Las cosas del corazón
Llevo ya tiempo en esto de pasar consulta y empezaba a tener mis dudas de que los tratamientos que les prescribía a mis pacientes fueran tan eficaces como anunciaban las guías de práctica clínica. En muchos casos pensaba que faltaba algo, que estaban bien, pero incompletos. Después de darle muchas vueltas, y como tantas veces pasa en la ciencia, la respuesta me llegó por casualidad. Sí, como le pasó a Fleming con la penicilina, pero a escala de consulta de médica de familia local.
Alejandro no se terminaba de adaptar a haber rebasado los ochenta, a pesar de que estaba como una puncha, pero claro, había sido un guaperas rompecorazones de toda la vida y le costaba aceptar que el siguiente corazón que rompiera podía ser el suyo. Y ese fue el caso: insuficiencia cardíaca izquierda, determinaba el informe del alta hospitalaria. Pues a encajarlo nos pusimos, entre su mujer y yo: que estás muy bien, que el cardiólogo te dijo que con los nuevos tratamientos te vas a recuperar, que vas a poder hacer lo mismo de antes… Y él, negado, ni nos contestaba, como diciendo «ustedes qué sabrán». Y yo explicándole que, como le dijo el cardiólogo, los nuevos tratamientos son muy eficaces; y él, que ahora podía alimentarse solo de pastillas; y yo, que menos mal; y él, que me fuera a tomar… Nada, no había manera. La mujer vino un día sola a la consulta a contarme que estaba en casa como un mueble, que iba a comer cuando lo llamaba y volvía a colocarse frente al televisor, cuando él nunca había sido de mucha tele, y así se pasaba desde la mañana hasta la noche, ni le hablaba. Estaba desesperada y me pedía consejo, pero se me habían gastado los argumentos.
A la siguiente consulta tuve una ocurrencia. No sopesé las consecuencias, la verdad, y voy y le recomiendo el libro que acababa de leer, porque me había recordado su caso: David Golder, de Irène Némirovsky. No las vi venir y ahora, cuando ya la cosa no tiene remedio, me doy cuenta de que hay que inventar con prudencia.
—Alejandro, se va a leer este libro y lo comentamos en la siguiente consulta. Así se dará cuenta de la suerte que tiene de haber nacido cien años después que el señor Golder, que, el pobre, no disponía de tratamientos como los suyos para tratar su corazón a principios del siglo XX. Ya verá que le gusta.
—Dígame el título otra vez, doctora, para apuntarlo. Esta misma tarde se lo compro. —Agarró su mujer el clavo ardiendo. Alejandro me miró atravesado.
El caso es que a la semana siguiente lo vi de nuevo en el listado de la consulta y pensé que ya no me quedaba nada más que inventar para él, que a ver si se me ocurría algo nuevo para animarlo. No pensé que lo del libro hubiera sido tan efectivo.
—Doctora, cómo me ha gustado el libro que me recomendó. Vengo para que me diga de otro, que le he cogido el gustillo.
—Si viera, doctora, lleva toda la semana enganchado al libro. Cuando le quedaban pocas páginas, me dijo que fuera cogiendo cita con usted, que quería venir a por más —confirmó la mujer.
—Cuánto me alegro —dije yo, ya dándole vueltas a la cabeza a cuál iba a ser mi siguiente recomendación.
—Fíjese que ahora se levanta de comer y se va a leer, ya no ve la tele —comentó la mujer, encantada—, y luego me lee los párrafos que más le gustan, sin destrozarme la trama, que quiere que yo lo lea también.
—Estupendo. Pero recuerden que tienen que hacer ejercicio, no pueden estar todo el día en casa. —A ver si el remedio me iba a salir peor que la enfermedad.
—Claro, claro, esa tarea la tenemos pendiente —dijo ella.
—Pero vamos a empezar hoy mismo, Aurora —dijo él. Y ella, estupefacta.
Y yo, impresionada. Y presionada, tenía la mente en blanco para la siguiente lectura.
—Entonces, doctora, ¿qué me recomienda para seguir? Me gustan estos escritores del este, como la Irène.
—Pues ya está: los cuentos de Chéjov, que además de ruso, era médico. —Me lo puso en la boca.
La mujer ya lo anotaba en su libreta.
Salvada por los pelos, pensé. Iba a tener que hacerme un librimecum para tenerlo disponible en sus consultas.
A la semana siguiente volvía a estar en el listado de pacientes, pero esta vez ya no me iba a coger desprevenida.
—Mire, Alejandro, los del este están bien, pero yo creo que nos debemos a los nuestros, ¿no cree? —le propuse.
—Claro, doctora, lo que usted diga, ya sabe que siempre sigo sus tratamientos al pie de la letra —me devolvió con un guiño.
—Entonces, vamos a continuar jugando con las palabras —le confirmé nuestra sintonía lingüisticoliteraria—: el siguiente será Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, por seguir con los médicos escritores.
Se despidió brevemente y abandonó la consulta con prisa, seguido de su mujer, que me miró con un rictus interrogante al que no supe responder. No sé si incluso con un punto de reproche: supongo que se me veía más de la cuenta el plumero de mi gusto por los libros y no debía estar tan encantada con la promoción de las adicciones entre mis pacientes, pero de eso me daría cuenta más tarde.
A los pocos días estaba citado Jacinto, un paciente de setenta y cinco años, cardiópata desde hacía mucho y que lo acababan de intervenir de un triple bypass.
—Doctora, vengo porque me recomendó mi amigo Alejandro que le consultara por los libros que usted receta para las cosas del corazón. David Golder ya lo leí, me lo prestó él. —¿En serio? No me lo podía creer…
—Claro, claro. Pero dígame, ¿a usted qué cosas le gusta leer? —le pregunté, por ganar tiempo. Mi listado era para Alejandro, no lo había pensado para uso universal.
—A mí, de todo, con que cuente una historia interesante, yo me engancho fácil. —Bueno, no me lo ponía difícil.
—Pues para lo suyo le recomiendo Salvo mi corazón, todo está bien, de Héctor Abad Faciolince, así ve la suerte que tiene de habitar del lado de la sanidad pública. ¿Lo ha leído?
—Pues no. Me pongo a ello y ya le cuento. —Vaya, por lo que se veía iban a plantear las consultas para comentar lo leído y venir a por otro, así que o me organizaba o esto se me iba de las manos.
Al día siguiente vino Guillermina, una señora que rondaba los ochenta, con su cita correspondiente.
—Doctora, que me he enterado en la calle de que usted receta libros para las cosas del corazón y he pensado que lo mismo tiene algo para lo mío.
Esto se ponía interesante porque, que yo supiera, Guillermina no padecía del corazón.
—¿A qué se refiere, Guillermina?
—Mire, doctora, yo no le había contado nada por no entretenerla en las consultas y porque no creía que usted pudiera hacer algo con lo mío, pero por lo que me han contado, pues lo mismo sí. Es que, como usted sabe, yo me quedé viuda hace muchos años, y resulta que en la asociación de mayores donde voy he conocido a Carmelo, y si usted viera lo bien parecido y simpático que es… Me tiene boba, pero no me hace ni caso. Claro, como somos tantas mujeres solas, que ya sabe que las que enviudamos somos nosotras… Pues eso, que lo mismo usted tiene algún remedio para ayudarme con esto. —Y se me quedó mirando expectante. Y yo sin saber qué decir.
—Bueno, Guillermina, si se refiere a un conjuro, ya le voy diciendo que no conozco libros de esos. Ahora, si se refiere a libros para hechizar la conversación, le recomiendo Madame Bovary, no conozco a nadie que haya podido evitar sus encantamientos. —Escapé por los pelos, no sé de dónde me vino la inspiración. Guillermina abandonó la consulta casi sin despedirse, con prisa antes de que cerraran la librería del barrio.
Poco a poco, cada vez eran más pacientes los que pedían cita buscando remedios literarios. Mi librimecum iba alimentándose de las propias propuestas que iba improvisando para ellos. Y también poco a poco, cada vez me costaba más que siguieran los controles de salud.
—Benito, le toca la analítica de control del azúcar. —Él, que siempre era tan puntual solicitándomela.
—Ahora no, doctora, que estamos liados organizando el club de lectura y no me queda tiempo. Más adelante yo le digo.
—Ah, que tienen un club de lectura…
—Sí, doctora, nos hemos ido reuniendo los que leemos los libros que usted nos propone.
—¿¡Ah, sí!? —Perpleja, me dejó.
—Sí, y tenemos un problemilla porque no encontramos donde quedar. Hasta ahora lo estábamos haciendo en la plaza, pero como ha empezado el frío y se hace de noche temprano, pues tenemos que buscar otro sitio. En eso estamos.
—Pues esperemos que lo solucionen pronto, ya me va contando. —Me quedé tan halagada como intrigada.
Unos días después, cuando salí de mi consulta a media tarde para llamar al siguiente citado, un grupo de unos diez o doce pacientes de mi cupo estaban en la sala de espera. Me extrañó que la salita estuviera tan llena de repente, no llevaba retraso.
—Buenas tardes. ¿No me digan que vienen todos sin cita a la vez? —les pregunté alarmada, por si había habido algún error informático en la agenda y los habían citado a todos juntos.
—Nada, doctora, no se preocupe, no tenemos cita con usted —dijo Benito, que parecía el portavoz—. ¿No se acuerda que le dije que no habíamos encontrado donde reunirnos para el club? Pues ya lo encontramos: este es un sitio público y no molestaremos —me contestó satisfecho.
No supe qué replicar, así que asentí y seguí pasando la consulta. Encantada, la verdad.
El caso es que la reunión del club de lectura cada semana en la sala de espera produce un efecto llamada para el resto de pacientes, incluidos los que no son de mi cupo, así que la mitad de la agenda es para consejos literarios y la otra mitad para tratar de que sigan las recomendaciones de las guías de práctica clínica.
Otra cosa es que desde que se inició este giro asistencial, conseguimos cada año bordar los objetivos de control establecidos por la gerencia. Vamos, todos niquelados. Lo que a mí ya no me queda tiempo para estudiar medicina, lo ocupo en rebuscar bibliografía, a veces, hasta por encargo, y cada vez son más demandantes. Además de que yo los tengo que leer todos, porque quieren comentarlos en la consulta, y son muy precisos: un libro semanal, a veces, dos, estoy en un sinvivir.
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