martes, 27 de diciembre de 2011

Delirios de fin de año

“Desde la semana que viene lo dejo, vaya si lo dejo, desde el mismo día uno, bueno, desde el primer lunes que me cuadra mejor, voy a ser una mujer nueva, renovada, otra, vamos. Si es que esto se va a acabar, voy a empezar de nuevo, borrón y cuenta nueva. Eso, eso es lo que voy a hacer, página en blanco, negro sobre blanco, capítulo uno…
            Se acabó esta enredina de indecisiones encadenadas, este quejarse impertinente, esta angustia obstinada, esta tristeza consentida. A partir de ahora todo va a ser diferente, completamente diferente, desde el mismo día uno.
            No me voy a dejar llevar por la estela de los deseos ajenos, crearé mi propia estela y si alguien quiere subirse, pues mejor viajar en compañía, pero si no, mejor viajar que quedarse a languidecer de aburrimiento. Eso, viajar, no voy a parar un momento.
            Y reír, reír sin parar. Salir, hablar, conversar. Soñar, fantasear, compartir. Buscar, encontrar, elegir, apartar, decidir. Correr, ir y volver, volar. Desde el primer día, no parar ni a repostar.
            Voy a dejar de fumar, de comer, la telebasura, las revistas del corazón, a este cáncamo y alguna cosa más que ya se me irá ocurriendo. Haré dieta, iré al gimnasio, leeré libros sesudos, estudiaré inglés y me buscaré a otro. Y se lo diré a mi amiga Puri porque no quiero embarcarme en todo esto yo sola, que no sé si podré y a ella bastante falta que le hace también.”
            Me he encontrado esta nota en el abrigo del año pasado, creo que le cambiaré la fecha y la suscribo para este fin de año, así me ahorro tener que escribir una nueva. Y cuando vuelva a casa no me puedo olvidar de revisar los bolsillos, no me gusta encontrarme cosas viejas en ellos.
            Si es que con Puri no se puede contar...

domingo, 18 de diciembre de 2011

Luna roja por Navidad

Foto: Miguel Ángel Brito
La Navidad siempre viene con luces rojas; rojos, azules, verdes destellos intermitentes. Parpadeos silenciosos olvidados por la noche cuando la ciudad se recoge, cuando a nadie interesa contagiarse de alegría prediseñada, cuando se limpia entre bastidores acabada la función preparando el escenario para la siguiente, cuando se entrevén los armazones del artificio. Y es que la Navidad descubre a impostores disfrazados de artistas con aires de originalidad repetida o descolocada, cuentistas de historias increíbles sin ficción, farsas del cortar y pegar.
            A Eva le gusta la luz roja que anuncia la Navidad, la que tiñe la luna de diciembre, la legítima que viene cargada de relatos inventados para cautivar a mentes fantasiosas, imposibles de no creer. La luna roja que lame los sentidos avivados en las noches más largas del invierno. El calor de la gente contenta aunque sea por respetar la costumbre, pero que propicia cálidos encuentros en otra fase, a veces en otra dimensión.
            Luis andaba cabizbajo, se sentía abandonado por todos sus amores, paseaba regodeándose en su melancolía de doliente enlutado: el alma azabache, la mirada aguada, el cuerpo abrigado resguardándolo de los alisios navideños, no fuera a contagiarse de los fuegos fatuos que empezaban a tentarlo. No, no se dejaría seducir otra vez, no más. -¡Y esta hipocresía de felices fiestas…!
            ¡Eva! ¡Es Eva! ¡No me lo puedo creer! Está igual, como si no hubiera pasado el tiempo. ¿Café?
            ¡Pero si es Luis! ¡Qué guapo está! Pero no, con Luis no, que no, que ni se me ocurra…
Eva, no puede ser, con Eva no, que no, que no se me puede ocurrir…
La conversación fue disipando los nubarrones ya trasnochados en la mente de Luis y atrayendo las manos imantadas a rozarse, tímidamente, contactos furtivos que erizaban la piel, disimulados con rapidez –que no. Más palabras entrelazadas, más miradas intercambiadas, complicidades de viejos conocidos rescatadas sin esfuerzo –que no puede ser. Labios que se incendian al primer toque como sin querer, en estudiado movimiento –no puede ser lo que se me está ocurriendo. Y roces que se hacen tactos, y tactos que se hacen caricias, y caricias que despiertan deseos en noches ruborosas.
Luego, a solas, la luz atenuada del salón de Luis evitaba que pudieran leerse los miedos que intimidaban a ambos. Ella temía que su cuerpo desnudo la traicionara, ya no era tan joven, a él le inquietaba la traición del deseo desbordado que cosquilleaba en sus entrañas marchitas.
Se acariciaron lentamente sin dejar un resquicio por explorar, exhaustivamente, palmo a palmo, poro a poro. La piel reaccionaba temblona a cada roce, se sonrojaba, se estremecía con calores olvidados. La ropa desapareció sin dejar rastro. Los labios proponían besos rotundos, besos maduros del que sabe hacer. No hubo dudas ni titubeos, pudo ser, claro que pudo ser, no podía ser de otra manera.
La luna roja de diciembre no necesita más luces para brillar con colores de fiesta.

martes, 29 de noviembre de 2011

Soledades

Aurelio tiene las manos chatas de hombre trabajado, los dedos gruesos, las venas rotundas atravesándole el dorso. La cara no sorprende, también es roma, como recortada antes de tiempo, pero la mirada inesperadamente azul acuosa pareciera errónea en las toscas facies modeladas por la postguerra. Brillos marinos que destellan luces juveniles agazapadas entre los pliegues elaborados con la vida, reflejos entusiastas entre arrugas expresivas: de tantos llantos, de tantas risas, de tantos deseos nunca colmados en su esencia. Es ya un anciano de cuerpo gastado con pasos lentos para asegurar que el siguiente no sea el último. Sus movimientos son algo torpes, pero se adivina un pensamiento ágil que solo expresa a quien sepa escuchar buenas palabras, ya sin necesidad de hablar de sí mismo, ya sin necesidad de justificar sus amores.
Desde hace unos meses se le ve casi siempre con Clorinda, la vecina del piso donde se mudó porque así los hijos estarían más cerca, un poco más cerca. Los dos solos, los dos viejos. Los hijos ocupados con sus hijos, los viejos con los viejos.
Clorinda no está bien. Desde el año pasado ha ido deteriorándose: está más desliñada, antes tan pulcra, repite las cosas o las olvida completamente y su espalda ha ido encorvándose por cargas tan insoportables que ha conseguido no recordar. Su andar también es lento, su pensamiento le confunde las palabras y su mirada vidriosa trasparenta agujeros negros de mundos inventados.
Desde hace unos meses las manos de Aurelio organizan lo accesible de los senderos de Clorinda para que pueda transitarlos sin miedo a perderse. Los ojos de Aurelio la reconducen a una realidad que se le ha hecho extraña a fuerza de evitarla, pero a la que ya no teme, entregada a ilusiones flotantes como nieblas de verano.
Amores seniles, desinteresados y puros, pletóricos de renovada ingenuidad. Injustificables, irrenunciables. Para no parar de amar hasta el último aliento.

martes, 25 de octubre de 2011

Mario labios

Cuando Mario llegó al pueblo tres años atrás, a Blanca se le llenó el bajo vientre de grillos con solo imaginar de lo que aquellos labios bembones serían capaces si ella pudiera ponerlos a su servicio. Pero cómo podía calentarse los pensamientos, y el bajo vientre, si para todos los efectos era como si estuviese casada. Casada con Dios y con la Santa Madre Iglesia. Y con su tío el párroco, que se ocupó tan amorosamente de ella cuando sus padres desaparecieron. Desaparecieron de la casa, del pueblo y de la faz de la tierra, porque no volvieron a dar señales de vida ni de muerte de un día para otro. Puede que en algún momento cuente también esa historia, pero hoy no quiero divagar que me disperso. Pues eso, que el tío cura la acogió generosamente en su casa. Incluso puede que no fuera necesario tanto acogimiento, pensaba a veces Blanca desde que le despuntaron los grillos por primera vez cuando se embelesó en la contemplación del cuerpo desnudo de Plácido, el hijo del panadero, bañándose descuidado en el pris. Porque lo que tenía claro desde hacía mucho es que el cuerpo del tío no le encendía los calambres, desde luego que no, ni de lejos, si acaso algo de ardor en la boca del estómago, pero eran ardores bastante distintos, también internos, pero de más arriba.


martes, 11 de octubre de 2011

Arcoíris

En Gullfoss nace el arcoíris, según los islandeses
El arcoíris se desplegó doble justo enfrente de mi ventana, pretendiendo colorear un día definitivamente gris amatista, clavado en el mar amoratado engañosamente malva, falsamente calmo en la oscuridad desdibujada que no acababa de consentir la mañana. Se me antojó una visión descarada, burlona de mis tristes angustias que habían despuntado el día recargadas. Una ironía de colores fanfarrones. Pero consiguió clavarme a contemplarlo en su quehacer magnético, hasta profético. Me obcequé en leer entre líneas, entre tonos y matices. No entendí nada, no conocía su lenguaje, no sabía leer entre colores. El gris me empastaba el alma.
            Cerré la ventana para ocuparme sola en coser mis roturas, pero la cortina trasparentaba y adivinaba los arcos multicolores del otro lado, como si quisieran mostrarme algo para mí confuso, casi críptico, como forzándome a no claudicar, a continuar mirando hacia arriba, hacia el cielo, a la luz blanda de un nuevo día rebosante.
            Volví a mirar en el momento justo en que el cielo estalló en calambres que aliviaron la pesadez de un chaparrón contenido. Agua escandalosa que chapoteaba los cristales, las hortensias, los rosales, las uvas del parral. Que corría sobrada a desaguarse pendiente abajo. Bulliciosa, exuberante, sabrosa. Agua sobre agua para mojar lo ya empapado.
            La energía desatada al viento se me ovilló al cuerpo para sacudirme de dentro a afuera. Me zarandeó los pensamientos hasta que pude reubicarlos. Cortó el círculo viscoso de gris en gris para que del negro se fueran destilando colores inexistentes por no nombrados. Tonos irisados de matices nunca antes pronunciados, completamente imprevistos, maravillosamente improvisados. Y amaneció, que no fue poco.

martes, 27 de septiembre de 2011

¿Crisis... qué crisis?

Crisis, incertidumbre, angustia, parálisis. Desmoronamiento de lo conocido, inquietud de lo por venir, inseguridad, gregaria soledad. Miedo, mucho miedo a tormentas que tambaleen cimientos de robusta apariencia, tan poco flexibles que se quiebran al primer embate de los nuevos vientos. Miedo al miedo. Enrocados inmóviles en el ojo del huracán, sin respirar, con disimulo, casi muertos… de miedo. Es igual, el aire antojadizo los arrojará sin rumbo a volar sin norte. No hay donde esconderse, el vendaval se cuela por las rendijas hasta estallar las junturas. Hay que salir para no morir, hay que vivir.
¿Qué crisis? Oportunidad de encuentro con lo nuevo desconocido, con aires transformadores, decididos, limpios, con páginas por escribir. Mejor aprender a volar que dejarse arrastrar por caprichos ajenos, siempre inconvenientes. Ocasión para evolucionar. O no e involucionar. No hay más opciones: o se crece o se decrece, el estancamiento es una ilusión fantasma. Parar para esperar a qué, la magia es un truco. Oportunidad que obliga a mirar hacia arriba, porque hacia abajo el pozo es oscuro e insalvable, sin salientes a los que sujetarse para amortiguar la caída. Caída libre en sombras insaciables de afanes demoledores.
No perderse en las vacilaciones de la vida, sino aprovecharlas para replantearla continuamente. No pretender saber, sino aplicarse a aprender. Trabajar, trabajar, trabajar sin parar y luego se verá, se sabrá después.
Nada es seguro en la vida más que la muerte, pero eso ya no es la vida.

martes, 20 de septiembre de 2011

Ojos líquidos

Ojos líquidos de insondable mirar, de centelleos acuosos que invitan a explorar oscuridades ignotas. Ojos misteriosos que imantan voluntades atrayéndolas a sus profundidades abisales para sumergirse hipnóticas a buscar más abajo, más adentro. Ojos solitarios anhelantes de ser examinados, deseosos de iluminar y ser iluminados, ignorantes de su poder silencioso. Mirada fina, a veces afilada y otras sombría cuando se debate en las incertidumbres del claroscuro. La luz que penetra todavía solo a medias por temor a que alumbre rincones en tinieblas, sin sospechar que la claridad volatilizará los miedos espectrales adheridos al fondo de la caverna que empieza a agrietarse.
            Hacia arriba y hacia afuera el día resplandece exuberante, pletórico y fecundo, sobrado de la vida. La tentación es bidireccional: la mirada líquida pulsa por derramarse atravesando los muros represivos de la contención, incontenibles, ingobernables, descontrolados, desbordantes, exultantes.
            Y la luz lo invadió todo, y no quedaron vampiros en el reino de los mortales, ni fantasmas diurnos, ni deseos reprimidos, ni príncipes ni princesas.
            Ojos, miradas, amores líquidos, lo humano también es líquido, no sólido, sino líquido.

martes, 13 de septiembre de 2011

Preñado

Preñado de amor, preñado de dolor, rasgado, partido, dividido, paralizado. Pero entre las astillas brillan reflejos rojo-sangre palpitantes en deseos reprimidos, hasta ahora desconocidos, recién paridos. Destellos de colores que invitan a dejarse mecer en un delicioso fluir, denso pero suave, en un placer dulce y picante como el puro chocolate. Irrefrenable corriente de mansa apariencia que invita a investigar los misterios del mundo, a adentrarse en orígenes no sabidos, a no temer oscuridades antiguas porque las modernas luminarias desvanecen lo siniestro. Entonces, las entrañas fértiles aparecen preñadas de anhelos germinales que ahora bullen inquietos queriendo despertarse todos a la vez. Preñadas de palabras que enlazan ideas descubridoras de sí mismas, que lo sorprenden ingeniosas abrochándose y desabrochándose para volver a enlazarse por arriba y por abajo, hacia adentro y hacia afuera, del principio al final, y luego vuelta a empezar para nunca terminar. Ardiente despertar a la luz del deseo.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Con el nombre del padre

Eufrasio ya desde chico era muy callejero, de la plaza de toda la vida, hasta cuando llovía de vez en cuando, porque en mi plaza solo llueve de vez en cuando, y a los demás no nos dejaban salir por si cogíamos una pulmonía, aunque ahora sé que era para que no ensuciáramos el suelo de barro, de eso me enteré después, que con calor no se cogen pulmonías, y en mi calle llovía con calor; pues eso, que Eu iba a la plaza sí o sí. Y luego también, cuando todos nos pusimos a estudiar de veras, pero no como de chicos, sino de veras, porque de algo tendríamos que comer el día de mañana, porque no somos ricos y tú tienes que estudiar y porque además, si llega un comunismo, pues te puedes llevar el título contigo a cualquier parte, y no vas a estar como el hijo de Eufrasio el cojo, que como no herede la afición al vino no sé lo que le va a quedar, porque la cojera es de las que no se heredan, menos mal. Y la pobre Paulina aguantando, porque anda que aguanta la mujer, y sin ayuda, ella sola con toda la casa, limpiando escaleras, si es que hay que ver, las cosas de la vida.
            Pero a los demás no nos convencían mucho esos argumentos porque a Eu se le veía divinamente, nada preocupado por el advenimiento del comunismo, ni por la dieta que iba a llevar de mayor, ni por la herencia, ni tampoco, que todo hay que decirlo, por los dolores de espalda que traía su madre a casa junto con las bolsas de la compra de la venta de Sebastián, que se las apuntaba en el libro y le iba pagando cuando podía, o cuando no podía, porque poder poder nunca pudo.
            Qué nos iban a convencer si Eu tenía una setenta desde antes de poder conducirla legalmente, aunque lo legal no es que él lo tuviera muy interiorizado, no sé ahora. Y es que con la setenta se ligaba más, vas a comparar. Y fumaba rubio cuando los demás no sabíamos ni lo que costaban.
            Luego le perdimos la pista. En el barrio se dijo de todo, que si había emigrado a Alemania, o a Sudamérica, no estaba claro, que si embarcó en un atunero del Índico, que si trabajaba a jornada parcial escoltando jeques en la Costa del Sol. Con el tiempo supimos que su paradero era mucho más cercano y truculento, oscuro y previsible: rayado entre barrotes.
            Su padre terminó por no poder andar del todo y vive ahora en un centro de mayores, desde que Paulina claudicó y decidió morirse para no tener que soportar más tanta carga en sus espaldas. Eu lo visita cada tarde, lo saca al jardín, comparte auriculares con la música que piratea profesional, le arregla las uñas, le corta el pelo blanco copiando el suyo: rapado por detrás, con cresta engominada encima de la frente. Le habla, aunque al padre hace ya tiempo que las palabras le flotan sueltas sin pensamientos. Eu busca al padre porque no ha sabido tener hijos, pero ahora ambos vagan perdidos sin nada para recordar, sin referencias, apeados de la vida.

sábado, 13 de agosto de 2011

El viejo del perrito

Mira sin ver al frente con ojos blancos, opacos de matidez pétrea. No se desvía, siempre en línea recta hacia ninguna parte, el caminar perpetuo de ida sin vuelta. Sus pupilas muertas le apagaron el mundo para instalarlo entre nieblas confusas. Ya solo alcanza a guiarse por su pequeño lázaro, de andares tan viejos como los suyos, de mirada anciana apenas menos viscosa.
            Los pasos arrastrados le mantienen sobre la tierra, aferrado a la vida por pura obstinación, vagando cansino de pura obsesión. Lo único que lo conecta a la realidad, la única referencia, por eso no despega los pies del suelo, por miedo a desaparecerse en sí mismo, atrapado entre las sombras espectrales de los jirones de sus recuerdos.
            Aislado por una cortina espesa, se inventó sus grietas hasta que el delirio lo invadió por dentro, hasta que dentro y fuera se hicieron una sola cosa, o ninguna cosa. Denso bloqueo de entradas y salidas para separarse de lo vivo y entregarse a un no vivir inmortal, imposible de pensar. No pensar, caminar, musitar palabras sin oyentes, entre dientes, sin dientes.
            El pelo cano, casposo, el del hombre y el del perro. Las miradas perdidas olvidados los porqués. El perro también arrastra el caminar acompasándose al andar del viejo, imitándolo en incondicional simbiosis.
Y así cada día, todos los días deambulan por las calles de la ciudad siempre desconocida. Qué rayo de luz lo cegaría, ¿tan potente fue lo que iluminó que no pudo soportarlo?

viernes, 15 de julio de 2011

Duendes

Duendes aletargados, escondidos en las entretelas cósmicas, entre micropartículas atómicas, entre orgánulos intracelulares. Latentes, tímidos, aunque cargados de energía cuántica: se les nota por los destellos de las pupilas en su mirar disimulado, precavido, no vaya alguien a notar su bullir silencioso. No vaya a escapárseles alguna palabra delatora, algún suspiro comprometido. No vayan a descubrir su escondrijo diminuto.
            Pero el universo cuántico está globalizado, no es micro, sino macro, o las dos cosas. Por eso no se puede limitar, no se puede desconectar, no se puede detener la cascada del todo a la vez cuando se ha puesto en marcha: hacia arriba y hacia abajo, hacia afuera y hacia adentro en espirales de vértigo.
            Y cuando la energía fluye sin contenciones represoras, los duendes solo pueden dejarse llevar sin condiciones para dispersar su estela brillante sobre lo que tocan, alumbrando velas que parecía no iban a arder, avivando fuegos nunca antes encendidos, iluminando rincones desconocidos. Sembrando, fertilizando, descubriendo, produciendo.
            Duendes desinhibidos, entusiastas, codiciosos. Rescatados de su encantamiento por otro conjuro, de hechizo en hechizo, embrujados por la magia nueva que todo lo conecta y lo desconecta, la magia líquida que cristaliza los destinos.

martes, 5 de julio de 2011

Desamor



Su piel blanca resaltaba el desnudo mojado en lágrimas mezcladas con el sudor de amanecer desengañado, cuando las sombras cálidas matizadas por las velas desaparecen para mostrar relieves desvelados. Cuando la penumbra se ilumina y concluyen los conjuros.
Su pelo rojo incandescente atravesado por los implacables rayos del sol matutino no hacía más que reflejar lo que se cocía más abajo, entre las tormentas del alma.
El cuerpo amontonado detrás de la puerta que acababa de cerrarse, otra vez, un vez más. De nuevo la noche a plena luz del día. El pecho quebrado, la garganta seca, la voz ronca sin palabras. Otra vez.
Sucio el cuerpo, mancillado por caricias mentirosas. Otra ilusión desvanecida, una vez más. Ilusiones fantasma que amedrentan con soledades vertiginosas. Nunca más.
Entonces, la condena yerma del desamor. Del amor inhibido, receloso y esquivo. Del amor a nada, impotente para dar, incapaz de recibir. Desamor estéril, improductivo, sin sentido. Inhumano.
Para Willi, por su arte de amar

martes, 28 de junio de 2011

Tierra de hielo

En el volcán Snaefellsjökull empezó el Viaje al centro de la Tiera
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Viento. Vientos antiguos que ya no encuentran con qué tropezarse. Imparables, gélidos. Colinas gastadas, valles asolados por hielos arcaicos. Vientos actuales que trasportan fríos eternos. Aires puntiagudos que se clavan en el alma para moldearla a su gusto, tratando también de borrarle aristas, de erosionarla.
            Tierra de fuego que bulle hirviendo bajo la apariencia helada, amenazando tentadora. Vapores exuberantes entre las grietas, narcotizantes incitadores a viajes al centro de la Tierra. Historias de elfos y troles, de gente escondida que campa a sus anchas entre hielos y fuegos.
            Agua salvaje, malcriada descendencia glaciar con reflejos embaucadores de arcoíris. Embrujada.
            Sol de medianoche u oscuridad a mediodía, desconcentrante day-lag.
            Territorio extremo, implacable. Solo apto para los que han aprendido a navegar entre tormentas árticas.
            Indómito paisaje citado con palabras kilométricas, impronunciables, inventadas deliberadamente para investir lo que no había sido dicho, lo que no existía por no nombrado. O inventadas irónicamente para retar a hablantes extranjeros, para jactarse de la grafía particular que matiza su lengua esdrújula a saltos.
            Orgullosos en sus latitudes, ignorantes de nacionalismos miopes, invitan a conocerlos para que el mundo sepa de ellos más allá de las cenizas volcánicas que paralizan el cielo de occidente de cuando en cuando.
            Iceland, la tierra de hielo.

martes, 7 de junio de 2011

Esculturales

Ella nunca tuvo un interés especial por conservar su figura esbelta, ni por beber lo elixires de la eterna juventud, pero sí estaba muy interesada en él. Por él lo haría todo, lo dejaría o tomaría todo. Un amor sin condiciones a su varón escultural con el que tenía que hacer juego. Sin límites.
            Él siempre estuvo de su lado acompañándola en las inaniciones a las que se sometían para purgar culpas calóricas. Los dos guapos, los dos flacos, los dos atléticos contorneados de gimnasio constante.
            Con los años, él la fue introduciendo en tratamientos estéticos cada vez más invasivos hasta dejarse seducir por la cirugía. Suspender el paso del tiempo para fantasear con la inmortalidad, la muerte no osaría acercarse a cuerpos tan jóvenes y perfectos.
            Aceptó el quirófano sin resistencia, convencida también de la felicidad estética, y se dejó hacer por aquel cirujano tocalotodo. Era el mejor, el más recomendado, el más caro. El dinero no importa, le dijo él, qué bueno es, por mí hace cualquier cosa, pensó ella.
            Y así fue, una intervención sutil a la vez que eficaz. La dejaron inmaculada, tanto que resultaba irreal, un cuerpo imposible, intocable. No tocado, virgen, desconocido. Un cuerpo sin la humanidad que imprime el paso del tiempo, como una estatua plastificada que no dice nada.
            No entendía cómo se había quedado impotente para gozar de aquel cuerpo que también era obra suya, pero no podía. Una mujer sin sexo. Las esculturas son bellas, pero no excitan, son solo para ver, está prohibido tocarlas.
            Dice que adivina donde están las imperceptibles cicatrices de la impostura.

martes, 24 de mayo de 2011

Lágrimas de cebolla


Ella pelaba cebollas en la cocina cuando oyó la llave en la puerta, luego su andar dando tumbos. Dos lágrimas le desbordaron los ojos. Él se acercó desafiante a tomar lo que era suyo. Demasiado cerca. Solo se giró para protegerse, pero la mano se le fue en busca del corazón que una vez latió por ella. Lo encontró sin dificultad, blandamente. Era un viejo conocido, se sabía bien sus tonos, últimamente tan amargos.
Después, ya sin prisa por terminar la comida, se tumbó a fumar en el sofá: tendría que limpiar todo aquello.

martes, 10 de mayo de 2011

Felicidad

Qué concepto tan ambiguo, o tan amplio, o tan impreciso. Sin embargo, tan anhelado. ¿Pero qué es? ¿Qué hay que hacer para conseguirla? ¿Cómo se hace? ¿O acaso se nace? Quizá se aprenda.
            ¿Y si la delimitamos para tratar de abordarla? Por ejemplo, me han contado que seremos felices si estamos satisfechos con el pasado, alegres en el presente e ilusionados con el futuro. Pero me pregunto, ¿cómo sabremos que la hemos aprehendido? Y si nos falta una pata del trípode, ¿estará necesariamente incompleta?, ¿no podremos alcanzarla? ¿No hay nada más qué hacer? ¿Es el destino preescrito?
            Pues depende. Depende de si nos hacemos responsables de lo que queremos o culpabilizamos a los otros de lo que no tenemos. Depende de si nuestras fantasías son proporcionales al trabajo que realizamos para conseguirlas o son ensoñaciones vanas que pretendemos se materialicen con la intervención de las hadas. Depende de si pensamos en una felicidad empaquetada, prediseñada según el estándar vigente o si nos planteamos la que deseamos para nosotros, única, no intercambiable, no comparable, individualizada.
            Satisfechos con el pasado, y si no, qué más da, no volverá; alegres en el presente, podemos hacerlo, modificar lo que nos lo impide; ilusionados con el futuro, sí, elaborando un proyecto a medida de nuestras posibilidades y ejecutándolo según lo planificado. Claro que podemos hacer algo, siempre: pensar en lo que tenemos para que crezca más que lo que no tenemos; disfrutar de las pequeñas cosas de todos los días; no esperar, mañana es hoy; querer sin pausa, sin límite, sin mirar a quién.
            No hay felicidad sin amor: de madre, de padre o de hijo, de amante, de amigo, al trabajo, a los versos, al aroma del salitre o de la yerba recién cortada, a tierra mojada, al hogar, al café de la mañana, a sábanas compartidas, a la piel recién lavada. El resto son artefactos efímeros, insustanciales y hueros.

martes, 19 de abril de 2011

2º Premio V Certamen de Relatos Cortos, Ayuntamiento de El Rosario, abril de 2011

Café e infusiones
Llaman a la puerta a la hora de comer. A través de la mirilla veo a cuatro hombres que sujetan un cajón de tablones pintados de negro sin lijar, y un quinto que espera con actitud impaciente pegado a la puerta. Abro algo intimidada. El quinto hombre, un tipo alto de aspecto resuelto cansado del mundo, agotado de estar obligado a lidiar diariamente con gente ignorante y torpe como adivinaba también sería el caso, comprueba mi identidad en un trozo de papel gastado que lleva en la mano:
—¿Doña Lucía Fuentes?
—Sí, soy yo.
—¡Vaya, por fin la encontramos! Llevamos años tratando de localizarla para devolverle a su padre.
—¿A mi padre? Pero si murió hace veinticinco años.
—Precisamente, ¿y nunca ha pensado en él después de eso?
—Claro que he pensado en él.
—Y entonces, ¿por qué no ha ido a recogerlo?
—¿A recogerlo? ¿Cómo a recogerlo? Está muerto.
—Pues por eso, no iba a venir él solito, tendría que haber ido a buscarlo hace bastante tiempo, ¿no?
—Pero, ¿no se hace cargo el Gobierno de los muertos?
—¿El Gobierno? ¡Hay que ver! Siempre así. ¿Y se le ocurre de qué manera iba a hacerse cargo el Gobierno de “todos” los muertos? Es lo que tenemos, así tenemos el trabajo que tenemos. —Habla más para sus porteadores que para mí, a la que considera que no merece la pena dar unas explicaciones que voy a ser incapaz de entender.
—Pero yo no he oído nunca decir a alguien que tenga que recoger a sus muertos. ¿Y qué se hace con ellos?
—Y yo qué sé, usted sabrá lo que quiere hacer. Bastante hemos tenido con guardárselo durante todo este tiempo. —Y entran en tropel hasta el salón sin invitarlos, agotada la paciencia infinita del airado portavoz.
—Bien, ¿dónde lo ponemos?
—Eh… bueno, pues ahí, delante de la tele, es donde único hay sitio.
—Firme aquí el recibí.
Se marchan sin darme tiempo a recuperar el aliento para más preguntas y me dejan con la caja negra en medio del salón.

viernes, 8 de abril de 2011

Sonrisa

Sonríe. Qué bello eres cuando te ríes. Me embelesa esa forma tuya de sonreír a medias, como invitando a descubrir la otra mitad misteriosa. Esa que solo compartes con los que se atreven a indagar curiosos, los que se animan a dar una vuelta más a lo aparente para descubrir lo inaparente. La parte que reservas para intercambiar con los que tienen algo que aportar. Si no, para qué abrirla a invitados que no saben degustar golosinas.
            Tu risa es un imán que me hechiza. En tus ojos hipnotizadores contemplo el brillo negro de los míos encendidos. Tus palabras embrujadas prenden la mecha de mis pensamientos hasta ponerlos en ebullición, retantes, incitantes, insinuantes. Tentadoras.
            El vértigo se me instala en la barriga en forma de estrellitas puntiagudas que pican al girarse nerviosas. Y yo no puedo parar, también quiero girar, coger, soltar, saltar, correr, sudar, mirar, oler, respirar. Tocar, besar.

martes, 5 de abril de 2011

Doble o mitad

El restaurante estaba casi vacío a esa hora, todavía algo pronto para cenar. El camarero me ofreció una mesa dispuesta para cenas solitarias de viajes exprés. Llamó mi atención el vestido de la mujer que ocupaba sola otra mesa porque me había comprado uno igual la semana anterior, menos mal que no lo llevaba puesto. Bueno, qué se le va a hacer, los hacen en serie, pensé. Odio ver mi ropa repetida.
            Me enfrasqué en la carta para conciliar la hambruna disimulada todo el día con caterings de fantasía y el control calórico nocturno de rigor.
            —Bacalao a la plancha con verduras, por favor.
            —¿En salsa de perejil?
            —No, gracias, solo plancha. —De todas formas, quise darme un homenaje, la jornada había sido agotadora— Y una copa de vino blanco.
            —Tenemos un Albariño estupendo, ¿le apetece?
            —Perfecto.
            Cuando levanté la cabeza de mi agenda electrónica a los vapores del pescado, comprobé que mi compañera de salón tenía en la mesa idéntico menú, el camarero le servía en su copa el mismo vino blanco, también se entretenía con sus gadgets electrónicos: si es que estamos clonados, como los adolescentes.
            Me fijé un poco más: llevaba la melena parcialmente recogida con una pinza, como me gusta hacer a mí cuando me concentro para que el pelo no me distraiga en la cara. Morena. Sí, la verdad es que su aspecto era bastante parecido a mío. Supuse que los que llevamos una vida similar acabamos identificándonos también en lo físico.
            Luego fresones con zumo de naranja, y café descafeinado, y me lo carga a la habitación. Lo mismo para ella.
A los postres ya me había invadido el desasosiego al advertir mis gestos proyectados en el moverse de la otra, en la forma de sentarse al borde del asiento, de apoyar la barbilla en el dorso de la mano izquierda,  de estirarse la nariz pensativa.
            No hice sobremesa, sola y cansada. Ella tampoco, quizá también tenía que madrugar. Me demoré pidiendo que me despertaran en la recepción para no coincidir en el ascensor, de pronto me aterrorizó la posibilidad de una conversación mimética, lo mismo me copiaba las palabras.
            Soñé que me seguía a todas partes, que me la encontraba al cruzar una calle, en el café del trabajo, en la escalera de mi casa. Que se adelantaba a mis pensamientos, que se confundía conmigo, que ya no sabía si era yo o era ella. Grité cuando me despertaron porque justo se me había metido en el baño. Es solo un sueño, cómo exageras solo porque cenó lo mismo que tú, traté de serenarme.
            Más tarde, ¡no me lo podía creer!, estaba dos asientos delante del mío en el avión, ¿acaso éramos también vecinas?
            —¡Azafata, me trae una almohada, por favor!
            En un momento la almohada fue a parar al cuello de mi doble. También trajeron la mía, pero después.
            Al llegar me fui a resolver algunos asuntos que dejé pendientes antes de irme a casa. No conseguía que me abandonara una inquietud flotante.
            Cuando abrí la puerta escuché que mi marido hablaba con alguien, lo que me faltaba, visitas, con el día que llevo... ¡Imposible! Allí estaba ella, tumbada en el sofá, en mí sofá, y él ofreciéndole cariñosamente una infusión relajante. Justo lo que yo esperaba encontrar al llegar a mi casa. Entonces, ¿era yo o era ella la que aspiraba aquel cálido aroma de menta?

martes, 29 de marzo de 2011

Escollos

Rescoldos cenicientos que se agotan en sí mismos, consumidos de quemarse a solas. Restos, despojos de batallas agónicas en las que debieron rendirse a tiempo. Ahora ya no vale capitular. Nada que recapitular, nada que reeditar, no rescatar. Nada.
            Escollos moribundos acabados entre llamas eufóricas, rabiosas de colores. El fuego que purifica, que quema, que atrapa. Que tienta al que se atreve a mirarle el alma, desafiante en su poder fatuo. Vida y muerte igual de volátil, intercambiables.
            Escollos que siempre terminan por apagarse hasta la frialdad no reanimable, por pulverizarse en polvos eternos, desintegrados y olvidados. Fósiles arcaicos que no prenden chispa para alimentar a otras llamas. Rematadamente muertos.
            Y después que se desvanecen, la vida fluye caliente, fácil, ávida por inflamar otras mechas codiciosas. Fusión en rojo, en amarillo, en naranja. Fuegos de puro artificio destilados en el crisol del deseo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Muerte fría, vida caliente


Fría, muy fría la cara de la muerte. Siniestra. Blanca, seca, endurecida. Sin pulso, agotado el deseo con el último latido del corazón, con el último suspiro del alma. Expirar, abandonar, cerrar los círculos de la vida. Terminarse.
            Hasta entonces abrir, circular, pulsar, no parar. Girar y girar en espirales cósmicas, universales, siempre ascendentes. Y nunca mirar hacia abajo, que hace frío y está oscuro, sino hacia arriba, al calor del sol y a la luz de la luna. Al brillo de las estrellas.
            Vida caliente, cuanto más caliente más apartada del frío eterno. Rica vida amorosa, de pasiones desbordantes y deliciosas. De pieles cálidas entregadas en goces compartidos, a placeres lujuriosos. Besos que se contagian, infectados de vitalidad sin antisépticos. Abrazos encendidos y poderosos. Caricias tenues que extravían los sentidos gobernados de sensualidad inconsciente. Sudores mezclados de fluidos primigenios que manan de las mismas fuentes de la vida, creadores del mundo, perpetuos. El éxtasis del deseo, poderosa fuerza irreprimible. ¿Para qué reprimirla?
Amar para vivir en colores, combinados en matices revoltosos e imprevisibles. Fascinante incertidumbre que siempre quiere más. El deseo insaciable que nos aleja de la muerte, y que nos acerca cuando se agota. Que no entiende de edades, ni de físico. Tampoco de física, que no cuantifica, el deseo solo cualifica para existir. Sin deseo, el vacío, el no ser.
Total, ¿para qué vivir sin pasión? Para nada.

sábado, 5 de marzo de 2011

Territorio mítico

María siempre fue una mujer muy limpia, tanto que a veces se despellejaba las manos frotando en la lejía porque decía que con los guantes no se lavaba igual. Era como si quisiera limpiar hasta más allá de la frontera de su piel. Como si pretendiera eliminar los restos de suciedad que le contaminaban el alma para regresar a un estado mítico inmaculado e impoluto.
            Sus ansias de fregarlo todo hasta la desinfección la convirtieron en una obsesa ideal para el trabajo doméstico. Ella se profesionalizó en la casona donde ejercía su vocación: excelente para los señores, excesiva para su marido.
            Antonio no soportó tanta obstinación, imposible habitar un lugar donde no se permitía tocar o moverse con libertad para no ensuciar, donde estaba prohibido hasta exhalar el aliento contaminado de vida respiratoria. Por eso al final murió asfixiado con los vapores de una sobredosis de desinfectante. Estaba de Dios.
            Y María siguió limpiando, recreándose en su afición sin límites. No tuvo hijos, así que tras la muerte de su marido no dejó que nadie la visitara, que nadie entrara a infestarle su casa purificada, sin vida más allá de la suya a la que quizá también se había propuesto aniquilar.
            Pero en la calle encontró a otra vida. La encontró limpiando los espacios públicos. Tal vez se enamoró de cómo dejaba Marcial su acera después de que la repasara con la aspiradora del Ayuntamiento en su insistencia por coincidir con ella. Pensaría María que eran almas gemelas.
            Un día la aspiradora apareció abandonada en la acera: al final Marcial y María habían coincidido.
            Ahora cuesta sacarlos de la casa, pero más difícil es que dejen entrar a limpiar a los Servicios Sociales. Rodeados de basura, los malos olores reconcentrados invaden el ambiente más allá de la puerta. Será que María se ha dado por vencida en la batalla contra su detritus invisible y se ha abandonado. Qué extraña perversión querría ocultar ella bajo su obsesión de pureza. La misma que quiere ahora exhibir al derrochar inmundicia.
            María y Marcial se cansaron de limpiar, es su turno de ensuciar para otros. El círculo eterno de la vida mortal.

domingo, 20 de febrero de 2011

Carmelo

Carmelo es un hombre bueno. Dicen que al envejecer nos convertimos en caricaturas de nosotros mismos, restos desinhibidos de lo que antes reprimíamos por conveniencia. Carmelo no lo debió de necesitar nunca, el amor generoso no hay que disimularlo. Cuidó de su Elicia hasta que consiguió morirse, él se lo impidió durante los casi catorce años que duró su reclusión voluntaria en la cama, a macerar la melancolía en que la sumió el suicidio de su hijo mayor, aunque también se oye que al chico lo que le falló fue el corazón de repente. Ya no quiso incorporarse más a la vida, o si luego quiso, su cuerpo había olvidado cómo hacerlo.
            El hijo menor, desde entonces hijo único, se quedó a vivir en la casa familiar por pura pereza. Carmelo colaboró como supo a criar a los nietos, a ayudar a la nuera puntillosa con las camas, con la comida, con la fregona. La ropa de Elicia era en exclusiva asunto suyo: la lavaba a mano para blanquearla, inmaculada la ponía. Se encargaba de asearla, de que comiera, de las pastillas, de hablarle, aunque ella solo escuchaba la letanía infinita del televisor.
            Quizá el único goce que se permitía era reunirse por las tardes en el bar con los amigos del pueblo: unos vinitos, sí, pero de la cosecha, sin química ni nada, lo que da la parra.
            Desde que se operó no puede caminar hasta el bar, ayer lo intentó y casi se rompe la otra cadera. Lo peor fue la retahíla con que se despachó la nuera, desbordada por tener que ocuparse de lo que no ama, inundada de sí misma.
            Así y todo, Carmelo sonríe a las visitas femeninas, se permite bromas picaronas de caballero de los tiempos en que la cortesía animaba a piropear. Pero Carmelo disimula, ahora sí que disimula, su soledad, su desamparo. Sin recursos, hacia dónde caminar.

sábado, 19 de febrero de 2011

Desesperanza

Desesperanza, desilusión vital, ¿cómo vivir sin esperar? Habitar el mundo sin confiar en optimistas e irreales perspectivas, sin fe, descreídos. Andar desprendidos de fantasías de ensueño que permitan soportar el sopor o quizá la amargura de lo cotidiano. ¿Es posible prescindir de sugestivas promesas de un futuro atractivo? Un futuro ideal que no se materializará si no se trabaja para construirlo, no aparecerá por arte de magia, de la nada. Nada con nada produce nada. De esta manera, un pensamiento esperanzado es un pensamiento esotérico, y lo esotérico fue desechado de la cultura occidental con la Edad Media.
Mejor vivir sin esperar pasivamente, sin ilusiones delirantes, vanas, estériles. Crearse, que no creerse como un acto de fe, el presente desde el futuro imaginado manejando la inquietud que produce la incertidumbre. Sin miedo al vértigo de lo nuevo, lo desconocido, lo siempre inseguro. El vértigo atrayente y tentador, la seducción de lo que está por descubrirse.
            La esperanza encubre la pereza de inventarse a uno mismo, lo que implica responsabilizarse de hacerlo. Esperar el rescate de los hados, o de las hadas, es una forma de imputar a los demás lo que es de incumbencia personal. También encubre, o mejor, descubre un paralizante sentimiento envidioso por lo que otros han conseguido trabajando y que no es posible conseguir esperando.
Esperar seguridades imposibles para incorporarse al mundo es bastante improductivo, nunca ocurrirá. Solo se conoce una certeza: la muerte. Hasta ahí todo es inseguro, pero hasta ahí alcanzan los dominios de la vida. Es la vida lo que nos aparta de la muerte, por tanto, vivamos mortalmente, que lo demás es un sinvivir.
Les invito a desesperarse, o a desesperanzarse, a vivir sin espejismos, ejecutando las fantasías con el esfuerzo del trabajo, con ganas, con deseo, ¿a qué esperar más?

domingo, 13 de febrero de 2011

Y ahora, ¿qué hago con mi padre V?

A las cinco suena el timbre de la puerta. Esta vez no me disgusta, son mis invitados. Al final decidí prepararles chocolate para evitar suspicacias, aunque no son muy melindrosos. ¡Qué bien!, a pesar del lío de tarde que llevo la mesa me quedó bastante apañada. El único problema es el sitio: con la caja vamos a estar un poco estrechos, a ver cómo nos sentamos.
—¡Hola, chicos! ¿Qué tal están? Pasen.
—Muy bien, con ganas de conversar —responde Rafa, cariñoso.
—Pues yo los esperaba impacientemente. Necesito ayuda para resolver un problema doméstico.
—¿Tiene algo que ver con esa caja? —pregunta Alba adivinando el origen de mi inquietud.
—Tiene todo que ver con esta caja. Verán, hace un rato unos empleados del Gobierno me la han traído reprochándome haber abandonado los restos de mi padre, que se supone son lo que hay dentro. Parece ser que debí recogerlos después de su muerte y que llevaban todo este tiempo buscándome para devolvérmelos. No sé, me resulta un poco extraño porque yo vivo oficialmente aquí desde hace mucho, incluso me llegan las cartas del Gobierno puntualmente. Seguro que no tienen mucha comunicación entre departamentos, o no están informatizados, debe de ser. El caso es que yo nunca había oído que cada uno tuviera que hacerse cargo de sus muertos, ¿ustedes han ido alguna vez a recoger a un pariente?
—¿Cómo que no lo sabías? Lo hace todo el mundo —comenta Rafa—. Yo personalmente no he tenido que recoger a nadie, pero mi vecina Mariela fue el otro día a hacerse cargo de un tío-abuelo que murió atropellado por el antiguo tranvía. Parece que se había despistado.
—Al cruzar…
—No, de ir a buscarlo.
—¡Ah! ¿Y sabes qué hizo con él?
—No le he preguntado, pero puedo llamarla… ¿Mariela? Hola, soy Rafa. Te llamo para saber qué hiciste a final con tu tío Teodosio. Me acordé de ti porque estoy con una amiga que le han plantado a su padre en el salón y no sabe dónde ponerlo… ¡Ajá!, vale, se lo comento, me parece una idea estupenda, desde luego que estos del Gobierno lo tienen todo pensado. Gracias, Mariela, un beso.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada, no te preocupes, lo solucionamos enseguida. Dice Mariela que llames al teléfono del reciclaje domiciliario del Ayuntamiento, ese al que avisas para que se lleven los muebles viejos, y que ellos se hacen cargo de todo. Parece que no cobran muy caro.
—¿Cómo que no cobran muy caro? ¿Es que me lo traen gratis para luego cobrarme por llevárselo? ¿Y cómo dices, lo van a reciclar? ¿A reciclar para hacer qué?
—Mujer, no te pongas así, que no es para tanto. Primero que el Ayuntamiento no tiene nada que ver con el Gobierno, son… como dimensiones diferentes, por eso cobran, es natural, pero me dijo que no era mucho. Lo del reciclado parece que consiste en reutilizar las cenizas para diversos fines, incluso en la industria alimentaria. Me comentó que han creado toda una línea de infusiones exquisitas…
—¿Infusiones?, no me lo puedo creer.
—Pero no te alteres, ¿no conoces el empuje actual de la cultura oriental? Ellos creen en la reencarnación y esas cosas, imagino que lo habrán pensado como acercamiento cultural. Un asunto diplomático, creo yo.
—¿Sabes qué te digo, Rafa? Que no voy a permitir que cualquier desconocido con miras de globalizadora interculturalidad se beba a mi padre, y menos que unos cuantos hagan negocios sin su consentimiento. Si en algún lugar han de hervirse sus restos, pues será en esta casa. Ayúdenme, que lo vamos a colocar en tarritos.
—¿Tienes Coca-Cola? —quiere saber Alba.
FIN