martes, 29 de marzo de 2011

Escollos

Rescoldos cenicientos que se agotan en sí mismos, consumidos de quemarse a solas. Restos, despojos de batallas agónicas en las que debieron rendirse a tiempo. Ahora ya no vale capitular. Nada que recapitular, nada que reeditar, no rescatar. Nada.
            Escollos moribundos acabados entre llamas eufóricas, rabiosas de colores. El fuego que purifica, que quema, que atrapa. Que tienta al que se atreve a mirarle el alma, desafiante en su poder fatuo. Vida y muerte igual de volátil, intercambiables.
            Escollos que siempre terminan por apagarse hasta la frialdad no reanimable, por pulverizarse en polvos eternos, desintegrados y olvidados. Fósiles arcaicos que no prenden chispa para alimentar a otras llamas. Rematadamente muertos.
            Y después que se desvanecen, la vida fluye caliente, fácil, ávida por inflamar otras mechas codiciosas. Fusión en rojo, en amarillo, en naranja. Fuegos de puro artificio destilados en el crisol del deseo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Muerte fría, vida caliente


Fría, muy fría la cara de la muerte. Siniestra. Blanca, seca, endurecida. Sin pulso, agotado el deseo con el último latido del corazón, con el último suspiro del alma. Expirar, abandonar, cerrar los círculos de la vida. Terminarse.
            Hasta entonces abrir, circular, pulsar, no parar. Girar y girar en espirales cósmicas, universales, siempre ascendentes. Y nunca mirar hacia abajo, que hace frío y está oscuro, sino hacia arriba, al calor del sol y a la luz de la luna. Al brillo de las estrellas.
            Vida caliente, cuanto más caliente más apartada del frío eterno. Rica vida amorosa, de pasiones desbordantes y deliciosas. De pieles cálidas entregadas en goces compartidos, a placeres lujuriosos. Besos que se contagian, infectados de vitalidad sin antisépticos. Abrazos encendidos y poderosos. Caricias tenues que extravían los sentidos gobernados de sensualidad inconsciente. Sudores mezclados de fluidos primigenios que manan de las mismas fuentes de la vida, creadores del mundo, perpetuos. El éxtasis del deseo, poderosa fuerza irreprimible. ¿Para qué reprimirla?
Amar para vivir en colores, combinados en matices revoltosos e imprevisibles. Fascinante incertidumbre que siempre quiere más. El deseo insaciable que nos aleja de la muerte, y que nos acerca cuando se agota. Que no entiende de edades, ni de físico. Tampoco de física, que no cuantifica, el deseo solo cualifica para existir. Sin deseo, el vacío, el no ser.
Total, ¿para qué vivir sin pasión? Para nada.

sábado, 5 de marzo de 2011

Territorio mítico

María siempre fue una mujer muy limpia, tanto que a veces se despellejaba las manos frotando en la lejía porque decía que con los guantes no se lavaba igual. Era como si quisiera limpiar hasta más allá de la frontera de su piel. Como si pretendiera eliminar los restos de suciedad que le contaminaban el alma para regresar a un estado mítico inmaculado e impoluto.
            Sus ansias de fregarlo todo hasta la desinfección la convirtieron en una obsesa ideal para el trabajo doméstico. Ella se profesionalizó en la casona donde ejercía su vocación: excelente para los señores, excesiva para su marido.
            Antonio no soportó tanta obstinación, imposible habitar un lugar donde no se permitía tocar o moverse con libertad para no ensuciar, donde estaba prohibido hasta exhalar el aliento contaminado de vida respiratoria. Por eso al final murió asfixiado con los vapores de una sobredosis de desinfectante. Estaba de Dios.
            Y María siguió limpiando, recreándose en su afición sin límites. No tuvo hijos, así que tras la muerte de su marido no dejó que nadie la visitara, que nadie entrara a infestarle su casa purificada, sin vida más allá de la suya a la que quizá también se había propuesto aniquilar.
            Pero en la calle encontró a otra vida. La encontró limpiando los espacios públicos. Tal vez se enamoró de cómo dejaba Marcial su acera después de que la repasara con la aspiradora del Ayuntamiento en su insistencia por coincidir con ella. Pensaría María que eran almas gemelas.
            Un día la aspiradora apareció abandonada en la acera: al final Marcial y María habían coincidido.
            Ahora cuesta sacarlos de la casa, pero más difícil es que dejen entrar a limpiar a los Servicios Sociales. Rodeados de basura, los malos olores reconcentrados invaden el ambiente más allá de la puerta. Será que María se ha dado por vencida en la batalla contra su detritus invisible y se ha abandonado. Qué extraña perversión querría ocultar ella bajo su obsesión de pureza. La misma que quiere ahora exhibir al derrochar inmundicia.
            María y Marcial se cansaron de limpiar, es su turno de ensuciar para otros. El círculo eterno de la vida mortal.