domingo, 24 de octubre de 2010

Con acento del sur II

El sábado me lo pasé pensando en la pobre Yamilet, casándose con aquel hombre en lo que todas las luces mostraban como un matrimonio amañado. Conocía la última moda entre los solterones desahuciados de los pueblos –y no tan pueblerinos– de concertar enlaces con chicas de países pobres prometiéndoles unas vidas más holgadas. Sabía de las familias que animaban a sus mujeres jóvenes a participar en el negocio, como si se tratara de una ocupación igual que cualquier otra, un puesto de trabajo por el que merecía la pena emigrar, una forma de prostitución ligeramente encubierta. ¿La necesidad o el lucro?
Quizá Yamilet dejara una familia incapaz de ganarse la vida: familias extensas sin hombres que trabajaran para sostenerlas, hombres perdidos en el alcohol, las drogas, la delincuencia o la apatía de la desilusión y la subcultura. Mujeres esclavizadas peor pagadas que se deslomaban en los trabajos que tendrían que hacer sus hombres. El drama del mundo.
Ayer me alegré de encontrarla cosiendo en la tienda de arreglos de ropa que hay cerca de mi casa. Estaba encantada porque una compatriota suya que llevaba el taller de costura la había contratado, ahora ganaba dinero para ella y para enviar a su familia.
En el probador me confesó que no se había casado con Manuel, no pudo. Que la misma noche de cuando se cayó en la calle hizo como que iba a visitar a unos conocidos y desde allí mandó a la amiga a que la despidiera por teléfono. La madre llevaba días buscándola para pedirle cuentas, pero la estaban distrayendo entre todos.
Lo peor era el rebote que se cogió su marido cuando le contó la ruptura de sus planes. Él esperaba en su país la remesa de la dote de Manuel.

El atrapasueños

Me desperté soñando, o más bien como si se me escapara el sueño, o se desintegrara. ¿Dónde está mi sueño?, pronuncié entre dientes, en la confusión de la luz escasa que la luna menguante llevaba hasta la ventana abierta por el calor.
Creo que fue el sonido crujiente de un batir de alas atrapadas lo que me sobresaltó. Un insecto enganchado en las cortinas, la ventana abierta, el calor. Me acerqué a buscarlo. Una mariposa nocturna se debatía con esfuerzos desesperados por liberarse de una trampa en la que cayó por error. Era una trampa para sueños, para malos sueños.
            Trataba de liberarle las alas enrolladas en la red cuando vi que me miraban los ojos de la angustia humana, la mirada de los que saben que se han quedado sin tiempo para expresar lo que venían a decir, de los que se pierden en el sueño eterno. Luego cayó en un abismo que se abrió más allá de la red y desapareció. Se desintegró mi sueño.
            Las plumas del atrapasueños gritaban en una danza victoriosa de fuegos fatuos. Lo arrojé por la ventana. Todavía lo escuché un rato, entre risotadas que se apagaron hasta el silencio.
            Me dormí tranquila porque ya nada iba a elegir los deseos de mis sueños.

lunes, 18 de octubre de 2010

Una chica electrizada

Tío, he conocido a una mujer estupenda, estupenda.
–¡Guau! ¿Y qué?
–Pues eso, estupenda, lo que pasa es que… ¿cómo te explico? Es como que da corriente.
–¿Cómo que da corriente? ¡Cómo va a dar corriente una chica! ¿No será que tú te cortocircuitas con ella?
–No, en serio, aunque más bien es que me da grima.
–A ver…
–Resulta que quedamos el otro día por primera vez para cenar en el Rocás, ya sabes, cena romántica para dos en la terraza a la luz de las velas y violines compactados de fondo. Después de los postres, botella de vino y chupitos de hierbabuena, se me soltaron las manos chispadas, le cogí las de ella, se las besé y luego seguí hasta la boca. En eso que noto que se va.
–¿Se fue?
–No, no es que se fuera de allí, sino que se medio desmayó, la tuve que sujetar para que no se cayera al suelo. Puso los ojos en blanco, se le contrajo la cara, le tembló todo el cuerpo y en segundos me estaba mirando y hablando de nuevo como si simplemente se hubiera despistado un momento.
–¡Qué dices! ¿Y qué le pasó? ¡Qué besazo!
–Calla, calla. Se me quitó la chispa de golpe, me quedé perplejo: cuando me di cuenta tenía hasta la boca abierta. Me dijo que no me preocupara, que estaba bien. Me contó que la habían operado del corazón, que nació con un defecto y que le pusieron un aparato en el pecho que cuando el ritmo se le altera, descarga una corriente eléctrica para meterlo en vereda. Que no pasaba nada, que el aparatito -desfibrilador automático me dijo que se llamaba-, como yo acababa de comprobar, funcionaba perfectamente.
–¿Y en serio que te dio corriente? ¡Impresionante!, ¡qué mujer!
–Que no, hombre, que no. Bueno, yo en ese momento no noté calambres ni nada.
–Mmm… ¿puedo preguntarte una cosa?
–¿Qué cosa?
–Esto… ¿y si le salta el aparatito siempre que se le altera el ritmo, cómo…?
–¿En qué estás pensando?

–¡Ah! Ya veo que a ti también te tiene preocupado.

domingo, 17 de octubre de 2010

Y tú, ¿a quién quieres matar?

Las dos jóvenes amigas que tomaban café en la mesa de al lado parecían haberse conocido recientemente. No sé qué me atrajo en su conversación, supongo que esta manía mía por escuchar de las vidas ajenas para luego inventármelas.
            El caso es que las circunstancias de su encuentro aparentaban cierta peculiaridad, quizá por eso se me alargó el oído. Hablaban de cómo se dejaron descubrir, por su madre la una y por su pareja la otra, de cómo se alarmaron los demás, porque ellas disfrutaban ennirvanadas, de cómo las llevaron asustados a Urgencias, del ambiente allí: nada que ver con el acogimiento y la comprensión empática que esperaban, sino la hostilidad de un lugar no apto para atender “mandangas” de intentos de suicidio con ingenuas cantidades de pastillas de las que todo el mundo sabe que nunca antes han matado a nadie. Total, un absoluto fracaso, estaban las dos de acuerdo.
Se conocieron en el hospital, y ellas sí se comprendieron.
           Aunque matizando un poco, reconocían ciertos beneficios de su conducta en su entorno: ahora la gente se ocupaba más de ellas, las cuidaba, las mimaba más por la amenaza flotante de un nuevo intento más serio. Sus madres se multiplicaban, extendidas a los amigos y a las parejas.
            Claramente habían empezado en psicoterapia, una le preguntó a la otra:
            ­- Y tú, ¿a quién quieres matar?

martes, 12 de octubre de 2010

Con acento del sur

La joven morena de pelo rizado y curvas bien servidas salió de la tienda de menaje barato y se desplomó descolorida en la acera justo delante de mí. Me agaché a socorrerla:
–¿Qué te pasa?, ¿te encuentras bien? –quiso pronunciar palabras, pero sólo alcanzó a emitir un murmullo.
La vieja enlutada hasta la cabeza salió detrás. Socarrona me dijo:
–Son los nervios: es que se casa con mi hijo el sábado y está que no come ni duerme. Lo normal, ya ve usted.
La chica, alta, exuberante, casi excesiva, mantuvo los ojos en blanco unos segundos, pálida, sudando frío, nauseosa. Giré su cuerpo de lado para que no se vomitara encima. Le seguí hablando hasta que empezó a escucharme. Sequé su frente, solté la ropa. Le devolví el bolso que se apretó al cuerpo como si escondiera sus tesoros, o sus respuestas.
Desde que consiguió despertarse apenas, me agarró la mano con fuerza, pidiéndome una ayuda encriptada: parecía querer gritarme las palabras que la ahogaban, haciendo por vomitarlas. Pero yo no sabía en qué podía ayudarla.
Luego me dijo con acento del sur:
–Gracias. No sé qué me pasó, fue como si el aire no me entrara ni saliera. Después se puso todo negro, y ya nada más.
–¡Ah!, aquí viene mi Manuel. ¡Anda y atiende a tu novia! ¿No ves cómo la tienes de puros nervios? –volvió a hablar la vieja, entusiasmada.
Y Manuel se acercó:
–Yamilet... –pronunció con la dificultad obligada de su retraso mental.

Un beso envenenado

¡Bueno, lo que me faltaba!, parejita de luna de miel arrumacándose en los asientos de al lado, no hemos ni despegado y ellos ya van volando. Sí, sí, aprovechen, que como no tengan el tren de aterrizaje engrasado ya verán el estrellazo. Siempre es igual, nunca se prepara el descenso, con la aproximación y todo eso, cuando se está en las nubes. Me suena, por eso ahora sólo viajo en avión, con profesionales, nada de vuelos rasantes con aficionados de pacotilla.
Y me quedan cinco horas aquí amarrada, tragándome la telenovela ésta con final de perdices. Seguro que vienen de bodorrio de Ave María y tarta de merengue, vestido blanco roto para no ofender mucho a la virgen y oleadas de ¡viva los novios! No puedo…
¡Ah, qué bien! Ahí viene la azafata con el aperitivo, me encantan esas bolsitas con mixto de frutos secos que sirven a veces, estupendo, así me entretendré durante un rato, aunque no debería, con las calorías que tienen, bueno, son pequeñitas las bolsas.
Se zampa él los dos paquetes, claro, la flaca esa no querrá que una miserable caloría le vaya a mancillar su cincelada escultura. Sí, sí, te creerás que te va a durar toda la vida, guapa.
Pasa otro rato de miradas arrobadas, roces, susurros. Y él que se atornilla en un beso de esos que acaban con la reserva de los pulmones, eterno. Me concentro en la pantalla con el mapa de la ruta prevista: distancia, hora local, tiempo estimado, temperatura exterior, ¿a quién le importará la temperatura exterior a diez mil metros?
En eso que noto una agitación repentina en mis vecinos, él que grita: ¡Mayte!, ¡Mayte! Y Mayte que se ha puesto encendida, hinchada, que se ahoga, que ahora se pone azul, que se apaga. Y él que grita más, que la sacude. Y la azafata que corre por el pasillo. Y la megafonía que solicita si hay un médico a bordo. Traen el oxígeno y el maletín de primeros auxilios, pero el médico no encuentra adrenalina.
Él se desgañita poseído: ¡los manises, los manises!
Yo me pregunto estupefacta: ¿tendré poderes?

Recuerdo

Había mucho revuelo, mucha gente en mi casa. Trajines de calderos hirviendo, loza rescatada de las alacenas, rodar de muebles, hablar susurrante.
La habitación principal estaba desconocida. Los muebles habían desaparecido y su lugar lo ocupaban sillas pegadas a la pared, para que no se perdiera detalle. Olía a cera y a vapores de flores recién cortadas. Se oía el murmullo de frases repetidas de memoria. La ropa oscura. La abuela también estaba, pero no en la cama donde yo le daba los buenos días, sino embutida entre tablones negros. Blanca la cara, blanca la ropa, quieta, muy quieta. Callada. Era una foto sepia en blanco y negro con los bordes de encaje.
Rosa me acercó a la cara de cartón, era como de mentira, o de juguete, para que le diera un beso, un beso frío que se me grabó en la mejilla, público. Me confundí, aquello no podía ser la abuela, aunque lo pareciera, pero tampoco era de jugar porque la gente me dirigía miradas pesadas, oscuras como sus ropas, como escondidas, como de mentira también. No podía ser la abuela, la abuela era cálida, y no me besó.
Me tranquilizó ver a mi madre en la puerta, estaba asustada de la gente con caras de niebla, de la negrura desconocida que se pegaba a los muebles, a los cuerpos, que apelmazaba el aire y a la que quería lejos. Aunque no llevaba los colores bonitos que le gustaba lucir en verano, sí tenía roja la cara y los ojos del color de las llamas cuando miró a Rosa, me arrancó de sus brazos y me sacó de allí gritándole bajito.

En qué soñarán

Me han dicho que los bebés sueñan mientras duermen en la tripa de su madre, pero en qué podrán soñar si todavía no conocen las luces del mundo. Quizá tengan sueños de color rojo, rojo sangre de mamá, sueños en cálida amniótica agua turbia. Abrir los ojos y mirar, ver borroso, oír latir dos corazones uno detrás de otro y después dormir sin pensar, sólo soñar. En qué soñarán.
Soñarán en lo que habrá detrás de la pared roja siguiendo lo que escuchan decir desde más allá, en cómo salir. Qué hay que hacer para salir y ver lo que imaginan al oír. Mamá sabrá. Ella lo sabe todo, ella nos llevará.
Soñarán el mundo en turbio rojizo, en sonidos atenuados y confusos, en desconocidos aromas antes de saber oler. Se imaginarán el exterior como la cálida y segura matriz, sin siquiera intuir que habrá que empezar por conseguir respirar nada más atravesar el canal de la libertad. La libertad ahoga al principio, luego no.
Soñarán deseos de vida plena sin imaginar que para ello, ya desde la primera estrechez, tendrán que ponerse a trabajar, subir y bajar, correr, volar, y no parar de amar. El primer reto, llorar, luego habrá que aprender a hablar.
En qué soñarán.

Negro sobre blanco

- Negro sobre blanco, negro sobre blanco…
- ¡Ajá! ¿Y qué más Agustín?
- Y así sería siempre, para siempre…
- ¿Para siempre?
- …
- Bueno, Agustín, continuamos mañana.
- Lápices, lápices y un bolígrafo azul…
- Mañana los lápices, y el bolígrafo.
Y al día siguiente la sesión rodaba en idéntica monotonía, no encontraba la forma de avanzar con este paciente. Me preguntaba en qué lugar se le había desarmado el pensamiento, por qué, para qué.
- Tus lápices, Agustín.
- ¡Ah! Y un bolígrafo azul. Azul sobre blanco, azul sobre blanco…
- ¿Y qué escribes en azul?
- ¡Plopf! Y se quedó todo negro, todo negro, y luego sólo blanco, todo blanco… Para siempre.
Durante meses el discurso de Agustín terminaba en sí mismo, repetía las palabras, cabeceaba compulsivamente, cansaba.
Pensé que si las palabras se le habían trabado como en un disco rayado, sería con palabras como había de destrabarse. Tenía que buscar las que repararan el cortocircuito, pero tenía que encontrarlas él. Probé y probé:
- ¿Azul sobre blanco?
- Blanco, sólo blanco…
- Lápices de colores…
- De colores no, sólo negro, todo blanco… Y siempre así.
Y cabeceaba, y giraba por la habitación, como las palabras en su consciencia, imposible detenerlas, o completarlas.
A Agustín se le rompió el matiz, le habían explotado los colores en negro, a la cara. Se le habían saltado las palabras trabajadas sobre blanco durante cinco años. Se quemaron los abrasados circuitos del ordenador y las chispas incendiaron su cabeza recalentada.
Sí, a Agustín se le había roto el ordenador justo cuando acababa de concluir, sin copia, la novela que lo iba a sacar de la mediocridad dominical en la sección de sociedad del diario provinciano que utilizaba con fines alimenticios, tarea en la que él consideraba desperdiciado su talento. O eso es lo que me contó su mujer cuando por fin reunió fuerzas para venir a visitarlo la semana pasada.
Ahora ha conseguido escribir en azul, sólo en azul de momento, palabras que a veces no repite, va camino de recolocar sus significantes perdidos.

Música en la arena

Un hotel mastodónico plantado sobre la misma playa, hasta las olas le pegan por una esquina y las dunas por la otra. Viento, siempre el alisio revoloteando, revolviendo el mar con la arena, y con los muros.
Pasear a la luz de la luna no es recomendable, los pinchos de la arena se te clavan en los ojos y luego ya no ves más. Aunque tampoco haya gran cosa que ver: la playa, el viejo hotel… y la desolación.
La melodía surgió como música de sirena, la luna creció, el aire se pegó al suelo para transportarla. Era el piano de la arena. El sonido llegaba amortiguado por mis pensamientos desde la aldea de los pescadores. Me acerqué. La casa estaba abierta al verano, la gente fumaba en la terraza, el pequeño pianista detrás de la ventana los conducía hasta sus sueños.

Presentación

Se me ha ocurrido añadirme a esta bloggosfera tan cosmopolita porque he pensado: si no puedes con la globalización, globalízate. Así que, a ello. Lo he pensado para compartir escrituras, lecturas, informaciones, presentaciones, representaciones, estrenos, curiosidades, excentricidades... cualquier cosa que merezca calificarse como "interesante".
Yo no me creo eso de que cuando en un extremo del mundo una mariposa bate las alas, en el otro se desencadena un tsunami. Si fuera así, no se podría vivir en la costa, y yo vivo sin mojarme. Pero no deja de atraer esa idea muy cuántica de que vivimos interconectados. Cierto es que nuestras acciones producen efectos en la realidad, es más, nuestras palabras crean la realidad. Por eso propongo:
¡Creemos realidad, juntemos palabras!
Saludos a todos