martes, 31 de enero de 2012

Vida esférica

Macarena era una mujer maltratada: por su marido, por el destino y por ella misma que no conseguía sacudirse de todos. Cada día al levantarse se esforzaba por no sacar la cabeza del pozo donde pretendía ahogarse para evitar el esfuerzo de respirar sola, sin considerar que este trabajo invertido era mucho más ingente que el que necesitaría para echarse a volar. Una historia tan repetida que se hace casi tópica.
            Pero no es fácil ahogarse hasta el final, la pasión por respirar vence al menor resquicio por donde consiga destilarse. Vivir, ¿quién no lo desea? Quien no lo desea se muere de verdad, hasta el final.
            Tuvo que emigrar con su marido, Mateo, porque él lo decidió así. Seguramente pensó que en un país extranjero a su mujer no le quedaría otra que apoyarse en él y solo en él, sin interferencias externas. Quizá pensó que podría hacerla a su mano, con su mano, con su manaza para tratarla mal, con su manopla no apta para caricias.
            La hermana la siguió con su familia a ese país al poco tiempo, un contratiempo para Mateo, buscando las mismas oportunidades que Macarena inventaba para justificarse y que nunca encontró porque no formaban parte de sus anhelos.
            Macarena no había podido tener hijos porque era imposible que Mateo fertilizara sus entrañas herméticas, por eso que su hermana le acercara a los sobrinos fue un alivio para su penosa sobrevivencia.
            Pero el destino tenía otros planes, oscuros, morbosos, hasta sádicos. Trágicos: la hermana enfermó y falleció a los pocos meses. El marido se quedó paralizado, los niños desconcertados. Macarena los adoptó a todos.
            Aunque la pérdida fue desgarradora para ella, el sentirse en el deber de cuidar a los niños la reconfortaba, incluso le dio bríos para enfrentarse a la mala bestia. Este fue el resquicio que aprovechó su pasión reprimida para liberarse, por donde penetró el aire y por donde el sol entró para calentarle el alma.
            La familia que dejó la hermana vivía cerca y Macarena iba varias veces al día a arreglar la casa, a mandar a los niños al colegio, a conseguir que su cuñado se levantara cada día para ir recuperando la vida. Cada día, todos los días, varias veces al día…
La pena los fue acercando hasta que ya no pudieron evitar el roce de las caricias, hasta que no pudieron ignorar lo evidente, que la chispa estaba allí, entre ellos, con ellos para rescatarlos de sus respectivas zozobras y lanzarlos a navegar sin ahogos ni tragedias, en el mar abierto, incierto, pero inmensamente líquido.

martes, 24 de enero de 2012

Proyectos para enero


Un día de principios del año me levanté con la mente en blanco, no entendía qué me pasaba. Me preparé un café cargado, pero nada, no funcionó: blanco sobre blanco. Desayuné tostadas con mermelada, pero el azúcar tampoco cambió las cosas. Era extraño, no me solían fallar esos recursos en circunstancias similares, pensé que era porque tenía la mente completamente desenchufada. Entré en pánico.
            Se me ocurrió salir a la calle, esa calle tan fértil donde solía encontrar respuestas para todo, pero me asusté más cuando me percaté de que el verde de los árboles de la plaza amanecía desvaído, de que el rojo de las flores que adornaron la Navidad se veía desteñido, de que la soleada mañana de invierno se borraba neblinosa. Me mareé, tuve que sujetarme a una farola, me invadieron las náuseas que terminaron de enturbiarme el entendimiento. Volví a casa y vomité el vacío. Dormí durante horas.
            Al despertarme recordé el sueño: vagaba sin rumbo entre árboles caídos y plantas podridas, el cielo estaba oscuro, pero había luz suficiente para identificar el camino. Proyectos, esa fue la primera palabra que se me inscribió en la mente hueca, y luego otra, planes, y más, propósitos, y todavía más, deseos.
            Me levanté y me puse a trabajar, me di cuenta de que tenía mucho que hacer, mucho por emprender y por terminar, mucho que girar en este mundo esférico. Me di cuenta de que no se puede vivir sin proyectar, que eso no es vivir, que es vagar, o vaguear.
            ¿Se fijaron en qué bonito día ha hecho hoy? Bueno, es cierto, ha llovido, pero estamos en enero.

domingo, 22 de enero de 2012

Pizzas para todos


Anoche fuimos a cenar a un restaurante que nos encanta, aunque no sé muy bien por qué, es raro que nos atiendan bien. Bueno, es raro que nos atiendan, punto. Pues deben de ser delirios de la inercia, ¿vamos donde siempre?, y nadie replica porque le tocaría pensar alternativas, total, es fácil aparcar.
            Al sentarnos ya notamos que no iban a faltar a su costumbre de amabilidad desbordada con demora exasperantemente hambrienta. Pero el hambre agudiza el ingenio y Roberto acertó en la propuesta de la noche, incluso del año. Todos pensamos que cómo era posible que no se nos hubiera ocurrido antes, con la de veces que se había repetido la escena.
- ¿Qué les parece si llamamos a Telepizza, encargamos pizzas y cervezas para todos y damos la dirección del restaurante? –así de simple.
En quince minutos un motorista de rojo nos traía la cena a la mesa sin que todavía el camarero nos hubiera cogido la comanda. Pizzas calentitas, cervezas heladas, olores deliciosos. Nuestros hambrientos compañeros de salón nos miraban disimulados, los camareros, atónitos, el encargado sin saber cómo reaccionar.
Uno de los camareros, no sé si el más atrevido o al que le tocaba atendernos, se acercó a preguntarnos qué íbamos a tomar:
- Una botella de agua, grande, por favor. Gracias.
En otros quince minutos la mesa para doce de la derecha estaba autoabasteciéndose igualmente, pero de comida china, y la del fondo repitió nuestro menú. Todos pidieron botellas grandes de agua para hacer gasto y que no fueran a pensar…
Cuando el cuarto motorista llegó al comedor, el encargado se vio obligado a intervenir:
- Señores, ¿pero qué es esto?, ¡consumiendo comida traída de otro sitio en mi restaurante! ¿Cómo va a ser esto?
Roberto también se sintió obligado a intervenir:
- Caballero, es que de verdad lo que ustedes sirven primorosamente es el agua.

martes, 3 de enero de 2012

Babakar

Foto: Eduardo Castro

Babakar nació con la piel oscura,  más oscura que la de su recién nacido Jant, que la tiene más clara porque su madre nació de padres blancos, y con los ojos transparentes de curiosidad y deseo. El pequeño Jant, sol en la lengua del padre, y su madre, Luna iluminan ahora las escasas oscuridades agazapadas en el alma de Babakar, demasiado ocupado en vivir para esconder sombras.
            A Babakar le gustaba, le gusta, su territorio africano, el sol que se trajo puesto en el cuerpo cuando decidió aventurarse a explorar territorios  prometidos más al norte, repletos de imposturas que nunca formaron parte de sus anhelos, pero que le despertaron tentaciones adolescentes.
Luna también es africana, pero de más arriba, de donde el sur empieza a convertirse en norte, de donde el sol a veces se oscurece y no quema tanto la piel, de donde algunas veces la gente recuerda que la tierra no pertenece a nadie porque es de todos y que todos podemos vivir en cualquier parte porque somos de cualquier parte, de todas partes.
            Luna habita una isla que no aísla sino acoge y Babakar ya forma parte de ellas, de la mujer y de su otro pueblo, porque se aporta a sí mismo, sus manos, sus pensamientos, sus proyectos, sus pasiones, sus palabras. Aporta su amor íntegro, de toda la vida. Ahora tiene más cosas que ofrecer, regala a su hijo.