martes, 29 de noviembre de 2011

Soledades

Aurelio tiene las manos chatas de hombre trabajado, los dedos gruesos, las venas rotundas atravesándole el dorso. La cara no sorprende, también es roma, como recortada antes de tiempo, pero la mirada inesperadamente azul acuosa pareciera errónea en las toscas facies modeladas por la postguerra. Brillos marinos que destellan luces juveniles agazapadas entre los pliegues elaborados con la vida, reflejos entusiastas entre arrugas expresivas: de tantos llantos, de tantas risas, de tantos deseos nunca colmados en su esencia. Es ya un anciano de cuerpo gastado con pasos lentos para asegurar que el siguiente no sea el último. Sus movimientos son algo torpes, pero se adivina un pensamiento ágil que solo expresa a quien sepa escuchar buenas palabras, ya sin necesidad de hablar de sí mismo, ya sin necesidad de justificar sus amores.
Desde hace unos meses se le ve casi siempre con Clorinda, la vecina del piso donde se mudó porque así los hijos estarían más cerca, un poco más cerca. Los dos solos, los dos viejos. Los hijos ocupados con sus hijos, los viejos con los viejos.
Clorinda no está bien. Desde el año pasado ha ido deteriorándose: está más desliñada, antes tan pulcra, repite las cosas o las olvida completamente y su espalda ha ido encorvándose por cargas tan insoportables que ha conseguido no recordar. Su andar también es lento, su pensamiento le confunde las palabras y su mirada vidriosa trasparenta agujeros negros de mundos inventados.
Desde hace unos meses las manos de Aurelio organizan lo accesible de los senderos de Clorinda para que pueda transitarlos sin miedo a perderse. Los ojos de Aurelio la reconducen a una realidad que se le ha hecho extraña a fuerza de evitarla, pero a la que ya no teme, entregada a ilusiones flotantes como nieblas de verano.
Amores seniles, desinteresados y puros, pletóricos de renovada ingenuidad. Injustificables, irrenunciables. Para no parar de amar hasta el último aliento.