sábado, 13 de agosto de 2011

El viejo del perrito

Mira sin ver al frente con ojos blancos, opacos de matidez pétrea. No se desvía, siempre en línea recta hacia ninguna parte, el caminar perpetuo de ida sin vuelta. Sus pupilas muertas le apagaron el mundo para instalarlo entre nieblas confusas. Ya solo alcanza a guiarse por su pequeño lázaro, de andares tan viejos como los suyos, de mirada anciana apenas menos viscosa.
            Los pasos arrastrados le mantienen sobre la tierra, aferrado a la vida por pura obstinación, vagando cansino de pura obsesión. Lo único que lo conecta a la realidad, la única referencia, por eso no despega los pies del suelo, por miedo a desaparecerse en sí mismo, atrapado entre las sombras espectrales de los jirones de sus recuerdos.
            Aislado por una cortina espesa, se inventó sus grietas hasta que el delirio lo invadió por dentro, hasta que dentro y fuera se hicieron una sola cosa, o ninguna cosa. Denso bloqueo de entradas y salidas para separarse de lo vivo y entregarse a un no vivir inmortal, imposible de pensar. No pensar, caminar, musitar palabras sin oyentes, entre dientes, sin dientes.
            El pelo cano, casposo, el del hombre y el del perro. Las miradas perdidas olvidados los porqués. El perro también arrastra el caminar acompasándose al andar del viejo, imitándolo en incondicional simbiosis.
Y así cada día, todos los días deambulan por las calles de la ciudad siempre desconocida. Qué rayo de luz lo cegaría, ¿tan potente fue lo que iluminó que no pudo soportarlo?