martes, 18 de diciembre de 2012

Proposiciones


¡Feliz Año Nuevo!
¡Mis mejores deseos para el año nuevo!
Doce uvas, cava, bragas rojas... El año nuevo será mejor, mucho mejor, ya lo verás, va a ser estupendo, todos los proyectos se van a hacer realidad... ¿Los proyectos? ¿Qué proyectos? Bueno, lo que sea, lo que sea será, hay que tener esperanza.
¿Esperanza? ¿Y no habrá que tener algo más? ¿Esperar a qué? Me cansé. 
No, este año no voy a esperar aquí, voy a ir, voy a hacer.
Primer propósito para el día uno: viajar. Qué bueno viajar, pero caro. Claro, ¿qué clase de viaje? El viaje de la vida: hay que moverse para vivir, aquí o allí lo mismo da, pero siempre sin parar. Quizá incómodo, pero siempre productivo, se verá después. Lo caro es no moverse, se paga con la vida, es la muerte aunque se respire. Lástima de latidos tratando de estimular órganos estériles en barbecho, al final el corazón se para de puro aburrimiento.
Propósito menos uno para antes del día uno, para ya mismo: visualizar el destino y planificar el recorrido, luego ponerse en marcha y no mirar hacia atrás, sino hacia adelante y hacia arriba, sin miedo a volar. Sin perezas, sin delirios de sofá.
El año nuevo será mejor, claro que sí, habrá mucho trabajo si hay muchos planes que ejecutar, y si hay problemas, pues habrá mucho más trabajo que hacer. Es más difícil, pero siempre hay grietas, los problemas no son herméticos, lo que están es adheridos, pero son vulnerables en su inflexibilidad. Siempre hay resquicios para el apuntalamiento, hay que observar, hay que indagar, hay que abordar.
Feliz Año Nuevo sin esperanzas, sin ilusiones, sin fantasías vanas.
Feliz Año Nuevo con trabajo, proyectos y fantasías cuerdas.
Feliz Año Nuevo con amor, trabajo y así, salud.

martes, 11 de diciembre de 2012

Una cuestión de celos

Mire usted, seguro que me va a entender porque también es mujer y entre mujeres entendemos muy bien estas cosas. No, no es corporativismo, es porque pensamos las cosas de la misma manera y así es más fácil entenderse. Usted sabe de sobra cómo somos nosotras cuando empezamos a abrigar sospechas, que a veces nos las inventamos, no digo que no, pero pocas. Pues eso, un olor extraño a un nuevo y sensual perfume distinto del que llevaba veintiocho años olisqueando cada mañana; una camisa moderna, más colorida que las que conocía de la plancha y que comprábamos en las rebajas del año anterior en los tres por dos de franquicia; vaqueros raídos de esos que se pagan por el grado de desteñido... Pero lo que de verdad me puso alerta fue el rictus, sí, ese rictus lo había conocido yo misma hacía casi treinta años, igual, no consiguieron desgastarlo las arrugas del tiempo, cuando alguien encendió la mecha se recolocó intacto. ¿Celos? No creo, qué va, nostalgias de juventud. Y el móvil, siempre sin sonido como para evitar llamadas a destiempo, pero siempre atento a la pantalla por si ocurría el destiempo atenderlo a tiempo. En fin, esas cositas, usted ya sabe...