miércoles, 14 de agosto de 2013

Robinson


Foto: Miguel Ángel Brito
En la playa de agosto hay de todo, vestidos, sin vestido, a medio vestir. Robinson es siempre de los desvestidos, dicen que incluso cuando la playa se vacía en invierno. Aunque es evidente que él, exhibicionista hasta la candidez, prefiere al público del verano, ¿a quién pretenderá mostrar en realidad su perfecto desnudo? ¿Para qué?
         Robinson perdió su cobertura social a la vez que se le alisó el cerebro diluido entre tóxicos superpuestos. Se lo alisó hasta que ya no supo conducirse a su casa y se despeñó perdido en alucinaciones y delirios, confundido en su mundo inventado sin fundamento, un mundo solo para él. Trastocado el suelo en olas ingobernables, en arenas caprichosas, ya solo le quedó abandonarse a la brisa que lo maneja a sus anchas, mimetizado en el entorno salvaje de playa de temporada fuera de fecha.
         Se alimenta de vegetales incomestibles y bebe frutas a granel de las fincas deslindadas, porque él no entiende de límites ni de linderos que establezca ninguna ley, en su territorio acultural no rige la ley de los hombres. En su mundo no hay otros, no hay afuera, en realidad no hay mundo, por eso tampoco hay palabras, por eso tampoco es ya humano.
         Le gusta lavarse con su propia orina el pelo oscuro, rastado hasta la cintura, en medio de bañistas desdeñosos como en rito purificador de vaya a saberse qué culpas; le gusta mostrar sus genitales entre contorsiones aburridas porque no tiene alma que ponerle a nada, porque nada tiene que fecundar en su vida; le gusta que lo miren quizá tratando de reencontrar su identidad perdida, quizá intentando vislumbrarla espejada en otros, buscándose perdido en sí mismo.
         Su madre quiso cuidarlo, alimentarlo, lavarlo, pero él se hizo hijo de nadie cuando se le extravió la historia entre vahos y vahídos alienantes.
Ahora ya no sabe de dónde viene ni a dónde va porque ya no es ni está. Inmortal, sin padres ni hijos, inhumano. Al desnudo como los dioses.