V Simposio Canario de Minificción, ULL
Horizonte de colores Rojo, naranja, violeta… Cuando Pablo se despertó de la siesta sobre el acantilado el sol ya se había ocultado, pero los colores del horizonte no eran los de otras tardes: parecían derramados de la paleta de alguien dispuesto a pintar el cielo de nuevo. El aire estaba quieto, como pendiente de lo que se dibujara a ver si tenía que soplar o no. Entonces, el sol apareció de nuevo brotando del fondo del mar y, tan silencioso como en su recorrido de cada día pero mucho más veloz, se posó sobre el acantilado no lejos de donde estaba Pablo, extrañado de no quemarse. Un chico idéntico a él se bajó de la bola luminosa. No sintió miedo, era como si conociera a ese chico, como si fuera él mismo en otra dimensión: no había nada que temer. —¿Nos vamos? —dijo el recién llegado. —Claro, volvamos a casa, es tarde —le contestó Pablo. Luces al atardecer ...