martes, 28 de junio de 2011

Tierra de hielo

En el volcán Snaefellsjökull empezó el Viaje al centro de la Tiera
Más fotos
Viento. Vientos antiguos que ya no encuentran con qué tropezarse. Imparables, gélidos. Colinas gastadas, valles asolados por hielos arcaicos. Vientos actuales que trasportan fríos eternos. Aires puntiagudos que se clavan en el alma para moldearla a su gusto, tratando también de borrarle aristas, de erosionarla.
            Tierra de fuego que bulle hirviendo bajo la apariencia helada, amenazando tentadora. Vapores exuberantes entre las grietas, narcotizantes incitadores a viajes al centro de la Tierra. Historias de elfos y troles, de gente escondida que campa a sus anchas entre hielos y fuegos.
            Agua salvaje, malcriada descendencia glaciar con reflejos embaucadores de arcoíris. Embrujada.
            Sol de medianoche u oscuridad a mediodía, desconcentrante day-lag.
            Territorio extremo, implacable. Solo apto para los que han aprendido a navegar entre tormentas árticas.
            Indómito paisaje citado con palabras kilométricas, impronunciables, inventadas deliberadamente para investir lo que no había sido dicho, lo que no existía por no nombrado. O inventadas irónicamente para retar a hablantes extranjeros, para jactarse de la grafía particular que matiza su lengua esdrújula a saltos.
            Orgullosos en sus latitudes, ignorantes de nacionalismos miopes, invitan a conocerlos para que el mundo sepa de ellos más allá de las cenizas volcánicas que paralizan el cielo de occidente de cuando en cuando.
            Iceland, la tierra de hielo.

martes, 7 de junio de 2011

Esculturales

Ella nunca tuvo un interés especial por conservar su figura esbelta, ni por beber lo elixires de la eterna juventud, pero sí estaba muy interesada en él. Por él lo haría todo, lo dejaría o tomaría todo. Un amor sin condiciones a su varón escultural con el que tenía que hacer juego. Sin límites.
            Él siempre estuvo de su lado acompañándola en las inaniciones a las que se sometían para purgar culpas calóricas. Los dos guapos, los dos flacos, los dos atléticos contorneados de gimnasio constante.
            Con los años, él la fue introduciendo en tratamientos estéticos cada vez más invasivos hasta dejarse seducir por la cirugía. Suspender el paso del tiempo para fantasear con la inmortalidad, la muerte no osaría acercarse a cuerpos tan jóvenes y perfectos.
            Aceptó el quirófano sin resistencia, convencida también de la felicidad estética, y se dejó hacer por aquel cirujano tocalotodo. Era el mejor, el más recomendado, el más caro. El dinero no importa, le dijo él, qué bueno es, por mí hace cualquier cosa, pensó ella.
            Y así fue, una intervención sutil a la vez que eficaz. La dejaron inmaculada, tanto que resultaba irreal, un cuerpo imposible, intocable. No tocado, virgen, desconocido. Un cuerpo sin la humanidad que imprime el paso del tiempo, como una estatua plastificada que no dice nada.
            No entendía cómo se había quedado impotente para gozar de aquel cuerpo que también era obra suya, pero no podía. Una mujer sin sexo. Las esculturas son bellas, pero no excitan, son solo para ver, está prohibido tocarlas.
            Dice que adivina donde están las imperceptibles cicatrices de la impostura.