martes, 28 de diciembre de 2010

¡Feliz 2011!

La lengua es nuestro denominador común. No existe sociedad humana sin lenguaje. Las palabras nos permiten establecer un intercambio intelectual y emocional, pero también un intercambio físico y material, al identificar, describir y legislar. Las palabras definen nuestro espacio y nos otorgan un sentido del tiempo. Aquí y allá, como ahora, después y antes, son creaciones verbales, al menos en cuanto nos permiten concebirlas. Las palabras confirman nuestra existencia y nuestra relación con el mundo y con los otros. En este sentido, somos creaciones de nuestra lengua: existimos porque nos nombramos y somos nombrados, y porque damos testimonio de nuestra experiencia en palabras compartidas. Ese proceso de identificación y reconocimiento, de creación y de crónica no acaba nunca, siempre está por ser dicho enteramente. Ninguna sociedad tiene la última palabra.
De “La ciudad de las palabras”, Alberto Manguel.
Escribo este texto a propósito de las palabras que la costumbre impone intercambiar en estas fechas: ¡ojo con lo que se dice!, no vaya a ser que se haga realidad. Me refiero a que no nos quedemos en los tópicos de finales de año del tipo mis mejores deseos para el nuevo año para ti y los tuyos. Mis mejores deseos son eso, míos, no tienen porqué ser los mismos que los del otro, los deseos no son universales. En tal caso, es preferible desear a los demás que deseen, simple y a la vez elaboradamente, porque el deseo es el motor de toda producción, es la energía vital, y luego que cada uno la utilice en propulsarse hacia donde considere oportuno.
            Las palabras crean la realidad al nombrarla, así que pensemos en qué realidad nos gustaría crear al decirlas. Alejémonos de las frases hechas que ya han sido pensadas y pronunciadas por otros para otras realidades, seamos originales, responsables y comprometidos con nuestro mundo. Y cuando expresemos una frase para otro, que sea un auténtico y generoso regalo pensado para él, y no un mantra impensado con propiedades esotéricas para nosotros mismos, como si tuviera poder ensalmador para alejar los malos augurios que el pensamiento mágico insiste en tener a mano, no sea que no podamos soportar el sufrimiento por vernos obligados a gozar de los resultados de nuestro trabajo.
Que gocen de un 2011 pleno en deseo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Palabras

Las palabras, fronteras que el viento hace y deshace, que estructura y desintegra, que arma y desarma con apariencia caprichosa. Palabras cálidas o frías, como el aire, a veces calmo y otras tormentoso. Palabras voladoras, viajeras curiosas, inestables, juguetonas. Palabras que piden más palabras, sedientas de combinaciones insaciables, infinitas, siempre incompletas de promesas mentirosas. Las palabras se las lleva el viento, sí, las trasmite, no habría palabras sin viento y qué sería del viento sin palabras: sólo aire vagabundo. Palabras que escribimos con la fantasía de amansarlas, de poseerlas, pura ilusión: las palabras no se someten, no se tienen, brillan en el intercambio, fluyen emancipadas al expresarse. La escritura traspasa el espacio y el tiempo, nos acerca a lugares lejanos, a tiempos remotos, inventados o increíbles. Las palabras nos acercan a los otros, o nos separan, la magia de lo humano.
                Yo aprendí a decir palabras, luego a escribirlas y a leerlas, así ingresé en el mundo, así me incorporé a la cultura, así se participa en este artificio ilustrado del saber: combinando palabras. Sin palabras las fronteras de lo humano se desdibujan y se alzan las otras: salvajes, irracionales, represoras, involutivas, inhumanas.
                Hablar, escuchar, leer, escribir, regalar palabras. Si no, ¿cómo amar sin compartirlas?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Y ahora, ¿qué hago con mi padre?

Llaman a la puerta a la hora de comer. A través de la mirilla veo a cuatro hombres que sujetan un cajón de tablones pintados de negro sin lijar, y un quinto que espera con actitud impaciente pegado a la puerta. Abro algo intimidada. El quinto hombre, un tipo alto de aspecto resuelto cansado del mundo, agotado de estar obligado a lidiar diariamente con gente ignorante y torpe como adivinaba también sería el caso, comprueba mi identidad en un trozo de papel gastado que lleva en la mano:
—¿Doña Lucía Fuentes?
—Sí, soy yo.
—¡Vaya, por fin la encontramos! Llevamos años tratando de localizarla para devolverle a su padre.
—¿A mi padre? Pero si murió hace veinticinco años.
—Precisamente, ¿y nunca ha pensado en él después de eso?
—Claro que he pensado en él.
—Y entonces, ¿por qué no ha ido a recogerlo?
—¿A recogerlo? ¿Cómo a recogerlo? Está muerto.
—Pues por eso, no iba a venir él solito, tendría que haber ido a buscarlo hace bastante tiempo, ¿no?
—Pero, ¿no se hace cargo el Gobierno de los muertos?
—¿El Gobierno? ¡Hay que ver! Siempre así. ¿Y se le ocurre de qué manera iba a hacerse cargo el Gobierno de “todos” los muertos? Es lo que tenemos, así tenemos el trabajo que tenemos. —Habla más para sus porteadores que para mí, a la que considera que no merece la pena dar unas explicaciones que tampoco voy a ser capaz de entender.
—Pero yo no he oído nunca a alguien que tenga que ir a recoger a sus muertos. ¿Y qué se hace con ellos?
—Y yo qué sé, usted sabrá lo que quiere hacer. Bastante hemos tenido con guardárselo durante todo este tiempo. —Y entran en tropel hasta el salón sin invitarlos, agotada la paciencia infinita del airado portavoz.
—Bien, ¿dónde lo ponemos?
—Eh… bueno, pues ahí, delante de la tele, es donde único hay sitio.
—Firme aquí el recibí.
Se marchan sin darme tiempo a recuperar el aliento para más preguntas y me dejan con la caja negra en medio del salón.

Discurso de entrega del Premio Nobel de Literatura 2010

Mario Vargas Llosa

"Aprendí a leer a los cinco años... Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio..."

"Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible."

lunes, 6 de diciembre de 2010

El circo de la realidad

Caminé durante cinco días para llegar hasta el centro de aquel circo montañoso, había leído que es el más bello de la Tierra. Llegué mirando al suelo, con cuidado de donde ponía los pies. Por eso se me paró el aire en los pulmones cuando levanté la mirada y me encontré en medio de los picos de nieves eternas. Estaba en el centro del mundo.
            El azul del cielo se colaba entre las montañas con los rayos cortantes del sol matinal, exuberantes y descarados por la altitud, en su territorio. El aire helado volaba a sus anchas, y tan ancho era que no me cabía en el pecho. Silencio.
            Miraba y sentía que no era capaz de verlo todo, o de que veía más de lo que estaba acostumbrada a mirar. La vista era también tan ancha que no me cabía en los ojos.
            A lo lejos se intuía el rumor de un glaciar al deshacerse en el río o un alud de nieve que no soportó la proximidad del sol. Un riachuelo corría a mi lado despreocupado, ignorante de lo humano, más cerca de lo divino. Era como oír la nada, el vacío, pero a la vez parecía que allí estuvieran condensados todos los sonidos del Universo.
            Bajé al campamento, me faltaba el aire, no podía respirar a tanta altura. La realidad era demasiado grande para mis atrofiados sentidos.
Pero la realidad no había acabado de derrocharse ese día. Por la tarde algo blanco y tan ligero que se me antojó etéreo empezó a caerme en la ropa. Poco después todo estaba cubierto de nieve, como si nos hubiésemos mudado de paisaje sin movernos.
Al marcharme al día siguiente saludé con respeto a las montañas, con las manos juntas en una inclinación:
—¡Namaste! –como se entienden en su lengua.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Amores líquidos

Amores líquidos, no sólidos, sino líquidos. Fluidos, que se derraman, que se difunden, se mezclan y se extienden. Pero no se confunden, se enriquecen en el intercambio. No sólidos, no rígidos e inflexibles, no exclusivos ni alienantes. Amores elaborados para navegar en mar abierto, sin temores de tormenta, seguros de las velas bien orientadas al puerto de destino, seguros de lo aprendido en muchos viajes. El destino solo alcanzado en parte, al que siempre le falta otra parte, la más deseada, la que colmará el anhelo. Imposible, el anhelo es anhelar. Nunca se está completo en la dimensión del deseo: es el que sopla el aire que infla las velas, el que encuentra el faro que ilumina la oscuridad, el que pertrecha para atravesar el temporal sin arredrarse ni acobardarse, el que hace eclosionar el goce. Es el que quiere más.
            No amores esquivos, miedosos o paralíticos, sino decididos y generosos. No amores cansados o plañideros, sino trabajadores, divertidos. No amores envidiosos instalados en las tinieblas, sino brillantes, que miren hacia arriba para contemplar de día el vuelo de los pájaros y de noche el deambular de las estrellas. No amores enlutados, sino coloridos, florecientes.
            No amores delirantes, sino deseantes y líquidos.