martes, 24 de abril de 2012

Blanco y negro


Blanco, blanco, todo blanco sin matices. El blanco es peor que el negro porque el negro se puede aclarar si se consigue atrapar un rayo luminoso distraído, pero del blanco no se puede salir porque no es la luz capaz de imprimirle tonalidades. El negro es la angustia, el blanco la desesperanza.
            Aunque quizás la esperanza del blanco se la aporte el negro: negro sobre blanco escribe historias, trenza argumentos, desenlaza leyendas, aporta memorias. La mente en negro es pulsión de muerte, la mente en blanco es la locura del todo o nada, del infinito impensable. La locura es nada por quererlo todo sin límites. Se puede vivir al límite, pero no sin límites, lo humano es limitado, finito, mortal.
            Gregorio malvivía al margen, pero lo traspasó y ahora no puede vivir más allá, se ha quedado en blanco. Antes era la oscuridad opresiva, ahora es el vacío asfixiante. Suspendido en la ingravidez, no es posible desafiar las leyes de la física y transitar por este mundo porque los pasos no dejan huellas, y sin huellas tanto se podía haber pisado como no. Inquietante provocación a la mortalidad.
            El loco Gregorio se ha instalado en una cueva del barranco. Confinado eremita, se le ve sucio, casi desnudo debajo de restos de ropa en jirones, barbudo y desgreñado. Asalvajado y desculturalizado, la vida al natural es muy primitiva, es anormal sin normas. Sin páginas, se ha quedado sin narración, sin palabras, se ha quedado sin discurso. Blanco vacío levitando en el tiempo, sinviviendo irrescatable.

martes, 17 de abril de 2012

Santas a color

En el pueblo eran muy religiosas, de misas, procesiones y penitencias. Las que no iban de negro por lutos encadenados, iban con los hábitos prometidos en pagos divinos de deseos más o menos satisfechos: de marrón con cinta amarilla si la Virgen del Carmen colaboró en la pesca y los hombres no se quedaron por el camino de vuelta, morado si había sido Santa Pilar la convocada, aunque más raro, porque allí eran las carmelas las que cortaban el bacalao. Pero a Eloísa le gustaba el rojo, pero el rojo rojo, como los tomates maduros, rojo sin tapujos.
Eloísa se vestía de rojo hasta los calcetines, hasta el sombrero, menos el bolso, que era verde lechuga fresca. La gente la criticaba sin saber cuál era la santa de su devoción, porque en el pueblo todas eran de lo más feministas en esto del santoral: las promesas siempre fueron marianas. Pues eso, que a Eloísa la criticaban por puro desconocimiento, porque ella era devota como la que más. Devota de los desamparados practicantes, ella era la abanderada.
            Practicante de su propio desvalimiento, cultivó a pulso abandonarse hasta el límite de la indigencia para castigar a saber qué culpable de sus desventuras. Poco aseada, ninguna quería compartir el banco en la iglesia, ninguna le preguntó nunca a quién dirigía sus oraciones, qué santa escarlata había elegido para sus alabanzas y reproches, qué cumplidas promesas amortizaba ella con sus rezos.
            Un día apareció en la plaza vestida toda de verde, hasta los calcetines y el bolso, y más limpia. También esta vez la criticaron, pero tampoco le preguntaron si había cambiado sus novenas. La dejaron estar, como siempre. La dejaron colarse en el confesionario, quizá creyeron que ese día tenía algo urgente.
            La sobrina del cura lo contó, en secreto, por supuesto: Eloísa se dio de baja, ya no le rezaría más a su virgen porque llevaba años rogándole que se llevara a su marido a vivir allí arriba con ella y al final había tenido que agenciarle personalmente el billete.

martes, 3 de abril de 2012

De clase pasiva

El coche estaba destartalado, a decir verdad, llevaba dieciocho años destartalado. Lo aparcó un día al volver del trabajo, el último día, y ya no volvió a usarlo, ¿para qué, si ya no tenía que ir a trabajar? A partir de ese día tan anhelado ya no tendría que trabajar nunca más, viviría de la pensión y se dedicaría a no hacer absolutamente nada, que para eso había cotizado toda la vida. Pero nada de nada, ¡estaría bueno!, con todo lo que se había sacrificado para sacar a su familia adelante. Que no, que se acabó, a vivir de las rentas.
            Al coche no le hizo más caso, pero tampoco decidió nunca desprenderse de él, quizá un último reducto de movimiento. Lo dejó allí, a medio abandonar en el aparcamiento comunitario. Con el tiempo los vecinos empezaron a sugerirle primero y exigirle después que si no lo usaba, que lo sacara del aparcamiento, pero él insistía en que tenía tanto derecho como el resto de vecinos a ocupar una plaza.
Con el tiempo y el no hacer fue convirtiéndose en un viejo gruñón al que la gente dejó de respetar por amargado y egoísta. El no hacer vuelve a la gente envidiosa de lo ajeno, del trabajo de los otros, de la vida de los demás que sí hacen, siembran y recogen. Se les hace insoportable observar el paso del tiempo en las producciones del mundo cuando ellos pretenden detenerlo de puro delirio improductivo, como si el no hacer les garantizara la inmortalidad. Pero el no hacer solo les da derecho a vegetar, que no a vivir. Y es que vivir mata y el sinvivir no, no puede matarse lo que ya está muerto.
Antonio acabó aquel día en la comisaría, detenido por agredir a la funcionaria que se presentó con la grúa municipal para retirar su vehículo por orden judicial, por abandono en la vía pública. La denuncia de los vecinos había prosperado y ahora tendrían disponible una plaza más.
Antonio acabó ese día de jubilarse para envejecerse definitivamente, su último reducto de actividad y puede que lo único que lo mantenía sujeto a la vida se había esfumado, también víctima del paso del tiempo. Murió pocas semanas después de un derrame cerebral, incapaz de contener la sangre en su lugar, perdido su propio lugar.