jueves, 30 de agosto de 2012

Germán el del descansillo II


La Esfera Cultural

Germán tenía el descansillo hecho a su mano, no digo que limpio, tampoco es eso, pero bastante apañado para recibir. Sí, para recibir. No cobraba, los estatutos de la comunidad no permitían oficinas, despachos o consultorios, pero tenía su clientela fija dentro del edificio.
Al principio los quisquillosos de siempre se quejaron de que el descansillo de Germán parecía un altar sin santos, de que las marujas iban allí a quejarse de sus maridos y a hablar de los pecados que les hubiera gustado tener que confesar, de que aquello era la semilla de la rebelión, de que no lo iban a permitir... El tiempo les dio más que la razón.
Germán llegó al descansillo un invierno ya nadie recordaba de qué año y nunca más lo abandonó, nunca más pisó la calle, todas sus necesidades quedaban satisfechas en aquel rincón. Se instaló sin pedir permiso y nadie lo cuestionó, vaya usted a saber si la gente sin pensarlo compensó las necesidades de Germán con las suyas propias. El caso es que no pasó mucho tiempo hasta que empezó a verse a algún vecino conversando con él, unas más asiduas que otros, al principio, luego no hubo distinción. Los que lo iban conociendo comentaban que no sabían bien qué pasaba en esos encuentros, que Germán hablaba poco, que no daba consejos ni hacía reproches, que no opinaba, pero que al hablar con él se les ordenaba el pensamiento como por arte de magia, los reconfortaba o se reconfortaban ellos mismos.
Así, de encuentro en encuentro y de conversación en conversación, en algunos momentos los vecinos tenían que guardar turno para acercarse a Germán. A veces incluso se producían situaciones tensas si había mucha cola en la escalera o si alguien consideraba que lo que traía era realmente urgente y no podía esperar. Germán se vio obligado a ampliar el horario de recibir hasta por la noche, lo que provocaba muchos ruidos en la escalera y ya se imaginarán cómo lo llevaban los quisquillosos. Además de las consultas de vecinos de otros edificios que todos coincidían en que eran inabarcables. En fin, que así no podían seguir.
Una mañana, las más cercanas le propusieron a Germán un apaño para tratar de controlar aquel desbordamiento, organizar a los consultantes por grupos de demandas: las que estaban hartas del marido por un lado, podrían plantearse también invitar en un futuro a los maridos afectados según la evolución del grupo; los que no las soportaban más a ellas por otro, con el mismo planteamiento futuro; los que tenían problemas con los hijos en otro grupo; y luego un grupo misceláneo aparte que llamarían "varios" para adicciones, trastornos alimenticios por exceso o defecto, alteraciones del sueño o no sé lo que me pasa.
Funcionó, la gente pudo seguir organizándose los pensamientos sin desorganizar la escalera y Germán pudo descansar con tranquilidad. Bueno, con matices según el punto de vista: algunos de los quisquillosos fueron merecidamente divorciados y otros debidamente reconducidos. La misma suerte corrieron las quisquillosas.

sábado, 18 de agosto de 2012

Germán, el del descansillo


Mi hija Carolina está empeñada en ir a ese fiestorro del sábado que organizan los golfillos nuevos del sexto. No sé qué tanto interés tiene, son un poco mayores para ella, aunque con esta juventud nunca se sabe. No sé, pero hay que ver cómo se ha puesto cuando le he dicho que no me parece bien. No sé... Creo que se lo voy a comentar a Germán, como quien no quiere la cosa, lo mismo sabe algo más de los nuevos, él sabe de todo.

–Hola, Germán, hay que ver el calor que hace, ¿verdad?
–Y que lo diga, doña Lola, aquí en el descansillo no corre el aire, como no hay corriente.
–Cierto, le voy a decir al presidente que abra la ventilación de la escalera ahora en verano porque aquí no se puede dormir.
–¿Dormir? Desde que empezó el calor no pego ojo. Bueno, mal no me viene, porque así tengo bastante controlada la finca, de día y de noche.
–No se le escapa detalle, ¿eh, Germán?
–Ahora con el sube y baja por la fiesta de los del sexto tampoco se puede descansar mucho. Es que, ¿sabe?, aprovechan cuando los vecinos se han recogido para meter el avituallamiento en el piso. Desde luego que no les va a faltar de nada, cajas y cajas de bebidas. Comida es lo que no he visto que traigan mucha, será que ya irán cenados. En fin, que el sábado esto va a ser un infierno, fíjese que tengo pensado dormir en la plaza con la fresquita. Además, entre usted y yo, no me parece gente de fiar, no se sabe en qué trabajan, ¿con qué se pagan el piso, entonces? No sé, no me gustan esos dos tipos viviendo juntos.
–¡Vaya!, Germán, le dejo que tengo que tender la lavadora.

Si es lo que yo decía, que no, que Carolina no va y punto, se ponga como se ponga.