martes, 31 de julio de 2012

Niveles de lectura


Leer lo que se dice leer lo sabemos hacer casi todos por aquí. Que no es así en todas partes ni aquí ha sido siempre así también hay que tenerlo en cuenta, aunque lo olvidemos por el hábito de lo que parece innato pero que tuvimos que aprender alguna vez.
Una de las revelaciones más gratificantes de la vida se nos pasa casi desapercibida por su precocidad para el entendimiento: darle sentido a los símbolos negros sobre blanco que habrán de insertarnos en el lenguaje universal, en la cultura: aprender a leer y a escribir. Primero son símbolos aislados que luego se unen en palabras que al principio no nos invocan nada, pero qué revelación la primera vez que al unirlas descubrimos el sentido que no les habíamos visto por separado. Qué revelación la primera vez que entendemos una frase completa o una historia completa. Qué revelación cuando empezamos a entender lo que dicen los letreros o los anuncios en la calle, o los nombres y la dirección de las cartas que llegan a casa, o los grandes caracteres de los periódicos o las revistas del quiosco.
Con el tiempo, a los que disfrutamos de las letras, se nos revelan en toda su dimensión cultural cuando aprendemos a apreciarlas en sí mismas, cuando nos emocionamos con los grandes por primera vez, cuando comenzamos a posicionarnos en los libros que elegimos, lo que nunca conseguiremos porque eso agotaría nuestras lecturas y a nosotros mismos. No es posible vivir sin leer porque construimos nuestra subjetividad a partir de lo que interiorizamos leyendo, si no, seremos pura y plana objetividad sin posibilidades. Por eso hay que ser cuidadoso con lo que se elige, no vale todo porque nada es inocuo. Si no, que se lo digan a los represores de la Historia que gustan de empezar quemando libros, aunque siempre me he preguntado cómo los eligen por peligrosos y subversivos cuando seguro que no los han leído. La gente leída no quema libros, es sacrilegio, tampoco tiene necesidad de reprimir, está ocupada en asuntos más interesantes.
Otra cosa son los niveles de lectura, porque como escribí antes, leer leemos casi todos. Conozco gente que lee continuamente y que parece que los libros no pasan por ellos, no les dejan huella; conozco gente a la que le deja huella hasta la publicidad de los transportes públicos. Y es que no vale leer de cualquier manera cualquier cosa, hay que bucear hasta encontrar el tesoro escondido en todos los buenos textos, encontrar nuestros textos. Leer como entretenimiento no está mal, pero puede acabar siendo una pérdida de tiempo si no aprovechamos lo que los libros tienen que decirnos, si no elegimos libros que tengan algo que decirnos, si no nos dejamos decir.
Llegado el verano, qué mejor momento para dejarse seducir. Felices y deliciosos flirteos.
Buen verano a todos.

martes, 24 de julio de 2012

Rojo flamboyán


En blanco, el día amaneció blanco y aplanado. Pero no, no iba a ser así todo el día, de ninguna manera, sabía cómo darle color. En verano es fácil colorear con el calor. Bajé a la plaza y ahí estaban, no fallaban, fieles a sus obligaciones rojo flamboyán: teñían de colorado hasta el suelo con las flores que dejan caer sobrados, condescendientes con los visitantes, sabedores de sus encantamientos. Y los viandantes percibían de alguna manera sus artes hipnotizadoras y se dejaban hacer.
Era difícil no sucumbir a la cálida acogida bermellón que se percibía en las venas nada más poner un pie en la plaza. Lo sabían los vecinos y lo sabían los que alguna vez la pisaron despistados. No era algo que se dijera, no era una voz que lo proclamara, ni siquiera era algo consciente para los que alguna vez se habían pasado por allí, pero era tan real como los bancos, el quiosco de la prensa o el buzón de Correos para nostálgicos instalados entre ellos. Parecía que el resto de la plaza y hasta el mismo barrio se hubieran organizado en torno a ellos, y que ellos se supieran el centro de aquella parcela del mundo pero no ejercieran su poder más allá de los límites de su ramaje.
Una pareja que discutía al cruzar la calle se deshizo en arrumacos a la sombra de sus hojas de flecos; una anciana abandonó su andadora para pisar los pétalos desgajados; el gruñón repartidor del gas soltó la bombona para ayudar a unos niños a subirse al columpio; la agria solterona del quinto devolvió a los aprendices el balón con que la golpearon porque tampoco le dieron tan fuerte...
De noche era distinto, no funcionaba el hechizo a la luz de la luna. Todos sabían que había que abandonar la plaza al oscurecer: las sombras de los árboles cobijaban noctámbulos provocadores de ruinas que se esmeraban en cultivar opuestos, como la noche y el día; sombras agitadas por los alisios que dibujaban inquietantes figuras que tanto podían ser como no ser, pero que alguna vez fueron.
El grito de la mujer desgarró la oscuridad como un relámpago, al día siguiente nadie parecía recordarlo, nadie la echó de menos. En la plaza, todo volvía a ser cálido, envolvente, veraniego. El fresco del alisio también soplaba de día. Tanto pudo ser como no ser.

martes, 17 de julio de 2012

Involución


El pueblo se había mantenido tal cual desde hacía siglos, como si se hubiera quedado colgado en el tiempo, como si no se recuperara de la parálisis de algún susto siniestro que solo pudo transportar el viento.
Vivían en el mismo corazón del Atlas, entre nieves y arenas, un mundo de contrastes sin matices: fríos y calores eternos, para siempre, inapelables, predecibles, tranquilizantes -es tranquilizador seguir los designios de lo divinamente escrito, la responsabilidad se diluye.
Las familias repetían vidas por costumbre, intercambiables de pura similitud, sin que las nuevas generaciones aportaran nada a las precedentes, sin evolución. No se avanza si no se cambia de familia, así se crea la cultura, rompiendo con lo precedente, o añadiendo o reelaborando o replanteando. Si no, el mundo se hace estrecho, siniestro, paralítico.
Las mujeres se ocupaban de la casa, de los hijos, de los campos; los hombres se ocupaban de ellos haciendo como si se preocuparan por ellas. Así de incuestionable había sido siempre.
Pero el aire de las montañas no es impermeable a los nuevos vientos y alguna brisa renovadora llegaba de vez en cuando. Los hombres la emprendieron con el generador de electricidad que uno de ellos heredara de un pariente que emigró a Europa. ¡Funcionaba! Lo siguiente fue el televisor para continuar ocupándose de ellos mismos mirando al exterior a través del fútbol, así podían seguir fantaseando inmóviles. Las mujeres protestaron, eso ya era el colmo de la discriminación, ellas también querían disfrutar de los avances de la comunidad. Los hombres lo hablaron entre ellos, era mejor contentarlas de alguna manera a que las protestas subieran de tono. Uno propuso comprarles una lavadora para ahorrarles el trabajo de ir al río a lavar a mano. Las mujeres pusieron el grito en el cielo, de ninguna manera las iban a privar del rato agradable que pasaban todas juntas lavando lejos de sus inquisitoriales maridos. Además, ellos lo que querían era tenerlas cerca para controlar hasta sus pestañeos, no fuera a vislumbrarse algún atisbo de rebelión que alterara la paz de aquellos valles.
No, nada de lavadoras, al final negociaron otra televisión para las mujeres, así podrían evadirse contemplando vidas que no habían sido escritas para ellas. Entonces, las conversaciones giraron hacia los argumentos de estas vidas inventadas.
Algunos también llaman a esto evolución.

martes, 10 de julio de 2012

En calma

El ojo del huracán está en calma. Silban de cerca vientos tentados de moldear perfiles ya trabajados. Vientos de antes, ahora brisas casi imperceptibles, lejanos susurros de otros tiempos. Tiempos actuales de elaborada sencillez, nada simples, por eso fáciles de transitar una vez aprendido el código de sus señales.
Tiempos repletos de quehaceres multicolores, de brillos que imantan deseos de imparable progresión ascendente, deseos voladores. Sin frenos ni anclajes, el aire agitado sirve para volar; sin pegas, para despegar. Volar, navegar, circular, no parar... En calma, los deseos se entretejen para producir en cadena, producción industrial sin sudar, trabajo sin sacrificio, puro artificio cultural.
            Con tanto trabajo, es normal olvidarse del viento que insiste en tropezarse con los cristales: son inmunes a sus embestidas, impenetrables a sus absurdas llamadas con palabras de otro idioma, una lengua antigua ya no hablada. Trabajando, no queda tiempo para etéreas preocupaciones, empleado en reales ocupaciones.
Puede ocurrir que en una distracción se le abra la puerta al viento, pero tampoco pasaría nada, ni el viento pasaría, esos aires no encuentran vías de acceso a dimensiones diferentes, regidas por otros códigos, ningún lugar al que anclarse para quedarse. Es el vacío. Desconcertados, volverían a campar por sus estrechos y limitados territorios que les permiten silbar.
Podría ocurrir que la puerta no se abriera por distracción, sino por invitación, entonces tendría que decidir el viento si quiere aprender nuevas palabras para poder comunicarse con el lenguaje de otros mundos.
De hecho, la puerta está abierta, los límites establecidos, las normas claras y precisas. De este lado de la frontera, las leyes deben respetarse, si no, siempre podrá continuar revolviéndose sobre sí mismo por toda la eternidad para permanecer inmóvil en lugares repetidos.