Artículo publicado en el número de abril del boletín Doctutor de educación médica (semFYC)
Resumen:
Leer y escribir siempre han estado muy vinculados a la práctica médica, solo hay que recordar a grandes escritores que fueron médicos, como Pío Baroja, Conan Doyle o Chéjov, además de la propia literatura científica. En mi caso, esta afición me ha llevado de nuevo a la Universidad hasta graduarme en Filología Española. Con la intención de acercar mis dos pasiones, se me ha ocurrido llevar las letras a la consulta para vincularlas con la ciencia médica y que ciencias y letras trabajen juntas como nunca debieron dejar de hacer. Para ello, he iniciado la tarea de elaborar un librimecum para la prescripción literaria personalizada o a la carta o literatura de precisión. Estos son mis primeros resultados, espero que les sirvan de inspiración.
Al leer dos de los artículos publicados en el número de Doctutor de febrero, «Recetar un gato a pacientes mayores solitarios y aislados» y «A todos los libros que me salvaron la vida», se me ocurrió compartir mi experiencia prescriptora de libros en la consulta, siempre tan útiles para atajar la soledad y rescatarnos de nuestras mayores zozobras, y también de las menores de nuestra vida cotidiana. Con la intención de contextualizar mi propuesta, presento brevemente mi trayectoria personal: actualmente ejerzo como médica de familia en un centro de salud urbano, actividad que siempre he vinculado con mi afición por las letras. Esta afición se ha materializado en los últimos años con la publicación de varios libros de ficción, así como con la graduación en Filología Española por la Universidad de La Laguna en junio de 2025. Aprovechando este bagaje, y con la intención de acercar las letras a las ciencias, lugar del que nunca debieron alejarse, me he lanzado a elaborar un librimecum para prescripciones bibliográficas personalizadas en la consulta, o a la carta, lo que se podría calificar como literatura de precisión, que quién sabe si en el futuro se convierta en un nuevo enfoque asistencial. Estos son mis primeros resultados. Absolutamente subjetivos, desde luego: hace unos días me criticaron la falta de rigor científico porque mis prescripciones son intuitivas, y así es, esto es pura literatura. Intuitivas y sugestivas, tanto en el sentido de ‘sugestionar’ como en el de ‘sugerir’. Espero que a los compañeros bibliófilos como yo, práctica tan arraigada en la tradición médica, de lectura y de escritura —Pío Baroja, Luis Martín Santos, Arthur Conan Doyle, Michael Crichton, Chéjov o Bulgákov fueron médicos, por mencionar solo algunos ejemplos—, además de la literatura científica, les sirva de inspiración.
El primer paciente que traté con libros, además de con el tratamiento habitual, lo hice porque su situación me recordó a una novela que acababa de leer: David Golder, de Irène Némirovsky. Se trataba de un señor de unos setenta y cinco años, ingeniero jubilado y con aceptable buena salud hasta ese momento. Lo conocí, porque antes no iba a la consulta, tras el alta hospitalaria por un primer episodio de insuficiencia cardíaca. El señor se había recuperado bastante bien, pero llevaba bastante mal que su cuerpo estuviera empezando a traicionarlo, que era cómo él veía su enfermedad del corazón. Por más que le explicaba que todo había ido bien, que con los nuevos tratamientos llevaría una vida prácticamente normal, a él eso no le servía de nada. Su mujer me contó que solo se levantaba del sillón de la televisión cuando lo llamaba para comer, y que luego volvía a apoltronarse. Que no quería salir ni hacer nada juntos, cuando nunca había sido de ver mucha tele y era un hombre activo. Entonces me surgió la recomendación, reconozco que un poco a la desesperada porque no se me ocurrían más argumentos para sacarlo de su estado depresivo —de su trastorno adaptativo—: «Lea este libro para que vea la suerte que tiene usted, que tenemos todos, de haber nacido un siglo después que el señor Golder, con lo que han evolucionado los tratamientos para la insuficiencia cardíaca. El pobre señor Golder no podía ni subir un tramo de escaleras, y usted sí puede, ¿verdad? Ya me contará». Su mujer tomó nota enseguida del título y pensé que se lo leería ella. Pero no, resultó que unos días después el paciente acudió de nuevo a la consulta: «Doctora, no sabe lo que me ha gustado el libro que me recomendó el otro día. Me lo he leído en un momento y ahora se lo está leyendo mi mujer. Es verdad lo que usted dice, me ha animado mucho. ¿Me puede recomendar otro?». La mujer me confirmó la ruptura del círculo vicioso: «Es verdad, doctora, se ha pasado estos días leyendo, ya no ve la tele, y hemos ido a pasear y a hacer algunos recados todas las tardes. Eso sí, después de comer, ni siesta ni televisión, que quería terminarlo para venir a pedirle otro». Las letras, siempre tan sugerentes.
El siguiente caso que quería comentar es el de un señor cercano a los sesenta años, funcionario, con los hijos ya adultos y emancipados, es decir, con la vida ya resuelta. Me consultó en varias ocasiones por una astenia que parecía claramente psicógena, aunque le pedí unos análisis por descartar otros orígenes, que quedaron razonablemente descartados. Un día se me ocurrió decirle, sin muchos rodeos, porque tenemos una buena relación terapéutica, que lo que a él le pasaba era que estaba aburrido. Se me quedó mirando estupefacto y, después de unos segundos, me dijo que efectivamente, que no lo había pensado, pero que era justo eso lo que le pasaba. Yo le apunté que en su vida todo estaba bien, pero que parecía que no era bastante, y también asintió, que quizá tuviera algún asunto que revisar. Apuramos una pequeña conversación al respecto, que sabemos que en las consultas de Medicina de Familia no disponemos de mucho tiempo, y le recomendé La enfermedad del aburrimiento, de Josefa Ros Velasco, un ensayo que yo acababa de leer y me recordó lo que él me contaba. A la siguiente consulta, leía el libro mientras esperaba en la sala y lo comentamos después. Me confesó que le estaba viniendo muy bien su lectura, aunque le parecía bastante denso, y que seguro le ayudaría a replantearse algunas de sus circunstancias vitales, además de pensamientos anacrónicos que ahora sabía que debía actualizar.
Otro paciente, de unos cincuenta y pocos años, con un diagnóstico oncológico reciente de mal pronóstico, con un trabajo muy demandante y estresante hasta que la enfermedad lo obligó a parar, me comentó un día en la consulta que ahora estaba valorando las pequeñas cosas de la vida a las que antes no prestaba atención: un paseo con su mujer, una conversación con sus amigos, un rato pasado con sus hijos… Esas cosas que debemos apreciar siempre, sin necesidad de enfermar. Le recomendé Elogio de las virtudes minúsculas, de Marina Van Zuylen, justo para eso, para apreciar las cosas «suficientes» que tiene la vida. En eso está: me comentó que le estaba resultando muy reconfortante esta lectura.
Una mujer joven, docente de profesión, casada y con dos hijos pequeños, acudió a la consulta porque se encontraba desbordada por su trabajo y por su vida, porque no llegaba a todo. Se trata de una mujer con apariencia frágil, dulce, quizá no apta para los demandantes entornos profesionales y vitales del siglo XXI. Su aspecto me sugirió la seda, así que le recomendé el libro del mismo título de Alessandro Baricco, porque me dijo que leía muchísimo, que los libros la serenaban. Una semana después, de nuevo en la consulta, me agradeció la recomendación, había entendido perfectamente el sentido de mi sugerencia: el libro le resultó sedoso, suave y le había traído una buena dosis de la calma que tanto necesitaba en ese momento.
Una mujer de mediana edad tenía problemas para ejecutar de manera definitiva una decisión vital importante que había tomado. Durante la conversación en la consulta, me resonaron las obras de las nuevas escritoras hispanoamericanas que estudiamos en la facultad de Filología, todo un descubrimiento literario. Le pregunté si le gustaba leer y me dijo que sí, así que le recomendé Limpia, de la escritora chilena Alia Trabucco Zerán, sin saber muy bien por qué. Le comenté que la novela no tenía nada que ver con su caso, pero que me había acordado de ella mientras hablábamos. En la siguiente consulta me dijo que se había sentido identificada con algunos de los personajes de la historia y que le había venido muy bien leerla. Los senderos del inconsciente son inescrutables.
Estos son algunos de los ejemplos que quería compartir, con las debidas modificaciones para preservar el anonimato y sin pretender ninguna rigurosidad académica. Es cierto que estas recomendaciones solo se pueden utilizar con determinados pacientes, muy seleccionados, que sean lectores habituales y tengan inquietudes en cuanto a su evolución personal, porque si no es difícil que consigan extraer las enseñanzas que los libros les puedan ofrecer. También es cierto que le he hecho recomendaciones a otros pacientes que supongo que no han seguido, porque no me han comentado nada después. Nunca les pregunto en la siguiente consulta si se han leído el libro sugerido: si es el caso, me lo dirán, y si no, pues la prescripción no ha funcionado esa vez.
Ahora se da la circunstancia de que algunos de ellos me ofrecen sus propias recomendaciones y otros, incluso me traen un libro de regalo. Además, como me siguen en las redes, porque es un cupo urbano, saben que escribo y algunos han leído mis libros y me los comentan. Sí, es cierto, es una delicia de cupo, vamos camino de convertirlo en un club de lectura, entre controles de salud y recomendaciones sanitarias.
Baricco, A. (1998). Seda. Anagrama.
Némirovsky, I. (2006). David Golder. Salamandra (original publicado en 1929).
Ros Velasco, J. (2022). La enfermedad del aburrimiento. Alianza.
Trabucco, A. (2023). Limpia. Lumen.
Van Zuylen, M. (2025). Elogio de las virtudes minúsculas. Siruela.
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