04 enero 2026

Lluvias

 


Barranco de Santos

No he leído Ana Karenina, lo confieso. No les voy a mentir, las novelas gordas se me resisten: como tengo tantas lecturas en la lista de espera, una historia larga me parece traicionar mi infidelidad de lectora TDAH[1], que nunca ha podido leer un solo libro a la vez, pero la AEMET[2] me ha persuadido de que ahora o nunca, porque en Santa Cruz no va a parar de llover en más de una semana. Cualquier ciudadano de otras latitudes más al norte —o al sur sur— diría que eso qué importa, pero para los que vivimos aquí es la señal del confinamiento: «¡Pero mira que hace frío!, no se puede salir a la calle. Y en La Laguna es peor. Desde que hay nieve en el Teide, el frío se nota…», aunque se trate de una lluvia tropical y los termómetros marquen más de 20º C —bueno, en La Laguna bastante menos, esa es la verdad—. Pues como les decía, nosotros, los chicharreros, sacamos las mantitas —que tenemos un montón porque nos las regalamos en Navidad y nos resulta imposible desgastarlas por el uso: también confieso, que me ha dado hoy por ahí, que he tenido que abrir la ventana más de una vez para que entre el fresco y así poder usar mis mantitas… es que si no me dan calor—, hacemos chocolate y nos entregamos al sofá: ya ahí cada uno hace lo suyo, no voy a preguntar. Yo me pongo a leer, y siguiendo las precisas recomendaciones de la AEMET, me he lanzado a la conquista de Ana Karenina con el argumento de que, si cuando termino una buena historia, me siento como si mi vida no tuviera sentido, con esta voy a conjurar mi falta de sentido existencial durante más tiempo. Aunque depende de lo que duren las lluvias, a ver si me da tiempo a leerla entera.

El caso es que no les he contado el porqué de precisamente este novelón —en todos los sentidos—, y es que yo soy mucho de escuchar a las sincronías de la vida, y si son literarias, pues nada más que hablar: acabo de leer en dos novelas consecutivas el mítico comienzo de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz es infeliz a su modo», en La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, y en Este imbécil va a escribir una novela, de Juan José Millás. No puede ser casualidad, tiene que ser una señal directa del universo literario. Ya les contaré.


[1] TDAH: Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. 

[2] AEMET: Agencia Estatal de Meteorología.

10 diciembre 2025

Sangría fresquita


Odio las fiestas del pueblo, desde chica. Primero, justo por eso, por chica, que me perdía entre tanta gente grande desatada, como si fuera su primera fiesta… o la última. Segundo, porque nunca me gustó desatarme, que luego va y pasa cualquier cosa, como pasó. El caso es que con diez años no se puede beber tanta sangría, bueno, ni con más tampoco, pero yo tenía diez y la sangría fresquita, llena de frutas y cubitos de hielo que prepararon los vecinos para invitar a cualquiera que pasara por su patio no era el zumo dulcito que a mí me pareció. ¡Qué rica estaba!, de eso sí me acuerdo, de lo demás, no. Así y todo, no sé por qué me tengo que creer que fui yo y no el resto de la peña que estuvo por allí, aunque sangría es verdad que no les dejé mucha, la que encendió la mecha de los voladores que tenían preparados para tirarle a la virgen en la procesión. Yo de eso no me acuerdo. Me contaron que tiré un cenicero lleno de colillas al rincón de la pólvora. ¡Vaya por Dios!, como si yo supiera donde habían colocado los fuegos. ¿Y por qué tuve que ser yo? ¿Por qué?, si no quedaron ni rastros para pruebas. Si yo ni me quemé, que recuperé el tino con la escandalera. Por eso me culpan, porque fui la única que salí entera, ni un rasguño. Revuelta sí, bastante, y con la cabeza dando vueltas, bastantes también. En fin, que no soporto la fumadera, ni sus restos tampoco.

09 diciembre 2025

Caracteres dominantes


El niño nació prematuro, dijo la madre, aunque para el bautizo ya se le veía bastante recuperadito, y eso que no tenía ni tres meses. Es que los niños de hoy crecen más rápido. Y allí estábamos todos los convocados a la macrofiesta que el padre septuagenario había organizado, pagado, para la ocasión, que ya no iba a organizar ninguna más… en principio. Los hijos cuarentones del anfitrión con cara de circunstancias: no iban a dejar de asistir y que el padre los desheredara, que todavía estaba a tiempo de ajustar el testamento y ahora eran uno más para repartir. Y con aquel enano morenazo, que se le veían los rasgos caribeños desde el Maxi Cosi: salió todo a la madre. Es verdad que lo rubio se hereda menos, parece que son rasgos recesivos, nada que hacer con los dominantes del trópico. Eso decía el padre, que no tuvo nada que hacer: lo embrujaron. Allí estaba, privado con su hombría revitalizada.

El notario llegó a la hora prevista —a este lo pagaron los hijos—, justo antes de que las aguas bautismales limpiaran al recién nacido del Pecado Original, o del pecado en general, no sé muy bien. La madre del niño hizo por sincoparse. El padre se sincopó de veras. El caso es que aprovecharon el mismo notario para redactar el testamento con la herencia distribuida a partes iguales entre los legítimos herederos. Los verdaderos.

08 diciembre 2025

Mi Primera Comunión


Yo tenía ocho años y era la primera vez que mis dos familias se reunían alrededor de la misma mesa. ¡Qué bonito! ¡Qué ilusión con los preparativos! Mi madre me dejó elegir el vestido: color rosa con volantes y una pamela, todo un atrevimiento para estar empezando a liberarnos de la vestimenta religiosa de rigor. ¡Qué lindo me quedó! La envidia de mis amigas, muy comentado después en el pueblo: «Esa es la que hizo la Primera Comunión con el traje rosado». Y yo, privada, orgullosa de mi buen gusto, ¡qué guapa iba!

De la ceremonia solo me acuerdo del principio, porque yo no había ido a catequesis, una laguna formativa que he arrastrado toda mi vida y que algunas de mis amigas, educadas en colegios religiosos, se han esforzado en reducir, con éxito irregular. Mi madre le dijo al cura del pueblo que ella no me podía llevar los domingos a la catequesis porque nosotros salíamos, y ahí quedó la cosa: él ni le replicó. Pues eso, que no me acuerdo bien porque llegamos tarde, entretenidos en hacernos fotos en la plaza, cuando ya toda la comitiva estaba colocada en la iglesia: los niños, a la izquierda, las niñas, a la derecha.

—Mamá, ¿y yo qué hago?

—Tú haces lo que haga la de delante.

Me quedé tranquila: ¡qué fácil iba a ser aquello de la Primera Comunión! A ver si terminábamos pronto para irnos a la fiesta. No recuerdo mucho más, así que fácil debió de ser.

La mesa estaba preciosa, atiborrada de comida, que si no daba mala imagen. La familia de mi madre trajo conejo en salmorejo, picante, que si no no sabe a nada; la de mi padre, los postres, dulces, que ya amarga era la vida. El caso es que la comida resultó más difícil que la ceremonia, quizá porque tampoco la habíamos ensayado: a la familia de mi padre le pareció un insulto aquel conejo tan picante, con lo que se habían esforzado en darle el punto al quesillo; y a la de mi madre le pareció que se habían pasado con el dulzor del postre, que era incomestible, con el tiempo que le habían dedicado a preparar aquel conejo tan sabroso.

Pa aguafiestas, mi familia: no nos dejaron ni empezar a jugar.

—Venga, que nos vamos.

—Pero ¿cómo nos vamos a ir ya, si acabamos de terminar de comer?

—Por eso mismo, porque ya terminamos de comer.

Y mis padres y yo nos quedamos solos con todas aquellas sobras. Pero mi padre reconvirtió enseguida y avisó a todos los vecinos para que acudieran a rescatarnos. ¡Qué fiesta tan divertida! Todavía la recuerdo y me emociono… 

—No, de mi familia no he sabido más.

23 noviembre 2025

Los Combonautas


La XVII promoción de Medicina de la ULL celebra sus 35 años de graduación


¡Qué bonito todo! ¡Qué reencuentro tan estupendo! Maravilloso… 

Años tratando de reunir pretextos para no quedar, que hasta recurrimos a la excusa perfecta de una pandemia para hacer como si no hubieran pasado treinta años —«Así que pasen treinta años», que decía la canción ochentera—, y al final ya no hubo más remedio que ceder a escuchar a los Combonautas, agotados los argumentos. Pues ya está, si había que ir, se iba y listo. No fuimos todos, que todavía quedó gente que consiguió alguna excusa de última hora para librarse: una viriasis, un deber familiar inexcusable… En fin, los que no acudieron tampoco es que fueran muy creativos, pero el caso es que escurrieron el bulto. A mí me da igual, lo que me da envidia es que no se me ocurriera inventar lo que ya estaba inventado de toda la vida, pero con eso de tratar de huir del lugar común, allí tuve que ir, por falta de imaginación, nada más.

El caso es que todo fue muy bien, mucho mejor de lo previsto: los Combonautas lo dieron todo, y los asistentes lo recogimos con ganas, venidos arriba, hasta arriba de copeteo experto, como aprendimos juntos en nuestra tierna juventud compartida. Todo bonito, estupendo, maravilloso… Un encuentro entrañable —cómo odio esta palabra, pero tengo la imaginación atolondrada desde la gran quedada—. Hasta hubo espontáneos que se atrevieron a compartir el escenario con nuestras estrellas particulares: una locura.

Bueno, la locura vino después. Y todo fue cosa de JC, siempre es culpa de JC, porque él también se viene arriba y luego no se sabe bajar. Luego no hay manera de bajarlo: «He invitado a venir al negro del WhatsApp». ¡Ja, ja, ja!, qué divertido, pues no nos dio la tabarra ni nada cuando estuvo vigente. Pero es que JC, cuando se pone, es muy literal, así que allí apareció el susodicho con la misión de coronar a nuestra reina y sus damas. De lo más pertinente, según él. Y todos temblando, que este se nos despelota en medio de la enfebrecida fraternidad interinsular. Pero no, la verdad es que fue discreto y todos nos quedamos tranquilos: ¡menos mal que nuestro JC se moderó! Y seguimos coreando a los Combonautas, tan felices, ignorantes de lo que acababa de desatar el invitado. 

—¿Alguien ha visto a la reina?

—Pues hace rato que no, estará en el baño.

—En el baño no está, que vengo de allí.

—No sé, la habrá venido a buscar su RV.

—Pues tampoco, porque RV está preguntando por ella en la puerta.

Entonces empezamos a preocuparnos: los Combonautas la llamaban al ritmo de su canción, los demás la buscamos por los alrededores del recinto. Ya estaba oscuro, era difícil distinguir algo entre tanto negro.

—¡Reina! ¿Dónde estás?

—¡Jefaaa! ¿Dónde te has ido? ¿Te secuestró alguien? Ja, ja, ja… —A algunos les costó más recuperar sus neuronas chapoteantes para la causa del rescate de nuestra recién coronada reina de corazones, de los nuestros.

Cuando los consortes empezaron a acudir a rescatar a sus respectivos en sus coches, como habían quedado para no tener que limitar consumos varios para conducir, la reina seguía sin aparecer. Yo me quedé entretenida con los señores agentes de la policía que habíamos llamado para denunciar la desaparición de nuestra reina jefa y que se ofrecieron a llevarme a mi casa. Ellos tan solícitos, desde aquí se lo agradezco, unos profesionales, tan diligentes, tan amables, tan… Bueno, a lo que iba, que ya pensé yo desde que apareció el salido del WhatsApp que aquello lo veía yo un poco oscuro, y como turbulento: ¿qué hacía un caribeño retinto coronando a las nuestras? Y lo peor: ¿qué hacían las nuestras dejándose coronar con aquel déjame entrar por el musculitos tintado? Sí, ya sé que fue cosa del liante de JC, pero ellas parecían completamente entregadas a su papel. Y la jefa era pa verla, no digo más, que no vaya a caer esto en las manos de su RV, que bastante se ha liado ya.  

El caso es que todos se fueron y yo me quedé con los policías hasta el final. En eso que nos llama la atención una bolsa negra caída detrás del grifo de cerveza —personaje principal del día, ya agotado a aquellas horas—. Fui a recogerla pensando que se le habría quedado a alguien y ¡adivinen lo que había dentro!: un cráneo, dos tibias y una vela estrenada. Me partí de risa, los policías azorados, del hallazgo y de mis carcajadas al imaginar cómo se lo iba a explicar a aquellos agentes de la autoridad, tan rigurosos. Cuando recuperé el aliento les aclaré que ya sabía de quién era aquello, de nuestro adejero universal, que llevaba treinta y cinco años tratando de deshacerse de las chuletas de Anatomía. No cuajó, era difícil, la verdad.

«Magia negra», decretaron convencidos. Y yo les di la razón, pero en cursiva, quiero decir, en sentido figurado. Al día siguiente nos enteramos por nuestra propia reina de que, según ella, todo había sido un malentendido y que ya se lo había explicado a su RV, que todo bien. Le pedimos una foto acreditativa de su buen estado para confirmarlo y sí, estaba bien, aunque ojerosa y más despelujada que de costumbre, pero bien: la cara era pa verla… 

De la bolsa negra nunca más se supo.

17 noviembre 2025

Santa Cruz, año 2030

Voy al aeropuerto a recoger a mi primo, que acaba de decidir por fin venirse de Venezuela: «Que no me voy, que yo nací aquí, que mis padres se vinieron desde Canarias con lo puesto, que yo estaba aquí antes de toda esta panda de venezueloides, que soy más venezolano que ellos, que no…». Pues al final tuvo que ser que sí y aquí lo tenemos. Se va a quedar unos días en casa hasta que se ubique. No sé cuánto dinero habrá conseguido traer, tal y como están las cosas por allá, pero vamos a ver si es suficiente, porque con lo caras que andan aquí las casas... En fin, ya veremos, todo sea por la memoria de los abuelos emigrantes.

—¡Hola, primo! Por aquí, ven, estoy aquí. 

Como hace tiempo que no nos vemos, me adelanto en el reconocimiento.

—¡Hola, primo! ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte!

—Lo mismo digo. ¿Solo traes esas dos maletas? Poco embalaje para toda una vida.

—Pues no te creas que saqué mucho más. El resto lo mandé por paquetería.

—Vale. Pues venga, vámonos, que en casa te están todos esperando, y los porteadores cada día son más escasos.

—¿Porteadores?

—Claro, para llevar las maletas, no las vamos a cargar nosotros, ¿no?

A la puerta del aeropuerto, mi primo pone cara de extrañeza de mi regateo con los porteadores, pero eso es porque todavía no conoce los movimientos locales, ya se acostumbrará. También le extraña que cojamos la guagua.

—Primo, ¿tú no tienes coche?

—Tener tener, sí que tengo, aquí todos tenemos o hemos tenido coche, otra cosa es que tenga alguna utilidad.

—¿Y eso?

—Bueno, ya lo vamos viendo, no te voy a explicar todo nada más llegar, que luego no me queda que contarte para otros días… —Hay cosas que son difíciles de explicar, así que será mejor que las vaya descubriendo por él mismo.

Cogemos la guagua hasta el intercambiador de La Laguna. Los dos porteadores que nos acompañan viajan con billetes gratuitos, pagados por el ayuntamiento, ¡qué menos! La cara de mi primo es un poema, o un microrrelato, que no sé a qué viene eso del poema. Tiene muchas cosas que entender, hace más de diez años que no viene por aquí, desde antes del colapso.

Nos bajamos en el intercambiador, a partir de ahí, el trayecto hasta casa se hace caminando.

—¿Vamos a ir caminando hasta tu casa? ¿Pero tú no vives en Santa Cruz?

—Sí, claro, donde siempre. ¿Por qué te crees que contraté a dos porteadores? Hoy hemos tenido suerte, porque cada día escasean más y son más caros. Los estudiantes, que son los que más se dedican a esto para pagarse la universidad, cada día son más vagos, ya no quieren trabajar, se han vuelto unos pijos.

—Pero ¿cómo que vamos a ir caminando hasta tu casa? Si hay como diez kilómetros.

—Bueno, sí, pero en bajada, que no es para tanto.

A medida que bajamos los coches se adensan más en las carreteras, en las calles, todas llenas. En algunos tramos no dejan casi hueco para pasar.

—Pero ¿y estos coches, qué hacen aquí?

—Cola.

—¿Cómo que cola? Si están todos vacíos, no hay nadie dentro, aparentan llevar ahí mucho tiempo.

—Cinco años, para ser exactos.

—No entiendo nada.

En eso, nos encontramos con unos policías locales discutiendo entre ellos y con otras personas alrededor.

—¿Y ahí qué pasa?

—¿Ahí? Nada, los policías tratando de resolver el colapso del tráfico.

—Pues no parece que estén avanzando mucho.

—Nada, ni un centímetro en cinco años. Pero ellos siguen en sus puestos.

—¿Los mismos?

—No, hombre, claro que no. Ellos cambian el turno, algunos de los primeros ya se han jubilado o cambiado de puesto de trabajo, porque este debe de ser bastante estresante, discutiendo todo el día con los conductores alterados.

—¿Cómo alterados? ¿Llevan cinco años alterados?

—Tampoco. No son los mismos, ellos también hacen turnos y algunos también se han jubilado, pero sus hijos les toman el relevo.

—Pero vamos a ver, ¿qué es lo que ha pasado aquí? Explícamelo de una vez.

—Te lo voy a resumir mucho: un domingo de hace cinco años el ayuntamiento cerró toda a ciudad por un evento deportivo, ya nadie recuerda cuál exactamente, y desde entonces no ha sido posible desenredar el nudo que se formó con el tráfico de Santa Cruz. Yo creo que en el fondo ya a nadie le importa, lo que cada cual sigue interpretando su papel por costumbre, y porque tampoco se nos ha ocurrido hacer otra cosa.

Hay que ver la cara de mi primo…

—¡Que no, hombre, que no pienso mover mi coche de aquí! Que se muevan antes todos esos, que llegaron después. 

—¿Tú también les gritas a los policías?

—Claro, es mi deber como ciudadano de a pie, nunca mejor dicho. No vale para nada, los policías ya ni escuchan, pero todos nos sentimos en la obligación de reivindicar nuestros derechos, que ya ves, cada vez más torcidos. ¡Que yo pago mis impuestos! En fin, ya casi estamos llegando.

Ahora la cara de mi primo es un relato corto, ya no un micro.

16 noviembre 2025

Más desahuciados al barranco de Santos

—¡Que te vayas de esta casa, de mi casa!

—Que no me voy, no tengo a donde ir.

—Me da lo mismo, te vas.

—Y a dónde me voy a ir.

—Por mí, donde te dé la gana, como si te vas a vivir al barranco.

No se diga más…

Arturo avisó a su amigo Nicasio para que lo ayudara con la mudanza. No iban a ser muchas cosas, se llevaría solo lo justo, lo que consideraba que era suyo: su butacón de la tele, que aunque estaba algo rajado, seguía cumpliendo su función; la tele no, que la compró su mujer, y él no iba a llevarse nada que no fuera suyo; la mesa baja donde colocaba las cervezas cuando veía la televisión, que ahora iba a necesitar más para no echarla de menos; el cuadro del paisaje con retamas y Teide al fondo que le pintó su prima, más bien alegórico que realista, esa es la verdad; dos bolsas con su ropa, mezclada la de invierno con la de verano, igual que la tenía en el armario, no nos vamos a engañar; una con ropa de cama, aunque sin cama, que ya se irían solucionando las cosas una detrás de la otra, que no se pueden pegar todos los trozos a la vez, le había dicho Nicasio, todo psicólogo, él; una caja con cacharros de la cocina, que eran suyos, su mujer solo pasaba por allí de camino a sus actividades varias, ninguna relacionada con cocinar; y, desde luego, dos cajas con sus libros, que no podía llevarse más, de momento, hasta que encontrara donde ubicarlos, y si es que su mujer se ablandaba en el futuro para recuperarlos.

Pues dicho y hecho, al día siguiente los dos amigos estaban desayunando juntos en la ladera del barranco: bocadillos y café que le había acercado Nicasio, que siempre estaba en todo. En deferencia, Arturo le cedió su butacón y él se sentó en una piedra que había colocado estratégicamente para completar su reinventada sala de estar. Todo perfecto, de momento.

—Arturo, ¿sabes que hay alerta por tormenta para mañana? —empezó Nicasio con la boca llena.

—¡No me jodas! ¡Qué oportuna! Meses sin una gota de agua y tiene que caer justo mañana, también es mala suerte.

—Pues algo tendremos que inventar, porque aquí, al raso, se te va a empapar toda la mudanza.

—Y qué se te ocurre, porque a tu albergue no puedo ir con todo esto.

—No, desde luego que no.

—¡Pero esto qué es! ¡Si han instalado aquí su apartamento!, en terreno público —espetó el agente de la Policía Local sin dar ni los buenos días.

—¿Quiere café, señor agente? —Fue lo primero que se le ocurrió decir a Arturo.

—Gracias, ya tomé —que la educación es lo primero—. Pero vamos a ver, a quién se le ocurre instalarse a la vera del barranco con todos sus enseres. Imagínense que todo el mundo hiciera lo mismo: tendríamos el barranco superpoblado.

—Mire, señor agente, mi mujer me echó ayer de casa y no tengo a donde ir. Me traje mis cosas porque si no, la bruja no me las deja sacar.

—Ya, me hago cargo, no sabe lo que lo entiendo —parecía realmente documentado al respecto—, pero aquí no se puede venir a vivir —recuperó el tono enseguida. 

—Es que no se nos ocurrió, a mi amigo y a mí, otro sitio para llevar mis cosas. Él vive en el albergue, pero como no se ha separado nunca, en eso ha tenido suerte, pues no ha tenido cosas que llevarse con él.

—Ya, pero aquí no pueden quedarse.

—No se preocupen, yo tengo sitio, en el barranco siempre hay sitio. Mi Pedro ya viene de camino para echar una mano, y se trae a los Ernestos con él, que bastante que me costó sacarlos de los libros por un rato. La idea fue de mi vecina Luisa, que los vio desde temprano a ustedes aquí todos desahuciados y me dijo que la cueva de enfrente estaba vacía, y que seguro que allí cabían todas estas cosas. Entre ella y yo le decoraremos su nuevo apartamento, que hace tiempo que no tenemos tantas cosas que recolocar. Nada, señor agente, que no se preocupe, nosotros nos ocupamos de todo. —La vecina del barranco quería tener controlado todo el barrio, y no se le iba a escapar este detalle: mejor okupas que sin techo, que esto es un barranco residencial.

—Yo no he visto ni oído nada, pero quiero esto todo limpio antes del mediodía.

—No se diga más…

—Parece que viene lloviendo por Anaga —retomó Nicasio la conversación.

—Sí, por allí viene lloviendo, vamos a espabilarnos —sentenció Arturo.

26 octubre 2025

Mutuos cuidados

Antonio y Carmen no vivían juntos, pero como si vivieran, no son pareja, pero como si lo fueran, ellos se quieren como hermanos, porque lo son. Son hermanos de los que se cuidan mutuamente desde siempre, desde chicos, porque sus padres ya tenían bastante que cuidar y no les quedaba cuidado para ellos. Tampoco para los demás hermanos, que también se fueron cuidando entre ellos. Lo que Antonio y Carmen ya no se acordaban bien de quién se ocupaba de cada cual, porque además, se habían ido muriendo, así que les perdieron el rastro. El caso es que Antonio y Carmen son los únicos que quedan en pie, y bien puestos, por cierto, a pesar de los años. Antonio presume de ser el más joven, pero solo se llevan dos años: 86 y 88, y andan como punchas, los dos.

Los dos se casaron, tuvieron sus hijos, que volaron, enviudaron, y siguieron viviendo en la misma calle, los dos en las mismas casas desde el principio de sus tiempos. Ahora ya solos, pero cada uno en la suya.

Antonio es un dandi: alto y flaco, presumía con la ropa que le planchaba la hermana; usa sombrero para que no se le manche la calva con el sol y se perfuma siempre antes de salir a la calle, aunque solo sea un momento, incluso cuando se acercaba a la casa de su hermana, a la que iba varias veces al día para saber cómo estaba y tomarse el café con ella.

Carmen es hermana a tiempo completo: también flaca, no es tan presumida como Antonio, aunque va igual de planchada que él, faltaría más, que las vecinas están pendientes de todo; ella presume de que está como una puncha a sus 88 años, y así es.

Pero un día a Carmen le dieron unos mareos y las médicos empezaron a estudiarla. Antonio, preocupado porque la hermana siempre había sido su pilar, quiso que dejara de plancharle la ropa y le propuso contratar a una persona para que hiciera las tareas domésticas y que ella descansara, que bastante había trabajado ya.

—¡Qué dices! ¿En mi casa? De eso nada, en mi casa no entra una extraña para hacerme las cosas.

—Pero mujer, no ves que ya estás mayor y hace falta que te ayuden… en algún momento habrá que poner a alguien.

—¿Que yo estoy mayor? El que te oye es que tú eres un pibito.

—Bueno, yo soy más joven, y no me mareo, de momento…

—Que no, que a ti no te ha planchado la ropa más que tu Angustias y yo, y le prometí que yo me encargaba y no voy a romper ahora mi promesa. 

—Mira que eres testaruda, mujer. Que ya no estás para hacerlo todo tú sola, y no hace falta que me planches más las camisas, ponemos a alguien para que haga todo y ya está.

—Que no, te digo.

Una mañana, cuando Antonio fue a tomarse su café diario con Carmen, se la encontró tirada en el suelo con la plancha encendida a pocos centímetros de su cara, todavía cogida con la mano por el mango.

—¡Carmen! ¡Carmen! ¿Qué te pasa? ¡Despierta! ¿Qué te pasó? —gritó Antonio hasta alertar a los vecinos, que llamaron a la ambulancia—. ¡Ay, Dios mío! No te la lleves, que es todo lo que yo tengo —les dijo a las puertas de la ambulancia cuando las cerraron con su hermana dentro: confusa, pero viva.

Carmen estuvo varios días ingresada en el hospital en observación y salió con un marcapasos para controlarle justo eso, los pasos y que no volviera a perder pie. Del resto se ocupó su hermano, todavía no repuesto del todo del susto.

Cuando Antonio la llevó de vuelta a casa, Carmen se encontró con que el hermano se había instalado con ella. Toda la casa estaba impoluta y no había ropa que planchar. Hasta las plantas del balcón lucían como más frondosas que hacía unos días. La gatita, ya tan vieja como ellos, se acercó a saludarlos a los dos, encantada del acompañamiento. 

—Ya está, hermana. Me vine a tu casa porque es más grande que la mía y tiene más luz. Ya tengo apalabrado alquilar la mía y así nos ayuda a pagar a Felisa, que va a venir a arreglar la casa tres veces a la semana. Y tú, siéntate aquí. —No le dejó turno de réplica.

—Pon el café al fuego —contestó la hermana, agradecida.

19 octubre 2025

Nieblas advectivas

Imagen extraída de RRSS

Amaneció raro en Santa Cruz. En pleno calor de agosto, cuando salí temprano para incorporarme al trabajo después de las vacaciones, mi calle estaba envuelta en una niebla fina, como de algodón de azúcar. En Santa Cruz nunca hay niebla… bueno, casi nunca, a veces sí, pero no en agosto. Se veía bien a caminar, pero se borraba el final de la calle, como si se hubiera desdibujado el contorno de las cosas, de los edificios del barrio, de los árboles de la plaza, de los columpios del parque. Todo borroso, húmedo y caliente. Todo convertido en una irrealidad doméstica. Todo raro y confuso.

La calle estaba tranquila, bastante solitaria para la hora, aunque en agosto la ciudad se vacía hacia las playas, pero no tanto. Seguí caminando al trabajo, hacia la niebla algodonosa desgajada, a ratos más densa, a otros diluida. Caminaba por la calle de siempre, todo era conocido, pero la niebla hacía diferentes a las cosas, como si de pronto el barrio se hubiera hecho extranjero en mi propio barrio. Empecé a notar que en los espacios en que la niebla era más densa, yo andaba más despacio, no sabía por qué: no me cansaba, nada me impedía ir más deprisa, pero no conseguía mantener mi paso habitual. 

Poco a poco la niebla iba espesándose, lo iba cubriendo todo y yo me iba confundiendo con ella. No tenía miedo, era mi casa, mi camino, mi trabajo. Tenía que ir, debía ir y quería ir. ¿Qué hacía esa niebla extranjera en mi casa? Seguí caminando, se disolvería en algún momento. También poco a poco recuperé mi ritmo de caminata habitual, a la vez que la niebla iba despejándose: hacia atrás se compactaba, hacia adelante lucía de nuevo el sol.

Llegué al trabajo y saludé al personal de seguridad, el primero que me encuentro cada día al llegar al centro, que me respondió algo que no entendí, pero supuse que no le había escuchado bien. Me fui a mi consulta y encendí el ordenador. Al levantar la vista mientras se abría el programa, todavía inquieta sin saber bien por qué y convenciéndome de que simplemente se trataba de un fenómeno atmosférico inusual, que seguro que a lo largo del día nos lo explicarían en las noticias, no era capaz de comprender la cartelería de siempre repartida por la consulta: aunque me quedaba claro que era la de siempre, estaba escrita en otro idioma. El ordenador también se abrió en otro idioma, los programas eran los mismos de todos los días, pero en otra lengua. Empecé a sudar. Entró la enfermera en mi consulta a saludarme, alegre y amable, como es ella, pero no entendí lo que me dijo. Me mareé.

Me desperté en una camilla de urgencias. Mi marido me cogía la mano y trataba de animarme, tan cariñoso como es él. También en otro idioma. El sol brillaba a través del ventanal, hacía mucho calor.

12 octubre 2025

Niñiperros y perriniños

Un niño semidesnudo paseaba a su madre por el parque. Con el calor, daba un poco de envidia no poder imitarlo. Aunque solo por lo de la ropa, porque la verdad es que ir descalza como el niño por aquella tierra sobre la que tantos colegas perrunos, colegas de paseo, digo, llevaban transitando desde hacía unas cuantas generaciones no es que fuera de envidiar. El niño corría, se subía y se bajaba de los bancos, se metía entre las matas, caminaba por la tierra triturada por tantas patas. La madre lo dejaba hacer. Lo animaba a hacer sin limitaciones impertinentes sobre restricciones culturales: ropa, zapatos, las cosas del suelo no se llevan a la boca… Así crecería mejor, más natural. Una madre no tan joven como las de antes, porque ahora, para tener un hijo hay que tener tiempo para organizarse, no como antes, que se paría sin pensar.

Una señora de las de antes, ya con todos sus hijos paseados a su debido tiempo, probablemente con ropa y zapatos, que al parque no se va de cualquier manera, ya sin hijos a los que pasear, paseaba a un perro lanudo en un cochecito perruno. El perro blanco, o la perra, porque llevaba un vestidito rosa y estas señoras son mucho de rosa para ellas y azul para ellos, se paseaba orgullosa en el vehículo propulsado por su ama, o su criada, que la cara de la perra tenía hasta expresión. Hasta parecía mirar con displicencia al pasar, arrogante y engreída de su propia belleza, peinada de peluquería.

Ya no se puede ir a pasear al parque para relajarse, porque en cualquier rincón le asaltan a una intensas cuestiones existenciales del calibre de «de dónde venimos», pero sobre todo, «a dónde vamos a parar». Tengo que buscarme otro lugar de esparcimiento…