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Mostrando entradas de febrero, 2024

El viaje interior V: Las puertas de La Villa y los números primos (ed. Eduardo J. Castro Rodríguez)

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Carlos y Ángeles Jiménez Ana Joyanes y Miguel Ángel Brito Fotografías: Carlos Jiménez

El viaje interior V: «Berta»

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  Fotografías: Eduardo Castro En el pueblo de Berta ya no queda casi nadie para ocuparse de las cabras, así que ella se ocupa de todo: de los animales, de los quesos, de las matas…              Su hermana Matilde también se quedó a vivir en el pueblo con ella, después de que se murieran sus maridos. Sus maridos y todos los que se fueron muriendo desde que empezaron a morirse, de eso hacía ya mucho tiempo. La cosa es que los más viejos empezaron a morirse y los jóvenes se marcharon a otros pueblos más grandes, así que no hubo gente para cuidar de las cabras. Pero Berta y su hermana no sabían hacer otra cosa, y además, quién iba a encargarse de hacer el queso para vendérselo a los turistas.             Ellas se tenían que quedar, y como no tuvieron hijos que extrañar, pues se quedaron por gusto.            ...

El viaje interior V: «Historia clínica»

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Fotografía: Eduardo Castro Datos personales: Rubén Chinea Negrín, 14 años.  Domicilio en la calle de La Luz 22, San Sebastián de La Gomera. Antecedentes psicopatológicos: Diagnóstico de trastorno del espectro autista a los 4 años sin terminar de filiar. Antecedentes familiares: Un hermano mayor con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Anamnesis: Acude (sin cita) con sus padres por «pesadillas», según el comentario de la administrativa que lo fuerza en la agenda. Cuando lo llamo para que entre a la consulta, sus padres pretenden acompañarlo, pero les digo que debe entrar solo el paciente. Se quedan contrariados, pero no protestan. Lo invito a que me cuente lo que le pasa, pero se queda en silencio durante un rato. Espero con paciencia, a pesar de que tengo retraso en la agenda. Lleva una camiseta de la  Niña con globo  de Banksy. Se me ocurre preguntarle si sueña como dibuja Banksy. Mi sugerencia lo anima a hablar: « Mi padre bebe, y mi madre se bebe ...

El viaje interior V: «Doce llamadas perdidas»

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  Fotografía: Eduardo Castro Los tablones de madera carcomida de la puerta invitaban a adentrarse en el universo escondido detrás de lo que pretendía asegurar un candado, un fechillo: un fallido. Como aquella historia del elefante que creció atado a una pequeña estaca de la que nunca aprendió a zafarse. Igual.             De la misma manera encontré a los jóvenes después de la puerta: atados a sus dispositivos incapaces de zafarse. El candado estaba abierto, así que empujé la puerta, a punto de desvanecerse ante el mínimo silbido del viento. Pero el viento no silbaba. Los jóvenes, tampoco. Ni siquiera levantaron la mirada cuando entré, ni siquiera les interesó que entrara. Un silencio lleno de gente sin palabras. No sé por qué entré, quizá por lo sugerente de la fragilidad de las grietas.             Conté doce chicos y chicas sentados en el suelo en torno a ...

El viaje interior V: «Enamorarse»

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Fotografía: Eduardo Castro Recuerdo que cuando estudiaba secundaria nos encargaron escribir un cuento —es una pena no conservarlo— del que solo recuerdo el título:  El monstruo hormiga . Cuando terminé de leerlo en la clase, la profesora se me quedó mirando extrañada. Pensé que no le había gustado, pero me dijo: «¡Qué imaginación!».  Tuve mucha suerte con mis profesores del instituto. Ellos me presentaron a mis primeros amores literarios: leí  Cien años de soledad  en un día de fiebres. Nadie me cree, pero fue así. Tenía quince años y mi padre acababa de morir. Necesitaba poblar de amores mi adolescencia entristecida. Luego me decidí por las ciencias —me costó elegir entre ciencias o letras— y estudié Medicina, con lo que me adentré en un agujero negro que me apartó de la literatura durante muchos años: de la literatura y de muchas otras cosas. La medicina tiene eso, que si no se anda uno con ojo te aparta del mundo. Por eso los médicos tendemos a relacionarnos con o...

El viaje interior V: «Marina»

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Fotografía: Eduardo Castro Marina es una  provocadora. Mira si lo es que se pasa la vida leyendo, y luego se lo pasa hablando con las palabras de esos cuentos. Mira como estará de mal que se cree lo que lee. Está fatal. Y pobre Pedro,  bebiendo los vientos  por ella, y ella nada, distraída, como si no le interesaran las palabras de este mundo, como si las fuera a necesitar cuando se vaya  pa  el otro. Digo yo que en el otro mundo se hablará de otra manera, o no se hablará, vete tú a saber. De todas formas, lo que no creo es que vaya a necesitar tantas palabras,  pa  morirse no hace falta ninguna. Y  pa  vivir… bueno, alguna sí, pero no tantas. Pues ahí la tienes, siempre con un libro en la mano, siempre buscando un rincón  pa  devorárselo a solas, en vez de estarse a solas con quien tiene que ser, con Pedro, por ejemplo. Y no es porque a mí me importe o me deje de importar, que a mí me da lo mismo, así se le vaya toda la cabeza...

Reinventarse a los cincuenta, por Elena Morales

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