domingo, 24 de agosto de 2014

Ojos de gato


Foto: Miguel A. Brito
Pero qué te estás poniendo, tú estás loco o qué, de dónde saliste con esa pinta, no ves el calor que hace, nunca había visto una cosa igual, si el negro se chupa el calor, es que te quieres recocer, al final acabarás guisado como viejas en caldero, sabes las que te digo, pues claro que sabes, que te vi perfectamente anoche con una enfrente que fue vista y no vista, te crees que no me di cuenta de cómo me mirabas de lado para tenerme vigilado por si me propasaba, ni que yo no supiera estar, tú es el que parece que no sabes, porque para andar así con este solajero de mediodía, se te van a derretir las ideas y te vas a quedar en blanco, que es como hay que venir aquí, en blanco y descargado para recargarse, el negro aquí canta mucho, es como la música chillona que a mí me estresa, y el negro también me estresa, me pone de los nervios, y a ti yo creo que también porque desde que te embutiste en semejante negritud la cara se te ha puesto de otro modo, como oscura, aunque no sé si será por eso que te has atado al cuello, que no es como mi collar que me da distinción entre esos poligoneros sinvergüenzas del puerto que ya se piensan marineros con husmear entre los restos del pescado, ni se me ocurre mancharme los bigotes en la basura, yo como limpito en mi plato, que para eso doña Juana madruga a por cabrillas, una para cada uno, como debe ser, pero claro, a ti con eso amarrado al cuello no te debe de pasar nada por la garganta, ni agua, y te podrías hasta deshidratar porque se te está saliendo el agua por la frente y eso deshidrata, que yo se lo he oído a la peña del puerto, que son sinvergüenzas pero informados, como se pasan el día atentos a todo lo que se mueve, en fin, tú verás, me voy a echar un rato al fresquito del patio, que estas no son horas para ir a ninguna parte, no sé qué se te habrá perdido a ti en ninguna parte justo a esta hora, con este calor…

domingo, 17 de agosto de 2014

Amores para siempre

A Diego le gustaba recordar su boda con María, qué locura, sin haber terminado la universidad, aunque las cosas no les fueron mal, mejor que a la mayoría de sus amistades con mejor pronóstico y peor acierto. La verdad es que Diego le había cogido el gusto a recordar, en general, nunca lo hizo con tanto esmero, una cuestión de tiempo del que antes no disponía. Visto el porvenir, prefería mirar hacia lo ya venido, y no era pesimismo, quizá la paz de los vencidos que acababa de leer en un libro de Benavides.
Él y María cegados por el arroz que parecía arrojado con saña por sus amigos, por desertor, y por sus amigas, por envidia; la luna de miel en la playa, que no eran tiempos de grandes viajes, como dos adolescentes tratando de dejar de serlo; el nacimiento de los hijos, que solo podía traer felicidad a la casa, les dijeron, aunque a él lo inundaron de responsabilidad y trabajo y hubiera preferido seguir a solas con María; las dificultades económicas cuando tuvieron que comprarse una casa más grande... En fin, tantas cosas que podrían haberlos separado y que sin embargo los mantuvieron unidos, en la riqueza y la pobreza, había dicho el cura.
Ahora lo veía, el amor entretejido en el tiempo, casi sin darse cuenta, las complicidades elaboradas en la alcoba, el apego, la costumbre, sus rutinas familiares... ¿Quién puede vivir sin rutinas que le ordenen lo de diario? El cariño de María, la sustentación de su lado paralítico, las palabras que no acertaba a completar, incondicional, en la salud y en la enfermedad...
Y María, abnegada esposa, entraba en su habitación cada mañana para abrirle las cortinas, para ayudarlo con el desayuno, para acompañarlo al baño, para sentarlo en su butaca, cómodo, sin sobresaltos, que ella tenía que salir.
             Tenía que salir a resolver asuntos, que ahora se ocupaba ella de todo, y menos mal que Arturo la ayudaba, qué buenos amigos fueron siempre, desde la universidad. Diego así también se quedaba más tranquilo, Arturo fue siempre tan diligente.

martes, 12 de agosto de 2014

Misterios de la vida

¡En serio que llevas a una bebé en la barriga?
Las niñas se acercaron a escucharle la barriga sietemesina por si la bebé lloraba, los niños no lloran en la barriga, no lloran ni nada, lo que sí hacen es dar patadas; vamos a despertarla para que la noten moverse.
Le tocaron la barriga con cautela, como temiendo hacerle daño, o como temiendo comprobar que efectivamente se movía algo allí dentro, ¡uy!, es verdad, me ha dado una patada, retiró la mano sorprendida una de ellas; la otra también quiso comprobar, ¡es verdad, es verdad!, mira, mamá, tiene una niña en la barriga, se mueve.
Se quedaron un rato revoloteando alrededor mirándole el tripón sin disimulo.
            —Mamá, y ¿cómo va a salir la niña de ahí?
            —La sacará el médico, hija.
            —Ah, y ¿cómo entró?
            —Anda, vamos a merendar, que luego no cenas.

domingo, 10 de agosto de 2014

Material plasticoso

Las cuatro mujeres de plástico recalentado con su prole morena tostada llegaron a la playa haciendo aspavientos y derrochando tetas recién compradas, todas iguales, seguro que la cuarta ya les salió gratis. Si tenían maridos se quedaron viendo el fútbol. Aunque creo que no hay fútbol en agosto, pero eso ya no sé, yo no me meto donde no me importa. El caso es que llegaron, vaya si llegaron, exhibiendo lo que les faltaba a sus biquinis, que seguro era lo más caro, porque lo que llevaban puesto no pudo haberles costado mucho. Mucho menos que el tinte rubio manzanilla también de cuatro por tres, como las tetas. Todas iguales. Las voces roncas aguardentosas que se les pone a las trasnochadas que luego se pasan el día gritándole a sus solajerados retoños, "que vengas aquí o te voy a buscar yo". Los hijos rebeldes creciendo entre padres distintos. Las conversaciones de revistas de fotos retocadas tan de mentira como ellas. Todo en el mismo lote, que así es más barato, si quisieran mayor similitud no habrían sido tan precisas.
        Ya digo que a mí porque no me importa lo que se quiten o se pongan las demás, que me he puesto a contarles esto esperando a mi marido, que fue a comprar cerveza. Por cierto, ¿no se está tardando más de la cuenta?

sábado, 2 de agosto de 2014

Soledades estivales

Por fin han llegado los calores del verano, con olor a vacaciones, a brisas saladas, a noches de largas conversaciones sin prisa, a músicas, a fiestas, a fuegos artificiales…, que todo huele si se está atento. Lo más fácil es oler el pescado frito, para eso no hay que concentrarse, pero para oler el hablar sí, hay que ponerse. Yo lo he ido aprendiendo poco a poco, practicando: ayer se olían palabras de inicio de vacaciones, no pienso hacer nada de nada; anoche, palabras entre paréntesis, eso ya lo veremos después del verano; esta mañana, de despedida, ¿has cerrado todo bien?; y ahora de soledad, ¿le dejaste comida puesta?
            No sé por qué me alegran los primeros calores, debe de ser por contagio, a todo el mundo le alegra el sol, hasta a mi vecina Luna, que no lo entiendo porque luego se pasa los días deambulando sin planes buscando compañía. Yo no, me encierro en mi casa y espero a que pase el temporal. Sí, el temporal de soledad sin palabras, sin olores, de días lisos, estáticos, como interminablemente paralizados, con miedo a que se me paralice también la respiración y se me colapse el pensamiento. Con miedo de mí mismo.
            Pero un día, siempre me pasa igual, cuando creo que ya no voy a poder remontar, cuando me siento amalgamado con la arena de mis excrementos de donde no he tratado siquiera de apartarme de pura flojera, me llega un leve aroma a lubina, suave, sutil, dudoso, ¿lubina o cabrilla?, que luego se hace manifiesto y le siguen palabras conocidas, bulliciosamente olorosas, abre tú que no encuentro las llaves. José Manuel, mira a ver dónde está el gato… Y qué vergüenza, yo allí tirado, acabado, sin poder evitar el contento de verlos de nuevo, como la boba perrita faldera de mi vecina, sin dignidad.
             Luego me reponen el comedero con las bolitas esas de colores que compran a granel, asquerosas, y encima pretenderán que les esté agradecido, se creen que no me doy cuenta de que acaban de almorzar por ahí. Nunca me invitan, será porque ellos no saben oler mis palabras.