martes, 9 de julio de 2013

Vientacuria


Era un pueblo sin secretos. Como todos, así podría definírselos: pueblo, agrupación de vecinos que conviven sin secretos. Pero en este el sinsecretismo era extremo, incluso formaba parte de su seña de identidad entre los pueblos de los alrededores. En Vientacuria las palabras se las llevaba el viento, se las llevaba de oído en oído, palabras compartidas sin querer, de pueblo en pueblo, de boca a boca. Los vientacurienses no le habían prestado demasiada atención al asunto, decían que ellos no tenían nada que esconder ni nada de lo que avergonzarse, como quizá sí les ocurría a sus vecinos de Antigualla a juzgar por lo interesados que estaban en asuntos ajenos. Tampoco se habían preguntado nunca por qué en el pueblo eran del dominio público hasta los pensamientos más profundos. Como el día en que Juanillo, el hijo de Hortensia, la solterona, se atrevió a declarársele a Inés, la hija del farmacéutico, y esta lo rechazó porque no sabía quién era el padre y la historia podría repetirse. De las pocas cosas que no se sabían en Vientacuria, por otra parte. El pobre Juanillo, solo pudo encontrar algo de consuelo confesándoselo a don Rafael, el cura, qué mal lo pasó.
Así había sido siempre. Siempre así hasta que empezó a rodar de pueblo en pueblo el rumor de la paternidad de Juanillo y, como suele suceder en estos casos, los vientacurienses fueron los últimos en enterarse, y Juanillo el último de los últimos.
–Pero madre, dígame la verdad, ¡cómo va a ser que no se acuerde!
–Deja eso ahora, hijo, a estas alturas...
–En la calle dicen cosas feas.
–Qué sabrán.
–Por lo que parece, más que usted.
En eso que Juanillo se va a Antigualla una tarde que había cine y escucha, sin querer, como debe ser compartido un buen secreto, la conversación de las señoras que tenía sentadas delante:
­            –Que sí, Antigüita, que lo estaba ella hablando con él después de lo del chico con la del farmacéutico –aquí, Juanillo se pone atento.
–No, si no lo dudo, pero es que me cuesta creerlo, Auxilito.
–¿Que no? Parece que no te acuerdas ya de lo apuesto que era don Rafael cuando llegó al pueblo, siempre se dijo que a más de una le hubiera gustado soltarle la sotana, Ave María Purísima –y se persigna devota.
–Ya, y fue a caer la Hortensia, que tampoco es que fuera de las más afortunadas.
–Pues a lo mejor fue por eso, por falta de otras opciones se agarró a un clavo ardiendo, con perdón –y se vuelve a persignar.
–Pues a lo mejor...
–La cara de él cuando ella se sentó en el confesionario lo decía todo, según cuentan, claramente estaban hablando de eso.
–No sé cómo no se les ha ocurrido todavía ponerle una cortina a ese confesionario, parece que no se enteran de que tienen las puertas de la casa abiertas de par en par.