28 febrero 2026

Sin tino

Antonia ingresó en la residencia de las monjas por voluntad propia. Nadie entendió muy bien por qué, cuando nunca había sido muy religiosa. Además, a sus ochenta y tres años, era una mujer independiente para sus cosas: vivía sola en su propia casa de viuda sin hijos. Sus dos únicos sobrinos le echaban un vistazo. A ella y a su cuenta bancaria, que tenía Antonia cierta tendencia a autodesvalijarse y más de una vez los sobrinos habían tenido que acudir al rescate de la tía. Casquivana, tampoco, solo un poco manisuelta, de toda la vida. El caso es que estaba encantada en la residencia, y las monjas encantadas con ella. Y tan encantadas estaban todas que Antonia colaboraba con las monjas en las tareas del centro: ayudaba en la cocina, con la ropa, con las camas, con las residentes que necesitaban más cuidados… Una delicia. Aunque en realidad, a Antonia a lo que más le gustaba ayudar era con el reparto de la medicación, y hay que ver cómo controlaba las pastillas: ni una de más ni una de menos. Bueno, alguna de menos sí empezó a notar la doctora que atendía a las internas, que no había manera de que le cuadraran las cuentas. Que si se habrá extraviado un blíster, que si alguna se las habrá tomando de más, que si yo reparto las que usted indica… Que si siempre faltaban las de los nervios… En fin, que a sor Juana no le quedó más remedio que requisarle las llaves de la farmacia que le había confiado a Antonia, una vez registradas las gavetas de su mesilla de noche, repletas de remedios para los agites del alma.

—Pero tía, ¿cómo se le ocurre robarse las pastillas de los nervios?

—Y para qué crees que vine aquí, que con don Manuel, mi médico, no había manera de entenderse, que era un tacaño con las recetas. Y tú sabes que yo padezco de lo mío, que si no me tomo las pastillas me dan fatigas… Mira, mira… parece que me quiere venir una…

Y perdió el tino, vigilando por el rabillo del ojo. 

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