martes, 25 de octubre de 2011

Mario labios

Cuando Mario llegó al pueblo tres años atrás, a Blanca se le llenó el bajo vientre de grillos con solo imaginar de lo que aquellos labios bembones serían capaces si ella pudiera ponerlos a su servicio. Pero cómo podía calentarse los pensamientos, y el bajo vientre, si para todos los efectos era como si estuviese casada. Casada con Dios y con la Santa Madre Iglesia. Y con su tío el párroco, que se ocupó tan amorosamente de ella cuando sus padres desaparecieron. Desaparecieron de la casa, del pueblo y de la faz de la tierra, porque no volvieron a dar señales de vida ni de muerte de un día para otro. Puede que en algún momento cuente también esa historia, pero hoy no quiero divagar que me disperso. Pues eso, que el tío cura la acogió generosamente en su casa. Incluso puede que no fuera necesario tanto acogimiento, pensaba a veces Blanca desde que le despuntaron los grillos por primera vez cuando se embelesó en la contemplación del cuerpo desnudo de Plácido, el hijo del panadero, bañándose descuidado en el pris. Porque lo que tenía claro desde hacía mucho es que el cuerpo del tío no le encendía los calambres, desde luego que no, ni de lejos, si acaso algo de ardor en la boca del estómago, pero eran ardores bastante distintos, también internos, pero de más arriba.


martes, 11 de octubre de 2011

Arcoíris

En Gullfoss nace el arcoíris, según los islandeses
El arcoíris se desplegó doble justo enfrente de mi ventana, pretendiendo colorear un día definitivamente gris amatista, clavado en el mar amoratado engañosamente malva, falsamente calmo en la oscuridad desdibujada que no acababa de consentir la mañana. Se me antojó una visión descarada, burlona de mis tristes angustias que habían despuntado el día recargadas. Una ironía de colores fanfarrones. Pero consiguió clavarme a contemplarlo en su quehacer magnético, hasta profético. Me obcequé en leer entre líneas, entre tonos y matices. No entendí nada, no conocía su lenguaje, no sabía leer entre colores. El gris me empastaba el alma.
            Cerré la ventana para ocuparme sola en coser mis roturas, pero la cortina trasparentaba y adivinaba los arcos multicolores del otro lado, como si quisieran mostrarme algo para mí confuso, casi críptico, como forzándome a no claudicar, a continuar mirando hacia arriba, hacia el cielo, a la luz blanda de un nuevo día rebosante.
            Volví a mirar en el momento justo en que el cielo estalló en calambres que aliviaron la pesadez de un chaparrón contenido. Agua escandalosa que chapoteaba los cristales, las hortensias, los rosales, las uvas del parral. Que corría sobrada a desaguarse pendiente abajo. Bulliciosa, exuberante, sabrosa. Agua sobre agua para mojar lo ya empapado.
            La energía desatada al viento se me ovilló al cuerpo para sacudirme de dentro a afuera. Me zarandeó los pensamientos hasta que pude reubicarlos. Cortó el círculo viscoso de gris en gris para que del negro se fueran destilando colores inexistentes por no nombrados. Tonos irisados de matices nunca antes pronunciados, completamente imprevistos, maravillosamente improvisados. Y amaneció, que no fue poco.