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Librimecum de cabecera para prescribir libros a la carta

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Artículo publicado en el número de abril del boletín Doctutor de educación médica  (semFYC) Resumen: Leer y escribir siempre han estado muy vinculados a la práctica médica, solo hay que recordar a grandes escritores que fueron médicos, como Pío Baroja, Conan Doyle o Chéjov, además de la propia literatura científica. En mi caso, esta afición me ha llevado de nuevo a la Universidad hasta graduarme en Filología Española. Con la intención de acercar mis dos pasiones, se me ha ocurrido llevar las letras a la consulta para vincularlas con la ciencia médica y que ciencias y letras trabajen juntas como nunca debieron dejar de hacer. Para ello, he iniciado la tarea de elaborar un  librimecum  para la prescripción literaria personalizada o a la carta o  literatura de precisión.  Estos son mis primeros resultados, espero que les sirvan de inspiración.   Al leer dos de los artículos publicados en el número de  Doctutor  de febrero, «Recetar un gato a pac...

Sin tino

Antonia ingresó en la residencia de las monjas por voluntad propia. Nadie entendió muy bien por qué, cuando nunca había sido muy religiosa. Además, a sus ochenta y tres años, era una mujer independiente para sus cosas: vivía sola en su propia casa de viuda sin hijos. Sus dos únicos sobrinos le echaban un vistazo. A ella y a su cuenta bancaria, que tenía Antonia cierta tendencia a autodesvalijarse y más de una vez los sobrinos habían tenido que acudir al rescate de la tía. Casquivana, tampoco, solo un poco manisuelta, de toda la vida. El caso es que estaba encantada en la residencia, y las monjas encantadas con ella. Y tan encantadas estaban todas que Antonia colaboraba con las monjas en las tareas del centro: ayudaba en la cocina, con la ropa, con las camas, con las residentes que necesitaban más cuidados… Una delicia. Aunque en realidad, a Antonia a lo que más le gustaba ayudar era con el reparto de la medicación, y hay que ver cómo controlaba las pastillas: ni una de más ni una de me...

Lluvias

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  Barranco de Santos No he leído  Ana Karenina,  lo confieso. No les voy a mentir, las novelas gordas se me resisten: como tengo tantas lecturas en la lista de espera, una historia larga me parece traicionar mi infidelidad de lectora TDAH [1] , que nunca ha podido leer un solo libro a la vez, pero la AEMET [2]  me ha persuadido de que ahora o nunca, porque en Santa Cruz no va a parar de llover en más de una semana. Cualquier ciudadano de otras latitudes más al norte —o al sur sur— diría que eso qué importa, pero para los que vivimos aquí es la señal del confinamiento: «¡Pero mira que hace frío!, no se puede salir a la calle. Y en La Laguna es peor. Desde que hay nieve en el Teide, el frío se nota…», aunque se trate de una lluvia tropical y los termómetros marquen más de 20º C —bueno, en La Laguna bastante menos, esa es la verdad—. Pues como les decía, nosotros, los chicharreros, sacamos las mantitas —que tenemos un montón porque nos las regalamos en Navidad y nos res...

Sangría fresquita

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Odio las fiestas del pueblo, desde chica. Primero, justo por eso, por chica, que me perdía entre tanta gente grande desatada, como si fuera su primera fiesta… o la última. Segundo, porque nunca me gustó desatarme, que luego va y pasa cualquier cosa, como pasó. El caso es que con diez años no se puede beber tanta sangría, bueno, ni con más tampoco, pero yo tenía diez y la sangría fresquita, llena de frutas y cubitos de hielo que prepararon los vecinos para invitar a cualquiera que pasara por su patio no era el zumo dulcito que a mí me pareció. ¡Qué rica estaba!, de eso sí me acuerdo, de lo demás, no. Así y todo, no sé por qué me tengo que creer que fui yo y no el resto de la peña que estuvo por allí, aunque sangría es verdad que no les dejé mucha, la que encendió la mecha de los voladores que tenían preparados para tirarle a la virgen en la procesión. Yo de eso no me acuerdo. Me contaron que tiré un cenicero lleno de colillas al rincón de la pólvora. ¡Vaya por Dios!, como si yo supiera ...

Caracteres dominantes

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El niño nació prematuro, dijo la madre, aunque para el bautizo ya se le veía bastante recuperadito, y eso que no tenía ni tres meses. Es que los niños de hoy crecen más rápido. Y allí estábamos todos los convocados a la macrofiesta que el padre septuagenario había organizado, pagado, para la ocasión, que ya no iba a organizar ninguna más… en principio. Los hijos cuarentones del anfitrión con cara de circunstancias: no iban a dejar de asistir y que el padre los desheredara, que todavía estaba a tiempo de ajustar el testamento y ahora eran uno más para repartir. Y con aquel enano morenazo, que se le veían los rasgos caribeños desde el Maxi Cosi: salió todo a la madre. Es verdad que lo rubio se hereda menos, parece que son rasgos recesivos, nada que hacer con los dominantes del trópico. Eso decía el padre, que no tuvo nada que hacer: lo embrujaron. Allí estaba, privado con su hombría revitalizada. El notario llegó a la hora prevista —a este lo pagaron los hijos—, justo antes de que las ag...

Mi Primera Comunión

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Yo tenía ocho años y era la primera vez que mis dos familias se reunían alrededor de la misma mesa. ¡Qué bonito! ¡Qué ilusión con los preparativos! Mi madre me dejó elegir el vestido: color rosa con volantes y una pamela, todo un atrevimiento para estar empezando a liberarnos de la vestimenta religiosa de rigor. ¡Qué lindo me quedó! La envidia de mis amigas, muy comentado después en el pueblo: «Esa es la que hizo la Primera Comunión con el traje rosado». Y yo, privada, orgullosa de mi buen gusto, ¡qué guapa iba! De la ceremonia solo me acuerdo del principio, porque yo no había ido a catequesis, una laguna formativa que he arrastrado toda mi vida y que algunas de mis amigas, educadas en colegios religiosos, se han esforzado en reducir, con éxito irregular. Mi madre le dijo al cura del pueblo que ella no me podía llevar los domingos a la catequesis porque nosotros salíamos, y ahí quedó la cosa: él ni le replicó. Pues eso, que no me acuerdo bien porque llegamos tarde, entretenidos en hace...

Los Combonautas

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La XVII promoción de Medicina de la ULL celebra sus 35 años de graduación ¡Qué bonito todo! ¡Qué reencuentro tan estupendo! Maravilloso…  Años tratando de reunir pretextos para no quedar, que hasta recurrimos a la excusa perfecta de una pandemia para hacer como si no hubieran pasado treinta años —«Así que pasen treinta años», que decía la canción ochentera—, y al final ya no hubo más remedio que ceder a escuchar a los  Combonautas,  agotados los argumentos. Pues ya está, si había que ir, se iba y listo. No fuimos todos, que todavía quedó gente que consiguió alguna excusa de última hora para librarse: una viriasis, un deber familiar inexcusable… En fin, los que no acudieron tampoco es que fueran muy creativos, pero el caso es que escurrieron el bulto. A mí me da igual, lo que me da envidia es que no se me ocurriera inventar lo que ya estaba inventado de toda la vida, pero con eso de tratar de huir del lugar común, allí tuve que ir, por falta de imaginación, nada más. El ca...

Aurora

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¡Feliz Día del Libro! Aurora nunca había visto amanecer. Como si tuviera que conformarse con su nombre para reiniciar su vida cada mañana. O como si su propio nombre ya le bastase para iluminar su camino. Y nunca lo había visto en sus casi ochenta años. Un día se lo confesó a su sobrina, que no daba crédito. Le preguntó que cómo nunca lo había mencionado antes y la tía le dijo que por vergüenza. Y eso que con los años se despertaba cada vez más temprano, antes de que saliera el sol, pero nunca se había animado a salir a la calle a buscarlo, porque desde su casa encajonada entre edificios no lo podía ver. Ahora, además, se le había sumado el miedo, porque al fin y al cabo, para ella era un acontecimiento desconocido. Por eso se lo confesó a la sobrina, porque no se atrevía a decírselo a sus hijos, que seguro la tomarían por tonta, y necesitaba alguien que la acompañara a conocer la aurora de la que se copió su nombre. Cuando vivía su Pedro nunca se planteó la necesidad, pero de un tiemp...

Presentación de Tranquilo en las montañas de Rusia, de Claudio Colina Pontes

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Bonita tarde la de ayer compartiendo  casicienes  en las montañas de Rusia con tantos amigos, que no son tan tranquilas, como quedó patente en las palabras de Claudio, son montañas con mucho ambiente. Claudio, tentado desde chico por investigar el otro lado del Telón de Acero, como se le pasó el arroz para esta investigación, lo coloca de su puño y letra en espacios satelitales plagados de meteoritos, cosmonautas y platillos volantes modelos años setenta, lo que corresponde para no incurrir en anacronismos, que él es muy normativo. Lo que no está reñido con su afición por forzar las palabras: de hecho, le he propuesto a la Fundéu (meteorito)   dinosauriodefinitivo   como palabra del año 2025, a ver si hay suerte, y como segunda opción,   solteramente,   aunque a esta le tengo menos fe porque ya sabemos que los de la RAE son poco de   mente.   Que por cierto, hablando de meteoritos, quedó establecido que hoy, día 21 de diciembre, se fijaba como la ...

La humanidad de la ciencia en la ULL

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