Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Relato corto

Sin tino

Antonia ingresó en la residencia de las monjas por voluntad propia. Nadie entendió muy bien por qué, cuando nunca había sido muy religiosa. Además, a sus ochenta y tres años, era una mujer independiente para sus cosas: vivía sola en su propia casa de viuda sin hijos. Sus dos únicos sobrinos le echaban un vistazo. A ella y a su cuenta bancaria, que tenía Antonia cierta tendencia a autodesvalijarse y más de una vez los sobrinos habían tenido que acudir al rescate de la tía. Casquivana, tampoco, solo un poco manisuelta, de toda la vida. El caso es que estaba encantada en la residencia, y las monjas encantadas con ella. Y tan encantadas estaban todas que Antonia colaboraba con las monjas en las tareas del centro: ayudaba en la cocina, con la ropa, con las camas, con las residentes que necesitaban más cuidados… Una delicia. Aunque en realidad, a Antonia a lo que más le gustaba ayudar era con el reparto de la medicación, y hay que ver cómo controlaba las pastillas: ni una de más ni una de me...

Lluvias

Imagen
  Barranco de Santos No he leído  Ana Karenina,  lo confieso. No les voy a mentir, las novelas gordas se me resisten: como tengo tantas lecturas en la lista de espera, una historia larga me parece traicionar mi infidelidad de lectora TDAH [1] , que nunca ha podido leer un solo libro a la vez, pero la AEMET [2]  me ha persuadido de que ahora o nunca, porque en Santa Cruz no va a parar de llover en más de una semana. Cualquier ciudadano de otras latitudes más al norte —o al sur sur— diría que eso qué importa, pero para los que vivimos aquí es la señal del confinamiento: «¡Pero mira que hace frío!, no se puede salir a la calle. Y en La Laguna es peor. Desde que hay nieve en el Teide, el frío se nota…», aunque se trate de una lluvia tropical y los termómetros marquen más de 20º C —bueno, en La Laguna bastante menos, esa es la verdad—. Pues como les decía, nosotros, los chicharreros, sacamos las mantitas —que tenemos un montón porque nos las regalamos en Navidad y nos res...

Mi Primera Comunión

Imagen
Yo tenía ocho años y era la primera vez que mis dos familias se reunían alrededor de la misma mesa. ¡Qué bonito! ¡Qué ilusión con los preparativos! Mi madre me dejó elegir el vestido: color rosa con volantes y una pamela, todo un atrevimiento para estar empezando a liberarnos de la vestimenta religiosa de rigor. ¡Qué lindo me quedó! La envidia de mis amigas, muy comentado después en el pueblo: «Esa es la que hizo la Primera Comunión con el traje rosado». Y yo, privada, orgullosa de mi buen gusto, ¡qué guapa iba! De la ceremonia solo me acuerdo del principio, porque yo no había ido a catequesis, una laguna formativa que he arrastrado toda mi vida y que algunas de mis amigas, educadas en colegios religiosos, se han esforzado en reducir, con éxito irregular. Mi madre le dijo al cura del pueblo que ella no me podía llevar los domingos a la catequesis porque nosotros salíamos, y ahí quedó la cosa: él ni le replicó. Pues eso, que no me acuerdo bien porque llegamos tarde, entretenidos en hace...

Aurora

Imagen
¡Feliz Día del Libro! Aurora nunca había visto amanecer. Como si tuviera que conformarse con su nombre para reiniciar su vida cada mañana. O como si su propio nombre ya le bastase para iluminar su camino. Y nunca lo había visto en sus casi ochenta años. Un día se lo confesó a su sobrina, que no daba crédito. Le preguntó que cómo nunca lo había mencionado antes y la tía le dijo que por vergüenza. Y eso que con los años se despertaba cada vez más temprano, antes de que saliera el sol, pero nunca se había animado a salir a la calle a buscarlo, porque desde su casa encajonada entre edificios no lo podía ver. Ahora, además, se le había sumado el miedo, porque al fin y al cabo, para ella era un acontecimiento desconocido. Por eso se lo confesó a la sobrina, porque no se atrevía a decírselo a sus hijos, que seguro la tomarían por tonta, y necesitaba alguien que la acompañara a conocer la aurora de la que se copió su nombre. Cuando vivía su Pedro nunca se planteó la necesidad, pero de un tiemp...

Amor más allá del infierno

Imagen
Tres años Fotografía: Carlos Jiménez desde el puerto de Tazacorte La fajana negra pura había cubierto la otra, la del cuarenta y ocho, pero esta mantenía las grietas en rojo líquido, calientes como las mismas entrañas de la Tierra: esas que de vez en cuando se le quedan estrechas a los infiernos y brotan. La Tierra viva que se crea a sí misma; el Infierno que se deshace en vapores fatuos con el salitre. María esta vez la miraba sola. Antonio la llevó a ese mismo lugar hacía mucho para mostrarle sus ilusiones de recién casado: «Con este terreno le daremos estudios a nuestros hijos». Tan ilusionado la miraba que ella se propuso creer que encima de aquel malpaís negro iban a crecer las plataneras. A creerlo con tanto amor como poca fe. Pero las plataneras crecieron, vaya si crecieron, y sus hijos con ellas: bien comidos, bien vestidos y bien estudiados. Ellos ya no viven en su isla-lava, pero María no sabe vivir en otro lugar. En realidad, no sabe vivir sin Antonio, porque ahora se ha que...

Barcos voladores

Imagen
Fotografía: Eduardo Castro Pedro vivía volando. Sí, volando, como el guincho, o como las pardelas cuando era el tiempo. Volaba desde que empezó a fantasear con descubrir otros mundos, más allá del suyo, chico ya desde chico, cortado por los acantilados que empiezan donde termina la playa. Lo había visto en la escuela, en el mapa que estaba detrás de la maestra. Le contaron que allí había otras cosas que no entendió, y la maestra no supo explicarle lo que ella tampoco sabía. Pero Pedro quería saber. Desde la playa se veía a los barcos entrar y salir del puerto con una cadencia que hacía inútiles los relojes en el pueblo: ya nadie se acordaba de si las cinco y cuarto permanentes del reloj de la iglesia eran de la mañana o de la tarde. Pero donde a Pedro le gustaba contemplarlos navegar era desde el acantilado, porque desde allí le parecía que volaban a través del reflejo de las nubes. Entendió que el mar tiene el color del cielo, que es su representación sobre la Tierra. Eso no se lo dij...

Unicornios sin colores

Imagen
Texto escrito en el grupo de whatsapp durante el XXVII Festival Internacional de Cuentos de Los Silos por  Miguel Ángel Brito,  Luis Piñero,  Beatriz Suárez,  Nieves Lorenzo,  Manuel Castilla y  Ángeles Jiménez Nada me hacía sospechar que tras la puerta de la habitación 321 del hotel Ziguaraya me estuviera esperando aquel unicornio verde que tanto me desveló de niño, cuando todavía creía que todos los unicornios eran azules.             Había pasado tanto tiempo desde nuestro último encuentro, tanto, que su imagen casi se me había desdibujado por completo. Aun así, recordaba su abrumadora presencia que llenaba todo mi universo infantil.             «¿Qué le había traído hasta aquella habitación 321 del hotel Ziguaraya cuarenta años después de nuestro último encuentro?», pensé. No estaba borracho, no. El chupito de anís El Mono que me tomé ...

Las 4 estaciones (verano), ed. La Esfera Cultural (2015)

Imagen
Desembarco Aurora se embarcó en aquel crucero como solía embarcarse en el resto de sus aventuras cotidianas, algunas menos cotidianas que otras, pero a las que ella aplicaba el mismo procedimiento reflexivo: «¡Vamos!» La convenció su fantasía romántica de escribir a bordo, arropada en una manta sobre una hamaca de cubierta bebiéndose un combinado —sin fumar, que ella era muy activista—. Por eso se decidió por uno que recorriera el verano de los mares del norte, le pareció la latitud más apropiada para soltar su inspiración. Y sola, claro, si no cómo iba a fantasear hasta el delirio narrativo, desde luego ni sus amigas ni sus amantes la acompañarían, ella así no podía inventar, que era de distracción fácil.           Ella para inventar tenía que notar el hueco de lo que le faltaba, de lo que no había podido rellenar con sus creaciones, esas que se creía al ir escribiéndolas. Le gustaba repetir que era una creída porque se lo creía t...

¿Vacaciones?, si yo te contara..., ed. La Esfera Cultural (2013)

Imagen
De guantes blancos Bueno, ya tengo todo, los guantes también. Insistieron en que no los olvidara, que los llevara blancos ­–no entendí muy bien por qué–, lo que me costó visitar un montón de tiendas para encontrarlos porque están agotados los de esta temporada, parece que han tenido mucha demanda.  En fin, a mí todo me gusta de colores, me gusta la variedad, por eso este año me decidí a probar con algo diferente, sobre todo algo que mis amigas no hubieran visitado antes, algo que las impresionara de veras. Se me hacían las ideas agua imaginándome la cara que pondrían cuando les contara mis vacaciones a la vuelta, muertas de envidia, más que cuando Carol contó el año pasado las suyas por la Riviera Maya, que a mí porque no me interesa para nada la Riviera Maya... Este año voy a dar el golpe yo, ya lo verán.  Y como con cualquier destino, lo mejor es preguntar a la gente que lo ha visitado antes. De entrada me extrañó que aunque se sabía de sobra que muchos habían ido, parece qu...

Historias de portería, ed. La Esfera Cultural (2012)

Imagen
Germán, el del descansillo Germán tenía el descansillo hecho a su mano. No digo que limpio, tampoco es eso, pero bastante apañado para recibir. Sí, para recibir. No cobraba, los estatutos de la comunidad no permitían oficinas, despachos o consultorios, pero tenía su clientela fija dentro del edificio.  Al principio los quisquillosos de siempre se quejaron de que el descansillo de Germán parecía un altar sin santos, de que las marujas iban allí a quejarse de sus maridos y a hablar de los pecados que les hubiera gustado tener que confesar, de que aquello era la semilla de la rebelión, de que no lo iban a permitir... El tiempo les dio más que la razón. Germán llegó al descansillo un invierno ya nadie recordaba de qué año y nunca más lo abandonó, nunca más pisó la calle, todas sus necesidades quedaban satisfechas en aquel rincón. Se instaló sin pedir permiso y nadie lo cuestionó, vaya usted a saber si la gente sin pensarlo compensó las necesidades de Germán con las suyas propias. El ca...

Aquella otra Navidad, ed. La Esfera Cultural (2012)

Imagen
Luna roja por Navidad La Navidad siempre viene con luces rojas: rojos, azules, verdes destellos intermitentes. Parpadeos silenciosos olvidados por la noche cuando la ciudad se recoge, cuando a nadie interesa contagiarse de alegría prediseñada, cuando se limpia entre bastidores acabada la función preparando el escenario para la siguiente, cuando se entrevén los armazones del artificio. Y es que la Navidad descubre a impostores disfrazados de artistas con aires de originalidad repetida o descolocada, cuentistas de historias increíbles sin ficción, farsas del cortar y pegar.             A Eva le gusta la luz roja que anuncia la Navidad, la que tiñe la luna de diciembre, la legítima que viene cargada de relatos inventados para cautivar a mentes fantasiosas, imposibles de no creer. La luna roja que lame los sentidos avivados en las noches más largas del invierno. El calor de la gente contenta aunque sea por respetar la costumbre, pe...

El circo de la realidad*

Imagen
            Caminé durante cinco días para llegar hasta el centro de aquel circo montañoso, había leído que es el más bello de la Tierra. Llegué mirando al suelo, con cuidado de donde ponía los pies. Por eso se me paró el aire en los pulmones cuando levanté la mirada y me encontré en medio de los picos de nieves eternas. Estaba en el centro del mundo.             El azul del cielo se colaba entre las montañas con los rayos cortantes del sol matinal, exuberantes y descarados por la altitud, en su territorio. El aire helado volaba a sus anchas, y tan ancho era que no me cabía en el pecho. Silencio.              Miraba y sentía que no era capaz de verlo todo, o de que veía más de lo que estaba acostumbrada a mirar. La vista era también tan ancha que no me cabía en los ojos.          ...