Bueno, lo que faltaba en el barrio era un perro disfrazado, lo que le faltaba al pobre perro, también. Y de bailarina, ¡lo han disfrazado de bailarina! Hay que tener malas pulgas… Pobre bicho, anda, ven, ven con mamá, que te voy a adecentar… Lo primero, quitarte ese frufrú estirado que seguro hasta te pica, porque es de los chinos fijo. Por Dios y la Virgen, con lo bonitos que tienes tú estos rizos canelos. Claro, que ahora los tienes todos aplastados, te los voy a cardar pa que te quedes guapo. ¡Ah, no!, que eres guapa, miniña bonita. Ya está, mejor así. Mi Pedro te va a traer comida, él se las arreglará, como con todo.
—¡Pedrooo…! Ven…
—Mmm…
—Que vengas, que te necesito, deja esos libros un rato, por Dios y la Virgen, que yo no he visto mayor enganche.
—Espera, mujer, que estoy terminado el capítulo.
—Tú siempre estás terminando el capítulo.
—Que ya voyyy… ¿Qué quieres ahora? ¿No ves que es mi hora de la lectura?
—Qué hora de la lectura ni qué nada, como si aquí en el barranco hubiera hora pa alguna cosa.
—Pues tenemos que ir poniéndola, a ver si podemos ir avanzando y salir de esta.
—¿De esta? ¿De qué esta? ¿No estarás pensando salir del barranco para volver a lo mismo?, pa volver a arruinarnos y tener que bajar de nuevo, ahora que ya estamos instalados. No, no, no, de eso nada. Nos quedamos aquí, que estamos divinamente, ¿o no?
—Bueno, divinamente… en fin. ¿Qué querías? Y ese perro, ¿de dónde lo has sacado?
—Perra, es perra. Tú sabes que nosotros no sacamos las cosas de ningún lado, todas se vienen solas. Que el barranco es lo que tiene, que es como un imán. Se vino sola, ¿verdad, churri? Yo creo que directamente del Carnaval. Con un disfraz de bailarina que no te voy a enseñar. ¡Qué vergüenza!, la pobre. Bueno, el caso es que hay que conseguirle comida.
—¿Comida pa la perra? ¡Lo que faltaba! Si no tenemos ni pa nosotros. ¿Dónde voy a conseguir yo comida de perros?
—Verás que sí, Pedro, verás que sí, que tú siempre lo consigues todo. ¡Muack! ¿No ves cómo te mira?
—No, si la cara de la perra es pa verla, clavada a la tuya, lo que me faltaba, otra más pa mandar…
—Guau, guau, guauuu…
—Y ahora ¿qué te pasa, chiqui? A dónde te quieres ir, con lo tranquila que estabas.
—Guau, guauuu…
—Parece que ha visto a alguien conocido, deja ver. Sí, por allí viene bajando una mujer. Déjala suelta a ver lo que hace.
—Pues irse corriendo, qué va a hacer. Pero a mí esa me tiene que dar una garantía de que la perra es de ella, si no, no se va de aquí.
—¿Garantía? Qué más garantía quieres, no ves que son tal pa cual.
—La verdad es que sí, que los rizos de loba de ella son como los de la perra, y mira cómo se le tira al cuello.
—No serás tú la que vestiste de bailarina a la perrita, ¿no?
—¿Yo? Si no tengo ni pa vestirme yo.
—Pero ¿no es tuya la perra?
—Bueno, desde anoche sí, que me la encontré enrollada a mi lado cuando me desperté esta mañana después de la trompa carnavalera. Pero ni idea de dónde salió. El Carnaval es lo que tiene, que confunde muchas cosas.
—Ah, menos mal que no fue cosa tuya lo de vestir así al pobre bicho.
—Pero si hasta se parecen…
—Pedro, no digas tontadas.
—No, si es verdad, dicen que los perros se acaban pareciendo a sus dueños, pero en este caso, será por eso que se me acercó.
—Sí, te vio como de la familia.
—¡Pedrooo!
—Pero si es verdad…
—Bueno, en fin, ¿te la vas a llevar?
—¿Y a dónde me la iba a llevar? Si no tengo a dónde ir…
—¿Dónde vives?
—Por ahí, depende del día.
—Y hoy, ¿dónde vives?
—¿Puedo quedarme aquí?
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