martes, 27 de septiembre de 2011

¿Crisis... qué crisis?

Crisis, incertidumbre, angustia, parálisis. Desmoronamiento de lo conocido, inquietud de lo por venir, inseguridad, gregaria soledad. Miedo, mucho miedo a tormentas que tambaleen cimientos de robusta apariencia, tan poco flexibles que se quiebran al primer embate de los nuevos vientos. Miedo al miedo. Enrocados inmóviles en el ojo del huracán, sin respirar, con disimulo, casi muertos… de miedo. Es igual, el aire antojadizo los arrojará sin rumbo a volar sin norte. No hay donde esconderse, el vendaval se cuela por las rendijas hasta estallar las junturas. Hay que salir para no morir, hay que vivir.
¿Qué crisis? Oportunidad de encuentro con lo nuevo desconocido, con aires transformadores, decididos, limpios, con páginas por escribir. Mejor aprender a volar que dejarse arrastrar por caprichos ajenos, siempre inconvenientes. Ocasión para evolucionar. O no e involucionar. No hay más opciones: o se crece o se decrece, el estancamiento es una ilusión fantasma. Parar para esperar a qué, la magia es un truco. Oportunidad que obliga a mirar hacia arriba, porque hacia abajo el pozo es oscuro e insalvable, sin salientes a los que sujetarse para amortiguar la caída. Caída libre en sombras insaciables de afanes demoledores.
No perderse en las vacilaciones de la vida, sino aprovecharlas para replantearla continuamente. No pretender saber, sino aplicarse a aprender. Trabajar, trabajar, trabajar sin parar y luego se verá, se sabrá después.
Nada es seguro en la vida más que la muerte, pero eso ya no es la vida.

martes, 20 de septiembre de 2011

Ojos líquidos

Ojos líquidos de insondable mirar, de centelleos acuosos que invitan a explorar oscuridades ignotas. Ojos misteriosos que imantan voluntades atrayéndolas a sus profundidades abisales para sumergirse hipnóticas a buscar más abajo, más adentro. Ojos solitarios anhelantes de ser examinados, deseosos de iluminar y ser iluminados, ignorantes de su poder silencioso. Mirada fina, a veces afilada y otras sombría cuando se debate en las incertidumbres del claroscuro. La luz que penetra todavía solo a medias por temor a que alumbre rincones en tinieblas, sin sospechar que la claridad volatilizará los miedos espectrales adheridos al fondo de la caverna que empieza a agrietarse.
            Hacia arriba y hacia afuera el día resplandece exuberante, pletórico y fecundo, sobrado de la vida. La tentación es bidireccional: la mirada líquida pulsa por derramarse atravesando los muros represivos de la contención, incontenibles, ingobernables, descontrolados, desbordantes, exultantes.
            Y la luz lo invadió todo, y no quedaron vampiros en el reino de los mortales, ni fantasmas diurnos, ni deseos reprimidos, ni príncipes ni princesas.
            Ojos, miradas, amores líquidos, lo humano también es líquido, no sólido, sino líquido.

martes, 13 de septiembre de 2011

Preñado

Preñado de amor, preñado de dolor, rasgado, partido, dividido, paralizado. Pero entre las astillas brillan reflejos rojo-sangre palpitantes en deseos reprimidos, hasta ahora desconocidos, recién paridos. Destellos de colores que invitan a dejarse mecer en un delicioso fluir, denso pero suave, en un placer dulce y picante como el puro chocolate. Irrefrenable corriente de mansa apariencia que invita a investigar los misterios del mundo, a adentrarse en orígenes no sabidos, a no temer oscuridades antiguas porque las modernas luminarias desvanecen lo siniestro. Entonces, las entrañas fértiles aparecen preñadas de anhelos germinales que ahora bullen inquietos queriendo despertarse todos a la vez. Preñadas de palabras que enlazan ideas descubridoras de sí mismas, que lo sorprenden ingeniosas abrochándose y desabrochándose para volver a enlazarse por arriba y por abajo, hacia adentro y hacia afuera, del principio al final, y luego vuelta a empezar para nunca terminar. Ardiente despertar a la luz del deseo.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Con el nombre del padre

Eufrasio ya desde chico era muy callejero, de la plaza de toda la vida, hasta cuando llovía de vez en cuando, porque en mi plaza solo llueve de vez en cuando, y a los demás no nos dejaban salir por si cogíamos una pulmonía, aunque ahora sé que era para que no ensuciáramos el suelo de barro, de eso me enteré después, que con calor no se cogen pulmonías, y en mi calle llovía con calor; pues eso, que Eu iba a la plaza sí o sí. Y luego también, cuando todos nos pusimos a estudiar de veras, pero no como de chicos, sino de veras, porque de algo tendríamos que comer el día de mañana, porque no somos ricos y tú tienes que estudiar y porque además, si llega un comunismo, pues te puedes llevar el título contigo a cualquier parte, y no vas a estar como el hijo de Eufrasio el cojo, que como no herede la afición al vino no sé lo que le va a quedar, porque la cojera es de las que no se heredan, menos mal. Y la pobre Paulina aguantando, porque anda que aguanta la mujer, y sin ayuda, ella sola con toda la casa, limpiando escaleras, si es que hay que ver, las cosas de la vida.
            Pero a los demás no nos convencían mucho esos argumentos porque a Eu se le veía divinamente, nada preocupado por el advenimiento del comunismo, ni por la dieta que iba a llevar de mayor, ni por la herencia, ni tampoco, que todo hay que decirlo, por los dolores de espalda que traía su madre a casa junto con las bolsas de la compra de la venta de Sebastián, que se las apuntaba en el libro y le iba pagando cuando podía, o cuando no podía, porque poder poder nunca pudo.
            Qué nos iban a convencer si Eu tenía una setenta desde antes de poder conducirla legalmente, aunque lo legal no es que él lo tuviera muy interiorizado, no sé ahora. Y es que con la setenta se ligaba más, vas a comparar. Y fumaba rubio cuando los demás no sabíamos ni lo que costaban.
            Luego le perdimos la pista. En el barrio se dijo de todo, que si había emigrado a Alemania, o a Sudamérica, no estaba claro, que si embarcó en un atunero del Índico, que si trabajaba a jornada parcial escoltando jeques en la Costa del Sol. Con el tiempo supimos que su paradero era mucho más cercano y truculento, oscuro y previsible: rayado entre barrotes.
            Su padre terminó por no poder andar del todo y vive ahora en un centro de mayores, desde que Paulina claudicó y decidió morirse para no tener que soportar más tanta carga en sus espaldas. Eu lo visita cada tarde, lo saca al jardín, comparte auriculares con la música que piratea profesional, le arregla las uñas, le corta el pelo blanco copiando el suyo: rapado por detrás, con cresta engominada encima de la frente. Le habla, aunque al padre hace ya tiempo que las palabras le flotan sueltas sin pensamientos. Eu busca al padre porque no ha sabido tener hijos, pero ahora ambos vagan perdidos sin nada para recordar, sin referencias, apeados de la vida.