martes, 30 de octubre de 2012

¿Trato o truco?


Un patio central rodeado de puertas robustas trancadas, no sé por cuál se sale de allí. Trac, plas, trac, plas, trac, plas… se abren y se cierran, siempre la que dejo a la espalda. Al girarme, suena la que tengo detrás. No sé por cuál se sale y quiero salir. No está oscuro, incluso hay demasiada luz que no sé de dónde viene, pero que no calienta. Estoy helada de miedo. Todo blanco menos las puertas oscuras. ¿Quién hay ahí? ¿Quién hay ahí? ¿Trato o truco?, responden desde las puertas, ¿trato o truco, trato o truco, trato o truco…? Intento abrirlas desesperada, las golpeo, quiero derribarlas, pero son muy recias, oscuras… O quizá no tanto, parece que algo empieza a brillarles en el centro, brumoso, espumoso, etéreo… Hablan las puertas: ¿trato o truco?, les oigo decir. Yo quiero salir, pero ¿por cuál? Me quedo mirándolas de frente, no sé por qué, cuando estaba quieta de miedo, a la cara, ¿cara?, a los ojos ¿qué ojos? Siguen: ¿tratotrucotratotrucotratotruco…? ¿Qué dicen? ¿Que qué dicen?, les grito. Las caras tiemblan, se deforman y se borran, yo creo que de miedo. Dan miedo, pero yo les doy más. Hace mucho frío aquí, voy a abrir las ventanas a ver si así el sol entra a calentar. ¡Noooooo… la ventana nooo…, el sol nooo…!, susurran roncas. Entonces digo yo: ¿trato o truco? No había visto las ventanas, me las inventé.

martes, 16 de octubre de 2012

Otro asesino hipocondríaco

El otro

Ya está, decidido, me voy a reconvertir profesionalmente al asesinato por encargo, que yo creo que eso no entrará nunca en crisis. Listo, eso es, ni oficinas de empleo ni cursitos de orientación ni nada, que no puede ser tan difícil, lo hace cualquiera, si es una profesión muy antigua, no tanto como alguna que otra, pero es bastante antigua. Me hago una wikibúsqueda y me pongo al día en un plisplas, seguro que hay formación on line. Y si no, empiezo y voy improvisando, que tan difícil no será, seguro que no.
Pero hay que ver como se puso mi Lola cuando se lo conté: que a quién se le ocurre, que yo no sirvo para eso, que dónde voy yo a trepar por las ventanas con mis dolores, que si yo no encuentro nada en casa cómo me las voy a arreglar en casa ajena, que de quién iba a aprender si no conocía a ningún maestro –lo de la autoformación no la convenció nada nada–. En fin, nivel de apoyo en números rojos, encima que era una idea para sanear la economía doméstica... ¡Quién las entiende!
Bueno, pues yo me lancé, y ¡qué lance! Quizá me equivoqué al elegir aquella casa con tantas escaleras, cuando sé perfectamente que mis rodillas no las toleran, como dijo mi Lola. Por eso con el silencio de la noche no es de extrañar que el recuqui del señor de la casa se despertara y me apareciera en calzoncillos armado con la escopeta de caza encañonándome el entrecejo, ceñudo que lo tenía yo de tanto dolor: ¡ay, ay, ay...!, fueron mis únicas palabras. Aunque si no hubiera sido por el encañonamiento, y por el dolor de rodillas –y la cabeza también me dolía un poco pero ya casi se me estaba quitando–, pues era para partirse de risa de ver aquellas piernitas de fideo lampiñas, igual que la cabeza despeinada a lo científico loco recién levantado del microscopio.
En fin, que ahora ando metido entre rejas por allanamiento de morada y con el piernas aquí al lado encerrado por amenaza de asesinato con nocturnidad, no se me ocurrió otra cosa que denunciarle, y no iba a ser yo el único afectado, vamos.
Cuánta razón tenía mi Lola, como siempre.

martes, 9 de octubre de 2012

Muerto de risa


Antonio no era muy dado a la risa, de hecho podría describírsele como de natural melancólico, tristón. Su carácter doliente se le imprimía en el rostro siempre cabizbajo, siempre quejumbrón. Nunca encontraba motivos suficientes para esforzarse en tratar de mover la pesada losa gris con la que se cubría para apartarse de los brillos de la vida. Y si alguna vez atisbaba un rayo luminoso colándose por una ranura, se disponía presto a sellarla para que no osara volver a amenazar su trabajada guarida. ¿De qué iba sí no a quejarse? ¿A qué se dedicaría, entonces? ¿Hacerse otro lugar? ¿Elaborarse otra identidad? ¡Qué pereza, si él estaba gozando!
Qué faena la de aquel programa de televisión, si es que ciertamente algunos contenidos deberían estar censurados, ¡a quién se le ocurre colocar un programa de humor a la hora de la cena! ¿Es que nadie pensó que pudiera ser peligroso? Panda de negligentes...
Pues eso, que con la costumbre de ver la tele mientras cenaban no percibió el peligro, no notó la inquietud premonitoria que solía avisarlo cuando se avistaba algún brote de vida por el horizonte. Sin querer, casi sin darse cuenta, empezó a meterse en los argumentos disparatados de los actores cómicos, destartalados, desenfrenados, desinhibidos... La sonrisa costó un poco, la risa, algo más, la carcajada no salió a la primera, pero luego ya se hilaron espontáneas. Y rió y rió hasta que, de poca costumbre, perdió el conocimiento: "Ve, doctor, como lo mío no se cura animándome. Ande, recéteme otra vez esas pastillas".