«Ni se compra ni se vende», EntrePáginas, ed. La Esfera Cultural (2018)
Adolfo, el marido de Carmen, hacía ya bastantes años que engrosaba las filas de los jubilados que se reunían mañana y tarde en los bancos a la puerta del centro de salud, por si les pasaba algo... Por si les pasaba algo malo seguro, porque desde que dejaron sus ocupaciones laborales, nunca volvieron a trabajar para que les pasara algo bueno, algo distinto, algo inesperado. Así, solo les quedaba esperar que les pasara aquello que su anciana biología fuera capaz de producir ella sola: la enfermedad y la muerte. En realidad era como si desearan ansiosos el fatal desenlace, quizá con la idea de que si sobrevivían al evento, luego tendrían cosas nuevas que contarles a los otros. Matarse para matar al aburrimiento. Aunque en el fondo confiaran en que el asunto fuera cosa de los otros, que les rozara de refilón, que les dejara poder continuar con sus sentadillas en los bancos.
El caso es que Adolfo, desde que se jubiló, decidió que iba a dedicar el resto de su vida a descansar y en ello estaba, llevaba más de veinte años sin dejar de descansar un solo minuto. En todo ese tiempo nunca se le ocurrió que también debía cansarse para poder volver a descansar, no pensó que sin trabajar descansar es agotador, que sin trabajar pretender descansar es un delirio, que no era cuestión de tomar pastillas para dormir porque solo duerme bien el que está cansado, no el que se agota en el empeño por no vivir. En ese delirio cansino también andaba a regañadientes su cuerpo, que fue haciéndose más y más perezoso y cada día se resentía de una rigidez nueva, un dolor más agudo, una incapacidad leve añadida a las acumuladas que le hacían más difícil su camino hasta los bancos para encontrarse con las perezas de los demás. Las perezas que los unían divinizadas, exaltadas en su inutilidad. Su inseparable bastón lo acompañó en este camino baldío casi desde que inició su rutina, al principio porque le daba seguridad por miedo a caerse, pero luego se convirtió en su mascota, en su amuleto, en las pocas cosas suyas que seguía utilizando para lo que fueron diseñadas. La mayoría de sus otras cosas, las que un día utilizara en su vida cotidiana, engrosaban los fondos de sus armarios de viejos, abandonadas a sus propios tiempos sin actualizar de pura desidia intelectual. Pero su bastón formaba parte de sí mismo, suplía algunas de las partes que iban dejando de funcionar a pleno rendimiento, su misión se actualizada cada día.
Por eso tenían sentido los celos de Carmen, porque era consciente de que amaba al bastón más que a ella, porque los separaba a diario. Aunque fuera evidente que el paseo cotidiano de Adolfo hasta los bancos era el descanso de Carmen. Celos de su hija Aurora, que se lo regaló en un vano intento para que siguiera haciendo alguna vida –y alguna hacía con él, poca–, celos porque pensaba que él había dejado de amarla cuando nació ella, sin reparar en que ella misma promovió esa mudanza amorosa para que la dejara tranquila. Y demasiado tranquila la dejó. Tanto que cuando se dio cuenta, decidió contraatacar y dedicar el resto de sus días a mortificarlo. Luego acordaron mortificarse mutuamente y así vivieron encantados, encadenados, con un motivo para amanecer cada mañana. Si el otro provocaba la disputa, bien, si no, la iniciaba el primero, olvidados de otras formas de encontrarse.
Así se sucedieron los últimos años sin considerar justo esto, que eran los últimos, hasta que una mañana Adolfo no encontró motivo para amanecer. Se le caducó el seguro de vida que había contratado con los bancos sin darles la oportunidad a los médicos de atenderlo y se murió por su cuenta. Carmen no estaba dispuesta a perdonarle tremenda deslealtad y se enfureció al principio por dejarla con la palabra en la boca. Entonces, ¿con quién iba a discutir? ¿A quién iba a incomodar? ¿A qué iba a dedicar su energía y su vida? Después empezó a echarlo de menos. Tras más de cincuenta años juntos, es difícil determinar si se añora por amor o por apego y además, qué importa.
Carmen hizo un duelo contradictorio, entre la pena y el descanso, quizá culpable por no haber sabido amarlo, por no haber sabido ponerle ganas a palabras más amables, o quizá por no haberle puesto remedio a tiempo. Seguro que ella tampoco lo sabía. Sea como fuera, Carmen murió de pena a los pocos meses, puede que de pena por ella misma. Tampoco permitió que los médicos se interpusieran en su camino y su hija la encontró sentada frente al televisor, que no paraba de anunciar consejos saludables.
***
Aurora pospuso durante años recoger las cosas de la casa de sus padres. Cosas viejas que se cargan de emociones cuando sus propietarios se van para siempre. Por una parte la entristecía clausurar sus vidas definitivamente –lo que no ocurre cuando se cierra su tumba, sino cuando se cierra su casa–, dar por finalizado un ciclo familiar que incluía una parte del suyo, de sus recuerdos infantiles, de sus tanteos adultos, una parte de sus sueños, y también por pudor a inmiscuirse en su intimidad, un límite que nunca atravesó mientras vivían. Le parecía casi un sacrilegio ahora que no estaban para defender sus recuerdos. Pero un día había que hacerlo y se puso a ello. Sola, no tenía hermanos, así que consideró que era de su absoluta incumbencia. No quería más intrusos, bastante intrusa se consideraba ya ella.
Libros, muchos libros de hojas amarillentas, colecciones de los periódicos, ediciones de tapas duras baratas; vinilos irrecuperables porque llevaban años sosteniendo los estantes curvados por el peso; ropa pasada de moda, alguna que ella misma les había regalado colgaba impoluta en los armarios, esperando una ocasión especial que ya no llegaría; en el aparador, la vajilla herencia de su abuela de bordes dorados dibujada con escenas campestres, le recordaba las cenas de Nochebuena de antes de que ella se ocupara de organizarla en su casa; loza sucia en el fregadero que no le apeteció lavar después del entierro, incluso la cafetera cargada con restos de café reseco; la plancha dispuesta para la siguiente acometida. Todo parecía estar esperando para continuar las rutinas familiares, solo que ya parecía demasiada demora: polvo, humedades desconchadas en el techo, más polvo, cadáveres de cucarachas patas arriba, demasiado polvo acumulado para que sus moradores estén a tiempo de regresar. La vida parecía haberse detenido con todo a medias… No parecía, sino que se detuvo, se terminó, ese era el tránsito al que Aurora había dado tantas largas.
Le llamó la atención que su madre leía Lolita cuando murió, era el libro que tenía sobre la mesilla donde colocaba el que estaba leyendo –hasta ese detalle la conmovió–. ¿¡Lolita!? Lo hojeó… Estaba marcado hacia el final con lo que parecía un recibo. Se fijó mejor, de la sección de anuncios de un periódico local: Particular vende bastón con mango de nácar, muy buen estado, por ya no ser necesario, precio a convenir. Estas intimidades de su madre le produjeron una profunda desazón, quizá fuera la primera vez, cuando ya estaba muerta, en que la entendiera como una mujer: celosa, rencorosa, deseosa, amorosa, contradictoria, inestable, insegura, tan humana, demasiado humana para ser su madre. Pero al final el bastón no lo vendió, estaba colgado en la entrada, donde su padre solía dejarlo. No pudo saber si porque se arrepintió o porque no encontró comprador. Quizá se reconciliara con él y con todo su mundo antes de morir.
Contemplando toda aquella sobredosis de pasado, le asaltó un estribillo que le estuvo rondando la cabeza varios días: Ni se compra ni se vende el cariño verdadero…
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