31 marzo 2026

Librimecum de cabecera para prescribir libros a la carta


Artículo publicado en el número de abril del boletín Doctutor de educación médica (semFYC)

Resumen:

Leer y escribir siempre han estado muy vinculados a la práctica médica, solo hay que recordar a grandes escritores que fueron médicos, como Pío Baroja, Conan Doyle o Chéjov, además de la propia literatura científica. En mi caso, esta afición me ha llevado de nuevo a la Universidad hasta graduarme en Filología Española. Con la intención de acercar mis dos pasiones, se me ha ocurrido llevar las letras a la consulta para vincularlas con la ciencia médica y que ciencias y letras trabajen juntas como nunca debieron dejar de hacer. Para ello, he iniciado la tarea de elaborar un librimecum para la prescripción literaria personalizada o a la carta o literatura de precisión. Estos son mis primeros resultados, espero que les sirvan de inspiración.

 

Al leer dos de los artículos publicados en el número de Doctutor de febrero, «Recetar un gato a pacientes mayores solitarios y aislados» y «A todos los libros que me salvaron la vida», se me ocurrió compartir mi experiencia prescriptora de libros en la consulta, siempre tan útiles para atajar la soledad y rescatarnos de nuestras mayores zozobras, y también de las menores de nuestra vida cotidiana. Con la intención de contextualizar mi propuesta, presento brevemente mi trayectoria personal: actualmente ejerzo como médica de familia en un centro de salud urbano, actividad que siempre he vinculado con mi afición por las letras. Esta afición se ha materializado en los últimos años con la publicación de varios libros de ficción, así como con la graduación en Filología Española por la Universidad de La Laguna en junio de 2025. Aprovechando este bagaje, y con la intención de acercar las letras a las ciencias, lugar del que nunca debieron alejarse, me he lanzado a elaborar un librimecum para prescripciones bibliográficas personalizadas en la consulta, o a la carta, lo que se podría calificar como literatura de precisión, que quién sabe si en el futuro se convierta en un nuevo enfoque asistencial. Estos son mis primeros resultados. Absolutamente subjetivos, desde luego: hace unos días me criticaron la falta de rigor científico porque mis prescripciones son intuitivas, y así es, esto es pura literatura. Intuitivas y sugestivas, tanto en el sentido de ‘sugestionar’ como en el de ‘sugerir’. Espero que a los compañeros bibliófilos como yo, práctica tan arraigada en la tradición médica, de lectura y de escritura —Pío Baroja, Luis Martín Santos, Arthur Conan Doyle, Michael Crichton, Chéjov o Bulgákov fueron médicos, por mencionar solo algunos ejemplos—, además de la literatura científica, les sirva de inspiración.

El primer paciente que traté con libros, además de con el tratamiento habitual, lo hice porque su situación me recordó a una novela que acababa de leer: David Golder, de Irène Némirovsky. Se trataba de un señor de unos setenta y cinco años, ingeniero jubilado y con aceptable buena salud hasta ese momento. Lo conocí, porque antes no iba a la consulta, tras el alta hospitalaria por un primer episodio de insuficiencia cardíaca. El señor se había recuperado bastante bien, pero llevaba bastante mal que su cuerpo estuviera empezando a traicionarlo, que era cómo él veía su enfermedad del corazón. Por más que le explicaba que todo había ido bien, que con los nuevos tratamientos llevaría una vida prácticamente normal, a él eso no le servía de nada. Su mujer me contó que solo se levantaba del sillón de la televisión cuando lo llamaba para comer, y que luego volvía a apoltronarse. Que no quería salir ni hacer nada juntos, cuando nunca había sido de ver mucha tele y era un hombre activo. Entonces me surgió la recomendación, reconozco que un poco a la desesperada porque no se me ocurrían más argumentos para sacarlo de su estado depresivo —de su trastorno adaptativo—: «Lea este libro para que vea la suerte que tiene usted, que tenemos todos, de haber nacido un siglo después que el señor Golder, con lo que han evolucionado los tratamientos para la insuficiencia cardíaca. El pobre señor Golder no podía ni subir un tramo de escaleras, y usted sí puede, ¿verdad? Ya me contará». Su mujer tomó nota enseguida del título y pensé que se lo leería ella. Pero no, resultó que unos días después el paciente acudió de nuevo a la consulta: «Doctora, no sabe lo que me ha gustado el libro que me recomendó el otro día. Me lo he leído en un momento y ahora se lo está leyendo mi mujer. Es verdad lo que usted dice, me ha animado mucho. ¿Me puede recomendar otro?». La mujer me confirmó la ruptura del círculo vicioso: «Es verdad, doctora, se ha pasado estos días leyendo, ya no ve la tele, y hemos ido a pasear y a hacer algunos recados todas las tardes. Eso sí, después de comer, ni siesta ni televisión, que quería terminarlo para venir a pedirle otro». Las letras, siempre tan sugerentes.

El siguiente caso que quería comentar es el de un señor cercano a los sesenta años, funcionario, con los hijos ya adultos y emancipados, es decir, con la vida ya resuelta. Me consultó en varias ocasiones por una astenia que parecía claramente psicógena, aunque le pedí unos análisis por descartar otros orígenes, que quedaron razonablemente descartados. Un día se me ocurrió decirle, sin muchos rodeos, porque tenemos una buena relación terapéutica, que lo que a él le pasaba era que estaba aburrido. Se me quedó mirando estupefacto y, después de unos segundos, me dijo que efectivamente, que no lo había pensado, pero que era justo eso lo que le pasaba. Yo le apunté que en su vida todo estaba bien, pero que parecía que no era bastante, y también asintió, que quizá tuviera algún asunto que revisar. Apuramos una pequeña conversación al respecto, que sabemos que en las consultas de Medicina de Familia no disponemos de mucho tiempo, y le recomendé La enfermedad del aburrimiento, de Josefa Ros Velasco, un ensayo que yo acababa de leer y me recordó lo que él me contaba. A la siguiente consulta, leía el libro mientras esperaba en la sala y lo comentamos después. Me confesó que le estaba viniendo muy bien su lectura, aunque le parecía bastante denso, y que seguro le ayudaría a replantearse algunas de sus circunstancias vitales, además de pensamientos anacrónicos que ahora sabía que debía actualizar.

Otro paciente, de unos cincuenta y pocos años, con un diagnóstico oncológico reciente de mal pronóstico, con un trabajo muy demandante y estresante hasta que la enfermedad lo obligó a parar, me comentó un día en la consulta que ahora estaba valorando las pequeñas cosas de la vida a las que antes no prestaba atención: un paseo con su mujer, una conversación con sus amigos, un rato pasado con sus hijos… Esas cosas que debemos apreciar siempre, sin necesidad de enfermar. Le recomendé Elogio de las virtudes minúsculas, de Marina Van Zuylen, justo para eso, para apreciar las cosas «suficientes» que tiene la vida. En eso está: me comentó que le estaba resultando muy reconfortante esta lectura.

Una mujer joven, docente de profesión, casada y con dos hijos pequeños, acudió a la consulta porque se encontraba desbordada por su trabajo y por su vida, porque no llegaba a todo. Se trata de una mujer con apariencia frágil, dulce, quizá no apta para los demandantes entornos profesionales y vitales del siglo XXI. Su aspecto me sugirió la seda, así que le recomendé el libro del mismo título de Alessandro Baricco, porque me dijo que leía muchísimo, que los libros la serenaban. Una semana después, de nuevo en la consulta, me agradeció la recomendación, había entendido perfectamente el sentido de mi sugerencia: el libro le resultó sedoso, suave y le había traído una buena dosis de la calma que tanto necesitaba en ese momento.

Una mujer de mediana edad tenía problemas para ejecutar de manera definitiva una decisión vital importante que había tomado. Durante la conversación en la consulta, me resonaron las obras de las nuevas escritoras hispanoamericanas que estudiamos en la facultad de Filología, todo un descubrimiento literario. Le pregunté si le gustaba leer y me dijo que sí, así que le recomendé Limpia, de la escritora chilena Alia Trabucco Zerán, sin saber muy bien por qué. Le comenté que la novela no tenía nada que ver con su caso, pero que me había acordado de ella mientras hablábamos. En la siguiente consulta me dijo que se había sentido identificada con algunos de los personajes de la historia y que le había venido muy bien leerla. Los senderos del inconsciente son inescrutables. 

Estos son algunos de los ejemplos que quería compartir, con las debidas modificaciones para preservar el anonimato y sin pretender ninguna rigurosidad académica. Es cierto que estas recomendaciones solo se pueden utilizar con determinados pacientes, muy seleccionados, que sean lectores habituales y tengan inquietudes en cuanto a su evolución personal, porque si no es difícil que consigan extraer las enseñanzas que los libros les puedan ofrecer. También es cierto que le he hecho recomendaciones a otros pacientes que supongo que no han seguido, porque no me han comentado nada después. Nunca les pregunto en la siguiente consulta si se han leído el libro sugerido: si es el caso, me lo dirán, y si no, pues la prescripción no ha funcionado esa vez.

Ahora se da la circunstancia de que algunos de ellos me ofrecen sus propias recomendaciones y otros, incluso me traen un libro de regalo. Además, como me siguen en las redes, porque es un cupo urbano, saben que escribo y algunos han leído mis libros y me los comentan. Sí, es cierto, es una delicia de cupo, vamos camino de convertirlo en un club de lectura, entre controles de salud y recomendaciones sanitarias.

 

Baricco, A. (1998). Seda. Anagrama. 

Némirovsky, I. (2006). David Golder. Salamandra (original publicado en 1929). 

Ros Velasco, J. (2022). La enfermedad del aburrimiento. Alianza.

Trabucco, A. (2023). Limpia. Lumen.

Van Zuylen, M. (2025). Elogio de las virtudes minúsculas. Siruela.

28 febrero 2026

Sin tino

Antonia ingresó en la residencia de las monjas por voluntad propia. Nadie entendió muy bien por qué, cuando nunca había sido muy religiosa. Además, a sus ochenta y tres años, era una mujer independiente para sus cosas: vivía sola en su propia casa de viuda sin hijos. Sus dos únicos sobrinos le echaban un vistazo. A ella y a su cuenta bancaria, que tenía Antonia cierta tendencia a autodesvalijarse y más de una vez los sobrinos habían tenido que acudir al rescate de la tía. Casquivana, tampoco, solo un poco manisuelta, de toda la vida. El caso es que estaba encantada en la residencia, y las monjas encantadas con ella. Y tan encantadas estaban todas que Antonia colaboraba con las monjas en las tareas del centro: ayudaba en la cocina, con la ropa, con las camas, con las residentes que necesitaban más cuidados… Una delicia. Aunque en realidad, a Antonia a lo que más le gustaba ayudar era con el reparto de la medicación, y hay que ver cómo controlaba las pastillas: ni una de más ni una de menos. Bueno, alguna de menos sí empezó a notar la doctora que atendía a las internas, que no había manera de que le cuadraran las cuentas. Que si se habrá extraviado un blíster, que si alguna se las habrá tomando de más, que si yo reparto las que usted indica… Que si siempre faltaban las de los nervios… En fin, que a sor Juana no le quedó más remedio que requisarle las llaves de la farmacia que le había confiado a Antonia, una vez registradas las gavetas de su mesilla de noche, repletas de remedios para los agites del alma.

—Pero tía, ¿cómo se le ocurre robarse las pastillas de los nervios?

—Y para qué crees que vine aquí, que con don Manuel, mi médico, no había manera de entenderse, que era un tacaño con las recetas. Y tú sabes que yo padezco de lo mío, que si no me tomo las pastillas me dan fatigas… Mira, mira… parece que me quiere venir una…

Y perdió el tino, vigilando por el rabillo del ojo. 

04 enero 2026

Lluvias

 


Barranco de Santos

No he leído Ana Karenina, lo confieso. No les voy a mentir, las novelas gordas se me resisten: como tengo tantas lecturas en la lista de espera, una historia larga me parece traicionar mi infidelidad de lectora TDAH[1], que nunca ha podido leer un solo libro a la vez, pero la AEMET[2] me ha persuadido de que ahora o nunca, porque en Santa Cruz no va a parar de llover en más de una semana. Cualquier ciudadano de otras latitudes más al norte —o al sur sur— diría que eso qué importa, pero para los que vivimos aquí es la señal del confinamiento: «¡Pero mira que hace frío!, no se puede salir a la calle. Y en La Laguna es peor. Desde que hay nieve en el Teide, el frío se nota…», aunque se trate de una lluvia tropical y los termómetros marquen más de 20º C —bueno, en La Laguna bastante menos, esa es la verdad—. Pues como les decía, nosotros, los chicharreros, sacamos las mantitas —que tenemos un montón porque nos las regalamos en Navidad y nos resulta imposible desgastarlas por el uso: también confieso, que me ha dado hoy por ahí, que he tenido que abrir la ventana más de una vez para que entre el fresco y así poder usar mis mantitas… es que si no me dan calor—, hacemos chocolate y nos entregamos al sofá: ya ahí cada uno hace lo suyo, no voy a preguntar. Yo me pongo a leer, y siguiendo las precisas recomendaciones de la AEMET, me he lanzado a la conquista de Ana Karenina con el argumento de que, si cuando termino una buena historia, me siento como si mi vida no tuviera sentido, con esta voy a conjurar mi falta de sentido existencial durante más tiempo. Aunque depende de lo que duren las lluvias, a ver si me da tiempo a leerla entera.

El caso es que no les he contado el porqué de precisamente este novelón —en todos los sentidos—, y es que yo soy mucho de escuchar a las sincronías de la vida, y si son literarias, pues nada más que hablar: acabo de leer en dos novelas consecutivas el mítico comienzo de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz es infeliz a su modo», en La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, y en Este imbécil va a escribir una novela, de Juan José Millás. No puede ser casualidad, tiene que ser una señal directa del universo literario. Ya les contaré.


[1] TDAH: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. 

[2] AEMET: Agencia Estatal de Meteorología.

10 diciembre 2025

Sangría fresquita


Odio las fiestas del pueblo, desde chica. Primero, justo por eso, por chica, que me perdía entre tanta gente grande desatada, como si fuera su primera fiesta… o la última. Segundo, porque nunca me gustó desatarme, que luego va y pasa cualquier cosa, como pasó. El caso es que con diez años no se puede beber tanta sangría, bueno, ni con más tampoco, pero yo tenía diez y la sangría fresquita, llena de frutas y cubitos de hielo que prepararon los vecinos para invitar a cualquiera que pasara por su patio no era el zumo dulcito que a mí me pareció. ¡Qué rica estaba!, de eso sí me acuerdo, de lo demás, no. Así y todo, no sé por qué me tengo que creer que fui yo y no el resto de la peña que estuvo por allí, aunque sangría es verdad que no les dejé mucha, la que encendió la mecha de los voladores que tenían preparados para tirarle a la virgen en la procesión. Yo de eso no me acuerdo. Me contaron que tiré un cenicero lleno de colillas al rincón de la pólvora. ¡Vaya por Dios!, como si yo supiera donde habían colocado los fuegos. ¿Y por qué tuve que ser yo? ¿Por qué?, si no quedaron ni rastros para pruebas. Si yo ni me quemé, que recuperé el tino con la escandalera. Por eso me culpan, porque fui la única que salí entera, ni un rasguño. Revuelta sí, bastante, y con la cabeza dando vueltas, bastantes también. En fin, que no soporto la fumadera, ni sus restos tampoco.

09 diciembre 2025

Caracteres dominantes


El niño nació prematuro, dijo la madre, aunque para el bautizo ya se le veía bastante recuperadito, y eso que no tenía ni tres meses. Es que los niños de hoy crecen más rápido. Y allí estábamos todos los convocados a la macrofiesta que el padre septuagenario había organizado, pagado, para la ocasión, que ya no iba a organizar ninguna más… en principio. Los hijos cuarentones del anfitrión con cara de circunstancias: no iban a dejar de asistir y que el padre los desheredara, que todavía estaba a tiempo de ajustar el testamento y ahora eran uno más para repartir. Y con aquel enano morenazo, que se le veían los rasgos caribeños desde el Maxi Cosi: salió todo a la madre. Es verdad que lo rubio se hereda menos, parece que son rasgos recesivos, nada que hacer con los dominantes del trópico. Eso decía el padre, que no tuvo nada que hacer: lo embrujaron. Allí estaba, privado con su hombría revitalizada.

El notario llegó a la hora prevista —a este lo pagaron los hijos—, justo antes de que las aguas bautismales limpiaran al recién nacido del Pecado Original, o del pecado en general, no sé muy bien. La madre del niño hizo por sincoparse. El padre se sincopó de veras. El caso es que aprovecharon el mismo notario para redactar el testamento con la herencia distribuida a partes iguales entre los legítimos herederos. Los verdaderos.

08 diciembre 2025

Mi Primera Comunión


Yo tenía ocho años y era la primera vez que mis dos familias se reunían alrededor de la misma mesa. ¡Qué bonito! ¡Qué ilusión con los preparativos! Mi madre me dejó elegir el vestido: color rosa con volantes y una pamela, todo un atrevimiento para estar empezando a liberarnos de la vestimenta religiosa de rigor. ¡Qué lindo me quedó! La envidia de mis amigas, muy comentado después en el pueblo: «Esa es la que hizo la Primera Comunión con el traje rosado». Y yo, privada, orgullosa de mi buen gusto, ¡qué guapa iba!

De la ceremonia solo me acuerdo del principio, porque yo no había ido a catequesis, una laguna formativa que he arrastrado toda mi vida y que algunas de mis amigas, educadas en colegios religiosos, se han esforzado en reducir, con éxito irregular. Mi madre le dijo al cura del pueblo que ella no me podía llevar los domingos a la catequesis porque nosotros salíamos, y ahí quedó la cosa: él ni le replicó. Pues eso, que no me acuerdo bien porque llegamos tarde, entretenidos en hacernos fotos en la plaza, cuando ya toda la comitiva estaba colocada en la iglesia: los niños, a la izquierda, las niñas, a la derecha.

—Mamá, ¿y yo qué hago?

—Tú haces lo que haga la de delante.

Me quedé tranquila: ¡qué fácil iba a ser aquello de la Primera Comunión! A ver si terminábamos pronto para irnos a la fiesta. No recuerdo mucho más, así que fácil debió de ser.

La mesa estaba preciosa, atiborrada de comida, que si no daba mala imagen. La familia de mi madre trajo conejo en salmorejo, picante, que si no no sabe a nada; la de mi padre, los postres, dulces, que ya amarga era la vida. El caso es que la comida resultó más difícil que la ceremonia, quizá porque tampoco la habíamos ensayado: a la familia de mi padre le pareció un insulto aquel conejo tan picante, con lo que se habían esforzado en darle el punto al quesillo; y a la de mi madre le pareció que se habían pasado con el dulzor del postre, que era incomestible, con el tiempo que le habían dedicado a preparar aquel conejo tan sabroso.

Pa aguafiestas, mi familia: no nos dejaron ni empezar a jugar.

—Venga, que nos vamos.

—Pero ¿cómo nos vamos a ir ya, si acabamos de terminar de comer?

—Por eso mismo, porque ya terminamos de comer.

Y mis padres y yo nos quedamos solos con todas aquellas sobras. Pero mi padre reconvirtió enseguida y avisó a todos los vecinos para que acudieran a rescatarnos. ¡Qué fiesta tan divertida! Todavía la recuerdo y me emociono… 

—No, de mi familia no he sabido más.

23 noviembre 2025

Los Combonautas


La XVII promoción de Medicina de la ULL celebra sus 35 años de graduación


¡Qué bonito todo! ¡Qué reencuentro tan estupendo! Maravilloso… 

Años tratando de reunir pretextos para no quedar, que hasta recurrimos a la excusa perfecta de una pandemia para hacer como si no hubieran pasado treinta años —«Así que pasen treinta años», que decía la canción ochentera—, y al final ya no hubo más remedio que ceder a escuchar a los Combonautas, agotados los argumentos. Pues ya está, si había que ir, se iba y listo. No fuimos todos, que todavía quedó gente que consiguió alguna excusa de última hora para librarse: una viriasis, un deber familiar inexcusable… En fin, los que no acudieron tampoco es que fueran muy creativos, pero el caso es que escurrieron el bulto. A mí me da igual, lo que me da envidia es que no se me ocurriera inventar lo que ya estaba inventado de toda la vida, pero con eso de tratar de huir del lugar común, allí tuve que ir, por falta de imaginación, nada más.

El caso es que todo fue muy bien, mucho mejor de lo previsto: los Combonautas lo dieron todo, y los asistentes lo recogimos con ganas, venidos arriba, hasta arriba de copeteo experto, como aprendimos juntos en nuestra tierna juventud compartida. Todo bonito, estupendo, maravilloso… Un encuentro entrañable —cómo odio esta palabra, pero tengo la imaginación atolondrada desde la gran quedada—. Hasta hubo espontáneos que se atrevieron a compartir el escenario con nuestras estrellas particulares: una locura.

Bueno, la locura vino después. Y todo fue cosa de JC, siempre es culpa de JC, porque él también se viene arriba y luego no se sabe bajar. Luego no hay manera de bajarlo: «He invitado a venir al negro del WhatsApp». ¡Ja, ja, ja!, qué divertido, pues no nos dio la tabarra ni nada cuando estuvo vigente. Pero es que JC, cuando se pone, es muy literal, así que allí apareció el susodicho con la misión de coronar a nuestra reina y sus damas. De lo más pertinente, según él. Y todos temblando, que este se nos despelota en medio de la enfebrecida fraternidad interinsular. Pero no, la verdad es que fue discreto y todos nos quedamos tranquilos: ¡menos mal que nuestro JC se moderó! Y seguimos coreando a los Combonautas, tan felices, ignorantes de lo que acababa de desatar el invitado. 

—¿Alguien ha visto a la reina?

—Pues hace rato que no, estará en el baño.

—En el baño no está, que vengo de allí.

—No sé, la habrá venido a buscar su RV.

—Pues tampoco, porque RV está preguntando por ella en la puerta.

Entonces empezamos a preocuparnos: los Combonautas la llamaban al ritmo de su canción, los demás la buscamos por los alrededores del recinto. Ya estaba oscuro, era difícil distinguir algo entre tanto negro.

—¡Reina! ¿Dónde estás?

—¡Jefaaa! ¿Dónde te has ido? ¿Te secuestró alguien? Ja, ja, ja… —A algunos les costó más recuperar sus neuronas chapoteantes para la causa del rescate de nuestra recién coronada reina de corazones, de los nuestros.

Cuando los consortes empezaron a acudir a rescatar a sus respectivos en sus coches, como habían quedado para no tener que limitar consumos varios para conducir, la reina seguía sin aparecer. Yo me quedé entretenida con los señores agentes de la policía que habíamos llamado para denunciar la desaparición de nuestra reina jefa y que se ofrecieron a llevarme a mi casa. Ellos tan solícitos, desde aquí se lo agradezco, unos profesionales, tan diligentes, tan amables, tan… Bueno, a lo que iba, que ya pensé yo desde que apareció el salido del WhatsApp que aquello lo veía yo un poco oscuro, y como turbulento: ¿qué hacía un caribeño retinto coronando a las nuestras? Y lo peor: ¿qué hacían las nuestras dejándose coronar con aquel déjame entrar por el musculitos tintado? Sí, ya sé que fue cosa del liante de JC, pero ellas parecían completamente entregadas a su papel. Y la jefa era pa verla, no digo más, que no vaya a caer esto en las manos de su RV, que bastante se ha liado ya.  

El caso es que todos se fueron y yo me quedé con los policías hasta el final. En eso que nos llama la atención una bolsa negra caída detrás del grifo de cerveza —personaje principal del día, ya agotado a aquellas horas—. Fui a recogerla pensando que se le habría quedado a alguien y ¡adivinen lo que había dentro!: un cráneo, dos tibias y una vela estrenada. Me partí de risa, los policías azorados, del hallazgo y de mis carcajadas al imaginar cómo se lo iba a explicar a aquellos agentes de la autoridad, tan rigurosos. Cuando recuperé el aliento les aclaré que ya sabía de quién era aquello, de nuestro adejero universal, que llevaba treinta y cinco años tratando de deshacerse de las chuletas de Anatomía. No cuajó, era difícil, la verdad.

«Magia negra», decretaron convencidos. Y yo les di la razón, pero en cursiva, quiero decir, en sentido figurado. Al día siguiente nos enteramos por nuestra propia reina de que, según ella, todo había sido un malentendido y que ya se lo había explicado a su RV, que todo bien. Le pedimos una foto acreditativa de su buen estado para confirmarlo y sí, estaba bien, aunque ojerosa y más despelujada que de costumbre, pero bien: la cara era pa verla… 

De la bolsa negra nunca más se supo.

23 abril 2025

Aurora

¡Feliz Día del Libro!



Aurora nunca había visto amanecer. Como si tuviera que conformarse con su nombre para reiniciar su vida cada mañana. O como si su propio nombre ya le bastase para iluminar su camino. Y nunca lo había visto en sus casi ochenta años.

Un día se lo confesó a su sobrina, que no daba crédito. Le preguntó que cómo nunca lo había mencionado antes y la tía le dijo que por vergüenza. Y eso que con los años se despertaba cada vez más temprano, antes de que saliera el sol, pero nunca se había animado a salir a la calle a buscarlo, porque desde su casa encajonada entre edificios no lo podía ver. Ahora, además, se le había sumado el miedo, porque al fin y al cabo, para ella era un acontecimiento desconocido. Por eso se lo confesó a la sobrina, porque no se atrevía a decírselo a sus hijos, que seguro la tomarían por tonta, y necesitaba alguien que la acompañara a conocer la aurora de la que se copió su nombre. Cuando vivía su Pedro nunca se planteó la necesidad, pero de un tiempo a esta parte se le había convertido en una obsesión.

La sobrina entendió la importancia del asunto para Aurora, y también su necesaria discreción con el resto de la familia, así que le propuso que conocería el amanecer a lo grande: la llevaría a verlo a Las Cañadas del Teide.

Sin dar explicaciones, salieron de madrugada las dos en el coche de la sobrina con tiempo de sobra para ubicarse en el lugar perfecto, que allí arriba puede ser cualquiera. Aparcaron y extendieron una manta en el suelo. Iban bien abrigadas y pertrechadas con café caliente y rosquetes. Se tumbaron y la sobrina le cogió la mano, que a la tía le sudaba de emoción.

Quietas, calladas, ninguna quería quebrantar el rito de aquella ceremonia iniciática. Empezaron a clarear los colores del alba. Cada vez más claro hasta que el sol atravesó el horizonte, brillante. La sobrina le cogió la mano más fuerte, ya no sudaba. Esperó a que la tía dijera algo, no quería arruinarle el momento con sus palabras. Pero al rato le pareció que el amanecer de ese día ya podía darse por concluido y la tía no hacía ningún comentario. Tampoco, movimientos: dormía como un tronco.

21 diciembre 2024

Presentación de Tranquilo en las montañas de Rusia, de Claudio Colina Pontes

Bonita tarde la de ayer compartiendo casicienes en las montañas de Rusia con tantos amigos, que no son tan tranquilas, como quedó patente en las palabras de Claudio, son montañas con mucho ambiente. Claudio, tentado desde chico por investigar el otro lado del Telón de Acero, como se le pasó el arroz para esta investigación, lo coloca de su puño y letra en espacios satelitales plagados de meteoritos, cosmonautas y platillos volantes modelos años setenta, lo que corresponde para no incurrir en anacronismos, que él es muy normativo. Lo que no está reñido con su afición por forzar las palabras: de hecho, le he propuesto a la Fundéu (meteorito) dinosauriodefinitivo como palabra del año 2025, a ver si hay suerte, y como segunda opción, solteramente, aunque a esta le tengo menos fe porque ya sabemos que los de la RAE son poco de mente. Que por cierto, hablando de meteoritos, quedó establecido que hoy, día 21 de diciembre, se fijaba como la Fiesta Nacional del Meteorito, a ver si el año que viene lo hacen festivo para celebrarlo como Dios o, incorruptamente, la Siervi, que todavía Claudio no tiene claro a quién va a dirigir sus oraciones, mandan. Y es que Claudio pretende conjurar para que el meteorito se desintegre en palabras-navaja-suiza que repartan sabiduría por todo el mundo como único camino para derrotar la auténtica amenaza para la humanidad: la ignorancia.

En definitiva, deliciosos microrrelatos que les invito a leer despacio para saborearlos en su justa dimensión. Si les pasa como a mí, que alguno no lo entienden bien, léanlo otra vez más despacio todavía, porque esos son los que tienen más chicha. Justo esos son los que, como soy de natural letraenvidiosa (Claudio, permíteme el plagio), me dieron ganas de gritar: ¡Jo...!, no puedo con él.

Muchas gracias a todos los asistentes, a la Asociación Blanco y Negro de El Toscal por cedernos sus instalaciones para la presentación y a Claudio por proponerme un nuevo enredo entre sus letras.

Un abrazo a todos y feliz Navidad.


Bibliografía de Claudio Colina Pontes:

Relatos:

    Cuaderno asintomático (2007)

    Al norte de abril (2016)

    Manieristas (2021)

    Tranquilo en las montañas de Rusia (2024)

 

Novelas:

    Escaleno (2014)

    Ocho (2021)

 

Premios:

    III Concurso de Relato Breve de la Biblioteca Municipal de El Tanque, Tenerife, en 2006 con A la sombra de un naranjo

    Premio de Relato Corto Isaac de Vega de CajaCanarias en 2008 con Delta