10 diciembre 2025

Sangría fresquita


Odio las fiestas del pueblo, desde chica. Primero, justo por eso, por chica, que me perdía entre tanta gente grande desatada, como si fuera su primera fiesta… o la última. Segundo, porque nunca me gustó desatarme, que luego va y pasa cualquier cosa, como pasó. El caso es que con diez años no se puede beber tanta sangría, bueno, ni con más tampoco, pero yo tenía diez y la sangría fresquita, llena de frutas y cubitos de hielo que prepararon los vecinos para invitar a cualquiera que pasara por su patio no era el zumo dulcito que a mí me pareció. ¡Qué rica estaba!, de eso sí me acuerdo, de lo demás, no. Así y todo, no sé por qué me tengo que creer que fui yo y no el resto de la peña que estuvo por allí, aunque sangría es verdad que no les dejé mucha, la que encendió la mecha de los voladores que tenían preparados para tirarle a la virgen en la procesión. Yo de eso no me acuerdo. Me contaron que tiré un cenicero lleno de colillas al rincón de la pólvora. ¡Vaya por Dios!, como si yo supiera donde habían colocado los fuegos. ¿Y por qué tuve que ser yo? ¿Por qué?, si no quedaron ni rastros para pruebas. Si yo ni me quemé, que recuperé el tino con la escandalera. Por eso me culpan, porque fui la única que salí entera, ni un rasguño. Revuelta sí, bastante, y con la cabeza dando vueltas, bastantes también. En fin, que no soporto la fumadera, ni sus restos tampoco.

09 diciembre 2025

Caracteres dominantes


El niño nació prematuro, dijo la madre, aunque para el bautizo ya se le veía bastante recuperadito, y eso que no tenía ni tres meses. Es que los niños de hoy crecen más rápido. Y allí estábamos todos los convocados a la macrofiesta que el padre septuagenario había organizado, pagado, para la ocasión, que ya no iba a organizar ninguna más… en principio. Los hijos cuarentones del anfitrión con cara de circunstancias: no iban a dejar de asistir y que el padre los desheredara, que todavía estaba a tiempo de ajustar el testamento y ahora eran uno más para repartir. Y con aquel enano morenazo, que se le veían los rasgos caribeños desde el Maxi Cosi: salió todo a la madre. Es verdad que lo rubio se hereda menos, parece que son rasgos recesivos, nada que hacer con los dominantes del trópico. Eso decía el padre, que no tuvo nada que hacer: lo embrujaron. Allí estaba, privado con su hombría revitalizada.

El notario llegó a la hora prevista —a este lo pagaron los hijos—, justo antes de que las aguas bautismales limpiaran al recién nacido del Pecado Original, o del pecado en general, no sé muy bien. La madre del niño hizo por sincoparse. El padre se sincopó de veras. El caso es que aprovecharon el mismo notario para redactar el testamento con la herencia distribuida a partes iguales entre los legítimos herederos. Los verdaderos.

08 diciembre 2025

Mi Primera Comunión


Yo tenía ocho años y era la primera vez que mis dos familias se reunían alrededor de la misma mesa. ¡Qué bonito! ¡Qué ilusión con los preparativos! Mi madre me dejó elegir el vestido: color rosa con volantes y una pamela, todo un atrevimiento para estar empezando a liberarnos de la vestimenta religiosa de rigor. ¡Qué lindo me quedó! La envidia de mis amigas, muy comentado después en el pueblo: «Esa es la que hizo la Primera Comunión con el traje rosado». Y yo, privada, orgullosa de mi buen gusto, ¡qué guapa iba!

De la ceremonia solo me acuerdo del principio, porque yo no había ido a catequesis, una laguna formativa que he arrastrado toda mi vida y que algunas de mis amigas, educadas en colegios religiosos, se han esforzado en reducir, con éxito irregular. Mi madre le dijo al cura del pueblo que ella no me podía llevar los domingos a la catequesis porque nosotros salíamos, y ahí quedó la cosa: él ni le replicó. Pues eso, que no me acuerdo bien porque llegamos tarde, entretenidos en hacernos fotos en la plaza, cuando ya toda la comitiva estaba colocada en la iglesia: los niños, a la izquierda, las niñas, a la derecha.

—Mamá, ¿y yo qué hago?

—Tú haces lo que haga la de delante.

Me quedé tranquila: ¡qué fácil iba a ser aquello de la Primera Comunión! A ver si terminábamos pronto para irnos a la fiesta. No recuerdo mucho más, así que fácil debió de ser.

La mesa estaba preciosa, atiborrada de comida, que si no daba mala imagen. La familia de mi madre trajo conejo en salmorejo, picante, que si no no sabe a nada; la de mi padre, los postres, dulces, que ya amarga era la vida. El caso es que la comida resultó más difícil que la ceremonia, quizá porque tampoco la habíamos ensayado: a la familia de mi padre le pareció un insulto aquel conejo tan picante, con lo que se habían esforzado en darle el punto al quesillo; y a la de mi madre le pareció que se habían pasado con el dulzor del postre, que era incomestible, con el tiempo que le habían dedicado a preparar aquel conejo tan sabroso.

Pa aguafiestas, mi familia: no nos dejaron ni empezar a jugar.

—Venga, que nos vamos.

—Pero ¿cómo nos vamos a ir ya, si acabamos de terminar de comer?

—Por eso mismo, porque ya terminamos de comer.

Y mis padres y yo nos quedamos solos con todas aquellas sobras. Pero mi padre reconvirtió enseguida y avisó a todos los vecinos para que acudieran a rescatarnos. ¡Qué fiesta tan divertida! Todavía la recuerdo y me emociono… 

—No, de mi familia no he sabido más.

23 noviembre 2025

Los Combonautas


La XVII promoción de Medicina de la ULL celebra sus 35 años de graduación


¡Qué bonito todo! ¡Qué reencuentro tan estupendo! Maravilloso… 

Años tratando de reunir pretextos para no quedar, que hasta recurrimos a la excusa perfecta de una pandemia para hacer como si no hubieran pasado treinta años —«Así que pasen treinta años», que decía la canción ochentera—, y al final ya no hubo más remedio que ceder a escuchar a los Combonautas, agotados los argumentos. Pues ya está, si había que ir, se iba y listo. No fuimos todos, que todavía quedó gente que consiguió alguna excusa de última hora para librarse: una viriasis, un deber familiar inexcusable… En fin, los que no acudieron tampoco es que fueran muy creativos, pero el caso es que escurrieron el bulto. A mí me da igual, lo que me da envidia es que no se me ocurriera inventar lo que ya estaba inventado de toda la vida, pero con eso de tratar de huir del lugar común, allí tuve que ir, por falta de imaginación, nada más.

El caso es que todo fue muy bien, mucho mejor de lo previsto: los Combonautas lo dieron todo, y los asistentes lo recogimos con ganas, venidos arriba, hasta arriba de copeteo experto, como aprendimos juntos en nuestra tierna juventud compartida. Todo bonito, estupendo, maravilloso… Un encuentro entrañable —cómo odio esta palabra, pero tengo la imaginación atolondrada desde la gran quedada—. Hasta hubo espontáneos que se atrevieron a compartir el escenario con nuestras estrellas particulares: una locura.

Bueno, la locura vino después. Y todo fue cosa de JC, siempre es culpa de JC, porque él también se viene arriba y luego no se sabe bajar. Luego no hay manera de bajarlo: «He invitado a venir al negro del WhatsApp». ¡Ja, ja, ja!, qué divertido, pues no nos dio la tabarra ni nada cuando estuvo vigente. Pero es que JC, cuando se pone, es muy literal, así que allí apareció el susodicho con la misión de coronar a nuestra reina y sus damas. De lo más pertinente, según él. Y todos temblando, que este se nos despelota en medio de la enfebrecida fraternidad interinsular. Pero no, la verdad es que fue discreto y todos nos quedamos tranquilos: ¡menos mal que nuestro JC se moderó! Y seguimos coreando a los Combonautas, tan felices, ignorantes de lo que acababa de desatar el invitado. 

—¿Alguien ha visto a la reina?

—Pues hace rato que no, estará en el baño.

—En el baño no está, que vengo de allí.

—No sé, la habrá venido a buscar su RV.

—Pues tampoco, porque RV está preguntando por ella en la puerta.

Entonces empezamos a preocuparnos: los Combonautas la llamaban al ritmo de su canción, los demás la buscamos por los alrededores del recinto. Ya estaba oscuro, era difícil distinguir algo entre tanto negro.

—¡Reina! ¿Dónde estás?

—¡Jefaaa! ¿Dónde te has ido? ¿Te secuestró alguien? Ja, ja, ja… —A algunos les costó más recuperar sus neuronas chapoteantes para la causa del rescate de nuestra recién coronada reina de corazones, de los nuestros.

Cuando los consortes empezaron a acudir a rescatar a sus respectivos en sus coches, como habían quedado para no tener que limitar consumos varios para conducir, la reina seguía sin aparecer. Yo me quedé entretenida con los señores agentes de la policía que habíamos llamado para denunciar la desaparición de nuestra reina jefa y que se ofrecieron a llevarme a mi casa. Ellos tan solícitos, desde aquí se lo agradezco, unos profesionales, tan diligentes, tan amables, tan… Bueno, a lo que iba, que ya pensé yo desde que apareció el salido del WhatsApp que aquello lo veía yo un poco oscuro, y como turbulento: ¿qué hacía un caribeño retinto coronando a las nuestras? Y lo peor: ¿qué hacían las nuestras dejándose coronar con aquel déjame entrar por el musculitos tintado? Sí, ya sé que fue cosa del liante de JC, pero ellas parecían completamente entregadas a su papel. Y la jefa era pa verla, no digo más, que no vaya a caer esto en las manos de su RV, que bastante se ha liado ya.  

El caso es que todos se fueron y yo me quedé con los policías hasta el final. En eso que nos llama la atención una bolsa negra caída detrás del grifo de cerveza —personaje principal del día, ya agotado a aquellas horas—. Fui a recogerla pensando que se le habría quedado a alguien y ¡adivinen lo que había dentro!: un cráneo, dos tibias y una vela estrenada. Me partí de risa, los policías azorados, del hallazgo y de mis carcajadas al imaginar cómo se lo iba a explicar a aquellos agentes de la autoridad, tan rigurosos. Cuando recuperé el aliento les aclaré que ya sabía de quién era aquello, de nuestro adejero universal, que llevaba treinta y cinco años tratando de deshacerse de las chuletas de Anatomía. No cuajó, era difícil, la verdad.

«Magia negra», decretaron convencidos. Y yo les di la razón, pero en cursiva, quiero decir, en sentido figurado. Al día siguiente nos enteramos por nuestra propia reina de que, según ella, todo había sido un malentendido y que ya se lo había explicado a su RV, que todo bien. Le pedimos una foto acreditativa de su buen estado para confirmarlo y sí, estaba bien, aunque ojerosa y más despelujada que de costumbre, pero bien: la cara era pa verla… 

De la bolsa negra nunca más se supo.

23 abril 2025

Aurora

¡Feliz Día del Libro!



Aurora nunca había visto amanecer. Como si tuviera que conformarse con su nombre para reiniciar su vida cada mañana. O como si su propio nombre ya le bastase para iluminar su camino. Y nunca lo había visto en sus casi ochenta años.

Un día se lo confesó a su sobrina, que no daba crédito. Le preguntó que cómo nunca lo había mencionado antes y la tía le dijo que por vergüenza. Y eso que con los años se despertaba cada vez más temprano, antes de que saliera el sol, pero nunca se había animado a salir a la calle a buscarlo, porque desde su casa encajonada entre edificios no lo podía ver. Ahora, además, se le había sumado el miedo, porque al fin y al cabo, para ella era un acontecimiento desconocido. Por eso se lo confesó a la sobrina, porque no se atrevía a decírselo a sus hijos, que seguro la tomarían por tonta, y necesitaba alguien que la acompañara a conocer la aurora de la que se copió su nombre. Cuando vivía su Pedro nunca se planteó la necesidad, pero de un tiempo a esta parte se le había convertido en una obsesión.

La sobrina entendió la importancia del asunto para Aurora, y también su necesaria discreción con el resto de la familia, así que le propuso que conocería el amanecer a lo grande: la llevaría a verlo a Las Cañadas del Teide.

Sin dar explicaciones, salieron de madrugada las dos en el coche de la sobrina con tiempo de sobra para ubicarse en el lugar perfecto, que allí arriba puede ser cualquiera. Aparcaron y extendieron una manta en el suelo. Iban bien abrigadas y pertrechadas con café caliente y rosquetes. Se tumbaron y la sobrina le cogió la mano, que a la tía le sudaba de emoción.

Quietas, calladas, ninguna quería quebrantar el rito de aquella ceremonia iniciática. Empezaron a clarear los colores del alba. Cada vez más claro hasta que el sol atravesó el horizonte, brillante. La sobrina le cogió la mano más fuerte, ya no sudaba. Esperó a que la tía dijera algo, no quería arruinarle el momento con sus palabras. Pero al rato le pareció que el amanecer de ese día ya podía darse por concluido y la tía no hacía ningún comentario. Tampoco, movimientos: dormía como un tronco.

21 diciembre 2024

Presentación de Tranquilo en las montañas de Rusia, de Claudio Colina Pontes

Bonita tarde la de ayer compartiendo casicienes en las montañas de Rusia con tantos amigos, que no son tan tranquilas, como quedó patente en las palabras de Claudio, son montañas con mucho ambiente. Claudio, tentado desde chico por investigar el otro lado del Telón de Acero, como se le pasó el arroz para esta investigación, lo coloca de su puño y letra en espacios satelitales plagados de meteoritos, cosmonautas y platillos volantes modelos años setenta, lo que corresponde para no incurrir en anacronismos, que él es muy normativo. Lo que no está reñido con su afición por forzar las palabras: de hecho, le he propuesto a la Fundéu (meteorito) dinosauriodefinitivo como palabra del año 2025, a ver si hay suerte, y como segunda opción, solteramente, aunque a esta le tengo menos fe porque ya sabemos que los de la RAE son poco de mente. Que por cierto, hablando de meteoritos, quedó establecido que hoy, día 21 de diciembre, se fijaba como la Fiesta Nacional del Meteorito, a ver si el año que viene lo hacen festivo para celebrarlo como Dios o, incorruptamente, la Siervi, que todavía Claudio no tiene claro a quién va a dirigir sus oraciones, mandan. Y es que Claudio pretende conjurar para que el meteorito se desintegre en palabras-navaja-suiza que repartan sabiduría por todo el mundo como único camino para derrotar la auténtica amenaza para la humanidad: la ignorancia.

En definitiva, deliciosos microrrelatos que les invito a leer despacio para saborearlos en su justa dimensión. Si les pasa como a mí, que alguno no lo entienden bien, léanlo otra vez más despacio todavía, porque esos son los que tienen más chicha. Justo esos son los que, como soy de natural letraenvidiosa (Claudio, permíteme el plagio), me dieron ganas de gritar: ¡Jo...!, no puedo con él.

Muchas gracias a todos los asistentes, a la Asociación Blanco y Negro de El Toscal por cedernos sus instalaciones para la presentación y a Claudio por proponerme un nuevo enredo entre sus letras.

Un abrazo a todos y feliz Navidad.


Bibliografía de Claudio Colina Pontes:

Relatos:

    Cuaderno asintomático (2007)

    Al norte de abril (2016)

    Manieristas (2021)

    Tranquilo en las montañas de Rusia (2024)

 

Novelas:

    Escaleno (2014)

    Ocho (2021)

 

Premios:

    III Concurso de Relato Breve de la Biblioteca Municipal de El Tanque, Tenerife, en 2006 con A la sombra de un naranjo

    Premio de Relato Corto Isaac de Vega de CajaCanarias en 2008 con Delta







28 noviembre 2024

Presentación de El candil del sabio, de Héctor Roldán

Presentación de El candil del sabio en la librería Lemus de La Laguna el jueves 28 de noviembre de 2024, del que ya escribí una crítica que puedes leer aquí: Sobre El candil del sabio, de Héctor Roldán Delgado


«Buenas tardes a todos, y añado a los agradecimientos que acaba de mencionar Héctor el agradecimiento a él mismo por confiar en mí para la presentación de su libro… de su primer libro, porque ya nos contará después lo que se trae entre manos.

Estaba yo pensando en cómo enfocar esta presentación y se me ocurrió empezar por el tópico de definir el género de El candil del sabio, costumbre que quizá deberíamos ir abandonando, dada tan enriquecedora hibridez creativa de nuestros tiempos. Pues eso, y tomé la decisión de definirlo como de autoayuda.

Sí, El candil del sabio es un libro de autoayuda, como todos los libros que se han escrito desde que se inventó la escritura hace más de 5000 años. Todavía recuerdo lo que me autoayudé de chica con La isla del tesoro. Pues eso, lo que pasa es que hay que saber con qué lecturas se autoayuda uno. También con qué escrituras pretende uno que los demás se ayuden a sí mismos. 

Y esto es lo que pensó Héctor (creo yo, pero él nos lo tendrá que confirmar o no), y como tenía un amigo que pasaba por una época mala, incluso muy mala, en ese momento «tuvimos una conversación, por ejemplo, en un café en un parque público, a la sombra estival de un ficus gigante». Como buen hombre de ciencias (para los que no lo conozcan, Héctor es neurocirujano), se puso a investigar con fundamento, porque si vamos a hacer algo, lo vamos a hacer bien, y qué mejor que recurrir a los clásicos —de letras— que es la filosofía que nos ha tratado de iluminar el camino durante más de 2000 años, así que algo tendrá que decirnos. Con toda esta documentación, se lanzó a escribir las Doce lecciones de vida de la filosofía clásica para épocas de crisis, lecciones elaboradas con sus propias aportaciones».




07 octubre 2024

Carta a la amada, de Xavier P. DoCampo

Querida:

No creo que sea un disparate que te envíe una carta, porque todo lo que he escrito siempre ha sido una larga carta que te dirigía. Además, era una carta con trampa, pues siempre podía espiar tu cara mientras la leías. Nunca estabas lejos, siempre a una distancia tan corta que podía ver tus ojos y tocarte con mi mano.

Puedo escuchar tu palabra e inventar la palabra que deseas para entregártela como mi mejor regalo. Estoy convencido de que son las palabras lo que más nos une. Tú sabes que siempre he dicho que contar un cuento es el acto de amor más sublime que se puede ofrecer a un ser querido. Los amantes se cuentan cuentos para que el amor habite entre ellos y nunca los abandone. Es el conjuro más poderoso para ahuyentar cualquier hechizo que se pueda preparar para destruir el amor. ¿Contaba cuentos Sherezade cada noche para conjurar la muerte? No..., lo hacía para seducir al rey Sahriyar en las redes de la palabra. Preparó aquella rueda sinfín de cuentos para que el amor fuese brotando en su corazón. Para ella la muerte era el desamor de aquel hombre que, poco a poco, iba siendo presa de la palabra; y por ella, por la palabra, se le metió dentro aquella mujer que parecía la dueña de todas las palabras.

Pues ya ves... Tú y yo, igual. Las palabras fueron nuestro cobijo más suave y amable. En él nos sentíamos tan a gusto que no queríamos salir. Cuántas palabras le robé a la literatura para llevártelas a ti como quien lleva una valiosa ofrenda al altar. Cuántos poetas me prestaron las palabras que más me emocionaban para emocionarte. Eso es la literatura: una emoción compartida. Qué hermoso juego de complicidades fue la mano que nos tendíamos el uno al otro llevando en ella el libro que contenía las palabras que nos queríamos decir. Los libros fueron el lugar de encuentro al que íbamos buscándonos, hasta el punto de amarlos como objetos preciosos. Verte tocar un libro, mirar cómo pasabas tu mano por la portada muy lentamente, con suavidad, era como ver tu mano cuando me acaricias. Pensaba: «Así caminan tus manos sobre mi piel». Después lo tocaba y era como leer tu caricia.

Y, entonces, quise ser escritor para entregarte mis palabras, aquellas que inventaba sólo para ti. Y en todos estos años conseguí escribir unas pocas líneas que te vi leer con emoción, la misma emoción que me oprimía el alma y que me cerraba la garganta al escribirlas. Una nueva emoción compartida... ¡Otra vez la literatura!... La magia de las palabras...

Y aquí estamos... Seguimos en el camino, recogiendo palabras hermosas. Dentro de poco nuestras manos, esas que acarician las portadas de los libros, las mismas que se tocan y se buscan mientras leemos un poema en voz alta; esas, con las que nos ofrecemos las palabras encerradas en un libro, comenzarán a mostrar las manchas que nos avisan que el tiempo se agota. Seguiremos buscando palabras nuevas y estoy seguro de que, en ese momento, seremos más generosos que nunca al compartirlas. Y seguiré deseando tocarte..., y llegar a tu lado..., y besarte los pies, porque, dicho también ahora con palabras prestadas: «Bajo tus pies está el Paraíso».

Te quiero.

Ilustración: Raquel Marín

26 septiembre 2024

¿De ciencias o de letras?

   

Texto publicado en la Cátedra Cultural Pedro García Cabrera de la ULL el 26 de septiembre de 2024.

Hay que decidirse: se es de ciencias o de letras. Y a partir de ahí, hay que identificarse con uno de los dos mundos: el científico o el humanista, no caben medias tintas, que ya se sabe que el que mucho abarca…

            Sin embargo, esto es un criterio moderno, los clásicos eran de ciencias y de letras sin distinción. No hay más que acudir al hombre del Renacimiento (y digo bien, el hombre, porque la mujer no contaba ni para las ciencias ni para las letras) para encontrar referentes de este saber universal. El argumento para defender estos saberes exclusivos está muy consolidado: en la antigüedad, los límites del conocimiento permitían que una persona pudiera adquirir competencias en múltiples disciplinas a lo largo de su vida; en cambio, con el desarrollo del saber a partir de la Ilustración, el conocimiento se hace inabarcable para los límites de una vida humana, así que hay que decidir un camino al que dedicar los esfuerzos intelectuales. Pero no solo hay que decidirse por las ciencias o por las letras, dentro de cada una hay que especializarse. Letras: Historia o Literatura...; ciencias: Biología, Medicina o Ciencias Sociales… Pero hay más, luego hay que subespecializarse (¿o es superespecializarse?). Letras: Literatura hispanoamericana, la obra de García Márquez…; ciencias: Medicina, Cardiología, Cardiología pediátrica, valvulopatías… Pero luego llega un médico, Juan Valentín Fernández de la Gala, y escribe Los médicos de Macondo, la medicina en la obra literaria de Gabriel García Márquez y nos rompe todos los esquemas. O viene el psiquiatra Luis Martín Santos y escribe Tiempos de silencio y no sabemos si fue psiquiatra o novelista. O a Héctor Roldán, jefe de servicio de Neurocirugía del Hospital Universitario de Canarias, se le ocurre escribir El candil del sabio para actualizar las enseñanzas de los clásicos a nuestros tiempos, tan revueltos por falta de referencias. Y entonces, quizá haya que ponerse a pensar...

            Puede que deba actualizarse esta segregación tan cartesiana entre ciencias y letras, porque no podemos olvidar que todo el conocimiento se trasmite a través de estas últimas: sin letras, sin escritura, las palabras se las lleva el viento. Las letras inauguraron la Historia humana hace más de cinco mil años, no las diluyamos entre códigos binarios de ceros y unos.

            Tradicionalmente, a los de ciencias, como mucho, se les permite una dedicación diletante a las letras. Para los de letras, el acceso al conocimiento científico solo se les consiente por la vía de la divulgación, considerada una especie de pariente pobre de la verdadera ciencia dura. Con este criterio, tendríamos que considerar la obra literaria de Chéjov —que dijo: «La Medicina es mi esposa legal; la Literatura, solo mi amante», aunque al final se decidió por su amante— como un simple pasatiempo, así como la obra divulgadora de Oliver Sacks o del dúo Arsuaga-Millás, puro entretenimiento.

            Para tratar de evitar este reduccionismo empobrecedor, algunos autores han subrayado la importancia de juntar ciencias y letras, o si se quiere ser más riguroso, investigación científica e investigación humanística, como resistencia a la dictadura de lo útil y lo inmediato que contribuya al desarrollo de la humanidad. En este sentido, el pensador italiano recientemente fallecido Nuccio Ordine elaboró su manifiesto La utilidad de lo inútil[1] como oposición radical a imposiciones utilitaristas sin alma.

 

El oxímoron evocado por el título La utilidad de lo inútil merece una aclaración. La paradójica utilidad a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista.

 

            Con todo, parece que este debate viene de viejo, y ya el polifacético médico catalán José de Letamendi postulaba en el siglo XIX que «el médico que solo sabe Medicina, ni Medicina sabe», lo que podría extenderse al resto de saberes, tanto de ciencias como de letras.

            En el caso particular de los médicos, contamos con una larga tradición humanista que nos ha acercado a las letras. Letras con las que componemos las palabras que elaboran las historias clínicas de los pacientes: la anamnesis, desde la que podemos avanzar a la exploración física y las pruebas complementarias, en ese orden, que es el que nos enseñan en las facultades de Medicina. Sin palabras, sin anamnesis, no sabemos cómo ni por dónde empezar a explorar. El orden clásico de clínica (anamnesis), diagnóstico (exploración y pruebas) y tratamiento no debe alterarse. Sin palabras, no puede iniciarse el acto médico. Tampoco terminarse, en ningún caso. Sin palabras, estaríamos hablando de otra cosa.

El doctor argentino Carlos Alberto Yelin analiza este recorrido en su libro El maridaje de la medicina y la literatura[2], en el que confiesa que le sorprendió su extensión cuando empezó a estudiarlo con detenimiento. Oliver Sacks, Irving Yalon, Arthur Conan Doyle, Antón Chéjov, Majaíl Bulgákov, Pío Baroja, Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Pedro Laín Entralgo, Robin Cook o Michael Crichton son solo una pequeña muestra recogida en el libro de médicos escritores, o de escritores médicos, o de médicos que escriben o escribieron, siguiendo la distinción de Fernando Navarro[3] en función de si fueron las ciencias o las letras las que les dieron de comer.

Para Salvador Pániker, ingeniero, filósofo y escritor español fallecido en 2017, la cuestión no tiene matices:

 

Yo no acepto la distinción entre ciencia y arte; van por caminos distintos, pero intuyen algo parecido. Hay tres cosas que me parecen fundamentales: la curiosidad intelectual que te mantenga vivo el espíritu crítico; la fe o lo que defino como una confianza en la realidad que no te es hostil y, sobre todo, que te enseñen a aprender a aprender[4].

            

Idéntico recorrido al del Yelin realiza Rafael Ramírez Camacho en el artículo que titula Escritores médicos, médicos escritores y médicos que escriben[5] tomando como referencia a Fernando Navarro, que añade una referencia a la creatividad:

 

En la gran mayoría, los seres humanos son dados a repetir actitudes y aptitudes recibidas por educación, por herencia o por cultura, lo que los lleva a cumplir con las previsiones sociales que se esperan. […] Ocasionalmente, alguien se aparta del grupo. Con motivo de estímulos exteriores o de un irresistible desasosiego interior, personas que pertenecen a la masa (en el sentido de Ortega) se distinguen de ella para rebuscar en su interior una faceta singular que ofrecer a los demás.

 

            También en Canarias la Medicina y la Literatura se han enlazado en autores como Tomás Morales, Diego Guigou y Costa, Luis Doreste Silva o Carlos Pinto Grote, por comentar solo una referencia.

            Entonces, la respuesta a la pregunta del título no admite más que una opción: las dos son correctas, y debemos trabajar entre todos para que cada día lo sean más, siguiendo el lema de la Cátedra Pedro García Cabrera: «Arte y ciencia nacen, desde un punto de vista objetivo, desde el mismo lugar y sueñan con llegar al mismo sitio».

Un apunte final: es posible que la inteligencia artificial consiga realizar anamnesis, solicitar exploraciones complementarias (no necesitará de la imprecisa exploración física) y prescribir tratamientos, pero nunca podrá completar un acto médico porque se trata de una interacción exclusivamente humana.

            Las máquinas son todas de ciencias, porque como dice Arsuaga de la mano de Millás en el último libro de su trilogía La conciencia contada por un sapiens a un neandertal, ciencia es todo lo que se puede matematizar, expresar en términos numéricos, y de eso la inteligencia artificial sí que sabe, pero se queda en blanco cuando desaparecen los ceros y los unos.

            Y para terminar, un poema de Pedro García Cabrera en Las islas en que vivo, dedicado a Pedro Lezcano (1966), como propuesta a sumergirse sin prejuicios en el mar de la creación:

 

No es necesario que a la mar tú vengas

con la caña de pesca y el atuendo

de cualquier pescador. Con que te acerques

desnudo de palabras y de moldes,

te sientes a su lado y te sumerjas

olvidado de ti, de tus esquemas

de ver la vida y de idear el mundo,

con que dejes tu tiempo a las espaldas

y te hagas a su ritmo y sus rumores,

la mar queda engodada para darte

frutos de creación, nuevos remansos

que, siendo tuyos, los desconocías.

Muerto estarás si no te dice nada

su interior vecindad, si no procrea

en ti su paraíso sumergido

peces de nadadoras libertades.

Muerto, muerto del todo,

aunque prosiga

viviendo en el cadáver de tu cuerpo

la dádiva de sangre del camino.

 



[1] Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Editorial Acantilado. Barcelona.

[2] Yelin, C. A. (2023). El maridaje de la medicina y la literatura. Editorial HomoSapiens. Rosario, Argentina.

[3] Navarro, F. A. (2004). Médicos escritores y escritores médicos. Ars Medica. Revista de Humanidades, 1, 31-44.

[4] Néspolo, M. (2013, 15 de noviembre). Salvador Pániker: «En el arte de vivir uno tiene que ser el maestro de sí mismo». El Español. El Cultural. https://www.elespanol.com/el-cultural/20131115/salvador-paniker-arte-vivir-maestro-mismo/10499306_0.html

[5] Ramírez, R. (2017). Escritores médicos, médicos escritores y médicos que escriben. Seminario Médico, 62(1), 65-84.