La magia del tiempo
La puerta está pintada de verde oscuro, parece que muchas veces, capa sobre capa, puede que no todas hayan sido verdes. De tanta pintura sobre pintura, la superficie está rugosa, como si se hubieran formado grumos de no lijar entre capas. Así eran las puertas de mi casa. La llave está puesta. Es de esas llaves grandes que costaba atinar justo donde tenían que abrir y siempre parecía que giraban de casualidad. Pero abrían… y cerraban. Llaves no aptas para llaveros de bolsillo. Aunque tampoco hacía falta llevarlas a ninguna parte, siempre se dejaban puestas. Antes las casas solo se cerraban cuando se hacía definitivamente. Quizá el tamaño de las llaves fuera proporcional a la intensidad de lo definitivo. Así eran las llaves de mi casa y así la cerraron al final. Giró sin resistencia y abrí con sigilo, como el que se cuela en casa ajena, aunque una evocación conocida me impulsaba a entrar. Fui directa a una de las habitaciones, también cerrada con una puerta verde o...