediatamente en su mundo sin secretos donde no caben preguntas sin respuesta. Claudio encontró la foto en la noticia de un incendio que arrasó hacía más de cuarenta años los montes donde yo había pasado el fin de semana. Los dieron por desaparecidos. Otra noticia relacionada con el incendio publicada en los meses posteriores dedicaba una frase al final a los supuestos tres hijos deficientes de la pareja a los que tampoco habían visto desde entonces. No aparecían más referencias, así se zanjó el asunto.
            Pero, ¿los vecinos algo sabrían, no?
            Una tarde de la semana siguiente volví sola al monte. Me senté a contemplarlos, esta vez de lejos: impresionante, no se me ocurría otro calificativo más preciso. Un pastor se acercaba con sus animales por el camino, justo lo que necesitaba.
            –Buenas tardes, señor –le saludé en un despliegue de amabilidad, intentando ocultar mi exaltado interés por lo que no podía explicar como asunto mío.
            –Mmmm… –gruñó desconfiado de los extraños.
            –¿Vive usted cerca? ¿Es de por aquí? –insistí con cordial neutralidad.
            –Usted vino el domingo, ¿no? –me espetó tratando de ubicar su desconfianza.
            Sorprendida en un renuncio, saqué la artillería:
            –Sí, vine de visita porque estamos preparando un programa para la televisión sobre las costumbres de la gente en esta zona, especialmente de los pastores como usted, y sobre las historias de atrás que nos quieran contar, ¿qué le parece? –¡bingo!, relajó inmediatamente cada uno de los tensos músculos de su cara.
            –Pues si quiere, venga pa casa que le digo a mi mujer que nos ponga un vaso de vino de la cosecha –acepté vencedora, sonriendo al imaginar la cara de Claudio cuando se lo contara. 
Ya en la casa, empecé con un rodeo disimulado de preguntas sobre su familia, sus actividades, implicando a la mujer en el proyecto, hasta que consideré que estaban lo bastante entusiasmados para que se hubiera disipado el riesgo de deserción. Mencioné el incendio, lo demás me lo contaron de corrido: los vecinos sabían que lo provocaron los padres –allí todos conocían lo que hacían y hasta lo que pensaban los demás– para deshacerse de sus hijos retrasados, luego se embarcaron clandestinos hacia América en la playa donde termina el barranco. Algunos dicen que conocen a otros que los han visto por elegantes barrios de Caracas.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Primitivos del siglo XXI

Los gritos procedían de detrás de los pinos, de una casucha que me pareció un corral abandonado.
–¿Qué son esos gritos? –le pregunté a la amiga que nos invitó a pasar el fin de semana en la casa que se había construido a la misma falda de la montaña.
–Son una familia que vive ahí, dos hermanas con el hermano. Viven como bestias y así se comunican, como animales –me contestó disculpándose por la molestia–. No te acerques, están sucios y no sé si serán hasta peligrosos –me dijo cuando notó mi intención de curiosear.
            Pero cómo no curiosear: una familia primitiva, asalvajada, encerrada en el monte… ¡Cómo habrán conseguido ese grado de aislamiento con la civilización pisándoles los talones!
            Me dirigí cautelosa al terraplén que hacía las veces de patio delantero, o de porche, donde estaban reunidos haciendo cosas. Cosas que no conseguí clasificar: se movían de un lado para otro sin aparente intencionalidad, dando tumbos; cuando se tropezaban unos con los otros se sacudían donde se alcanzaban con los pies o con las manos, siempre a gritos, casi gruñidos, sin que se pudiera identificar alguna palabra conocida, aunque fuera mal pronunciada. Los espié un rato tras unas rocas, me recordaban las películas de la prehistoria.
            Estaba todo tan sucio que el mal olor llegaba hasta mi escondite y me revolvía el estómago. Tan sucio que todo era del mismo color marrón oscuro: la casa, la tierra, la ropa, su piel. Sin matices, sin colores, fundidos con el entorno. El hombre se bajó los pantalones en medio, lo de debajo era del mismo marrón. Homínidos, no humanos.
            Me atreví a dejarme ver, corrieron despavoridos a esconderse entre los árboles. Me tapé la nariz y la boca con el cuello del jersey y entré en aquella especie de vivienda tratando de no rozar nada. Por dentro una única estancia: a un lado lo que podría ser una cocina, al otro sólo había un camastro para los tres.

domingo, 24 de octubre de 2010

Con acento del sur II

El sábado me lo pasé pensando en la pobre Yamilet, casándose con aquel hombre en lo que todas las luces mostraban como un matrimonio amañado. Conocía la última moda entre los solterones desahuciados de los pueblos –y no tan pueblerinos– de concertar enlaces con chicas de países pobres prometiéndoles unas vidas más holgadas. Sabía de las familias que animaban a sus mujeres jóvenes a participar en el negocio, como si se tratara de una ocupación igual que cualquier otra, un puesto de trabajo por el que merecía la pena emigrar, una forma de prostitución ligeramente encubierta. ¿La necesidad o el lucro?
Quizá Yamilet dejara una familia incapaz de ganarse la vida: familias extensas sin hombres que trabajaran para sostenerlas, hombres perdidos en el alcohol, las drogas, la delincuencia o la apatía de la desilusión y la subcultura. Mujeres esclavizadas peor pagadas que se deslomaban en los trabajos que tendrían que hacer sus hombres. El drama del mundo.
Ayer me alegré de encontrarla cosiendo en la tienda de arreglos de ropa que hay cerca de mi casa. Estaba encantada porque una compatriota suya que llevaba el taller de costura la había contratado, ahora ganaba dinero para ella y para enviar a su familia.
En el probador me confesó que no se había casado con Manuel, no pudo. Que la misma noche de cuando se cayó en la calle hizo como que iba a visitar a unos conocidos y desde allí mandó a la amiga a que la despidiera por teléfono. La madre llevaba días buscándola para pedirle cuentas, pero la estaban distrayendo entre todos.
Lo peor era el rebote que se cogió su marido cuando le contó la ruptura de sus planes. Él esperaba en su país la remesa de la dote de Manuel.

El atrapasueños

Me desperté soñando, o más bien como si se me escapara el sueño, o se desintegrara. ¿Dónde está mi sueño?, pronuncié entre dientes, en la confusión de la luz escasa que la luna menguante llevaba hasta la ventana abierta por el calor.
Creo que fue el sonido crujiente de un batir de alas atrapadas lo que me sobresaltó. Un insecto enganchado en las cortinas, la ventana abierta, el calor. Me acerqué a buscarlo. Una mariposa nocturna se debatía con esfuerzos desesperados por liberarse de una trampa en la que cayó por error. Era una trampa para sueños, para malos sueños.
            Trataba de liberarle las alas enrolladas en la red cuando vi que me miraban los ojos de la angustia humana, la mirada de los que saben que se han quedado sin tiempo para expresar lo que venían a decir, de los que se pierden en el sueño eterno. Luego cayó en un abismo que se abrió más allá de la red y desapareció. Se desintegró mi sueño.
            Las plumas del atrapasueños gritaban en una danza victoriosa de fuegos fatuos. Lo arrojé por la ventana. Todavía lo escuché un rato, entre risotadas que se apagaron hasta el silencio.
            Me dormí tranquila porque ya nada iba a elegir los deseos de mis sueños.

lunes, 18 de octubre de 2010

Una chica electrizada

Tío, he conocido a una mujer estupenda, estupenda.
–¡Guau! ¿Y qué?
–Pues eso, estupenda, lo que pasa es que… ¿cómo te explico? Es como que da corriente.
–¿Cómo que da corriente? ¡Cómo va a dar corriente una chica! ¿No será que tú te cortocircuitas con ella?
–No, en serio, aunque más bien es que me da grima.
–A ver…
–Resulta que quedamos el otro día por primera vez para cenar en el Rocás, ya sabes, cena romántica para dos en la terraza a la luz de las velas y violines compactados de fondo. Después de los postres, botella de vino y chupitos de hierbabuena, se me soltaron las manos chispadas, le cogí las de ella, se las besé y luego seguí hasta la boca. En eso que noto que se va.
–¿Se fue?
–No, no es que se fuera de allí, sino que se medio desmayó, la tuve que sujetar para que no se cayera al suelo. Puso los ojos en blanco, se le contrajo la cara, le tembló todo el cuerpo y en segundos me estaba mirando y hablando de nuevo como si simplemente se hubiera despistado un momento.
–¡Qué dices! ¿Y qué le pasó? ¡Qué besazo!
–Calla, calla. Se me quitó la chispa de golpe, me quedé perplejo: cuando me di cuenta tenía hasta la boca abierta. Me dijo que no me preocupara, que estaba bien. Me contó que la habían operado del corazón, que nació con un defecto y que le pusieron un aparato en el pecho que cuando el ritmo se le altera, descarga una corriente eléctrica para meterlo en vereda. Que no pasaba nada, que el aparatito -desfibrilador automático me dijo que se llamaba-, como yo acababa de comprobar, funcionaba perfectamente.
–¿Y en serio que te dio corriente? ¡Impresionante!, ¡qué mujer!
–Que no, hombre, que no. Bueno, yo en ese momento no noté calambres ni nada.
–Mmm… ¿puedo preguntarte una cosa?
–¿Qué cosa?
–Esto… ¿y si le salta el aparatito siempre que se le altera el ritmo, cómo…?
–¿En qué estás pensando?

–¡Ah! Ya veo que a ti también te tiene preocupado.

domingo, 17 de octubre de 2010

Y tú, ¿a quién quieres matar?

Las dos jóvenes amigas que tomaban café en la mesa de al lado parecían haberse conocido recientemente. No sé qué me atrajo en su conversación, supongo que esta manía mía por escuchar de las vidas ajenas para luego inventármelas.
            El caso es que las circunstancias de su encuentro aparentaban cierta peculiaridad, quizá por eso se me alargó el oído. Hablaban de cómo se dejaron descubrir, por su madre la una y por su pareja la otra, de cómo se alarmaron los demás, porque ellas disfrutaban ennirvanadas, de cómo las llevaron asustados a Urgencias, del ambiente allí: nada que ver con el acogimiento y la comprensión empática que esperaban, sino la hostilidad de un lugar no apto para atender “mandangas” de intentos de suicidio con ingenuas cantidades de pastillas de las que todo el mundo sabe que nunca antes han matado a nadie. Total, un absoluto fracaso, estaban las dos de acuerdo.
Se conocieron en el hospital, y ellas sí se comprendieron.
           Aunque matizando un poco, reconocían ciertos beneficios de su conducta en su entorno: ahora la gente se ocupaba más de ellas, las cuidaba, las mimaba más por la amenaza flotante de un nuevo intento más serio. Sus madres se multiplicaban, extendidas a los amigos y a las parejas.
            Claramente habían empezado en psicoterapia, una le preguntó a la otra:
            ­- Y tú, ¿a quién quieres matar?

martes, 12 de octubre de 2010

Con acento del sur

La joven morena de pelo rizado y curvas bien servidas salió de la tienda de menaje barato y se desplomó descolorida en la acera justo delante de mí. Me agaché a socorrerla:
–¿Qué te pasa?, ¿te encuentras bien? –quiso pronunciar palabras, pero sólo alcanzó a emitir un murmullo.
La vieja enlutada hasta la cabeza salió detrás. Socarrona me dijo:
–Son los nervios: es que se casa con mi hijo el sábado y está que no come ni duerme. Lo normal, ya ve usted.
La chica, alta, exuberante, casi excesiva, mantuvo los ojos en blanco unos segundos, pálida, sudando frío, nauseosa. Giré su cuerpo de lado para que no se vomitara encima. Le seguí hablando hasta que empezó a escucharme. Sequé su frente, solté la ropa. Le devolví el bolso que se apretó al cuerpo como si escondiera sus tesoros, o sus respuestas.
Desde que consiguió despertarse apenas, me agarró la mano con fuerza, pidiéndome una ayuda encriptada: parecía querer gritarme las palabras que la ahogaban, haciendo por vomitarlas. Pero yo no sabía en qué podía ayudarla.
Luego me dijo con acento del sur:
–Gracias. No sé qué me pasó, fue como si el aire no me entrara ni saliera. Después se puso todo negro, y ya nada más.
–¡Ah!, aquí viene mi Manuel. ¡Anda y atiende a tu novia! ¿No ves cómo la tienes de puros nervios? –volvió a hablar la vieja, entusiasmada.
Y Manuel se acercó:
–Yamilet... –pronunció con la dificultad obligada de su retraso mental.

Un beso envenenado

¡Bueno, lo que me faltaba!, parejita de luna de miel arrumacándose en los asientos de al lado, no hemos ni despegado y ellos ya van volando. Sí, sí, aprovechen, que como no tengan el tren de aterrizaje engrasado ya verán el estrellazo. Siempre es igual, nunca se prepara el descenso, con la aproximación y todo eso, cuando se está en las nubes. Me suena, por eso ahora sólo viajo en avión, con profesionales, nada de vuelos rasantes con aficionados de pacotilla.
Y me quedan cinco horas aquí amarrada, tragándome la telenovela ésta con final de perdices. Seguro que vienen de bodorrio de Ave María y tarta de merengue, vestido blanco roto para no ofender mucho a la virgen y oleadas de ¡viva los novios! No puedo…
¡Ah, qué bien! Ahí viene la azafata con el aperitivo, me encantan esas bolsitas con mixto de frutos secos que sirven a veces, estupendo, así me entretendré durante un rato, aunque no debería, con las calorías que tienen, bueno, son pequeñitas las bolsas.
Se zampa él los dos paquetes, claro, la flaca esa no querrá que una miserable caloría le vaya a mancillar su cincelada escultura. Sí, sí, te creerás que te va a durar toda la vida, guapa.
Pasa otro rato de miradas arrobadas, roces, susurros. Y él que se atornilla en un beso de esos que acaban con la reserva de los pulmones, eterno. Me concentro en la pantalla con el mapa de la ruta prevista: distancia, hora local, tiempo estimado, temperatura exterior, ¿a quién le importará la temperatura exterior a diez mil metros?
En eso que noto una agitación repentina en mis vecinos, él que grita: ¡Mayte!, ¡Mayte! Y Mayte que se ha puesto encendida, hinchada, que se ahoga, que ahora se pone azul, que se apaga. Y él que grita más, que la sacude. Y la azafata que corre por el pasillo. Y la megafonía que solicita si hay un médico a bordo. Traen el oxígeno y el maletín de primeros auxilios, pero el médico no encuentra adrenalina.
Él se desgañita poseído: ¡los manises, los manises!
Yo me pregunto estupefacta: ¿tendré poderes?

Recuerdo

Había mucho revuelo, mucha gente en mi casa. Trajines de calderos hirviendo, loza rescatada de las alacenas, rodar de muebles, hablar susurrante.
La habitación principal estaba desconocida. Los muebles habían desaparecido y su lugar lo ocupaban sillas pegadas a la pared, para que no se perdiera detalle. Olía a cera y a vapores de flores recién cortadas. Se oía el murmullo de frases repetidas de memoria. La ropa oscura. La abuela también estaba, pero no en la cama donde yo le daba los buenos días, sino embutida entre tablones negros. Blanca la cara, blanca la ropa, quieta, muy quieta. Callada. Era una foto sepia en blanco y negro con los bordes de encaje.
Rosa me acercó a la cara de cartón, era como de mentira, o de juguete, para que le diera un beso, un beso frío que se me grabó en la mejilla, público. Me confundí, aquello no podía ser la abuela, aunque lo pareciera, pero tampoco era de jugar porque la gente me dirigía miradas pesadas, oscuras como sus ropas, como escondidas, como de mentira también. No podía ser la abuela, la abuela era cálida, y no me besó.
Me tranquilizó ver a mi madre en la puerta, estaba asustada de la gente con caras de niebla, de la negrura desconocida que se pegaba a los muebles, a los cuerpos, que apelmazaba el aire y a la que quería lejos. Aunque no llevaba los colores bonitos que le gustaba lucir en verano, sí tenía roja la cara y los ojos del color de las llamas cuando miró a Rosa, me arrancó de sus brazos y me sacó de allí gritándole bajito.

En qué soñarán

Me han dicho que los bebés sueñan mientras duermen en la tripa de su madre, pero en qué podrán soñar si todavía no conocen las luces del mundo. Quizá tengan sueños de color rojo, rojo sangre de mamá, sueños en cálida amniótica agua turbia. Abrir los ojos y mirar, ver borroso, oír latir dos corazones uno detrás de otro y después dormir sin pensar, sólo soñar. En qué soñarán.
Soñarán en lo que habrá detrás de la pared roja siguiendo lo que escuchan decir desde más allá, en cómo salir. Qué hay que hacer para salir y ver lo que imaginan al oír. Mamá sabrá. Ella lo sabe todo, ella nos llevará.
Soñarán el mundo en turbio rojizo, en sonidos atenuados y confusos, en desconocidos aromas antes de saber oler. Se imaginarán el exterior como la cálida y segura matriz, sin siquiera intuir que habrá que empezar por conseguir respirar nada más atravesar el canal de la libertad. La libertad ahoga al principio, luego no.
Soñarán deseos de vida plena sin imaginar que para ello, ya desde la primera estrechez, tendrán que ponerse a trabajar, subir y bajar, correr, volar, y no parar de amar. El primer reto, llorar, luego habrá que aprender a hablar.
En qué soñarán.

Negro sobre blanco

- Negro sobre blanco, negro sobre blanco…
- ¡Ajá! ¿Y qué más Agustín?
- Y así sería siempre, para siempre…
- ¿Para siempre?
- …
- Bueno, Agustín, continuamos mañana.
- Lápices, lápices y un bolígrafo azul…
- Mañana los lápices, y el bolígrafo.
Y al día siguiente la sesión rodaba en idéntica monotonía, no encontraba la forma de avanzar con este paciente. Me preguntaba en qué lugar se le había desarmado el pensamiento, por qué, para qué.
- Tus lápices, Agustín.
- ¡Ah! Y un bolígrafo azul. Azul sobre blanco, azul sobre blanco…
- ¿Y qué escribes en azul?
- ¡Plopf! Y se quedó todo negro, todo negro, y luego sólo blanco, todo blanco… Para siempre.
Durante meses el discurso de Agustín terminaba en sí mismo, repetía las palabras, cabeceaba compulsivamente, cansaba.
Pensé que si las palabras se le habían trabado como en un disco rayado, sería con palabras como había de destrabarse. Tenía que buscar las que repararan el cortocircuito, pero tenía que encontrarlas él. Probé y probé:
- ¿Azul sobre blanco?
- Blanco, sólo blanco…
- Lápices de colores…
- De colores no, sólo negro, todo blanco… Y siempre así.
Y cabeceaba, y giraba por la habitación, como las palabras en su consciencia, imposible detenerlas, o completarlas.
A Agustín se le rompió el matiz, le habían explotado los colores en negro, a la cara. Se le habían saltado las palabras trabajadas sobre blanco durante cinco años. Se quemaron los abrasados circuitos del ordenador y las chispas incendiaron su cabeza recalentada.
Sí, a Agustín se le había roto el ordenador justo cuando acababa de concluir, sin copia, la novela que lo iba a sacar de la mediocridad dominical en la sección de sociedad del diario provinciano que utilizaba con fines alimenticios, tarea en la que él consideraba desperdiciado su talento. O eso es lo que me contó su mujer cuando por fin reunió fuerzas para venir a visitarlo la semana pasada.
Ahora ha conseguido escribir en azul, sólo en azul de momento, palabras que a veces no repite, va camino de recolocar sus significantes perdidos.

Música en la arena

Un hotel mastodónico plantado sobre la misma playa, hasta las olas le pegan por una esquina y las dunas por la otra. Viento, siempre el alisio revoloteando, revolviendo el mar con la arena, y con los muros.
Pasear a la luz de la luna no es recomendable, los pinchos de la arena se te clavan en los ojos y luego ya no ves más. Aunque tampoco haya gran cosa que ver: la playa, el viejo hotel… y la desolación.
La melodía surgió como música de sirena, la luna creció, el aire se pegó al suelo para transportarla. Era el piano de la arena. El sonido llegaba amortiguado por mis pensamientos desde la aldea de los pescadores. Me acerqué. La casa estaba abierta al verano, la gente fumaba en la terraza, el pequeño pianista detrás de la ventana los conducía hasta sus sueños.

Presentación

Se me ha ocurrido añadirme a esta bloggosfera tan cosmopolita porque he pensado: si no puedes con la globalización, globalízate. Así que, a ello. Lo he pensado para compartir escrituras, lecturas, informaciones, presentaciones, representaciones, estrenos, curiosidades, excentricidades... cualquier cosa que merezca calificarse como "interesante".
Yo no me creo eso de que cuando en un extremo del mundo una mariposa bate las alas, en el otro se desencadena un tsunami. Si fuera así, no se podría vivir en la costa, y yo vivo sin mojarme. Pero no deja de atraer esa idea muy cuántica de que vivimos interconectados. Cierto es que nuestras acciones producen efectos en la realidad, es más, nuestras palabras crean la realidad. Por eso propongo:
¡Creemos realidad, juntemos palabras!
Saludos a todos