martes, 19 de abril de 2011

2º Premio V Certamen de Relatos Cortos, Ayuntamiento de El Rosario, abril de 2011

Café e infusiones
Llaman a la puerta a la hora de comer. A través de la mirilla veo a cuatro hombres que sujetan un cajón de tablones pintados de negro sin lijar, y un quinto que espera con actitud impaciente pegado a la puerta. Abro algo intimidada. El quinto hombre, un tipo alto de aspecto resuelto cansado del mundo, agotado de estar obligado a lidiar diariamente con gente ignorante y torpe como adivinaba también sería el caso, comprueba mi identidad en un trozo de papel gastado que lleva en la mano:
—¿Doña Lucía Fuentes?
—Sí, soy yo.
—¡Vaya, por fin la encontramos! Llevamos años tratando de localizarla para devolverle a su padre.
—¿A mi padre? Pero si murió hace veinticinco años.
—Precisamente, ¿y nunca ha pensado en él después de eso?
—Claro que he pensado en él.
—Y entonces, ¿por qué no ha ido a recogerlo?
—¿A recogerlo? ¿Cómo a recogerlo? Está muerto.
—Pues por eso, no iba a venir él solito, tendría que haber ido a buscarlo hace bastante tiempo, ¿no?
—Pero, ¿no se hace cargo el Gobierno de los muertos?
—¿El Gobierno? ¡Hay que ver! Siempre así. ¿Y se le ocurre de qué manera iba a hacerse cargo el Gobierno de “todos” los muertos? Es lo que tenemos, así tenemos el trabajo que tenemos. —Habla más para sus porteadores que para mí, a la que considera que no merece la pena dar unas explicaciones que voy a ser incapaz de entender.
—Pero yo no he oído nunca decir a alguien que tenga que recoger a sus muertos. ¿Y qué se hace con ellos?
—Y yo qué sé, usted sabrá lo que quiere hacer. Bastante hemos tenido con guardárselo durante todo este tiempo. —Y entran en tropel hasta el salón sin invitarlos, agotada la paciencia infinita del airado portavoz.
—Bien, ¿dónde lo ponemos?
—Eh… bueno, pues ahí, delante de la tele, es donde único hay sitio.
—Firme aquí el recibí.
Se marchan sin darme tiempo a recuperar el aliento para más preguntas y me dejan con la caja negra en medio del salón.

viernes, 8 de abril de 2011

Sonrisa

Sonríe. Qué bello eres cuando te ríes. Me embelesa esa forma tuya de sonreír a medias, como invitando a descubrir la otra mitad misteriosa. Esa que solo compartes con los que se atreven a indagar curiosos, los que se animan a dar una vuelta más a lo aparente para descubrir lo inaparente. La parte que reservas para intercambiar con los que tienen algo que aportar. Si no, para qué abrirla a invitados que no saben degustar golosinas.
            Tu risa es un imán que me hechiza. En tus ojos hipnotizadores contemplo el brillo negro de los míos encendidos. Tus palabras embrujadas prenden la mecha de mis pensamientos hasta ponerlos en ebullición, retantes, incitantes, insinuantes. Tentadoras.
            El vértigo se me instala en la barriga en forma de estrellitas puntiagudas que pican al girarse nerviosas. Y yo no puedo parar, también quiero girar, coger, soltar, saltar, correr, sudar, mirar, oler, respirar. Tocar, besar.

martes, 5 de abril de 2011

Doble o mitad

El restaurante estaba casi vacío a esa hora, todavía algo pronto para cenar. El camarero me ofreció una mesa dispuesta para cenas solitarias de viajes exprés. Llamó mi atención el vestido de la mujer que ocupaba sola otra mesa porque me había comprado uno igual la semana anterior, menos mal que no lo llevaba puesto. Bueno, qué se le va a hacer, los hacen en serie, pensé. Odio ver mi ropa repetida.
            Me enfrasqué en la carta para conciliar la hambruna disimulada todo el día con caterings de fantasía y el control calórico nocturno de rigor.
            —Bacalao a la plancha con verduras, por favor.
            —¿En salsa de perejil?
            —No, gracias, solo plancha. —De todas formas, quise darme un homenaje, la jornada había sido agotadora— Y una copa de vino blanco.
            —Tenemos un Albariño estupendo, ¿le apetece?
            —Perfecto.
            Cuando levanté la cabeza de mi agenda electrónica a los vapores del pescado, comprobé que mi compañera de salón tenía en la mesa idéntico menú, el camarero le servía en su copa el mismo vino blanco, también se entretenía con sus gadgets electrónicos: si es que estamos clonados, como los adolescentes.
            Me fijé un poco más: llevaba la melena parcialmente recogida con una pinza, como me gusta hacer a mí cuando me concentro para que el pelo no me distraiga en la cara. Morena. Sí, la verdad es que su aspecto era bastante parecido a mío. Supuse que los que llevamos una vida similar acabamos identificándonos también en lo físico.
            Luego fresones con zumo de naranja, y café descafeinado, y me lo carga a la habitación. Lo mismo para ella.
A los postres ya me había invadido el desasosiego al advertir mis gestos proyectados en el moverse de la otra, en la forma de sentarse al borde del asiento, de apoyar la barbilla en el dorso de la mano izquierda,  de estirarse la nariz pensativa.
            No hice sobremesa, sola y cansada. Ella tampoco, quizá también tenía que madrugar. Me demoré pidiendo que me despertaran en la recepción para no coincidir en el ascensor, de pronto me aterrorizó la posibilidad de una conversación mimética, lo mismo me copiaba las palabras.
            Soñé que me seguía a todas partes, que me la encontraba al cruzar una calle, en el café del trabajo, en la escalera de mi casa. Que se adelantaba a mis pensamientos, que se confundía conmigo, que ya no sabía si era yo o era ella. Grité cuando me despertaron porque justo se me había metido en el baño. Es solo un sueño, cómo exageras solo porque cenó lo mismo que tú, traté de serenarme.
            Más tarde, ¡no me lo podía creer!, estaba dos asientos delante del mío en el avión, ¿acaso éramos también vecinas?
            —¡Azafata, me trae una almohada, por favor!
            En un momento la almohada fue a parar al cuello de mi doble. También trajeron la mía, pero después.
            Al llegar me fui a resolver algunos asuntos que dejé pendientes antes de irme a casa. No conseguía que me abandonara una inquietud flotante.
            Cuando abrí la puerta escuché que mi marido hablaba con alguien, lo que me faltaba, visitas, con el día que llevo... ¡Imposible! Allí estaba ella, tumbada en el sofá, en mí sofá, y él ofreciéndole cariñosamente una infusión relajante. Justo lo que yo esperaba encontrar al llegar a mi casa. Entonces, ¿era yo o era ella la que aspiraba aquel cálido aroma de menta?