EntrePáginas, ed. La Esfera Cultural (2018)
Estefanía
Era una casa blanca de ventanas verdes, como casi todas las del pueblo, aunque el blanco ya se había vuelto gris y el verde desvaído dejaba ver la madera del color de la carcoma que hacía por asomar. Los abuelos la construyeron en la lomada para así no perder detalle de lo que se movía por el pueblo, aunque María siempre pensó que en realidad la colocaron allí para distinguirse, de esa manera se manejaban las jerarquías por aquellos tiempos.
Primero la hicieron granero, pero luego tuvieron que reconvertir una habitación en lecho conyugal de urgencia cuando la madre de María se embarazó de ella. De ella tan sietemesina, tan apurada siempre para estar presente que no pudo esperar a que sus padres pudieran concebirla en un lugar como Dios manda –mandaba más antes–, nunca quiso perderse nada. Y tanto le gustaba a María la casa de la loma que nació allí mismo, no se le fuera a despistar algo en su ausencia para nacer. Tanta prisa por ocupar su lugar en la casa que obligó a la madre a parir de repente, allí mismo. Dicen que el practicante, que llegó justito al alumbramiento, le dijo flaca. María algo escucharía, en su estrés de recién nacida, porque toda la vida le encantó comer. Parece que también le dijo peluda, y eso sí que María nunca se lo perdonó. El pobre hombre, ya anciano y María lo miraba con ojeriza.
El caso es que María consideró que había llegado para quedarse y a eso se puso. De chica a explorar la casa y sus alrededores, de mayor a indagar en los de adentro.
El abuelo se murió pronto y no le dio tiempo a estudiarlo mucho, se enteró de que se le había ido la cabeza y él se fue detrás, lo demás lo añadió ella. La abuela era bastante mandona y se decía que cuando discutían él no abría la boca para que los vecinos pensaran que peleaba con las gallinas. A María le costaba imaginarse a su dulce abuelita discutiendo por nada con nadie, pero el caso es que a él se le fue la cabeza… Quizá luego ella se fuera detrás de él por alguna disputa de esas pendientes, váyase a saber.
Así que María se quedó con los padres todos para ella, cualquiera se atrevía a insinuarle que un hermano viniera a acompañarla en la casa, de ninguna manera. Bueno, eso era lo que pensaban los padres hasta que María pidió un hermano en la carta a los Reyes Magos. La madre le sugería que pidiera una muñeca, como todas las niñas, pero ella insistió en que quería un hermano, con lo que no pudieron decepcionarla.
Y el hermano llegó, también para quedarse, y María, poco acostumbrada a jugar con las muñecas, intentó aprender con él, pero el niño no estaba para enseñanzas que no le tocaban y se dedicaba a lo suyo, llorar –¡Mamá, que el niño está llorando! ¡Déjalo, él no sabe hacer otra cosa!– Y a romper las muñecas esas con las que María nunca jugaba, pero aquello era una intromisión intolerable. Y el niño se convirtió en el rey de la casa de pura trifulca, tanto agitaba que obligaba a vigilancia absoluta, también a las visitas, que había que colaborar. Tanto agitaba que no se podía ir a otra casa sin avisar, para cerrar puertas y recoger lo frágil a tiempo. Bueno, tanto agitaba menos con Manena, la pobre, ella sí que era flaca, anciana de siempre, la vecina hipnotizadora, era como si lo abdujera. La madre encontró cómo pagarle tamaña gesta dándole hecha la comida, que ella para eso no tuvo tiento. Aunque en realidad nunca supo cómo pagarle lo que no puede pagarse de ninguna manera. Ella lo hacía de puro placer, el niño lo disfrutaba de puro querer.
***
En todo eso pensaba María cuando contemplaba la casa abandonada. Qué chiquita le parecía ahora, y qué triste sin gentes, ni disputas, ni pintura, ni futuro.
Hacía mucho que no se acercaba al pueblo, desde la muerte accidental de su padre más de treinta años atrás, nunca se lo perdonó, eso no se hace. Se fue sin explicaciones, se mató sin más, sin darle tiempo a estudiarlo con detenimiento. A ella no le servían las historias oficialmente maquilladas para consumo interno, no, ella quería saberlo todo. Pero todo todo, y claro, todo estaba formalmente custodiado por su madre, que no iba a autorizar una investigación que pudiera obligarla a ver lo que no le encajaba en su dorada novela familiar.
María recordaba poco de su padre, le gustaba comer y beber, bailar y reírse de todo, él incluido. Adoraba la leche condensada, el dulce de membrillo y las novelas del oeste. Ella guardaba una de recuerdo, la que tenía en la mesilla de noche cuando murió, Estefanía –se había dado cuenta hacía poco de que el título estaba debajo–. La recogió ese mismo día, cuando hubo que vaciar la habitación de sus padres para colocar su caja negra, cerrada, hermética, como para dejar claro que el resto de su historia no iba a contarse. Es lo que le pasa a la gente que se empeña en morirse joven, que se queda sin capítulos.
Después de su muerte tuvieron que abandonar la casa, su madre no pudo afrontar las deudas que le quedaron en herencia ganancial y vendió el terreno, luego se puso a trabajar.
Quizá si a María le hubieran interesado un poco más las novelas del oeste, además de haberse fijado en que Estefanía no era un título, habría encontrado antes la nota manuscrita de su padre que la hizo volver a la casa
Cuatro milpas tan solo han quedado del ranchito que era mío Ay
y aquella casita tan blanca y chiquita lo triste que está
si me prestas tus ojos morena los llevo en el alma que miren allá los destrozos de…
Sin fecha, pero contemporánea a su muerte, por lo menos en sus pensamientos. No sabía qué pensaba encontrar en su visita, como si la casa pudiera desvelarle algún secreto escondido en aquella caja triste. Algún secreto que seguro no desapareció con él.
Se encontró a Rosa, la vecina de toda la vida, qué anciana estaba, qué cariñosa la saludó. Siempre fue muy servicial, ayudaba en casa cuando su madre se lo pedía, aunque luego no paraba de criticarla porque bebía más de la cuenta –de la cuenta de la madre– y, según su criterio, era ligera de cascos, concepto que María no alcanzaba a comprender, pero con el que su padre no parecía estar de acuerdo. Su madre también lo criticaba por esto, por no estar de acuerdo con la verdad universal de su matriarcal criterio.
María recordaba a Rosa lavando la ropa en aquella pila tan grande que a ella le servía en verano de piscina. Sacudiendo alfombras en cuanto el sol asomaba, rodando muebles, pelando papas, limpiando el polvo. Limpiando el polvo en el cuarto a oscuras, con el sol alto, su madre decía que el polvo se limpiaba con buena luz. Recordaba que hacía calor porque llevaba el traje amarillo de verano. A su padre le encantaba el amarillo. A Rosa no le importaba que ella le pisara los talones mientras se ocupaba de sus tareas, pero aquel día le gritó ¡¿qué haces aquí, niña?!, y la arrastró fuera del cuarto sin dejarla replicar. Le pareció recordar una sombra familiar saliendo después del cuarto a escondidas. El vestido de Rosa también era amarillo.
Al verla ahora anciana, con esa mirada suya tan intensa, pensó en los destrozos que habrían propiciado las chispas de esos ojos negros, todavía destellantes. No quiso investigar más, que los recuerdos de su padre descansaran en paz.
Le envidió su mirada oscura, pensó que sus ojos grises nunca podrían trasmitir tanta energía, grises como los de su madre.
Tuvo que volver a la casa para recordar lo que ya sabía.
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