viernes, 15 de julio de 2011

Duendes

Duendes aletargados, escondidos en las entretelas cósmicas, entre micropartículas atómicas, entre orgánulos intracelulares. Latentes, tímidos, aunque cargados de energía cuántica: se les nota por los destellos de las pupilas en su mirar disimulado, precavido, no vaya alguien a notar su bullir silencioso. No vaya a escapárseles alguna palabra delatora, algún suspiro comprometido. No vayan a descubrir su escondrijo diminuto.
            Pero el universo cuántico está globalizado, no es micro, sino macro, o las dos cosas. Por eso no se puede limitar, no se puede desconectar, no se puede detener la cascada del todo a la vez cuando se ha puesto en marcha: hacia arriba y hacia abajo, hacia afuera y hacia adentro en espirales de vértigo.
            Y cuando la energía fluye sin contenciones represoras, los duendes solo pueden dejarse llevar sin condiciones para dispersar su estela brillante sobre lo que tocan, alumbrando velas que parecía no iban a arder, avivando fuegos nunca antes encendidos, iluminando rincones desconocidos. Sembrando, fertilizando, descubriendo, produciendo.
            Duendes desinhibidos, entusiastas, codiciosos. Rescatados de su encantamiento por otro conjuro, de hechizo en hechizo, embrujados por la magia nueva que todo lo conecta y lo desconecta, la magia líquida que cristaliza los destinos.

martes, 5 de julio de 2011

Desamor



Su piel blanca resaltaba el desnudo mojado en lágrimas mezcladas con el sudor de amanecer desengañado, cuando las sombras cálidas matizadas por las velas desaparecen para mostrar relieves desvelados. Cuando la penumbra se ilumina y concluyen los conjuros.
Su pelo rojo incandescente atravesado por los implacables rayos del sol matutino no hacía más que reflejar lo que se cocía más abajo, entre las tormentas del alma.
El cuerpo amontonado detrás de la puerta que acababa de cerrarse, otra vez, un vez más. De nuevo la noche a plena luz del día. El pecho quebrado, la garganta seca, la voz ronca sin palabras. Otra vez.
Sucio el cuerpo, mancillado por caricias mentirosas. Otra ilusión desvanecida, una vez más. Ilusiones fantasma que amedrentan con soledades vertiginosas. Nunca más.
Entonces, la condena yerma del desamor. Del amor inhibido, receloso y esquivo. Del amor a nada, impotente para dar, incapaz de recibir. Desamor estéril, improductivo, sin sentido. Inhumano.
Para Willi, por su arte de amar