Reseña de Han cantado bingo, de Lana Corujo, en la revista Trasdemar, 19 de septiembre de 2026
Barcelona: Penguin Random House, 182 pp., ISBN: 978-84-10352-01-8
Hace ya unos años, en concreto el 14 de agosto de 2017, el diario El País publicó un artículo firmado por Paula Corroto titulado «El otro boom latinoamericano es femenino» en el que se comentaba la irrupción de nuevas novelistas en el panorama literario latinoamericano. Autoras como la recién premiada con el Premio Aena de Narrativa, la argentina Samanta Schweblin, la mexicana Brenda Navarro, la cubana Ena Lucía Portela o la chilena Paulina Flores, por hacer algunas referencias, han accedido con solvencia a un espacio literario tradicionalmente liderado por hombres. No hay más que recordar la exclusión generalizada de las mujeres entre los autores aclamados en el boom, con García Márquez, Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes como sus principales representantes. El boom excluyó a escritoras de la talla de Elena Garro o Clarice Lispector, nada menos. Pues quizá haya llegado el momento de poner las cosas en su lugar y que destaque el que lo merezca, ya sea hombre o mujer. Un lugar desde el que acceder a esa otra realidad tan silenciada, tan femenina y que tanto ha costado poner en palabras. La realidad que describen muchas veces de manera descarnada algunas de estas autoras contemporáneas.
Y tal vez esta efervescencia latinoamericana haya atravesado el Atlántico y, de la misma manera que hace más de cinco siglos las palabras en español partieron de las islas Canarias para conquistar América —y me gustaría emplear aquí la palabra conquistar en el sentido de ‘seducir’—, hoy nos las devuelvan envueltas con el papel de regalo de la literatura. Sobre estas palabras en español, escribió Pablo Neruda su alabanza a la lengua castellana que dejaron olvidada los conquistadores en América:
Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos (…) a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.
Porque el caso es que a este lado del Atlántico se está produciendo un movimiento similar con autoras canarias como Aida González Rossi, Meryem El Mehdati, Andrea Sánchez Villamandos, Elena Correa, Lana Corujo, Andrea Abreu, Sophia Hidalgo, Katya Vázquez Schröeder, por mencionar algunas de ellas. Autoras que escriben sin complejos en la variedad dialectal canaria y sobre los temas que las tocan. Escritoras que han atravesado el tradicional aislamiento insular hacia ese universo glocal que habitan con la desenvoltura propia de su generación.
La obra a la que voy a dedicar esta reseña, Han cantado bingo, se publicó en 2025 y es la primera novela de la escritora e ilustradora lanzaroteña Lana Corujo (1995). Un lanzamiento muy atrevido que ya ha trascendido los circuitos locales para difundirse más allá de la zona de confort isleña: lleva 11 ediciones y está prevista su traducción a varios idiomas. Así que parece que la autora también puede ya cantar bingo. Aunque ella se dedica profesionalmente a la ilustración.
Lana Corujo ha participado además en la antología Diarios de encierro, una recopilación de relatos escritos por mujeres hispanohablantes durante el confinamiento y publicada en 2020. Ha publicado el poemario Ropavieja en 2021. Y en 2022 publicó Nueve dos ocho, que aunque las referencias de la propia Fundación Mapfre Guanarteme y la editorial Canarias en letras encargadas de su edición la clasifican como poemario, se trata de relatos cortos en los que la autora desgrana episodios infantiles donde suele revolotear la casi omnipresente abuela, a la que responsabiliza de sus andanzas literarias: «Mi pasión por la literatura viene de las anécdotas que me contaba mi abuela». Un trasfondo que parecen valorar mucho las nuevas generaciones de escritores canarios si consideramos que Óscar Liam ha hecho lo mismo en su obra Las Galletas. Y es que lo que se escribe no se pierde.
Han cantado bingo es una novela cargada de simbolismo y muy visual —como corresponde a un texto escrito por una ilustradora—, empezando por el propio volcán, «El Ahorcado», la «montaña sagrada» a la que la autora coloca los ojos que una tarde imaginó en el paisaje volcánico de su Lanzarote natal tras plantearse la pregunta: «Qué pasaría si de pronto fuera el paisaje quien nos mirase a nosotras».
Los ojos redondos como boliches con los que me mira El Ahorcado. Mirarlos arrebatada. Comenzar otra vez el juego y girarme a la mitad, pararme y decirle: «¿Estás enfadado porque yo fui la que les abandonó?». No lo entiendes, pero mis padres me quieren adulta y los monstruos desaparecen cuando creces. […] Me repite [el padre] que yo soy grande e inteligente para tanta fantasía. Yo le obedecí a medias y siento que ahora el castigo me persigue sin hacer ruido. No los dejé de imaginar, solo los enterré en mi lugar favorito, Y ahora ese lugar me clava la mirada. (Corujo, 2025: 52)
Lana Corujo recrea un universo simbólico que actualiza el realismo mágico a la realidad canaria, cargada de referencias esotéricas desde tiempos ancestrales. Como el «don» familiar que atraviesa toda la historia y que podría interpretarse como una condena o como un privilegio: ¿maldición o bendición?, según como se interprete. Para la familia, se trata de un legado inevitable integrado en la vida doméstica; para la madre, que piensa que no lo ha recibido, constituye un estigma excluyente. La hermana, que se desdibuja del asiento en cuanto el avión despega porque «la herencia» no puede salir de la isla, recuerda a la escena de Remedios La Bella de Cien años de soledad, pero invertida: en vez de ascender, desciende. Una versión de la historia renovada para el siglo XXI. Quizá una sensación parecida haya sentido la propia autora cuando abandonó la isla para irse a estudiar a la Península: en ese caso, sería la niña Lana la que se quedaría en Lanzarote.
Simbolismo que incluye lo onírico en una niña asustada porque sus padres muchas veces la dejan sola con la hermana para ellos irse a «BAR». Llama la atención que la ausencia del artículo para referirse a un bar particular lo convierte en el lugar universal donde los padres consienten el abandono de sus hijas. Descuido que se extiende a la abuela, que también las deja a su aire para irse a jugar al bingo. Ninguno tiene mala intención, sino pura inconsistencia familiar. Relaciones ambiguas en las que todos se quieren de una manera desapegada. Un amor que no se declara, encerrado en los silencios cotidianos o en los discursos simplificados que hay que ir interpretando.
Tengo ganas de hacer pipí y ellos vuelven a estar junto a la puerta. Me miran todo el rato. Tienen una forma diferente a la mía. […] Cuando la luz está apagada, siempre salen ellos. Y me miran. No dejan de mirarme. Tengo pipí y me da miedo ir al baño. Tendría que levantarme y pasar por su lado sin saber qué me harían. Si estoy quieta, no se acercan. A veces caminan por la habitación. Oigo cómo hacen ruido cuando mueven los juguetes. Si los busco, sus ojos brillantes blancos miran los míos, brillantes negros, hasta que noto mi pijama enchumbado. (Corujo, 2025: 37)
Y luego está la culpa, que atraviesa toda la historia y se reparte hacia arriba y hacia abajo en la jerarquía familiar, por acción o por omisión. La culpa que arrastrará la protagonista desde el odio a la hermana porque cuando eran niñas funcionaban como un lote indivisible, hasta la gran culpa por el desenlace final. Culpa por la vida y por la muerte, por el cuidado y por el descuido, de generación en generación. Un pecado que será juzgado con severidad a los ojos del volcán.
Todo este simbolismo se expresa en la novela con una estructura disruptiva, atrevida, elaborada y, desde luego, lograda. Desde este punto de vista, lo primero que impresiona de la novela es la manera tan original con la que la autora arrasa con todas las normas ortotipográficas vigentes: nada de acotaciones para los diálogos, sino que hay que leer con atención para seguirlos —varias personas me han comentado que les resultó difícil de leer—, porque están escritos en párrafos continuos en los que la voz de cada personaje está marcada con un resalte tipográfico diferente, pero el mismo para cada uno. Incluso utiliza el subrayado, prácticamente un pecado mortal en literatura. Además de la profusión de corchetes (llaves de apertura y cierre:{}) que pareciera que usa porque le gustan y nunca había encontrado el sitio adecuado para colocarlos, así que se inventa sus propias reglas y las aplica con precisión. Según palabras de la autora, creó un simbolismo propio para cada resalte: cursiva para la protagonista, que sugiriera fragilidad y duda; subrayado para las intervenciones de la hermana, que no podía expresar en un diálogo convencional porque está muerta desde el principio y pretendía así subrayar su importancia; corchetes de llave para todos los demás personajes, con la intención de mostrar la incomunicación de la protagonista con el mundo que la rodea. La autora comenta que esta escritura tan visual le viene de su profesión como ilustradora, dado que le resultaría imposible no relacionar sus actividades creativas. Y cuenta que escribe para divertirse porque con la ilustración, como se ha convertido en su trabajo, ya no se divierte igual. Además, sitúa el origen de sus creaciones en el patio interior al que daba su dormitorio de niña, donde tendían la ropa, un lugar sin paisaje que tuvo que inventar desde muy pequeña.
Esta estructura heterodoxa se extiende a los títulos, todos en minúscula con un superíndice, que también decide que se refiere a la edad de la protagonista en cada texto. Una edad que va disgregando los episodios con una cronología igual de arbitraria, como son los recuerdos. Pero con esta aparente anarquía temporal, que no lo es porque ella confiesa que pensó mucho la organización del texto, además de intuir desde el principio que la hermana ha muerto, consigue mantenernos en vilo sin que el suceder de los acontecimientos tenga demasiada relevancia, sino el cómo suceden. Acontecimientos que van redefiniendo la infancia, áspera como el rofe con el que los volcanes cubrieron la isla hace tres siglos. Una infancia no siempre feliz, a veces inquietante, plagada de ambigüedades, donde los personajes se quieren y odian a la vez: la protagonista —de la que no se conoce el nombre porque al estar escrita en primera persona, no va a llamarse a sí misma— con su hermana; los padres con las hijas; la abuela con todos… Las contradicciones de la vida misma, de todos los seres humanos: ni tan buenos ni tan malos. Esta escritura en primera persona obliga a la narradora testigo a comprometerse con sus circunstancias vitales hasta su propio indulto final, sin fisuras temporales: la voz de la protagonista se adapta a la edad de cada capítulo.
Caminamos juntas hacia El Ahorcado. El lugar donde guardaré la herencia de mi hermana. Mis pies resuenan sobre el rofe. Es de día y el volcán luce hermoso. Aleja tiene diez años y el pelo negrísimo. Nos sentamos sobre la tierra cuando llegamos junto a él. He dibujado un lugar para mi hermana. Todas las cosas que le gustan. Un mundo sin peligro para su infancia infinita. […] Camino sola en dirección a la cocina de Abuela; cuando me giro, veo los ojos brillantes del volcán, los monstruos del color del piche, a mi hermana Alejandra. Toda mi infancia recogida en un lugar en el que dejé que mi imaginación corriese libre e indómita. Un trocito de paisaje que transformé para soportar un mundo que no alcanzaba a responderme, donde me refugiaba de la ferocidad de la vida. A todos les estoy diciendo adiós. (Corujo, 2025: 178-9)
En definitiva, un texto brillante con una propuesta estructural original que no descuida el más mínimo detalle y que recomiendo como lectura de obligado cumplimiento. Sí, se trata de una recomendación obligatoria. Una autora joven con una escritura consolidada que seguro nos deleitará con futuras producciones. Así que le deseo, y le reclamo, muchas más letras.
Lana Corujo participó en el II Encuentro Literario de Mujeres Escritoras Canarias organizado por la Universidad de La Laguna, el Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna y la Fundación CajaCanarias el martes 14 de julio. Algunas de las reflexiones desarrolladas en esta reseña proceden de esa conversación.
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