viernes, 28 de septiembre de 2012

Metamorfosis


Él llevaba varias semanas extrañándose no sabía muy bien de qué de los modos de ella, no podría precisarlo. No era que estuviera desagradable o distante, al contrario, estaba de lo más amorosa y atenta, irreprochable, pero él sentía un desasosiego en tono de aviso que ninguneaba por inoportuno. Serían cosas suyas...
Que si se levantaba a media noche como levitando por el pasillo, pero en cuanto abría los ojos la encontraba acercándose al baño tranquilamente; que si mientras preparaba la cena se la encontraba murmurando por lo bajo, pero luego simplemente tarareaba una canción; que si le había aparecido una especie de verruga en la nariz que pareciera encorvársela, tendría que ir al médico; que si el pelo le lucía más estropajoso de lo habitual, iría a la peluquería. Nada importante...
Hasta que una noche se puso malísima: pálida, sudorosa, el cuerpo temblón, decía que le dolía todo el cuerpo, hasta los pelos y las uñas, que todo el mundo sabe que no duelen, pero sobre todo la espalda. Al amanecer dormía de lado destrozada por la noche febril, él ya no dudó de su inquietud: a media espalda, unos incipientes brotes alados empezaban a cubrirse de plumas. 

martes, 25 de septiembre de 2012

Madres


No se preocupe, que aunque madre no haya más que una, el Estado se compromete a reponérsela en caso de pérdida inesperada. Si es usted de los que todavía quedan pensando que no hay mejor sopa que la que hace mamá, que nadie recoge el vuelto de los pantalones como mamá y que ninguna plancha el cuello de las camisas como lo hace ella, no se preocupe. El Estado, en su afán de preservar el bienestar de sus ciudadanos, le aportará una sustituta si fuera necesario. El Estado no está preocupado por una sobredemanda, quedan pocos como usted.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Porteros animados


En una de las pocas casas viejas que quedaba por restaurar en la calle que lleva al Barranco de las Ánimas, en el menguado barrio antiguo de la capital, parecía que empezaba a haber movimiento a juzgar por el ultramoderno portero automático que acababan de instalar junto a la puerta destartalada. Sin embargo, la casa se veía igual de abandonada, aunque todavía robusta y rescatable. Un portero electrónico de última generación con cámara incorporada como para un edificio de diez plantas en una casona de hace más de un siglo con solo dos alturas –no iba a ser que fueran a construir un edificio partiendo del portero automático–, qué extraño.
La tentación guió mi dedo curioso a un botón al azar, el quinto B:
–¿Sí? ¿Dígame? –Contestó una voz femenina joven, ¡¿la del quinto B?!
–Soy el cartero –dije por recurrir al tópico rápido sin contar con que había anochecido y ya no era horario funcionarial.
–Pase, pero fíjese bien y no confunda los buzones, que últimamente se hacen ustedes un lío –y abrió la puerta sin reparar en detalles.
La penumbra azulada del zaguán iluminaba lo justo el garito para elegir diversión nocturna virtual en 3D.

martes, 18 de septiembre de 2012

El legado


El abuelo no andaba muy bien de salud desde que se le rompió la cadera escaleras abajo tratando de ordenar los libros de los últimos estantes –y mira que le dijimos de veces que no se subiera solo–, de hecho casi no andaba, aunque se manejaba perfectamente entre sus quehaceres domésticos. Muy suyos, no le gustaba que le desorganizaran sus cosas, ni que se las organizaran tampoco. Las tantísimas cosas que había almacenado durante toda la vida: su música, sus películas, sus lecturas... Así mantenía su actividad mental en perfecto estado de conservación a sus noventa y cuatro ya cumplidos, y hasta lo de la cadera, también se dedicaba al cuerpo por las mañanas paseándose la avenida y haciendo un poco de gimnasia en los aparatos que había instalado el Ayuntamiento en la plaza.
Pues así andaba el abuelo últimamente, más bien poco, y la pérdida de autonomía acabó con él. Había sido un hombre apuesto, atlético, conquistador, aunque esto último solo lo ejerció con la abuela –faltaría más, buena era ella– y ya nunca quiso volverlo a practicar después de que enviudó hace más de veinte años.
El pobre abuelo, tan independiente, tan buen conversador, ni las nuevas tecnologías se le habían resistido, hasta tenía un blog donde colgaba sus impresiones del envejecer, por qué, según él, había tanta gente mayor con la que no convenía relacionarse, a pesar de que la mayoría tenían menos edad que él: envejece el cuerpo, no se puede evitar, pero no la mente, eso depende de lo que se haga con ella, si no se la estimula, se atrofia y se muere, y luego también se muere el cuerpo.
En fin, que desde que la cadera rota no lo dejaba salir solo de casa, empezó a deteriorarse: que si un día con catarro, otro con diarreas, otro con molestias al orinar, hasta que anoche se desenchufó. Sí, se desconectó, es como si hubiera decidido irse sin más, como el que se va a hacer un recado. Su médico no le encontró explicación y como lo conocía bien, estuvo de acuerdo con nosotros en la teoría de la partida voluntaria.
Pero dejó todo arreglado, todas sus cosas amadas, porque valor valor tenían más bien poco, repartidas equitativamente entre sus hijos y nietos. Siempre pensé que yo era su nieta favorita, anoche lo pude corroborar, me dedicó sus últimas palabras en un susurro:
–Querida nieta, como sé que eres la que mejor lo va a apreciar, a ti te lego mis contraseñas de Amazon y de iTunes: abelardo1918, pero no se las digas a nadie, que como se enteren bloquean la cuenta. Esta es mi última voluntad –y se murió tranquilamente.
Pobre abuelo, jamás hubiera imaginado que tenía la discografía completa de Benavente junto a la de Miles Davis, también completa, ni a Nietzsche con Los viajes de Gulliver. Tan ordenado tampoco era.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Encuentros de otra dimensión


La bruja de la peluca rojo tomate se me plantó enfrente con las manos en jarra. Las chapetas rojas de colorete le encendían toda la cara. Los abalorios dorados, que parecían encorvarla con el peso de llevarlos siempre al cuello, le arrancaban destellos amenazadores desde el pecho. El único diente que le quedaba delante también intimidaba postizo. Iba toda de rojo granate, hasta las pesadas piernas varicosas terminadas en uñas de rapaz que le sobresalían de las alpargatas rajadas. Llevaba algo largo empaquetado en la mano. El que fueran las cuatro de la tarde no era distinto de que fueran las cuatro de la mañana y me la tropezara sola en la calle. El combinado irracional me detuvo en seco, un encuentro casual...
Me habló con la voz carrasposa de los que se descuidan de vicio:
–¡Oye, guapa! ¿Dónde conseguiste la escoba plegable de bolso que llevabas el otro día? Solo he podido encontrar esta y no se cierra.
No lo podía creer, ¡me la había visto!, de ninguna manera iba a darle pistas para que se copiara. Me desaparecí sin cortesías.
Hay que ver con qué pintas son algunas capaces de presentarse en la calle.

martes, 11 de septiembre de 2012

Entusiasmo


Entusiasmo es tener un plan, un proyecto. Un proyecto no es una fantasía, no, un proyecto tiene fecha, tiene recorrido concreto, tiene principio, objetivo y final. Que no es final, sino el inicio del proyecto siguiente. Así es la vida, imparable, hasta la muerte. Sí, así es, el que se pare se muere, pura física newtoniana –ni cuántica­­­­­–. Muerte física o muerte mental, lo mismo da. La energía que no se emplee en vivir, en trabajar, mata, enferma del cuerpo o de la cabeza, mejor utilizarla en algo productivo. ¿Pero en qué?, podría preguntarse alguien que acaba de utilizar sus vacaciones en sofanear. Es cierto, a veces puede ser desconcertante para los abandonados al principio del dolce far niente: pero si a mí me gusta vivir así, sin hacer nada, ya bastante tengo con trabajar todos los días para también dedicar mi tiempo libre a trabajar más. Una filosofía que conduce inevitablemente al aburrimiento, a la parálisis, a la involución. La fantasía infantil de que un día ocurrirá, como por arte de magia igual que en los cuentos clásicos, algo extraordinario que vendrá en el rescate de perezosos pretenciosos. Tumbarse a fantasear no es proyectar, es haraganear, y los rescates, si es que podemos considerarlos tales, conducen a la sumisión, como las princesas de las hadas, o como la actualizada edición económica europea. Olvidémonos de las versiones de felicidad empaquetada en pack familiar de centro comercial, alienatoriamente prediseñadas, y creemos nuestra propia versión, que nada tiene que ver con el paraíso mitológico, tan literario, tan fantasioso.
Buscar el qué hacer con la vida también es un trabajo, también requiere un esfuerzo, también exige una responsabilidad, pero solo asumiendo responsabilidades y ocupándonos de nuestros asuntos podremos tomar las riendas de nuestras vidas y crecer. Es verdad que para elaborar un plan hay que empezar por fantasearlo, pero luego hay que pasar a la acción, si no, se convierte en un delirio y delirar es realmente malo para la salud mental. El qué tendrá que buscarlo cada cual, siempre se encuentra si se busca con ganas, y una vez pensado, ejecutarlo, como dice mi amigo Francisco: no pierdas tiempo pensando que podría ser, inténtalo, casi siempre es posible y en último caso lograrás algo inesperado que igual te satisface más. Como se habla del dinero, un proyecto lleva a otro, se reproducen como hongos, una vez puesta en marcha la maquinaria, si se engrasa bien, rueda sola. Todo es cuestión de entusiasmo, de reinventarse una y n veces.
La vida es el recorrido que se hace al vivirla, no nos dejemos amilanar por agoreros, ¡a trabajar!, que nadie nos vendrá a rescatar y si acaso, nos costaría bastante caro.
¿Saben qué es lo primero que les preguntan los médicos que ejercen la medicina tradicional china a sus pacientes cuando les consultan por un problema de salud?: ¿Cuál es su objetivo en la vida? Si el paciente no tiene respuesta a esta pregunta, declinan atenderlos porque consideran que no puedan hacer nada por ellos. Milenaria sabiduría oriental.