jueves, 20 de enero de 2011

Sueños

Desciendo por un tubo cilíndrico en vertiginosa caída libre. Al principio las paredes son azules, parecen transparentes, acuosas, levemente inclinadas, pero a medida que se acelera la velocidad, se oscurecen y se verticalizan. Luego es todo negro. Sigo cayendo al abismo de mi muerte. Aun así, solo deseo llegar, que cese el miedo, no soporto el vértigo, que sea ya.
            Me arrepiento de haberme entregado a la tentación del tobogán azul. Debí suponerlo, no adentrarme en sitios desconocidos. Además, sola. Trato de agarrarme a algo que frene mi caída, pero las paredes son lisas, ni una arista.
Escucho mi nombre, alguien me llama desde arriba, pero no puedo contestar, mi garganta no puede pronunciar palabras a esa velocidad. Tampoco puedo moverme, solo caer. Quiero agarrarme a la voz, ¿quién es? Alguien me ha echado de menos, quizá vio que me acercaba a la boca del túnel que me engulló, quizá supiera mejor que yo a dónde conducía y viene a rescatarme. Me aferro a la voz como a una cuerda y salgo.
No consigo decidir quién es el rescatador: ¿es hombre o mujer?, ¿mi padre o mi madre, o los dos?, ¿mi hermano o mi amante? Ni siquiera sé si está…, estamos vivos o muertos. No es importante saberlo en ese lugar, un lugar sin espacio ni tiempo, o con espacios condensados e infinitos, atemporales y eternos.
Me pregunto, ¿dónde estaba la muerte? Arriba o abajo, era ir o era venir, o todo a la vez, o nada.

domingo, 16 de enero de 2011

Y ahora, ¿qué hago con mi padre III?

Mmm… ¿Café de contrabando? —me pregunta el bombero dándose por contestado, sin darme  tiempo a abrir la boca—. Y recién tostado, todavía humea, ¿en serio que no le huele a quemado? —se empeña.
—Mire señor…
—Antonio.
—Antonio, le repito que yo no he puesto eso ahí dentro, ni siquiera aquí dentro, no lo he tostado, sea lo que sea eso negro, y no, no me huele a quemado porque en mi casa a lo único que huele es al café que me acabo de preparar y que gracias a su visita se está enfriando. —La mejor defensa siempre ha sido un buen ataque, de toda la vida.
—¿Que no es café?
—Que no sé.
—Bien, lo mejor será probarlo, así saldremos de dudas —se le ocurre en un arrebato de brillantez.
—¿Probarlo? ¿Cómo que probarlo? ¿Y si al final termina siendo mi padre? ¿Nos lo vamos a beber en infusión? —Lo que hay que oír.
Lo cierto es que no tengo una idea alternativa y está claro que Antonio, el bombero, no piensa dejarme en paz si no consigue una aclaración que le resulte convincente. Por tanto, preparo café para dos con aquel polvo caliente. La verdad es que yo también necesito una explicación, así que lo pruebo sin remilgos:
—¡Aggg…! Tiene un sabor entre casposo y metálico.
—Sí, es cierto, parecen cenizas, las he probado otras veces —comenta entendido.
—¡Que las ha probado otras veces!
—Claro, es el procedimiento habitual en caso de duda. No hay otra forma de asegurarse.
—Entonces, son las cenizas de mi padre recién horneadas lo que me han puesto en la caja. Y ahora, ¿qué hago con ellas?
—Ah, yo de eso no sé. A mí solo me interesa lo que se está quemando, no lo que ya se ha quemado. Vámonos, chicos. Que tenga buena tarde, señora.

sábado, 8 de enero de 2011

Y ahora, ¿qué hago con mi padre II?

¿Y ahora qué hago con esto?, ¿con la caja de mi padre? No puedo dejarla en el salón porque esta tarde vienen unos amigos y no cabemos. Además, cómo sé que realmente perteneció a mi padre lo que queda ahí dentro, tampoco es que me lo hayan certificado. Quizá si la destapo pueda encontrar alguna pista, algún resto que me traiga un recuerdo, pero hace tanto tiempo… ¿Y si no es? Pues la devuelvo, llamo a los del Gobierno y la devuelvo, ¡vaya si lo hago!
No puedo abrirla, está dura, claro, los cierres están oxidados y la madera apolillada. ¡Ah! Tengo que tener cuidado de no acercar la caja al mueble del comedor, no sea que se le vaya a trasmitir la carcoma, dicen que se propaga rápidamente. Mejor espero a que me ayuden después. Lo mismo a mis amigos se les ocurre dónde puedo ponerla.
Vuelven a llamar a la puerta: si es que tampoco me van a dejar tomar café. La mirilla: los bomberos. ¿Qué querrán? La última vez venían a romperme el suelo para buscar una gotera. Pondré cara de sobrada, de hastiada de la vida, como la del portavoz, para disimular que no sé qué hacer con la caja negra. A ver si esta vez me dejan todo intacto. Abro:
—¿Sí?
—¿Doña Lucía Fuentes?
—Sí, sigo siendo yo. —El que habla me dirige una mirada discretamente interrogante que desecha enseguida.
—Nos han avisado porque huele a quemado en el edificio y el olor parece salir de su casa.
—¿De mi casa? ¡Pero si aquí no huele a quemado! —le contesto con la poca estupefacción que me queda disponible.
—¿Que no huele? ¿De verdad que no le da olor a quemado? —ahora el estupefacto es él.
—Aquí, no. Será que ustedes tienen ese olor incrustado en el cerebro —le espeto entre ceja y ceja, temiendo lo peor.
—¿Y los vecinos también? —insiste arrogante—. Tenemos que entrar a inspeccionar su domicilio, disculpe. —Es el segundo tropel que invade mi salón sin permiso esta tarde, materializando mis temores.
—¿Qué hay en este cajón negro? —pregunta, inevitablemente, el que supongo el jefe de la expedición. ¡Buena pregunta!, pienso sarcástica, pero contesto con forzada amabilidad, igual hasta me ayudan a resolver el dilema:
—Pues en realidad no lo sé, me lo acaban de traer los del Gobierno. Me dijeron que son los restos de mi padre muerto hace años, pero no lo he podido abrir porque la tapa está atascada. ¿No le parece a usted un poco raro? —Raro sí que me mira el bombero jefe.
—Veremos —y lo abren sin resistencia.
Dentro humea un polvo oscuro, como el café recién molido. Me tranquiliza que no sea de color blanco, eso empeoraría aún más la tarde y tengo visitas.

martes, 4 de enero de 2011

El arte de regalar y fantasear: algo más que oro, incienso y mirra

Hace pocos días nos visitó Papá Noel, Santa Claus o San Nicolás. Mañana por la noche vendrán Melchor, Gaspar y Baltasar. Los maestros del arte de regalar, del arte de fantasear. Porque regalar es un arte que hay que aprender y perfeccionar: fantasear en lo que aportará al otro lo ofrecido, imaginar el placer que le producirá lo que hemos elaborado para él. No importa el valor real del objeto, sino el valor de que lo invistamos al pensarlo, al buscarlo, al presentarlo. ¿Acaso alguien olvida aquel trazo imposible sobre el papel con que lo obsequió su hijo cuando todavía no atinaba a escribir? ¿Acaso alguien olvida el aro de latón que le dedicó en prenda su primer amor? ¿Acaso se olvida el beso del amado o el abrazo sentido del amigo que insisten en continuar cercanos? Regalos generosos, desinteresados, auténticos.
            A todos nos agradan los regalos: que piensen en nosotros al figurarse si su propuesta nos complacerá o incluso la incertidumbre de si entusiasmará la nuestra. El goce chispeante en los ojos del que anhela descubrir lo que esconde el envoltorio, y del que lo ha envuelto adivinando esa mirada intrigada. La dicha del regalo inesperado, de la caricia espontánea.
Aun así, algunas personas repiten que prefieren regalar a que les regalen, ¿y eso por qué? ¿Será porque se sienten incapaces de corresponder con el mismo desprendimiento? ¿Será porque no soportan comprobar que son incapaces de estar a la altura del amor que otros entregan alegremente? Pero esto, como todo, también se cultiva.
El arte de regalar se aprende amando, sin amor nada se puede dar de verdad.